¡Señor mío y Dios mío!

La alegría y la sencillez crean comunidad (Hch 2, 42-47)

La primera lectura de este domingo nos muestra una imagen de cómo era el estilo de vida de las primeras comunidades cristianas. Así nos lo señala esa recopilación de datos que nos ofrece el autor. De todos estos datos cabe destacar, entre otros, lo que se nos dice en el versículo 46: «en sus casas partían el pan, compartían la comida con alegría y sencillez sincera». La importancia de la fraternidad en comunidad es vital en este pasaje. Comunidades que viven de forma sencilla y alegre mostrando que estos signos -la alegría y la sencillez- los cuales se contagian, son frutos que el Espíritu ha dejado.

La lectura del libro de los Hechos nos enseña que el ideal de comunidad cristiana está en crear «hogar». Un hogar donde se construya comunión y, por consiguiente, se construyan personas. Que sean lugares de encuentro y no de paso; que sean lugares donde se vive y se siente, donde se comparte, se reza y se celebra. Esta visión de comunidad que nos lanza la primera lectura de este domingo debería ser una sacudida para el hoy de nuestras comunidades y el impulso para comenzar a trabajar. ¿Y empezar por dónde? Pues por el dato que nos indica nuestro texto, por aquello que identificaba a las primeras comunidades cristianas: la alegría y la sencillez. Quizá siendo comunidades alegres y sencillas estemos adelantando la verdadera plenitud a la que está destinada toda la humanidad.

La esperanza nos mantiene en la fe (1Pe 1, 3-9)

En la segunda lectura de este domingo vemos cómo la esperanza nos mantiene en la fe. La esperanza no niega que haya que soportar ciertas situaciones y mucho menos niega el mal, como tampoco es optimismo ingenuo. Pero la esperanza es la que sabe guiar nuestros pasos, con confianza, hacia algo mejor. Es la esperanza la que nos muestra que el mundo, y toda nuestra historia con él, van a ser transformados por completo; es más, aunque no lo veamos, sabemos que ya está ocurriendo. El texto de la primera carta de Pedro es toda una llamada a la esperanza para mantener la fe; esa fe en el Dios al que bendecimosy que un día va a llevar a plenitud lo que aquí sólo alcanzamos de forma limitada y provisional.

Bienaventurados los que sienten (Jn 20, 19-31)

El texto del evangelio de este domingo nos muestra algo fascinante: Jesús vive y está de nuevo en medio de los suyos. No es un fantasma, no hay por qué tener miedo. Al contrario, Jesús les hace experimentar una paz intensa y verdadera junto a una alegría incontenible. Sienten que Jesús, sí, el Resucitado, con su soplo,el soplo del Espíritu, aviva en ellos alegría y paz. Sin embargo el evangelio de hoy también nos muestra la incredulidad, fruto de la cerrazón. Tomás, el apóstol incrédulo, quiere ver, quiere tocar; exige pruebas, cual niño caprichoso, que le saquen de la oscuridad de sus dudas. Y ante esto Jesús vuelve a actuar. Jesús quiere que Tomás abra las puertas que aún tiene cerradas, que venza sus miedos y que también sea partícipe de la paz y la alegría que trae la resurrección. El Resucitado así se lo hace sentir, y Tomás nos ha dejado la confesión de fe más bella que podamos leer y proclamar del evangelio: «Señor mío y Dios mío».

 El evangelio de hoy es toda una invitación a vencer nuestros miedos y a no cerrar nuestras puertas. A no exigir pruebas a la medida de nuestros caprichos y a no instalarnos en la testarudez. A no aferrarnos a la necesidad de seguridades absurdas que no pasan de ser mera curiosidad. Y es que la resurrección de Jesús es toda una invitación a sentir. Sí, sentir que nuestra experiencia de fe va mucho más allá de comprobaciones epidérmicas, porque nos encontramos ante algo que nos habla de inmensidad y que es más profundo que una simple comprobación física. El ver y el tocar no aclara realmente nada, es más, nos pueden mantener en la incredulidad porque, en cuestión de fe, el amor es mucho más sólido que nuestras manos. Por ello hay que sentir. Hay que abrir todas las puertas que tengamos cerradas en nosotros mismos y sentir cómo se despierta el amor de quien nos ama y el amor que nos brota ante quienes amamos. Sentir cómo el amor nos reblandece, nos modela, nos figura humanamente, nos sitúa como constructores de paz, hacedores de un mundo nuevo, de nuevas situaciones y de circunstancias renovadas. Porque el amor nos dice quiénes somos antes de transparentarse en nuestras obras, y nos llevará donde no imaginamos.

Sentir todo lo que nos muestra el evangelio de hoy; sentir a Jesús, «saberle» resucitado, nos añade el gozo y la alegría de ver renacida la fe. Y esto nos convierte en bienaventurados. Por ello, bienaventurados aquellos que sienten que la resurrección no sabe de miedos, que la resurrección no sabe de corazones cerrados.

Fr. Ángel Luis Fariña Pérez O.P.