Homilía – Domingo III de Pascua

1.- Un resurrección «atestiguada» (Hch 2, 14.22-33)

El texto de Hechos está tomado del discurso de Pedro, el día de Pentecostés. Tiene el sabor de inicio de una nueva etapa en la historia de la salvación. En ella, la obra lucana concede un valor especial al Espíritu y al testimonio de los Doce. A la circunstancia del día de Pentecostés, se añade la relación expresa del Resucitado con el Espíritu Santo: «Ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado».

Como en todo el kerigma apostólico, subraya Pedro la identidad entre el Señor resucitado y Jesús de Nazaret. Por eso recuerda su vida, «acreditada por Dios con milagros, signos y prodigios». Aquellos que anticipaban ya la «gran acreditación»: la resurrección de entre los muertos.

La vida y la muerte de Jesús quedan iluminadas por la resurrección en gloria. La misma cruz no queda fuera de designio divino de gloria: «Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron… y vosotros lo matasteis en una cruz». El «per crucem ad lucem» (por la cruz a la luz) es la entraña del misterio de la Pascua.

La «acreditación» por parte de Dios y la «atestiguación parte de los Doce pertenecen al núcleo mismo del discurso de Pedro: «Dios resucitó a Jesús, y nosotros somos testigos de ello». Iluminación del Espíritu que alcanza también a una mayor penetración en las antiguas Escrituras: cuando David afirmó que «Dios no lo entregaría a la muerte, hablaba previendo la resurrección del Mesías». El Espíritu da la clave de lectura que les faltaba a los discípulos de Emaús (lectura cristológica de las Escrituras del Antiguo Testamento).

 

2.- Una resurrección «creída» (1Pe 1, 17-21)

La primera Carta de Pedro se dirige ya a cristianos que no tuvieron el contacto directo con el Resucitado; a aquellos que se encuentran dentro de la bienaventuranza proclamada por Jesús: «Dichosos los que sin ver han creído».

Lo mismo que el corazón de la confesión veterotestamentaria es «el Dios que sacó a Israel de la esclavitud de Egipto», la del Nuevo Testamento se concentra en «el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos».

En ambos casos, una confesión salvadora. No por los propios méritos: «Por Cristo, vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria». Este es el mensaje fundamental de esta segunda lectura, hecha en contexto pascual. Lo demás, son consecuencias: la fe y la esperanza (no sólo la fe), puestas en Dios, la conciencia de haber sido rescatados de un proceder inútil y vacío a precio de la sangre de Cristo, el nuevo estilo de vida derivado de la confesión de Dios como Padre. Novedad y plenitud que tienen en la resurrección de Jesús su origen y meta.

3.- Una resurrección «experimentada» (Lc 24, 13-35)

Lo había dicho Pedro en Hechos: las comidas se hicieron lugar de encuentro con el Resucitado. Las que siguieron a aquellas otras comidas de la vida histórica de Jesús: Comidas de integración y cercanía, de convivencia y de fraternidad, expresión de un Reino abierto a los excluidos y marginados, a todos aquellos a quienes era negado un lugar en la mesa. Y las comidas que van a continuar en la comunidad de los discípulos, cuando también ellos compartan el pan de la fraternidad y realicen el mandato Jesús, perpetuando su memoria y su presencia.

Como modelo y síntesis del múltiple valor de las comidas de Jesús, la comida de Emaús. Precedida por un primer encuentro anónimo en el camino. Jesús no se da a conocer, pero encuentra a sus discípulos en su situación real: el desconcierto después de lo sucedido en Jerusalén. Su esperanza estaba por los suelos: «Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel»… Y, para colmo, los que de ellos se habían acercado al sepulcro, soliviantados por las mujeres, «a él no lo vieron». De repente, todo se les ha convertido en oscuridad. El acompañante desconocido da una razón: «Su necedad y torpeza»; solamente deberían haber abierto las Escrituras… Lo que había ocurrido a Jesús, había sido, en efecto, «según las Escrituras».

El atardecer cronológico («quédate con nosotros que atardece») coincide con un amanecer anímico («¿no ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?»).

Pero no se hace luz plena sino en la mesa, cuando Jesús «toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da». La rememoración es intensa: aquella Última Cena, anticipo de la muerte y de la nueva comida en el Reino. Fue sólo entonces «cuando se les abren los ojos y lo reconocen» de nuevo vivo y entre ellos. Alusión eucarística como lugar privilegiado de encuentro como el que está vivo en medio de la comunidad de discípulos. Ellos confesaron y nosotros confesamos: «Era verdad, ha resucitado el Señor»… y lo seguimos experimentando «en la fracción del pan».

 

¡Camina con nosotros!

Comemos y bebemos en tu mesa
algunos cada día, otros de tarde en tarde
y aún somos ese fuego que no arde,
aunque tu vino embriaga y tu maná no cesa.

¡Señor Jesús! Cumpliste tu promesa
pero de tu victoria sólo hacemos alarde.
¡Camina con nosotros cualquier tarde
y prende en nuestro pecho tu llamarada espesa!

¡Muéstranos el sendero de la vida
y enséñanos de noche tu Ley internamente
desde el ocaso hasta la amanecida!

Y, pues llamamos nuestro al Padre providente,
fiador de tu Iglesia renacida,
seguiremos tus pasos de día, dignamente…

Pedro Jaramillo