Homilía – Domingo II de Pascua

DOMINGO II DE PASCUA

 

Una comunidad de vida (Hch 2, 42-47)

En los domingos de Pascua, la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos lleva, de la mano de Lucas, a la comunidad de los discípulos, «tocados» por la resurrección del Señor. En los textos evangélicos del Ciclo C, el mismo Lucas se había centrado en «lo que Jesús hizo y enseñó»… La segunda parte de su obra (los Hechos) la centra en la comunidad de los discípulos, continuadora de la vida de Jesús y de su estilo salvador.

Hoy, aparece la comunidad encarnando el que había sido también ideal en la vida de Jesús: la relación con pobres; la creación de una verdadera fraternidad. Una concreción «cristiana» final de la exhortación de Dt 15: «No habrá pobres entre vosotros».

La comunidad de vida lo abarca todo, la enseñanza comunión interna (koinonía), la fracción del pan, la oración…, y la comunión de bienes (diakonia), que pretendidamente Lucas no sólo enuncia, sino que la desarrolla más: no sólo vivían unidos, «lo tenían todo en común»…, y no sólo los bienes espirituales, tan fáciles de compartir; también los bienes materiales: «Vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno».

Los detalles pueden estar idealizados, pero dan buena razón de una comunidad unida, alegre, atrayente por testimonial.

 

2.- Un nuevo nacimiento y una esperanza viva (IPe 1, 3-9)

La novedad y la vida son típicos temas pascuales. La primera Carta de Pedro nos va a adentrar en esa novedad y vida que, en la comunidad, son signos de la presencia del Resucitado. Nos lo dice bellamente nuestro poeta: «Cristo se hace presente en la esperanza cuando la cota del amor alcanza la fe latente de la noche oscura».

La novedad se llama re-nacer. Un tema típico de la catequesis bautismal. Se encuentra en el cuarto evangelio. En el diálogo de Jesús con Nicodemo. Lo nuevo en la primera de Pedro es la relación explícita que establece entre resurrección y bautismo: «Por la resurrección de Jesús de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo».

La resurrección de Jesús es causa también de una «esperanza viva», una herencia de hijos. De ahí, el ambiente de alegría que respira esta catequesis bautismal: «alegraos» de la herencia.

La alegría es realista. Cuenta con momentos duros en la vida: «De momento, tenéis que sufrir un poco»…, pero, en la cadena de la vida cristiana: creer en Jesucristo, aun sin verlo; amarlo, aun sin tocarlo…, la alegría es el final: «Os alegraréis con un gozo inefable y transfigurado». El motivo no puede ser más pleno: se ha alcanzado «la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación».

  1. Una comunión de experiencia (Jn 20,19-31)

Los textos evangélicos del tiempo de Pascua nos ponen en comunión de experiencia con la vivencia apostólica de Resucitado. El «Dios nos lo hizo ver» del discurso de Pedro se va a ir desglosando en los relatos de apariciones.

El día de la aparición es «el primero de la semana». Fuerza tuvo la experiencia como para poder con «el sábado», haciendo del «día del Señor» (dies dominica=domingo) el día consagrado al Señor.

La paz, el envío, la donación del Espíritu, el perdón de los pecados…, las grandes experiencias de la vida cristiana puestas en los mismos labios del Resucitado.

Y la experiencia que se realiza en medio de la comunidad. Los que intentan realizarla fuera de ella, por su cuenta, están simbolizados en Tomás, que «no estaba allí cuando vino Jesús». No vio y dudó: «Tomás que por amor está sufriendo afirma no creer… y está creyendo en la noche abismal de su amargura».

Le bastó, en efecto, estar de nuevo en la comunidad, para no necesitar de las evidencias que exigía como condiciones de su fe solitaria: «Señor mío y Dios mío» es su confesión ante el Señor Resucitado… Y, en comunión de experiencia, la dicha de la fe en el Resucitado se extiende en el tiempo: «Dichosos los que crean sin haber visto».

Presente en la esperanza

Hay que buscar las pautas y los modos
de poner en común la fe y la vida,
de orar una alabanza compartida,
de lograr que lo tuyo sea de todos…;

de anunciar la palabra sin recodos,
que atenúen su verdad comprometida;
de asumir que el camino a la Manida
no se mide por días ni por codos…

Cristo se hace presente en la esperanza,
cuando la cota del amor alcanza
la fe latente de la noche oscura…

Tomás, que por amor está sufriendo,
afirma no creer… ¡y está creyendo
en la noche abismal de su amargura…!

Pedro Jaramillo