Comentario – Miércoles II de Pascua

San Juan prosigue el diálogo de Jesús con Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo –dice-, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eternaPorque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Jesús concibe su vida como una entrega por amor, la entrega del Hijo único por parte del Padre para que ese mundo por el que se entrega no perezca, sino que se salve, obteniendo la vida eterna. La entrega del Hijo (a la muerte, y muerte de cruz) supone su envío a ese mundo en el que muere, y que es nuestro mundo. Jesús interpreta su vida o estancia en el mundo como un acto de amor de Dios que se consumará en la entrega significada por la muerte. Dios, por tanto, manda su Hijo al mundo para salvarlo, puesto que está en trance de muerte y de condenación. El fin perseguido con el envío del Hijo no es la condenación, sino la salvación del hombre.

La condenación es únicamente el término de ese plano inclinado en el que se encuentra el hombre necesitado de salvación. Se condenarán los que, estando en situación de naufragio, desprecian esa tabla de salvación que les es ofrecida para sostenerse en medio del oleaje y alcanzar finalmente la orilla. El acto de agarrarse a esa tabla de salvación es un acto de fe; supone creer que es verdadera tabla de salvación, que me mantendrá a flote y que me permitirá alcanzar tierra firme. No perecerán los que creen en él porque se aferrarán a él pudiendo así ser llevados a puerto seguro. Y los adheridos a él por la fe podrán obtener la misma vida que él ha obtenido trámite la resurrección y que es la vida del que ya no morirá jamás, la vida eterna. La fe en él permite este abrazo y esta adhesión, esta comunión con él en su propio destino de muerte y de vida.

Por eso, puede sentenciar: El que cree en él, no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. No creer es no aceptar la tabla de salvación que le es ofrecida. No se trata de un simple desprecio, sino de que a consecuencia de ese desprecio no se dispone del medio necesario para salir a flote y alcanzar la orilla. El que no cree se condena porque no se agarra a la tabla de salvación lanzada por el mismo Dios, porque no se adhiere a aquel a quien Dios envía para salvarle, rechazando o despreciando así el medio salvífico que Dios le proporciona. Aquí el medio, el puente, el camino es un Mediador, es una persona, la persona entregada en acto de amor. Será precisamente la relación –adhesión, comunión amorosa, amistad- con esa persona la que nos permita obtener la salvación deseada, una salvación que implica no sólo la liberación de todos nuestros males y esclavitudes, sino la obtención de una vida infinitamente mejor, una vida sin sombra de muerte.

Y puesto que la causa de la condenación no es Dios, que envía a su Hijo al mundo para salvarnos, san Juan se propone explicarnos cuál es esa causa; y lo hace como si se tratara de un fenómeno meramente físico, aunque en realidad encierra una opción moral: la de aquellos que prefierenpermanecer en las tinieblas para no verse acusados por la luz porque sus obras son malas. Hay, por tanto, una maldad que lleva a preferir la oscuridad a la luz; pero la salvación no está en las tinieblas, sino en la luz. Esta es la causa de la condenación, dice san Juan: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran maldad. Pues todo el que obra perversamente, detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Condenado está el que vive en las tinieblas, y vive en las tinieblas el que vive en la mentira y en la maldad, aunque se trate de una mentira y una maldad encubiertas por la misma oscuridad en que se vive. En este mundo las tinieblas no son absolutas; están siempre entreveradas por zonas de luz. No existe el mal absoluto, porque todo mal se da en una naturaleza que en cuanto tal es buena, pues es creación de Dios.

La llegada del Salvador al mundo significa la afluencia de un rayo más intenso de luz. Él es la luz que vino a este mundo, proclama el mismo Juan. Pero no todos se dejaron iluminar por esta luz de especial intensidad venida de lo alto. Hubo quienes prefirieron las tinieblas confortables en la que vivían a la luz inquietante que ponía al descubierto su propia verdad y con ella su maldad. Suele suceder que los que se han acostumbrado a vivir en la noche acaben detestando la luz del día; les hiere la luz como a los ojos de ciertos animales noctámbulos acostumbrados a la oscuridad. Pero aquí hay algo más. El acostumbrado a obrar perversamente detesta la luz porque ésta pone al descubierto su perversidad, y por muy maleado que esté no quiere verse acusado por sus obras –señal de que conserva una cierta dignidad-; por eso, prefiere mantenerse alejado de la luz, es decir, escondido en la oscuridad. Pero esa preferencia –fruto de una voluntad viciada por el mal- es ya en sí misma opción por una vida de condenado, es decir, una vida privada de esa luz que procede de Dios y nos descubre la verdad en todo su esplendor.

El que desea vivir en la verdad, en cambio, se acerca a la luz para ver y para que se vean sus obras. No teme que la luz ponga al descubierto sus obras, porque éstas están hechas según Dios, es decir, conforme a su querer. Puede que ciertas obras nuestras no hayan sido hechas según este querer de Dios; puede que prefiramos que estas obras queden enterradas en un sótano o cubiertas por un manto de oscuridad, pero así no resplandecerá nunca la verdad. Mas la luz de Dios, que llega a todos los rincones y a cuya mirada nada se oculta, no es sólo iluminadora, poniendo al descubierto todo lo escondido; es también purificadora o transformante: al sacar a la luz la maldad adherida a nuestras obras cura y transforma nuestra voluntades recreándolas, devolviéndolas a su bondad primera y regenerándolas. Es el valor curativo que tiene la verdad. Pero para que esto suceda hay que apartar de nosotros el temor a dejar entrar ese rayo de luz en el aposento recóndito de nuestra intimidad, a dejarse iluminar; con la luz resplandecerá la verdad en nuestras vidas; y con la verdad accederemos a la salvación aportada por Dios en la donación del Hijo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística