La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

2.- LOS PRIMEROS

Jn 1, 35-39

Un día después estaba allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, volvió a decir: He aquí el Cordero de Dios. Y puso así a dos de sus mejores discípulos en contacto con el Mesías.

En esto se revela también la grandeza de alma del Bautista y su amor y respeto hacia Jesús. Esta narración, la más detallada del evangelio de san Juan, tiene toda la apariencia de ser un recuerdo bien guardado en su memoria y en su corazón, como sucede con esos gratos acontecimientos que cambian el rumbo de una vida. Más adelante, nos dirá que uno de ellos era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Una antiquísima tradición señala que el otro discípulo era el propio Juan, el que nos narra estos sucesos. Otros datos –la viveza del relato, la tendencia del apóstol a quedar en el anonimato, etc.– así lo confirman.

El Bautista se quedó mirando a Jesús con toda atención. Se fija en Él con expresión de interés, para dirigir las miradas de Juan y de Andrés hacia Jesús que pasa. Es del todo probable que, después del testimonio del día anterior, Juan se hubiera extendido hablando del Señor. Y en los discípulos se encendería el deseo de conocerlo más y de tratarlo. Ahora, en una sola frase resume todas sus enseñanzas: He aquí el Cordero de Dios…, el Mesías esperado, parece decir. Y los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús.

Nunca se olvida el encuentro decisivo con Jesús. La llamada del Señor, ser recibido en el círculo de sus más íntimos, es la mayor gracia que se puede recibir en este mundo. Representa ese día feliz, inolvidable, en el que el hombre es invadido por la clara invitación del Maestro, ese don inmerecido que da sentido a la vida e ilumina el futuro, llenándolo de sentido. Hay llamadas de Dios que son como una invitación dulce y silenciosa; otras, como la de san Pablo, fulminantes como un rayo que rasga la oscuridad, y también hay llamadas en las que el Maestro pone sencillamente la mano sobre el hombro, mientras dice: ¡Tú eres mío! ¡Sígueme! Entonces, el hombre, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo (Mt), porque en él ha encontrado su tesoro[1]

San Juan nos relata con todo detalle este primer encuentro. Un poco más adelante, se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: ¿Qué buscáis? Era una pregunta muy directa. Quizá ellos mismos no sabían qué deseaban: lo buscaban todo, le buscaban a Él. De ahí la respuesta en forma de pregunta, que parece dirigida a ganar tiempo: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? El evangelista, junto a la traducción, ha querido dejar el nombre hebreo Rabí, que tanta fuerza tenía en su corazón[2]. Era el modo con el que más tarde se dirigirán a Él, y significaba algo así como «Maestro mío», o «Dueño mío». Será también el tratamiento que el pueblo sencillo aplique a Jesús.

El Señor les respondió: Venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía. Y permanecieron aquel día con Él. Es más, ya nunca se separaron de Él. En Jesús encontraron realmente todo lo que buscaban. San Juan, que escribe ya en la ancianidad, guardó para sí los recuerdos de aquel día memorable, y anota con precisión el momento de ese encuentro con el Maestro: era alrededor de la hora décima, hacia las cuatro de la tarde. Es como si nos dijera: allí comenzó todo. Esa hora revela en el que escribe todo un mundo de recuerdos.

El Bautista «perdió» aquel día a sus dos mejores discípulos, pero recibió sin duda una de las alegrías más grandes de su vida: ver cómo seguían a Jesús.


[1] «Toda la vida es un encuentro con Jesús: en la oración, cuando vamos a misa y cuando realizamos buenas obras, cuando visitamos a los enfermos, cuando ayudamos a un pobre, cuando pensamos en los demás, cuando no somos egoístas, cuando somos amables… en estas cosas encontramos siempre a Jesús. Y el camino de la vida es precisamente este: caminar para encontrar a Jesús». FRANCISCO PAPA, Homilía de 1-12- 2013.

[2] Rabí fue al principio un título honorífico y quedó reservado, más tarde, a los escribas. Era el maestro versado en el conocimiento de la Ley y de la tradición doctrinal, que enseñaba de modo gratuito. Estos maestros eran tenidos en tanta estima que se encomendaba a los discípulos que los honraran más que al padre y a la madre (E. SCHÜRER, Historia del pueblo judío en tiempos de Jesús, vol. II, pp. 431 ss.).