Comentario – Miércoles dentro de la Octava de Pascua

El relato evangélico de la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús es una hermosa catequesis sobre la eucaristía. Iban de camino hacia una aldea cercana a Jerusalén llamada Emaús. Comentaban los sucesos de los que habían sido testigos esos días en Jerusalén: el prendimiento, la pasión, la muerte y la sepultura de Jesús, su Maestro. Mientras conversaban Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero aquellos discípulos, asiduos acompañantes del Maestro durante su vida pública, no lo reconocieron. El evangelista habla de una cierta incapacidad para reconocerlo, como si los trágicos acontecimientos vividos les hubiesen incapacitado para este reconocimiento, como si el haberle visto muerto y destrozado les incapacitase para verle ahora vivo.

El hecho es que no lo reconocen. Y Jesús les pregunta sobre su tema de conversación. Y ellos se extrañan de que, viniendo de Jerusalén, hubiese permanecido al margen de los hechos allí acontecidos: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Y le explican, como si él desconociera el caso. Se trataba de Jesús el Nazareno, que había dado muestras de ser un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. A pesar de todo, los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo lo entregaron para que lo condenaran a muertey lo crucificaron. Aquellos discípulos entienden que este hecho, la crucifixión, ha supuesto el final de esa aventura emprendida con él tiempo atrás. Su esperanza ha quedado frustrada; pues esperaban que él fuera el futuro liberador de Israel.

Pero los hechos han demostrado la vacuidad de esta expectativa. Habían pasado ya dos días de lo sucedido y cabía esperar que pasasen más días sin que nada se moviese. No obstante, informan de que ha habido algunos sobresaltos: unas mujeres del grupo habían ido muy de mañana al sepulcro encontrándole vacío del cadáver de Jesús y habían tenido una aparición de ángeles que les habían dicho que estaba vivo; seguidamente, algunos se habían acercado por curiosidad a comprobar esta información y habían encontrado el sepulcro como les habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron. La narración revela que los de Emaús no daban demasiado crédito a estos testimonios, sobre todo a la afirmación de que Jesús, el desaparecido del sepulcro, pudiera estar vivo.

Es entonces cuando Jesús se pone a hablarles de las escrituras proféticas como un buen exegeta de la Biblia, haciéndoles caer en la cuenta de algunas cosas y, al mismo tiempo, de su torpeza para entender los acontecimientos más recientes por falta de criterio interpretativo. El criterio lo daba la revelación, ya en el Antiguo Testamento. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Según el relato isaiano del “Siervo de Yahvé” lo era; pues el Ungido de Dios había venido para expiar los pecados de la humanidad. Y si era necesario que el Mesías padeciera, ¿por qué asombrarse de estos padecimientos? No sucedía otra cosa que lo esperado: el cumplimiento de lo predicho en las Sagradas Escrituras. Jesús les hizo ver esto, como un buen exegeta, repasando pormenores y detalles de las predicciones del Antiguo Testamento: comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas; porque toda la Escritura se refería a él.

Ya cerca de la aldea Jesús hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron diciendo: Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída. Su palabra había empezado a esclarecerles muchas cosas. Había entrado en su mente oscurecida y desesperanzada una luz muy luminosa, transformando hasta sus sensaciones somáticas. Todo parecía cambiar en sus vidas arruinadas. Quizá no habían sido vanos sus esfuerzos ni fatuas sus esperanzas. Puede que su Maestro fuera ese futuro libertador de signo distinto al esperado. Tanto habían cambiado sus sensaciones que deseaban mantener esa iluminante compañía; por eso le instan a permanecer con ellos. El atardecer es sólo una excusa. Lo que realmente desean es que esa claridad que ha empezado a brillar en sus vidas perdure y se afiance en ellos. Y Jesús acepta la invitación y se queda. Y estando sentado a la mesa con ellos, reprodujo el gesto de la última cena, esa cena de imborrable memoria; tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio.

En ese mismo instante se les abrieron los ojos y lo reconocieron. De nuevo un signo les abre los ojos que tenían cerrados a la visión. El que aparecía a su vista como un desconocido adquiere el relieve de su Maestro cuando realiza el gesto de la última y memorable cena tenida con sus discípulos. El gesto de tomar el pan, partirlo y repartirlo –lo que había hecho probablemente en otras ocasiones y no sólo en la última cena- es para ellos más elocuente que la misma fisonomía que habían detectado sus ojos. Al momento de reconocerlo, Jesús desaparece, dejándoles sumidos en la reflexión. Y en este estado, comentan: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Efectivamente, ya al contacto con la palabra de aquel forastero habían experimentado la luminosidad de un rayo de luz que les había llegado al corazón cambiando su frialdad y su decepción, infundiéndoles un nuevo ardor. La palabra, cuando aporta luz, tiene esta virtualidad de transformar sensaciones, de introducir esperanza en corazones desesperanzados. Y esto es lo que apreciaron aquellos discípulos, todavía sin reconocer en el portador de esa palabra a su añorado Maestro, y menos aún a su futuro libertador. Pero lo eran; eran las palabras de su Maestro redivivo. Y pudieron reconocerlo al partir el pan. ¿No hay aquí una invitación a reconocer a Jesucristo en el pan de la Palabra y de la Eucaristía? Pues no desaprovechemos esta ocasión.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística