La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- EL ENCUENTRO CON PEDRO. LA MIRADA DEL SEÑOR

Jn 1, 40-42

Andrés buscó a su hermano Simón y le dijo: Hemos encontrado al Mesías, ¡al que todo el mundo esperaba! Era una voz de júbilo que revelaba un alma llena de fe. Le hablaría a su hermano con la seguridad del que está convencido, de quien ha descubierto algo muy grande. Y lo llevó a Jesús. La fe tiende a comunicarse y tiene consecuencias prácticas, y Andrés comienza por el más próximo: su hermano.

El Señor se vale con frecuencia de los lazos de la sangre, de la amistad… para llamar a otras almas a seguirle. Esos vínculos pueden abrir la puerta del corazón de parientes y amigos a Jesús, que a veces no puede entrar debido a los prejuicios, los miedos, la ignorancia, la reserva mental o la pereza. Cuando la amistad es verdadera no son necesarios grandes esfuerzos para hablar de Cristo: la confidencia surgirá como algo normal. Entre amigos es fácil intercambiar puntos de vista, comunicar hallazgos…

Cuando Simón estuvo en su presencia, Jesús le miró con predilección. A Pedro le quedó grabada esta mirada de su Maestro toda la vida; le penetró hasta lo más hondo del alma.

San Marcos, que recoge la catequesis de Pedro, nos hablará en otros lugares de este mirar inolvidable. Los evangelistas lo resaltan en las más variadas circunstancias. Con su mirada invitará a dejarlo todo y a seguirle, como en el caso de Mateo; o se llenará de amor, como en el encuentro con el joven rico; o de ira y de tristeza, viendo la incredulidad de los fariseos; de compasión, ante el hijo de la viuda de Naín; sabrá remover el corazón de Zaqueo, logrando su conversión; se enternecerá ante la fe y la grandeza de ánimo de la pobre viuda
que dio como limosna todo lo que poseía. Su mirada penetrante ponía al descubierto el alma frente a Dios, y suscitaba al mismo tiempo el examen y la contrición. Así miró Jesús a la mujer adúltera, y así miró al mismo Pedro que, después de su traición, lloró amargamente.

Mirándolo Jesús le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas.

Jesús se impone desde el principio a Pedro, que permanece anonadado, felizmente anonadado, por esta acogida que él no esperaba. El Maestro conoce su nombre propio, Simón. Sabe que es hijo de Juan, que equivalía a su apellido paterno. Y le anuncia con cierta solemnidad el nombre que ha de llevar en adelante como imagen de su misión: Tú te llamarás Cefas, piedra[1].

Cefas es transcripción griega de una palabra aramea que quiere decir piedra, roca. Y san Juan, que escribe en griego, se ve en la necesidad de explicar el significado del término empleado por Jesús. Cefas no era nombre propio, nadie se llamaba así, pero el Señor lo impone al apóstol para indicar la misión que le será revelada más adelante: Simón estaba destinado a ser la piedra, la roca sobre la que se asentaría la Iglesia. Desde aquel momento perteneció por entero al Señor. Aquella noche no dormiría al recordar la mirada y las palabras afectuosas del nuevo Maestro. Toda su vida quedó marcada por aquel instante.

Los primeros cristianos consideraban tan significativo este nuevo nombre que lo emplearon sin traducirlo; después se hizo corriente su traducción –Pedro–, que ocultó el antiguo nombre del apóstol –Simón–. Cefas dejó de utilizarse.


[1] En ocasiones, entre los judíos poner un nombre era, en cierto modo, tomar posesión de lo nombrado y designar su misión en la vida. El cambio de nombre en el Antiguo Testamento marca el principio de una vocación especial. Así, Jacob es llamado Israel, Abrán se convierte en Abraham, etc.