Experiencias compartidas

El confinamiento domiciliario para no favorecer la propagación del coronavirus ha supuesto y está suponiendo una dura prueba para todos. Es verdad que hay gestos positivos aun en estas circunstancias, que llaman la atención y animan algo, pero en la mayor parte de la jornada predominan las incomodidades y tensiones, la incertidumbre y la angustia por el futuro… Y para algunas personas, esta crisis ha supuesto caer en la cuenta de que verdaderamente somos muy vulnerables, no sólo físicamente, sino en todos los niveles. Por eso, aunque se procure ocultarlo y no manifestarlo, en lo profundo experimentamos una sensación de miedo. Algo muy humano.

El confinamiento puede tener como consecuencia que prestemos más atención a la Palabra de Dios, que en estas circunstancias adquiere un sentido especial. Y en este segundo Domingo de Pascua, podemos sentirnos identificados con los discípulos, que como nosotros estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo. Ellos, por miedo a los judíos, nosotros por ese otro miedo al que hacíamos referencia, pero tanto ellos como nosotros tenemos experiencias compartidas:

Todo lo pasado parece haberse derrumbado: para ellos, la predicación y los signos de Jesús no han servido de nada; para nosotros, todos nuestros proyectos y esperanzas se han venido abajo.

La experiencia que viven está siendo muy dura: para ellos la Pasión y muerte de Jesús fue algo muy amargo; para nosotros, pérdida de seres queridos, del empleo… también son muy amargos.

El futuro se presenta oscuro: ellos no saben qué hacer, cómo recuperar su vida; nosotros tampoco sabemos cómo acabará esto, cómo saldremos adelante, cómo podremos volver a nuestra vida…

Pero también hay otra experiencia que compartimos con ellos: En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Hoy como entonces, Jesús Resucitado se hace presente en medio nuestro confinamiento, en medio de nuestros miedos. Y les enseñó las manos y el costado; Jesús Resucitado no disimula ni niega su Pasión y muerte ante los discípulos; hoy tampoco niega ni disimula los sufrimientos y padecimientos que sus discípulos estamos atravesando, Él es consciente de que también, como a Él, nos van a dejar “cicatrices”, pero nos repite, como a ellos: Paz a vosotros.

Y todavía compartimos otra experiencia con los primeros discípulos: Les dijo: “Recibid el Espíritu Santo…” El mismo Espíritu que nosotros hemos recibido en nuestro Bautismo.

Desde la Vigilia Pascual hemos indicado que podemos aprovechar estos días de confinamiento, de tristeza, miedo, desesperanza… para leer, o releer, la exhortación apostólica “Cristo vive”, que el Papa Francisco ha dirigido no sólo a los jóvenes, sino también a todo el Pueblo de Dios. Y el Papa nos indica que “el Espíritu Santo es quien prepara y abre los corazones para que reciban ese anuncio, es Él quien mantiene viva esa experiencia de salvación” (130). “Invoca cada día al Espíritu Santo, para que renueve constantemente en ti la experiencia del gran anuncio” (131), que está resonando desde la Vigilia Pascual: ¡Ha resucitado!

Quizá nos ocurra como a Tomás: Si no veo… no lo creo. Pero Jesús Resucitado está ahí y llega a nosotros incluso estando cerradas las puertas: no sólo las de casa, sino también las de nuestro corazón. Si dudamos, como Tomás, es necesario que, como él, escuchemos lo que los otros miembros de la Iglesia nos dicen, para compartir su experiencia de encuentro con el Resucitado y “creer sin haber visto”. Y es el Papa quien nos dice: “¡Él vive! Hay que volver a recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive”. (124)

“Si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono. Aunque todos se vayan Él estará. Él lo llena todo con su presencia invisible, y donde vayas te estará esperando. Porque Él no sólo vino, sino que viene y seguirá viniendo cada día para invitarte a caminar hacia un horizonte siempre nuevo”. (125)

“Si Él vive eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de que nuestros cansancios servirán para algo. Entonces podemos abandonar los lamentos y mirar para adelante, porque con Él siempre se puede. Esa es la seguridad que tenemos. Jesús es el eterno viviente. Aferrados a Él viviremos y atravesaremos todas las formas de muerte y de violencia que acechan en el camino”. (127)