Comentario – Lunes II de Pascua

Entre los fariseos, Jesús no sólo tuvo adversarios, contradictores y críticos, sino también anfitriones que le invitaron a compartir mesa y personas que se dejaron tocar por su palabra y se abrieron a su mensaje; más aún, que se dejaron ganar para su causa. Es el caso del magistrado judío Nicodemo, que fue a ver de noche a Jesús. La precisión adverbial tiene su valor. Si fue a verlo de noche es porque no quería hacer pública su relación con el Maestro de Nazaret, porque no quería delatarse como admirador y tal vez como partidario de este singular rabino de corte heterodoxo. Al parecer, ansiaba mantener una entrevista personal con Jesús; y a él se dirige en términos muy respetuosos, incluso obsequiosos: Rabí –le dice-, sabemos que has venido de parte de Dios, porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él.

Le reconoce, pues, como maestro digno de crédito; más aún, como alguien venido de parte de Dios, es decir, como un profeta reconocible no sólo en sus palabras, sino también en sus obras, pues no podría hacer obras tan poderosas y benéficas si Dios no estuviera con él, si no tuviera a Dios por aliado. Jesús había invocado en más de una ocasión a las obras como signo de credibilidad: Si no me creéis a mí, creed al menos a las obras que yo hago por encargo de mi Padre; ellas dan testimonio de mí. Nicodemo había recibido el testimonio de estas obras y había visto en ellas signos que delataban a un enviado de Dios, es decir, a alguien que tenía a Dios de su parte porque venía de parte de Dios. Esto mismo le daba autoridad ante los que habían acogido semejante testimonio. Entre ellos estaba, sin duda, el fariseo y magistrado Nicodemo.

Pero el Maestro venido de parte de Dios no se contenta con este reconocimiento. Aprovecha el momento para transmitir su enseñanza: Te lo aseguro –le dice Jesús-, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios. La frase, pretendidamente enigmática, del Maestro suscita preguntas en el discípulo: ¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? Las preguntas se podrían multiplicar en la misma dirección: ¿Cómo puede volver a nacer el que ya ha nacido? ¿No se requiere antes morir para volver a nacer? ¿Es posible nacer a una segunda vida? Pero ¿no implicaría esto una apertura a la idea de la reencarnación y de las vidas sucesivas? Jesús le contesta elevando el nivel del discurso a esferas más simbólicas (o espirituales) y menos biológicas (o corporales): Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”.

Cuando Jesús habla de nacer de nuevo como requisito para ver el Reino de Dios o entrar en él, no piensa en un reingreso en el seno intrauterino para volver a nacer de él; esto sería absurdo. A lo que se refiere el interlocutor de Nicodemo es a otra cosa que él describe como un nacer de agua y de Espíritu y que la tradición ha visto desde antiguo como una clara alusión al bautismo cristiano en el que confluyen la materialidad del agua (signo) y la fuerza del Espíritu, ambas realidades en perfecta sincronía; porque el agua sin el Espíritu no produce nada y el Espíritu sin el agua carece de significación. Lo que produce el Espíritu en ese “vientre” que proporciona el agua es una nueva vida conformada (y caracterizada) por la matriz de la que procede, esto es, por el Espíritu. Lo que nace en el primer nacimiento (de la carne) es carne, si bien una carne dotada de alma, carne animada; lo que nace en el segundo nacimiento (del agua y del Espíritu) es espíritu, si bien un espíritu (o ser espiritual) en la carne del primer nacimiento, espíritu encarnado o vida dotada por el Espíritu para realizar obras espirituales o sobrenaturales (si hablamos en términos de naturaleza).

Sólo este nuevo ser vivo –hombre nuevo, en expresión paulina-, con nueva mentalidad, con nuevas capacidades y sentimientos, engendrado en este segundo nacimiento, estará dotado (o capacitado) para vivir en el Reino de los cielos, y eso no sin antes adaptarse al nuevo hábitat. Todo hábitat exige una adaptación en sus habitantes. El medio acuático obliga a los que allí viven (los peces) a adaptar su organismo a él; lo mismo sucede con el hábitat terrestre, que obliga a sus habitantes a tener pulmones que les permitan respirar el oxígeno atmosférico. También el Reino de Dios exigirá una adaptación de cuerpo y alma a sus moradores. Por tanto, nada tiene de extraño que tengamos que nacer de nuevo y sufrir las transformaciones necesarias tanto de cuerpo como de alma para adaptarnos a ese hábitat, que no es terrestre (ni acuático), sino celeste.

el que ha nacido del Espíritu, dice Jesús añadiendo más misterio a su hablar misterioso y simbólico, obrará movido por la fuerza del Espíritu que, al igual que el viento, cuando sopla, no sabemos de dónde viene, ni adónde va. A esta afirmación podríamos objetar que algo sabemos de la procedencia del viento: si éste es cálido, procede del sur; si es frío, procede del norte. Pero ¿sabríamos precisar con exactitud el origen de ese viento? Sea como fuere, lo cierto es que el movimiento generado por el Espíritu nos pude resultar muchas veces desconcertante e imprevisible, sin saber de dónde viene ni adónde va. Lo que sí sabemos, no obstante, es que viene de Dios y a Dios va. Por eso, los nacidos del Espíritu, que van y vienen adonde el Espíritu les lleva, podrán entrar y vivir en el Reino de Dios por toda la eternidad.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística