Comentario – Lunes dentro de la Octava de Pascua

Los relatos postpascuales nos ponen al tanto de las reacciones provocadas –no sólo entre sus seguidores, sino también entre sus enemigos- por ese extraordinario suceso de la resurrección de Jesús, que aparece siempre asociada a la desaparición de su cuerpo crucificado, muerto y sepultado, es decir, al hallazgo del sepulcro vacío de su cadáver. Las primeras testigos de este hallazgo fueron mujeres. Así lo atestiguan todos los relatos evangélicos sin excepción. Pero encontrarse el sepulcro vacío del cadáver –no de las vendas, ni del sudario- no obligaba a creer en el mensaje de la resurrección. Esta situación permitía también otras explicaciones: robo por parte de los apóstoles, o de otros; terremoto, grieta en la tierra y desaparición; traslado a otro lugar, o cualquier otra conjetura posible de imaginar: incineración, profanación.

San Mateo nos habla de mujeres impresionadas y llenas de alegría: impresionadas no por lo encontrado en el sepulcro abierto –aquello más bien les produjo temor-, sino por lo anunciado por esos “hombres de vestidos refulgentes”: no busquéis entre los muertos al que vive; no está aquí; ha resucitado. Si el cuerpo de Jesús hubiese permanecido entre los muertos, estando ‘allí’, esto es, en el sepulcro, en estado cadavérico, no podría anunciarse que ha resucitado, hecho que equivalía a decir que estaba vivo. Si el cuerpo cadavérico se asocia a la muerte, en que están los muertos, la resurrección se asocia a la vida en la que vive el resucitado. No se concibe, pues, una resurrección en presencia del cadáver o teniendo el cadáver como testigo.

Las mujeres, por tanto, quedan impresionadas por el anuncio de vida que se les hace en el lugar mismo de la desaparición del cadáver. La noticia alusiva a la vida de un ser querido al que se creía muerto es siempre un motivo de alegría. Quizá estas mujeres nos puedan parecer demasiado crédulas. Podían buscar otras explicaciones “más creíbles” al hecho de la desaparición del cadáver de Jesús. Pero acogen la primera explicación que se les ofrece. Llenas de alegría corrieron de inmediato a contárselo a los discípulos. Y, mientras iban de camino, Jesús les salió al encuentro. La temprana aparición de Jesús les ratifica en la veracidad de la explicación que les había sido dada. Ellas, al parecer, lo reconocieron en seguida, cosa que no sucede con otros testigos de las apariciones del resucitado como los de Emaus o como María. En este caso, las ‘crédulas’ mujeres se le acercan, se postran ante él y le abrazan los pies. Evidentemente lo han reconocido como al ‘escapado’ de las fauces de la muerte. Él las tranquiliza con palabras amables: No tengáis miedo; y las envía como transmisoras de un mensaje: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.

Pero el “hecho” no sólo puso en movimiento a las mujeres, generando en ellas sentimientos diversos: primero, asombro o desconcierto; después, alegría; luego, deseos imperiosos de comunicar la noticia; también provocó reacciones en los que se suponen enemigos del condenado. Según todos los indicios, el sepulcro había quedado no sólo sellado con una gran piedra, que cerraba el acceso al interior, sino también custodiado por una guardia pretoriana. Algún evangelio nos informa de que estaban alertados por extrañas profecías de resurrección y se temían un posible fraude perpetrado por sus amigos. Ello explica la guardia colocada a la entrada del sepulcro.

Pues bien, también ellos –como las mujeres- fueron testigos de los efectos provocados por ese extraño suceso que dejó el sepulcro desguarnecido y vacío del cadáver de Jesús. No describen ni explican “lo ocurrido”, pero sí hablan de que “algo” ha ocurrido, y eso es esencialmente que el cuerpo (=cadáver) del sepultado y custodiado en el sepulcro ha desaparecido. Y no se explican cómo ni por qué. Pero ése es el hecho y así se lo cuentan a los sumos sacerdotes. Aquello tuvo que provocar gran alarma entre los máximos responsables de la muerte de aquel ajusticiado que, por otro lado, ya les había asombrado en vida con acciones de difícil explicación y que había predicho en diferentes modos su vuelta a la vida. Y, puestos a deliberar, encuentran una posible salida a esta complicada situación. Les dan una fuerte suma de dinero y acuerdan con ellos la difusión de una noticia: Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais.

Pero aquella confesión de negligencia o de descuido por parte de un soldado que debía mantenerse despierto durante la guardia encomendada le hacía objeto de duras sanciones por parte del código militar. Estaba catalogada como una falta muy grave. Por eso las autoridades judías les tienen que tranquilizar: Si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros. Y así quedó la cosa. Ellos tomaron el dinero, que era lo que les interesaba, y obraron conforme a las instrucciones recibidas. Y la historia ‘inventada’ y ‘difundida’ para tapar el suceso de la resurrección –así lo interpreta el evangelista- se ha convertido al menos en un testimonio a favor de veracidad de lo contado por las mujeres que habían acudido de madrugada al sepulcro con aromas para el cuerpo de Jesús: que este cuerpo no estaba ya en el sepulcro, que había desaparecido.

Pero la explicación que ofrecían al mundo era muy poco creíble: ¿un robo, con profanación, del cadáver por parte de unos seguidores atemorizados, huidos? ¿en un sepulcro custodiado por soldados? Si dormían, sólo podían sospechar –nunca testificar, a no ser que hubiesen dejado huellas delatantes- que los ladrones del cadáver habían sido realmente sus discípulos. ¿Y con qué fin habrían hecho esto? ¿Con el fin de venerarle? ¿No le había sido concedido ya a José de Arimatea, un amigo? ¿Con el fin de lanzar a bombo y platillo el mensaje de su resurrección al mundo entero? ¿Estaban los apóstoles, que tantas resistencias mostraron a creer que estaba vivo, en disposición de hacer eso? ¿Es posible suponer este fraude en hombres que mostraron una convicción y una fe inquebrantables, capaces de afrontar todo tipo de sufrimientos y penalidades, y hasta la misma muerte? La hipótesis del robo haría insostenibles todos los relatos evangélicos relativos a los encuentros del Resucitado con sus discípulos. Nada quedaría en pie de estos testimonios. Y en ningún caso podría explicar el ardor misionero que demostraron aquellos testigos de la primera hora.

La resurrección de Jesús se convirtió desde el principio en el núcleo del kerigma evangélico. Sin esta piedra kerigmática, el anuncio misionero de los apóstoles se quedaría sin apoyo. No habría nada que comunicar al mundo: ni al judío, ni al pagano. Si los apóstoles se lanzaron al mundo a hablar, fue para anunciar que Cristo había resucitado. No tenían otra cosa que comunicar que ésta. Después vendrían las consecuencias y derivaciones de esta noticia. Pero su noticia no era en principio otra que ésta: el Padre había resucitado a su Hijo de entre los muertos. Y ésta tendría que ser también nuestra primera y principal noticia al mundo como cristianos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística