Comentario – Martes II de Pascua

San Juan nos presenta a Jesús en diálogo con Nicodemo, el maestro de la Ley que fue de incógnito a ver a Jesús, seguramente que atraído por su doctrina y personalidad y por sus obras. Es como si el evangelista hubiese sido testigo presencial de esta conversación o hubiese dispuesto de una grabación de la misma. Sea cual sea el canal suministrador o el medio recolector, lo cierto es que nos ofrece este testimonio que forma parte de los evangelios canónicos. Decía Jesús a Nicodemo: Te lo aseguro: de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonioSi no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Jesús remite su testimonio a una experiencia hecha de ciencia y de visión.

Mientras que el hablar de los maestros de la Ley es una doctrina apoyada en una tradición, el hablar de Jesús brota de su propia ciencia y experiencia: habla de lo que sabe y de lo que ha visto. Su enseñanza es el testimonio de un sabio y de un vidente, de alguien que sabe y que ha visto; está, por tanto, apoyado en una sabiduría y en una visión personal, que no por eso deja de tener conexiones con la antigua tradición profética. En último término, Jesús remite a sus seguidores a su propia experiencia filial, es decir, a esa íntima relación con el Padre que le hace sentirse Hijo único. El uso del plural –de lo que sabemos hablamos– parece acentuar la dimensión comunitaria del testimonio. El testimonio de Jesús –en cuanto tal, personalísimo: sólo él tiene esta experiencia filial de Dios- se identifica en tiempos del evangelista con el testimonio de la Iglesia, que sigue hablando de lo que sabe, aunque lo que sabe lo sabe como recibido de su fundador. Esto no significa que el cristiano no pueda hacer de la experiencia de Jesús experiencia personal por obra del mismo Espíritu filial que actúa en él tras la resurrección. Esto es precisamente lo que nos hace saber san Pablo: que tenemos el mismo Espíritu de Cristo, que es Espíritu de filiación (adoptiva), para hacer su misma experiencia y entablar con Dios una relación similar a la suya, relación de hijos de Dios.

El hablar de Jesús se presenta, pues, como un testimonio que no es aceptado por aquéllos, los fariseos, que conforman el grupo al que pertenece Nicodemo. Y cuando un testimonio no se acepta es porque se desconfía del que lo da, o bien porque su contenido resulta increíble a los oídos de los receptores, o porque al testigo se le considera poco fiable. Ambas cosas pudieron contribuir a este rechazo por parte de los fariseos, que veían en Jesús a un maestro de la ley muy particular; más aún, sospechoso de herejía; y cuya doctrina les sonaba a presuntuosa, heterodoxa o incluso blasfema. Jesús parece resignado a este rechazosi no me creéis cuando os hablo de la tierra, es decir, de esas cosas que están al alcance de la investigación humana y que son más o menos comprobables, aunque resulten muchas veces también increíbles (como que la cal viva arda con el mismo agua que sirve para apagar el fuego o que en una gota de agua habiten millones de bacterias), ¿cómo vais a creerme cuando os hable de las cosas del cielo, que se rigen por otras coordenadas y pertenecen a otras dimensiones? Pero él puede hablar del cielo, porque ha bajado del cielo; a él el cielo no le resulta desconocido porque procede de allí. No obstante, su hablar de esta realidad inimaginable es siempre analógico o metafórico. No puede ser un hablar unívoco porque el mismo lenguaje humano –finito y temporal- lo desnaturalizaría, lo convertiría en una realidad mundana como todas esas realidades de las que se extrae el mismo lenguaje.

Seguidamente Jesús se remite a un pasaje del libro de los Números (21, 9) para referirlo a sí mismo y a su propia elevación en el árbol de la cruz: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así también tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Este testimonio es también una predicción que podrá ser corroborada por la historia. Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un estandarte para que todos los mordidos de serpiente pudiesen mirarla y obtener la curación. Jesús equipara su propio cuerpo clavado en la cruz y puesto en alto al de esa serpiente benéfica de la que procede la salud para los afectados por el veneno de las serpientes del desierto. Todo el que mire con fe al Hijo del hombre así elevado en el árbol –que hace maldito al que cuelga de él- humillante de la cruz, podrá obtener una salud especial, inquebrantable, la que otorga la vida eterna. También aquí basta una mirada creyente para obtener el beneficio de la salud; pero en este caso se trata de una salud tan duradera que no se perderá jamás.

Conforme a lo predicho, Jesús fue realmente elevado en este patíbulo que es al mismo tiempo un trono honorable para todo el que le reconoce como el Ungido de Dios y como el Salvador del mundo. El testimonio encontró, pues, en parte su cumplimiento. Lo que queda por verificar: que se obtenga la vida eterna, es algo cuya realidad sólo podrá comprobarse con el acceso a esta vida, es decir, cuando dejemos de estar sujetos a la temporalidad en que vivimos. Pero la participación en esa vida tiene sus anticipos en ésta, que adoptan diferentes formas: la de la paz o el sosiego en medio del oleaje y la turbación, la de la serenidad ante el sufrimiento y la adversidad, la de la esperanza ante el fracaso y la muerte. La fe ya proporciona dones con sabor y valor de vida eterna. Son los dones ligados a esta promesa de vida que Dios nos permite disfrutar ya anticipadamente en este mundo. Nuestra actitud tendría que ser la de vivir en un permanente estado de acción de gracias por la vida, siempre precaria, de la que hoy disfrutamos, y por la que nos es prometida como vida eterna por el que es la fuente de toda vida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística