Comentario – Jueves II de Pascua

En su diálogo con Nicodemo, Jesús insiste en la veracidad de su testimonio, que hace coincidir con la veracidad de Dios puesto que en él habla el mismo Dios. El que viene de lo alto está por encima de todos –decía-. El que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierraEl que viene del cielo está por encima de todos. Jesús alude a un misterioso origen de lo alto o del cielo que le sitúa por encima de todo el que tiene origen terreno. Y no es que él no haya nacido en la tierra –el mismo evangelio da testimonio de su nacimiento en la ciudad de Belén-; pero su origen primero lo pone en el cielo, que es la morada propia de Dios, su Padre.

De nuevo, encontramos aquí una referencia implícita a su filiación divina. Jesús tiene conciencia de su origen divino: él procede de Dios Padre como Hijo. Este origen le permite sentirse por encima de todos; y desde esta conciencia da testimonio. Su testimonio es, por tanto, fruto de una experiencia que implica conciencia de su origen divino. Jesús da testimonio de lo que ha visto y ha oído; pero, siendo un testimonio tan basado en la experiencia, nadie lo acepta, quizá porque la experiencia de los que recibimos el testimonio dista tanto de la del que lo da; de ahí que nos parezca increíble, porque increíble resulta que un hombre proceda del cielo y no de la tierra –aun contando con la hipótesis “científica” del origen extraterrestre de la vida en la tierra-.

Es verdad, resulta increíble; pero el que acepta este testimonio certifica la veracidad de Dios; porque Dios está manifestando su verdad en él, ya que el que viene de Dios como enviado por Él habla sus mismas palabras. En las palabras de Jesús está hablando el mismo Dios que no puede engañarse ni engañarnos, que es veraz. Su testimonio es, pues, manifestación y certificación de la veracidad de Dios, porque en él están las palabras de Dios, que son portadoras de su espíritu o de su ser, un espíritu sin medida, ya que éste es el espíritu que da Dios. Dios se da sin medida en su Hijo y en las palabras de su Hijo. Entre ambos hay una relación de amor y de confianza difícil de imaginar: El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano.

Por eso la autoridad del Hijo está por encima de toda autoridad humana. Esta conciencia explica muchas de las actitudes de Jesús en presencia de los fariseos, o del sumo sacerdote, o de Pilato, o de Herodes. Es la conciencia que le hace sentirse por encima de todos; ello sin embargo no le hace ser menos humilde; al contrario, realza aún más su humildad y le engrandece todavía más en su humillación hasta la muerte y muerte de cruz. Siendo el testimonio de Jesús la expresión de la veracidad de Dios, debe ser creído para obtener lo que Dios quiere dar. Por eso es tan importante la fe, porque la fe es la puerta para la obtención del don divino. Sin fe, la recepción del don de la salvación sería algo involuntario y quizá despreciado o menospreciado. ¿Y cómo llamar salvación a algo que no aprecia el que la recibe?

Para llegar a poseer la vida eterna, que es el don que se nos promete, es preciso creer en ella; y para creer en ella hay que creer en el testimonio del Hijo que procede del cielo, morada del Dios eterno y, por tanto, de la vida –también eterna- de ese Dios. El que no crea al Hijono verá la vida, puesto que no creerá en ella, ni la deseará, ni la pedirá, ni la esperará, y en consecuencia no le será dada. Esta carencia de vida, que no es tanto una privación cuanto una no-donación, es esa ira de Dios que se hará presente en el que, por falta de fe, desprecia el don. La ira de Dios no es propiamente un castigo divino sobrevenido a resultas del desprecio inherente a la incredulidad, sino la consecuencia lógica del que por falta de fe rechaza la “increíble” vida que se le quiere dar. No nos expongamos a vivir en esta carencia por ese estúpido orgullo que alimenta nuestra incredulidad.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística