Vísperas – Miércoles II de Pascua

VÍSPERAS

MIÉRCOLES II DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

Gallos vigilantes
que la noche alertan.
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 61: LA PAZ EN DIOS

Ant. Que no tiemble vuestro corazón, tan sólo creed en mí. Aleluya.

Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de él viene mi salvación;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré.

¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre
todos juntos, para derribarlo
como a una pared que cede
o a una tapia ruinosa?

Sólo piensan en derribarme de mi altura,
y se complacen en la mentira:
con la boca bendicen,
con el corazón maldicen.

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré.

De Dios viene mi salvación y mi gloria,
él es mi roca firme,
Dios es mi refugio.

Pueblo suyo, confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón,
que Dios es nuestro refugio.

Los hombres no son mas que un soplo,
los nobles son apariencia;
todos juntos en la balanza subirían
más leves que un soplo.

No confiéis en la opresión,
no pongáis ilusiones en el robo;
y aunque crezcan vuestras riquezas,
no les deis el corazón.

Dios ha dicho una cosa,
y dos cosas que he escuchado:

«Que Dios tiene el poder
y el Señor tiene la gracia;
que tú pagas a cada uno
según sus obras.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Que no tiemble vuestro corazón, tan sólo creed en mí. Aleluya.

SALMO 66: QUE TODOS LOS PUEBLSO ALABEN AL SEÑOR

Ant. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que se alegren por tu salvación. Aleluya.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que se alegren por tu salvación. Aleluya.

CÁNTICO de COLOSENSES: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CRIATURA

Ant. Su resplandor eclipsa el cielo, la tierra se llena de su alabanza. Aleluya.

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Su resplandor eclipsa el cielo, la tierra se llena de su alabanza. Aleluya.

LECTURA: Hb 7, 24-27

Jesús, como permanece para siempre, tiene el sacerdote que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder a su favor. Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día —como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo—, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Aleluya.

PRECES

Imploremos a Dios Padre, que por la resurrección de su Hijo de entre los muertos nos ha abierto el camino de la vida eterna, digámosle:

Por la victoria de Cristo, salva, Señor, a tus redimidos.

Dios de nuestros padres, que has glorificado a tu Hijo Jesús resucitándolo de entre los muertos,
— convierte nuestros corazones, para que andemos en una vida nueva.

Tú que, cuando andábamos descarriados como ovejas, nos ha hecho volver al pastor y guardián de nuestras vidas,
— consérvanos en tu felicidad al Evangelio, bajo la guía de los obispos de tu Iglesia.

Tú que elegiste a los primeros discípulos de tu Hijo de entre el pueblo de Israel,
— haz que los hijos de este pueblo reconozcan el cumplimiento de las promesas que hiciste a sus padres.

Acuérdate, Señor, de los huérfanos, de las viudas, de los esposos que viven separados y de todos nuestros hermanos abandonados,
— y no permitas que vivan en la soledad, ya que fueron reconciliados por la muerte de tu Hijo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que llamaste a ti a Esteban, que confesó que Jesús estaba de pie a tu derecha,
— recibe a nuestros hermanos difuntos que esperaron tu venida en la fe y en el amor.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Al revivir nuevamente este año el misterio pascual, en el que la humanidad recobra la dignidad perdida y adquiere la esperanza de la resurrecicón futura, te pedimos, Señor de clemencia, que el misterio celebrado en la fe se actualice siempre en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Miércoles II de Pascua

1) Oración inicial

Al revivir nuevamente este año el misterio pascual, en el que la humanidad recobra la dignidad perdida y adquiere la esperanza de la resurrección futura, te pedimos, Señor de clemencia, que el misterio celebrado en la fe se actualice siempre en el amor. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según san Juan 3,16-21
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Y el juicio está en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.» 

3) Reflexión

• El evangelio de Juan es como un tejido, hecho con tres hilos diferentes pero parecidos. Los tres se combinan tan bien entre sí que, a veces, no da para percibir cuando se pasa de un hilo al otro. (a) El primer hilo son los hechos y las palabras de Jesús de los años treinta, conservados por los testigos oculares que guardaron las cosas que Jesús hizo y enseñó. (b) El segundo hilo son los hechos de la vida de las comunidades. A partir de su fe en Jesús y convencidas de la presencia de Jesús en medio de ellas, las comunidades iluminaban su caminar con las palabras y los gestos de Jesús. Esto ha tenido un impacto sobre la descripción de los hechos. Por ejemplo, el conflicto de las comunidades con los fariseos del final del primer siglo marcó la forma de describir los conflictos de Jesús con los fariseos. (c) El tercer hilo son comentarios hechos por el evangelista. En ciertos pasajes, es difícil percibir cuando Jesús deja de hablar y cuando el evangelista empieza a hacer sus comentarios. El texto del evangelio de hoy, por ejemplo, es una bonita y profunda reflexión del evangelista sobre la acción de Jesús. La gente casi no percibe la diferencia entre las palabras de Jesús y las palabras del evangelista. De cualquier forma, tanto las unas como las otras, son palabras de Dios.
• Juan 3,16: Dios amó el mundo. La palabra mundo es una de las palabras más frecuentes en el Evangelio de Juan: ¡78 veces! Tiene diversos significados. En primer lugar, mundo puede significar la tierra, el espacio habitado por los seres humanos (Jn 11,9; 21,25) o el universo creado (Jn 17,5.24). Mundo puede significar también las personas que habitan esta tierra, la humanidad toda (Jn 1,9; 3,16; 4,42; 6,14; 8,12). Puede significar también un gran grupo, un grupo numeroso de personas, en el sentido de la expresión “todo el mundo” (Jn 12,19; 14,27). Aquí, en nuestro texto, la palabra mundo tiene el sentido de humanidad, de todo ser humano. Dios ama la humanidad de tal modo que llegó a entregar a su hijo único. Quien acepta que Dios llega hasta nosotros en Jesús, éste ya pasó por la muerte y ya tiene vida eterna.
• Juan 3,17-19: El verdadero sentido del juicio. La imagen de Dios que aflora de estos tres versículos es la de un padre lleno de ternura y no la de un juez severo. Dios mandó a su hijo no para juzgar y condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Quien cree en Jesús y lo acepta como revelación de Dios no es juzgado, pues ya ha sido aceptado por Dios. Y quien no cree en Jesús, ya ha sido juzgado. Se excluye él mismo. Y el evangelista repite lo que ya ha dicho en el prólogo: muchas personas no quieren aceptar a Jesús, porque su luz revela la maldad que en ellas existe (cf. Jn 1,5.10-11).
• Juan 3,20-21: Practicar la verdad. Existe en todo ser humano una semilla divina, un rasgo del Creador. Jesús, como revelación del Padre, es una respuesta a este deseo más profundo del ser humano. Quien quiere ser fiel a lo más profundo de sí mismo, aceptará a Jesús. Es difícil encontrar una visión ecuménica más amplia que lo que el Evangelio de Juan expresa en estos versículos.
• Completando el significado de la palabra mundo en el Cuarto Evangelio. Otras veces, la palabra mundo significa aquella parte de la humanidad que se opone a Jesús y a su mensaje. Allí la palabra mundo toma el sentido de “adversarios” u “opositores” (Jn 7,4.7; 8,23.26; 9,39; 12,25). Este mundo contrario a la práctica libertadora de Jesús está gobernado por el Adversario o Satanás, también llamado “príncipe de este mundo” (Jn 14,30; 16,11). El representa el imperio romano y, al mismo tiempo, los líderes de los judíos que están expulsando a los seguidores de Jesús de las sinagogas. Este mundo persigue y mata las comunidades, trayendo tribulaciones a los fieles (Jn 16,33). Jesús las liberará, venciendo al príncipe de este mundo (Jn 12,31). Así, mundo significa una situación de injusticia, de opresión, que engendra odio y persecución contra las comunidades del Discípulo Amado. Los perseguidores son aquellas personas que están en el poder, los dirigentes, tanto del imperio como de la sinagoga. En fin, todos aquellos que practican la injusticia usando para esto el nombre de Dios (Jn 16,2). La esperanza que el evangelio trae a las comunidades perseguidas es que Jesús es más fuerte que el mundo. Por esto dice: “En el mundo tendréis tribulaciones. Pero ¡ánimo: yo vencí el mundo!” (Jn 16,33).

4) Para la reflexión personal

• Tanto amó Dio al mundo que llegó a entregar a su propio hijo. Esta verdad ¿ha llegado a penetrar en lo más profundo de mi ser, de mi conciencia?
• La realidad más ecuménica que existe es la vida que Dios nos da y por la que entregó a su propio hijo. ¿Cómo vivo el ecumenismo en mi vida de cada día? 

5) Oración final

Bendeciré en todo tiempo a Yahvé,
sin cesar en mi boca su alabanza;
en Yahvé se gloría mi ser,
¡que lo oigan los humildes y se alegren! (Sal 34,2-3)

Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 13, 33-37

33Mirad, manteneos despiertos; porque no sabéis cuándo es el tiempo.

34Como un hombre de viaje, dejando su casa y dando autoridad a sus esclavos, a cada uno su trabajo, y al portero le manda para que vigile.

35Vigilad, porque no sabéis cuándo viene el señor de la casa, si al atardecer, a media noche, al cantar el gallo 36 no sea que viniendo de repente os encuentre durmiendo. 37 Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: vigilad”».

Tras las alusiones, en todas partes del capítulo 13, a que el tiempo final, el eschaton, es inminente, el discurso escatológico concluye con una exhortación a permanecer despierto, porque el Señor puede volver en cualquier momento. Nadie, ciertamente, conoce la hora exacta de su advenimiento, pero en opinión de Jesús será pronto seguramente. Este pasaje conclusivo, como la escena inicial en 13,1-4, parecen ser básicamente una composición del evangelista, aunque haya empleado algún material tradicional, como la parábola en 13,34. El pasaje está estructurado alrededor de tres frases en imperativo plural: «Mirad, manteneos despiertos» de 13,33; «Vigilad» en 13,35 y en 13,37. Cada una de las dos primeras frases en imperativo va seguida de una oración causal, que explica la necesidad de la vigilancia (13,33b.35b), y luego, respectivamente, por la parábola del portero (13,34) y su interpretación (13,35c-36).

13,33-37: Jesús comienza la sección final de su último y amplio discurso en Marcos con una llamada a la vigilancia (13,33a), señalando así la importancia de lo que va a seguir. Todos los seres humanos se encuentran en el mismo estado de indeterminación escatológica radical, por lo que comparten un imperativo común de vigilancia apocalíptica (13,33b).

Jesús deja este punto muy claro con la parábola del portero (13,34), que sigue un guión familiar de otras parábolas suyas: un hombre rico se marcha y deja a sus esclavos como responsables de su propiedad (cf. Mc 12,1-12; Mt 24,45-51 // Lc 12,42-46; Mt 25,14-30; Lc 19,12-27). La marcha del amo es una prueba implícita: ¿serán fieles los criados a su señor ausente? El hincapié marcano en el pasaje presente cambia de los esclavos en general (13,34b) al portero en particular (13,34c), cuya tarea es mantenerse despierto y abrir la puerta cuando vuelva el amo, incluso si este llega en medio de la noche. En la alegoría de la parábola en su contexto marcano, el «señor» es Jesús, que pronto se marchará, ascenderá al cielo en su resurrección, pero volverá en la parusía para congregar a sus elegidos y juzgar al mundo.

Sin embargo, el momento de este retorno es desconocido, por lo que Jesús exhorta a sus oyentes a la vigilancia por segunda vez (13,35a) y luego interpreta la parábola observando que nadie sabe a qué hora de la noche volverá el amo (13,35bc). Los momentos posibles de la llegada del amo en algunos textos judíos son el alba, el mediodía y la tarde, y no las cuatro horas de guardia mencionadas en Marcos. ¿Por qué se da esta diferencia?

Llegar de noche es insólito, aunque no sin precedentes (cf. Lc 11,5), puesto que los antiguos estaban poco dispuestos a viajar de noche debido a los bandidos y otros peligros del camino. Pero la vuelta del amo por la noche tiene también una dimensión teológica, basada en la noción común judía de que la era presente se parece a la noche, y la edad futura es como el día. Jesús, pues, vendrá como un ladrón por la noche (cf. 1Ts 5,2; Mt 24,43) y a su llegada la oscuridad se tornará en luz, trayendo la alegría a los que son «los hijos del día» (cf. 1Ts 5,5).

Pero con estas buenas noticias viene también una amenaza implícita: «no sea que venga de repente y os encuentre dormidos» (13,36). En Marcos, ser un creyente en Dios, incluso uno «de los elegidos», no es garantía alguna de permanecer despierto hasta la vuelta del amo. Este peligro del sueño escatológico, continúa Jesús afirmando implícitamente, afecta no solo a los cuatro discípulos a los que habla directamente (13,3-4), sino a todos los que oirán esta historia a través de ellos, incluidos, ante y sobre todo, los miembros de la comunidad marcana (13,37a). Como en 13,14, es probable que esta intención de dirigirse directamente a la audiencia marcana -incluyéndola entre los discípulos- refleje la preocupación del evangelista por un asunto de extrema importancia para la supervivencia de su comunidad. Ciertamente, si se toma en serio 13,22, la mayoría de los cristianos marcanos estaría enredada en las mallas de un reino engañoso, demoníaco, quizás no solo por su tendencia a seguir a falsos cristos (13,22), sino también por su propensión a desesperarse por el retraso de la vuelta del verdadero (cf. 6,48: en este pasaje, Jesús viene en el último minuto posible, ¡en la cuarta vigilia de la noche!, para salvar a sus discípulos inmersos en la lucha).

La inquietante perspectiva de ser encontrados dormitando en la parusía produce una tercera -y final- llamada de atención, con la cual finaliza el pasaje («Vigilad»: 13,37b). Esta repetición extraordinaria de la vigilancia (el cuarto caso de un verbo sinónimo en cinco versículos) es probablemente una expresión con doble sentido. Por una parte, se trata de una última llamada para adoptar una actitud de vigilancia escatológica que ha sido la urgente tarea de la perícopa. Esta actitud -supone Marcos- significa vivir la vida con ojos abiertos de par en par. Los burlones pueden menospreciarla como propio de gente soñadora, cuya atención está fija en acontecimientos futuros, pero Marcos da a entender que son estos soñadores los que realmente tienen sus ojos abiertos. «Los realistas», por otra parte, los que piensan que el mundo seguirá indefinidamente su curso acostumbrado, ¡están soñando sencillamente!

Pero es también significativo que esta llamada de atención conclusiva preceda inmediatamente a la sección final del evangelio, que contiene los relatos de la pasión de Jesús (capítulos 14-15) y del descubrimiento de la tumba vacía (16,1-8). Ahora bien, estos acontecimientos de la pasión y resurrección son al menos un cumplimiento parcial de las profecías escatológicas del capítulo 13: con ellos viene el final. Los elegidos duermen (14,37.40-41), huyen (14,50-52.66-72), el sol se oscurece (15,33), el Templo sufre un daño que presagia su destrucción (15,38) y el Hijo del Hombre pasa por una vigilia que dura toda la noche hasta que finalmente, del otro lado de la muerte cósmica, vuelve como heraldo de una nueva vida y una edad nueva. Así pues, si Jesús exhorta a sus discípulos a mantener los ojos abiertos, está llamando su atención no solo hacia los signos de los tiempos del día según Marcos, sino también hacia el último acto del drama escatológico de la vida de Jesús, que está a punto de revelarse en la conmocionante conclusión del evangelio.

Comentario – Miércoles II de Pascua

San Juan prosigue el diálogo de Jesús con Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo –dice-, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eternaPorque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Jesús concibe su vida como una entrega por amor, la entrega del Hijo único por parte del Padre para que ese mundo por el que se entrega no perezca, sino que se salve, obteniendo la vida eterna. La entrega del Hijo (a la muerte, y muerte de cruz) supone su envío a ese mundo en el que muere, y que es nuestro mundo. Jesús interpreta su vida o estancia en el mundo como un acto de amor de Dios que se consumará en la entrega significada por la muerte. Dios, por tanto, manda su Hijo al mundo para salvarlo, puesto que está en trance de muerte y de condenación. El fin perseguido con el envío del Hijo no es la condenación, sino la salvación del hombre.

La condenación es únicamente el término de ese plano inclinado en el que se encuentra el hombre necesitado de salvación. Se condenarán los que, estando en situación de naufragio, desprecian esa tabla de salvación que les es ofrecida para sostenerse en medio del oleaje y alcanzar finalmente la orilla. El acto de agarrarse a esa tabla de salvación es un acto de fe; supone creer que es verdadera tabla de salvación, que me mantendrá a flote y que me permitirá alcanzar tierra firme. No perecerán los que creen en él porque se aferrarán a él pudiendo así ser llevados a puerto seguro. Y los adheridos a él por la fe podrán obtener la misma vida que él ha obtenido trámite la resurrección y que es la vida del que ya no morirá jamás, la vida eterna. La fe en él permite este abrazo y esta adhesión, esta comunión con él en su propio destino de muerte y de vida.

Por eso, puede sentenciar: El que cree en él, no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. No creer es no aceptar la tabla de salvación que le es ofrecida. No se trata de un simple desprecio, sino de que a consecuencia de ese desprecio no se dispone del medio necesario para salir a flote y alcanzar la orilla. El que no cree se condena porque no se agarra a la tabla de salvación lanzada por el mismo Dios, porque no se adhiere a aquel a quien Dios envía para salvarle, rechazando o despreciando así el medio salvífico que Dios le proporciona. Aquí el medio, el puente, el camino es un Mediador, es una persona, la persona entregada en acto de amor. Será precisamente la relación –adhesión, comunión amorosa, amistad- con esa persona la que nos permita obtener la salvación deseada, una salvación que implica no sólo la liberación de todos nuestros males y esclavitudes, sino la obtención de una vida infinitamente mejor, una vida sin sombra de muerte.

Y puesto que la causa de la condenación no es Dios, que envía a su Hijo al mundo para salvarnos, san Juan se propone explicarnos cuál es esa causa; y lo hace como si se tratara de un fenómeno meramente físico, aunque en realidad encierra una opción moral: la de aquellos que prefierenpermanecer en las tinieblas para no verse acusados por la luz porque sus obras son malas. Hay, por tanto, una maldad que lleva a preferir la oscuridad a la luz; pero la salvación no está en las tinieblas, sino en la luz. Esta es la causa de la condenación, dice san Juan: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran maldad. Pues todo el que obra perversamente, detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Condenado está el que vive en las tinieblas, y vive en las tinieblas el que vive en la mentira y en la maldad, aunque se trate de una mentira y una maldad encubiertas por la misma oscuridad en que se vive. En este mundo las tinieblas no son absolutas; están siempre entreveradas por zonas de luz. No existe el mal absoluto, porque todo mal se da en una naturaleza que en cuanto tal es buena, pues es creación de Dios.

La llegada del Salvador al mundo significa la afluencia de un rayo más intenso de luz. Él es la luz que vino a este mundo, proclama el mismo Juan. Pero no todos se dejaron iluminar por esta luz de especial intensidad venida de lo alto. Hubo quienes prefirieron las tinieblas confortables en la que vivían a la luz inquietante que ponía al descubierto su propia verdad y con ella su maldad. Suele suceder que los que se han acostumbrado a vivir en la noche acaben detestando la luz del día; les hiere la luz como a los ojos de ciertos animales noctámbulos acostumbrados a la oscuridad. Pero aquí hay algo más. El acostumbrado a obrar perversamente detesta la luz porque ésta pone al descubierto su perversidad, y por muy maleado que esté no quiere verse acusado por sus obras –señal de que conserva una cierta dignidad-; por eso, prefiere mantenerse alejado de la luz, es decir, escondido en la oscuridad. Pero esa preferencia –fruto de una voluntad viciada por el mal- es ya en sí misma opción por una vida de condenado, es decir, una vida privada de esa luz que procede de Dios y nos descubre la verdad en todo su esplendor.

El que desea vivir en la verdad, en cambio, se acerca a la luz para ver y para que se vean sus obras. No teme que la luz ponga al descubierto sus obras, porque éstas están hechas según Dios, es decir, conforme a su querer. Puede que ciertas obras nuestras no hayan sido hechas según este querer de Dios; puede que prefiramos que estas obras queden enterradas en un sótano o cubiertas por un manto de oscuridad, pero así no resplandecerá nunca la verdad. Mas la luz de Dios, que llega a todos los rincones y a cuya mirada nada se oculta, no es sólo iluminadora, poniendo al descubierto todo lo escondido; es también purificadora o transformante: al sacar a la luz la maldad adherida a nuestras obras cura y transforma nuestra voluntades recreándolas, devolviéndolas a su bondad primera y regenerándolas. Es el valor curativo que tiene la verdad. Pero para que esto suceda hay que apartar de nosotros el temor a dejar entrar ese rayo de luz en el aposento recóndito de nuestra intimidad, a dejarse iluminar; con la luz resplandecerá la verdad en nuestras vidas; y con la verdad accederemos a la salvación aportada por Dios en la donación del Hijo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos “Apostolorum Successores”

41. La prudencia pastoral.

Al apacentar la grey que se le ha confiado, es de gran ayuda al Obispo la virtud de la prudencia, que es sabiduría práctica y arte de buen gobierno, que requiere actos oportunos e idóneos para la realización del plan divino de salvación y para obtener el bien de las almas y de la Iglesia, posponiendo toda consideración puramente humana.

Es por eso necesario que el Obispo modele su modo de gobernar tanto según la sabiduría divina, que le enseña a considerar los aspectos eternos de las cosas, como según la prudencia evangélica, que le hace tener siempre presentes, con habilidad de arquitecto (cf. 1 Co 3, 10), las cambiantes exigencias del Cuerpo de Cristo.

Como Pastor prudente, el Obispo se muestre dispuesto a asumir las propias responsabilidades y a favorecer el diálogo con los fieles, a hacer valer las propias prerrogativas, pero también a respetar los derechos de los demás en la Iglesia. La prudencia le hará conservar las legítimas tradiciones de su Iglesia particular, pero, al mismo tiempo, lo hará promotor de laudable progreso y celoso buscador de nuevas iniciativas, salvaguardando sin embargo la necesaria unidad. De ese modo, la comunidad diocesana caminará por la vía de una sana continuidad y de una necesaria adaptación a las nuevas y legítimas exigencias.

La prudencia pastoral llevará al Obispo a tener presente la imagen pública que da y la que emerge en los medios de comunicación social; a valorar la oportunidad de su presencia en determinados lugares o reuniones sociales. Consciente de su papel, teniendo presentes las expectativas que suscita y el ejemplo que debe dar, el Obispo usará con todos cortesía, educación, cordialidad, afabilidad y dulzura, como signo de su paternidad y fraternidad.

Comentario Domingo III de Pascua

Oración preparatoria

Jesús, Señor resucitado, tú saliste al paso a los discípulos que caminaban ciegos y faltos de toda esperanza:

  • háblanos como a ellos en el caminar de nuestra vida,
  • ábrenos los ojos y el corazón para reconocerte en tu Palabra y en las Escrituras,
  • llénanos de asombro y gozo cada vez que nos permites reconocerte junto a nosotros, cuando nos reunimos para celebrar tu recuerdo en la Eucaristía.

Tú que vives y reinas con el Padre por los siglos de los siglos. AMEN.

 

Lc 24, 13-35

«13Y he aquí que aquel día dos de ellos estaban yendo a un pueblo llamado Emaús, 14 que dista sesenta estadios [[12 kms.]] de Jerusalén, y conversaban entre ellos sobre todo lo que había pasado.

15Y sucedió que, en su conversar y discutir, el mismo Jesús, acercándose, caminaba con ellos; 16pero sus ojos estaban incapacitados para reconocerlo.

17Pero dijo a ellos: “¿De qué debatís entre vosotros al andar?”. Y ellos se pararon entristecidos.

18Pero uno llamado Cleofás, respondiendo, dijo a él: “¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no conoce las cosas ocurridas en ella en estos días?”.

19Y les dijo: “¿Qué cosas?”.

Pero ellos le dijeron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un hombre profeta poderoso de obra y de palabra delante de Dios y de todo el pueblo; 20cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo entregaron a condena de muerte y lo crucificaron. 21Pero nosotros esperábamos que él sería el que iba a rescatar a Israel; sin embargo, con todas estas cosas llevamos ya tres días desde que esto ocurrió. 22Pero algunas mujeres de las nuestras nos sobresaltaron, al ir de madrugada al sepulcro 23y, al no encontrar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vive. 24Y fueron algunos de los que están con nosotros al sepulcro y lo encontraron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no lo vieron”.

25Y él dijo a ellos: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer en todo lo que habían dicho los profetas! 26¿Acaso no era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar en su gloria?”.

27Y, empezando por Moisés y por todos los profetas, les explicó lo que había en todas las Escrituras sobre él.

28Y se acercaron al pueblo a donde iban, y él hizo ademán de seguir adelante.

29Y ellos le apremiaron diciéndole: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado’. Y entró para quedarse con ellos.

30Y sucedió que, al ponerse a la mesa con ellos, tomando el pan, lo bendijo y, habiéndolo partido, se lo daba.

31Pero les fueron abiertos sus ojos y lo reconocieron, y él desapareció de su lado. 32Y se dijeron entre ellos: “¿Acaso no estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino, cuando nos explicaba las Escrituras?”.

33Y, levantándose en aquel momento, volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, 34diciendo: “¡Es verdad! ¡El Señor ha sido resucitado y se ha aparecido a Simón!”.

35Y ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían conocido al partir el pan».

PALABRA DE DIOS

 

CONTEXTO

El presente pasaje ocupa un lugar central en los relatos lucanos de Resurrección. Todo comienza con el relato del sepulcro vacío y el anuncio de los ángeles a las mujeres (24,1-11) y la visita de Pedro al sepulcro (24,12), que dan pie al pasaje de Emaús (“Aquel día”, v. 13). Después de nuestro relato, el evangelio cuenta la aparición de Jesús al grupo de discípulos (24,36-43) y las últimas instrucciones de Jesús y su ascensión al cielo (24,44-53). Así llega el final del tercer evangelio.

 

TEXTO

El texto está muy bien construido en dos grandes partes (“Y sucedió que”: vv. 15 y 30), precedidas ambas por sendas introducciones. La primera parte comienza con una pequeña introducción narrativa (vv. 13-14), que da paso a la acción que transcurre por el camino, y que consiste en la conversación de Jesús con los dos discípulos (vv. 15-27). Los versículos finales suponen un auténtico clímax de esta sección: una afirmación admirada (v. 25), una pregunta con gran fuerza retórica (v. 26) y la acción de respuesta de Jesús, interpretando para los discípulos las Escrituras (v. 27). Parecería que llegamos al final del relato. Pero, de inmediato sigue otra introducción (vv. 28-29) que conduce a la segunda sección, la estancia en la posada, donde se produce la fracción del pan, y la vuelta de los dos discípulos a Jerusalén (vv. 30-35). El gran tema es el paso de no reconocer a Jesús a reconocerlo. Y los instrumentos para ello: las Escrituras y la fracción del pan. De fondo, la cuestión central de la fe en la resurrección. Los discípulos no habían creído a las mujeres (cf. 24,11) ni a los profetas (cf. 24,25) pero, gracias a la Palabra explicativa de Jesús y al acontecimiento eucarístico, llegan a la fe.

 

ELEMENTOS A DESTACAR

• La falta de fe es la razón de la desesperanza de Cleofás y del otro discípulo que leen los acontecimientos pasados en clave de fracaso, con un “realismo” escéptico. Reconocen a Jesús solo como profeta, aunque poderoso. Están decepcionados (“esperábamos… pero…”). La fe no cambia la realidad de lo que ocurre, pero “obliga” a leer esa realidad con otras claves. ¿Cómo es tu lectura de la realidad?

¿Demasiado “realista”? ¿Qué papel juega tu fe a la hora de analizar y valorar las cosas que ocurren?

• Los discípulos “fuerzan” a Jesús a que se quede con ellos: Y Jesús se queda con ellos. Jesús es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros (Mt 1,23), el Dios que cumple su promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Los discípulos sienten un gran deseo de estar con Jesús: ¿Sientes tú esa misma necesidad de estar con Él? ¿En qué se concreta? Piensa en tus espacios, tiempos y modos de oración.

• Jesús les explica las Escrituras y los discípulos sienten que arde su corazón mientras le escuchan. ¿Lees a menudo la Biblia, en especial los Evangelios? ¿Oras con ellos? ¿Has experimentado alguna vez que la Palabra de Dios te ha infundido una fuerza y esperanza que no tenías?

• Los discípulos le reconocen presente y resucitado cuando hace el gesto de la última cena: la fracción del pan. La Palabra, incluso la Palabra de Dios, es insuficiente sin el sacramento, sin el acontecimiento, sin la praxis. ¿Cómo vives el momento de la Eucaristía? ¿Es ella el principal alimento de tu vida creyente?

• Los discípulos sufren, en el proceso del relato, una gran transformación: antes abatidos y desalentados, al final “se levantan” (egeiro, también significa “resucitar”). El proceso del encuentro con la Escritura y con la Eucaristía transforma, levanta, alienta, moviliza sus pasos, hace sentir la necesidad de contar a Jesús, anunciar lo que han visto y oído. ¿Te sucede a ti lo mismo cada vez que participas en el encuentro orante de la Biblia o en la Eucaristía? Y, al final, los discípulos vuelven al lugar donde estaba la comunidad reunida. La Biblia y la Eucaristía crea comunión y comunidad. ¿Te sientes integrado y unido a la Iglesia diocesana, a tu comunidad parroquial?

 

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

Para la catequesis: Domingo III de Pascua

III Domingo de Pascua
26 abril 2020

 

Hechos 2, 14.22-33; Salmo 15; 1Pedro 1, 17-21; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38; Lucas 24, 13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?” Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y, sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”. Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él. Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!” Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Reflexión

Dos discípulos de Jesús venían de regreso de Jerusalén a su aldea llamada Emaús. ¿Qué es un discípulo? Proviene del latín discípulos, y quiere decir “alumno” o “aprendiz”. Un discípulo es aquél que sigue las enseñanzas de su maestro (Jesús). ¿Cómo venían estos discípulos luego de saber que su maestro había muerto? Dice la Palabra que venían muy tristes, porque su Maestro, había sido crucificado, y aunque les habían dicho que podría estar vivo, estaban desconcertados. Ellos habían creído, habían seguido a su maestro, habían esperado en Él, pero ahora todo había terminado. Aun cuando Jesús se les había manifestado tan poderoso en vida, sentían que había fracasado y se sentían abandonados. ¿Por qué los discípulos no reconocían a Jesús cuando venía en el camino hablando con ellos? La Palabra dice que sus ojos estaban velados, lo que quiere decir que milagrosamente estaban incapacitados para reconocerle. Jesús llega para acompañarlos y reconfortarlos de sus tristezas. ¿Cómo se sintieron los discípulos ante la presencia de Jesús? ¡Sentían que sus corazones ardían! Jesús camina con ellos, les explica las Escrituras y les hizo ver que la Pasión sufrida por Jesús era necesaria para cumplir el Plan de Dios. Los llenó de entusiasmo y les hizo sentir su compañía. ¿Cuándo vieron los discípulos a Jesús? Jesús se pone a la mesa, toma el pan, lo bendice, lo parte y allí se abren sus ojos (antes velados) y lo reconocen, pero desaparece. Jesús se queda para siempre con nosotros en la Eucaristía: el sacramento que contiene el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo.

Actividad

Lee la enseñanza que deja el papa Francisco y completa el mensaje que nos deja este evangelio.

Oración

Señor abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza; abre mis ojos y miraré las maravillas de tu ley.

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

Los Discípulos de Emaús – Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. El les dijo: -¿Qué conversación es esa que tráeis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: -¿Eres tú el único forastero de Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días? El les preguntó: -¿Qué? Ellos le contestaron: -Lo de Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperabamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es vedad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, y no encontraron el cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Alguno de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no le vieron. Entonces Jesús les dijo: -¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: -Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se le abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: – ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Explicación

Después de resucitar Jesús, se apareció a unos discípulos que iban a una aldea que se llamaba Emaús. Los discípulos al principio no le reconocieron , y Jesús se puso a hablar con ellos y, sin que se dieran cuenta, les iba explicando lo que le había ocurrido en su pasión. Cuando llego la hora de cenar, Jesús tomo el pan, lo bendijo y se lo dio. ¡Entonces lo reconocieron! ¡Es Jesús, es Jesús!. Y retornaron a Jerusalén, para contárselo a los apóstoles.

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

TERCER DOMINGO DE PASCUA – “A”(Lc. 24, 13-35)

NARRADOR: ¿Queréis que os cuente una historia de Jesús?

NIÑOS: ¡Sí! ¡Sí! ¡Muy bien! ¡Estupendo!

NARRADOR: Es una historia que cuenta el evangelista Lucas. Y sucedió pocos días después de que crucificaran a Jesús…

NIÑO 1º: Le crucificaron los judíos.

NIÑO 2º: Le crucificaron los romanos.

NIÑO 1º: Sí, pero los judíos entregaron a Jesús a los romanos.

NIÑO 2º: Y dijeron de Él muchas mentiras.

NARRADOR: Bueno, bueno, no todos los judíos hicieron eso.

NIÑO 1º: Claro los más malos eran los “jefazos”: sumos sacerdotes y fariseos.

NIÑO 2º: Yo sé que cuando murió Jesús, sus amigos se escondieron porque tenían miedo. Pensaban que Jesús era el Mesías y no podía morir.

NIÑO 1º: Pero Jesús resucitó al tercer día. Y se apareció a María Magdalena. Pero los brutos de los Apóstoles no la creyeron cuando se lo dijo.

NARRADOR: Bien, bien, es estupendo que sepáis tantas cosas de Jesús, pero… ¿y mi historia?

NIÑOS: ¡Vale, vale, cuéntanosla!

NARRADOR: Os iba diciendo que por aquellos días, dos amigos de Jesús caminaban hacia Emaús. Era éste un pueblecito que está a unos kilómetros de Jerusalén. Iban hablando de las mismas cosas que habéis hablado vosostros. Entonces vieron a un hombre que se puso a caminar a su lado.

NIÑO 1º: ¿Era un fantasma?

NARRADOR: ¡Qué va! Era… un hombre normal. Les preguntó de quién hablaban y casi se enfadaron con él.

NIÑO 2º: ¿Por qué?

NARRADOR: Porque no parecía saber nada de Jesús, y par ellos Jesús era muy importante. Entonces le contaron todo lo que había pasado.

NIÑO 1º: ¿Y qué dijo el hombre?

NARRADOR: El hombre les explicó lo que decían de Jesús las Escrituras, que cuentan la historia del pueblo de Dios.

NIÑO 2º: Seguro que los amigos de Jesús estarían felices escuchándole.

NARRADOR: Tan felices que, como ya atardecía y llegaban a Emaús, le invitaron a cenar con ellos.

NIÑOS: ¿Y se quedó?

NARRADOR: Pues sí. Y al bendecir el pan y repartírselo, se dieron cuenta… ¡Era Jesús! Entonces… desapareció.

NIÑO 2º: Pero… ¿Cómo es posible que no le reconocieran?

NARRADOR: Estaban tan convencidos de que lo habían visto muerto, que no dudaban que todo había acabado para Jesús. Pero el caso es que los dos amigos se pusieron muy, muy contentos de haber visto a Jesús. Y corrieron otra vez a Jerusalén a contárselo a todos.

NIÑOS: ¿Y le creyeron?

NARRADOR: Esta vez sí, porque Jesús también se había aparecido a Pedro.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario al evangelio – Miércoles II de Pascua

Seguimos con el dialogo de Jesús con Nicodemo. Jesús le presenta la finalidad del envío del Hijo único de Dios: la salvación de todas las personas. Solo cuando se comprende este acontecimiento salvífico se puede comprender el lugar de la condenación y del juicio en la vida de los seres humanos.

Es la primera vez que en el Evangelio de Juan Dios es el sujeto de la oración: “Tanto amó Dios al mundo” (Jn 3,16). Dios es identificado como origen de la salvación y pone en marcha su plan salvífico por su amor absoluto hacia la humanidad. Esta es la clave de lectura de la vida de Jesús: la manifestación del amor libre y gratuito de Dios por su pueblo. Y, más aún, su amor tiene un sentido universal: ¡Dios ama a todos!

Solo desde su amor es posible comprender la entrega de su Hijo: “entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. La vida de Jesús es vista como don total, libre donación. El Evangelio de hoy presenta la finalidad última del envío del Hijo: la salvación de las personas, no su condenación. El Padre ha enviado su Hijo porque en Él podemos reconocer nuestra identidad de hijos e hijas.

Al utilizar la imagen sencilla de la luz, y su ausencia, las tinieblas, el evangelista Juan nos dice que al que rechaza creer en Jesús es incapaz de reconocer el amor libre de Dios en favor de los seres humanos. No querer el amor Dios es la peor condenación que una persona puede experimentar en su vida.

El deseo de Dios en salvar a todas las personas se hace camino concreto en nuestra realidad personal: creer en Jesús. Él es la Palabra definitiva del Padre hacia nosotros; Él es la luz y la vida de todo ser humano, que se hizo carne para revelarnos el amor infinito y incondicional del Padre. Por eso, creer es más que aceptar un conjunto de doctrinas, es seguir este camino abierto por Dios que da a la vida un sentido y horizonte nuevos.

Eguione Nogueira, cmf