El encuentro con el resucitado nos devuelve la ilusión

1.- Los discípulos de Emaús se retiraban a su aldea “decepcionados”. Se habían venido abajo las expectativas que habían puesto en Jesús de Nazaret. Su muerte era la culminación de “un fracaso”. La huída a su aldea es una expresión de su búsqueda de la tranquilidad. Les faltó fe en que las palabras de Jesús se iban a hacer realidad. Muchas veces también nosotros nos hemos sentido cansados o frustrados. La gran tentación es huir y refugiarse en lo seguro. ¿Quién nos sacará de esta situación?.

2.- Es el propio Jesús en persona el que sale al encuentro de los discípulos y se pone a “caminar con ellos”. Sus ojos no eran capaces de reconocerlo, pero al menos dejaron que aquél desconocido se acercara a ellos. Aquí comienza su conversión, no se cerraron sino que se desahogaron sus inquietudes con aquel acompañante anónimo. El les explicó las Escrituras y les hizo ver que sus expectativas eran falsas. Este es el problema que tenemos nosotros también. Nos hemos fabricado una serie de proyecciones sobre Dios y la Iglesia y nos cuesta reconocer que los caminos de Dios son diferentes a los nuestros. Sólo desde la humildad y la la escucha de la Palabra podemos recuperar la ilusión perdida ante la sensación de fracaso. “¡Qué torpes sois para comprender y qué cerrados estáis para creer lo que dijeron los profetas!”. El segundo paso de la conversión es dejarse iluminar por la Palabra de Dios.

3.- Los discípulos se sienten a gusto y comienzan a replantearse sus posturas iluminados por la Palabra. Esta Palabra de vida les lleva a la súplica y al reconocimiento: “¡Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo!”. Es entonces cuando “al partir el pan” terminan por reconocer su presencia. Es en la Eucaristía donde también nosotros podemos encontrarnos con el Resucitado. Tenemos que sentir su presencia real y vivificante entre nosotros. A ellos “se les abrieron los ojos”. El partir el pan es todo un signo de lo que Jesús hizo en la Ultima Cena, de cómo se entregó hasta partirse y repartirse por nosotros. Todo un gesto de amor.

4.- Los discípulos cambiaron su trayectoria, abandonaron la dirección de la aldea para volver a Jerusalén. Es decir, volvieron a sus raíces, a encontrarse con la comunidad donde todo comenzó. Los que andamos cansados y frustrados debemos invertir el rumbo de nuestro caminar.

Es preciso dejar nuestro cómodo “refugio” para volver a la fe en el resucitado y al encuentro con los hermanos. Es volver a retomar la misión y asumirla con valentía y entusiasmo. El gran anuncio de Pedro el día de Pentecostés es que “Dios resucitó a Jesús”. Esta certeza transforma la vida de los discípulos. Así nace la comunidad cristiana, así nace la Iglesia. La Palabra de Dios nos da vida, la Eucaristía es fuente y cima de la vida cristiana, la comunidad nos sostiene y alienta. Son las tres bases fundamentales de nuestra vida de fe. Así lo ha destacado recientemente Juan Pablo II en su encíclica “Eclesia de Eucharistia”: “No se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la Sagrada Eucaristía”. El Papa así lo vivió y así lo predicó. Y sus obras y su entrega a todos muestran el fervor con que vivió hasta el final de sus días la presencia de Jesús resucitado en la Eucaristía.

José María Martín, OSA