¡Señor mío y Dios mío!

1.- En el relato que describe la vida de la primera comunidad cristiana se cumple lo que afirma el salmo 132: “¡Ved qué bueno y deleitoso es convivir los hermanos unidos!”. La bondad y la delicia de la vida en común despertaron el deseo de muchas personas, que dejándolo todo, decidieron buscar juntos a Dios. Ahí está el origen del monacato y de la vida religiosa. Pero el texto de los Hechos no hay que verlo desde la óptica meramente histórica, pues no cabe duda de que nos muestra una comunidad “idealizada”. Lo que expresa es aquello a lo que aspiraban, no sin dificultades, como podemos observar por ciertos conflictos que surgieron desde los primeros tiempos.

2.- Las claves de la vida comunitaria cristina son: la enseñanza –catequesis– de los apóstoles, la vida en común, la comunión de bienes, la fracción del pan -eucaristía- y la oración. Todos necesitamos estos puntos de apoyo, sin los cuales nuestro seguimiento de Jesús se debilita. Llama la atención que “eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo a los que se iban salvando”. Contrasta esta situación con la realidad actual que vivimos los cristianos del siglo XXI en ciertos países de la vieja Europa: descristianización, religión a la carta, indiferencia religiosa, ateísmo… Muchos abandonan la nave de la Iglesia porque para ellos es un contrasigno de lo que Jesús predicó. ¿Qué hacer?

Vive tu fe, sé testigo de la resurrección de Cristo, manifiesta la alegría de sentirte habitado y transformado por Él y serás signo y luz en medio de las tinieblas.

3.- Tomás es una figura simpática y actual. Como él, muchos dudan, también los santos han dudado, buscan y no encuentran…. La Iglesia debe acoger a todos, sobre todo a tantos “tomases” que sinceramente buscan la verdad. Caminando con ellos nosotros podemos ayudarles a descubrir que el sentido de la vida está en lo profundo y en lo oculto, en las llagas de las manos y el costado. Jesús asumió el sufrimiento del hombre para levantarle del abismo. Nos regala la paz interior, el mayor de los dones que el hombre puede tener.

4.- Que en este tiempo pascual nos dirijamos a Jesucristo glorificado y le pidamos que aumente nuestra fe, que intentemos ilustrar y formar nuestra fe para responder a los interrogantes de nuestro tiempo. Que seamos capaces de decir con Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”.

José María Martín OSA