Comentario – Viernes II de Pascua

San Juan habla de los signos de Jesús como acciones milagrosas y benéficas, sobre todo en relación con los enfermos, que suscitaban la fe en él y contribuían a su seguimiento. Lo seguía mucha gente –precisa en evangelista-, porque habían vistos los signos que hacía con los enfermos. ¿Qué signos eran esos? Sin duda, las numerosas y extraordinarias curaciones con las que obsequiaba a tantas personas que eran objeto de su misericordia. También en la extraordinaria comida con la que Jesús sació el hambre de tantos con apenas cinco panes de cebada y un par de peces, vio la gente un signo que le acreditaba como profeta: el profeta que tenía que venir al mundo de parte de Dios.

Sucede que ya otros profetas habían hecho cosas similares. Es el caso de Eliseo, discípulo y continuador del gran Elías, el profeta por excelencia. Según el libro de los Reyes, Eliseo manda a su criado dar de comer a la gente congregada en torno a ellos con los panes que llevaba en la alforja para el sustento propio y de su maestro. El criado advierte la desproporción existente entre el comestible y los comensales: ¿Qué hago yo con esto para tanta gente? Pero el profeta insiste: Dáselos. Porque esto dice el Señor: Comerán y sobrará. Fiado en la palabra del Señor, le dice: DáselosPorque comerán y sobrará. Para que esto suceda, para que con tales panes pueda comer tanta gente y quedar saciada, tiene que producirse algo extraordinario, bien una multiplicación del comestible, bien una repentina saciedad en los comensales hambrientos. Pero Dios puede multiplicar el pan como multiplica la siembra en la cosecha, el oxígeno en la atmósfera o el agua en los pantanos.

Narraciones como la de Eliseo explican que la gente viera en aquella acción de Jesús con la que da de comer a toda una multitud con sólo cinco panes de cebada y un par de peces un signo profético, un signo ya prefigurado en los hechos de los profetas. Pero ¿de qué era signo esta extraordinaria multiplicación de panes y peces? En primer lugar, de que el hombre que había llevado a cabo esta acción tan portentosa, el hombre que había sido capaz de alimentar a tanta gente con tan escasos recursos, era sin duda el Profeta anunciado, el que había de venir de parte de Dios en los tiempos mesiánicos, o en la plenitud de los tiempos, como dice san Pablo. La acción era, por tanto, un signo que le acreditaba como enviado de Dios, el Dios de la Alianza, para llevar a cabo sus designios. El que venía de parte de Dios no podía obrar sino con su consentimiento, con su poder y con su bondad. En el actuar de Jesús estaban presentes el poder y la bondad del mismo Dios. Por eso, vislumbrando esta presencia, quieren proclamarlo rey, su rey. Pero Jesús entiende que éste no es el camino a seguir. Él no ha venido para ser rey en este mundo o de este mundo, sino para algo más importante, para dar testimonio de la verdad y de la misericordia divina. Y con acciones como éstas, inspiradas sin duda en la compasión, estaba dando testimonio de la misericordia del Dios clemente y compasivo.

En Jesús y en sus obras de misericordia Dios sale al encuentro del hombre necesitado. Dios es amor –nos dice el mismo Juan-; por eso la donación le es esencial. Lo propio de Dios es dar, o mejor, darse a sí mismo. Porque es donación de sí¸ puede darse a sí mismo en Hijo fuera de sí, en el mundo y al mundo: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo… Dios se da fuera de sí en su Hijo encarnado y en las diferentes acciones humano-divinas de este Hijo hecho hombre: cuando cura a los enfermos y cuando sacia el estómago de los indigentes. Si esto es así, el obrar cristiano no puede ser otro que el que lleve consigo donación. Dios no nos exige dar más de lo que tenemos, pero sí dar lo poco que tenemos, de modo que poniéndolo a su disposición Él pueda multiplicarlo en bienes del mismo género o en bienes de género superior, como el bien de la solidaridad, o de la benevolencia, o de la generosidad, que son aún más grandiosos y efectivos porque no se agotan en una sola acción, sino que nos mantiene con lasmanos abiertas para saciar de favores a todo viviente.

Se trata de dar, dándonos; porque, si cuando damos, no nos damos a nosotros mismos, nuestro dar se vacía del propio yo, convirtiéndose en una acción impersonal. Dios nos ha hecho para dar. Pero para que esta donación sea posible, es preciso que antes recibamos. Todo lo que tenemos lo hemos recibido. Sin esta previa recepción, nos será imposible dar. Pero lo hemos recibido para darlo. En el dar de sí, en la fructificación, está la satisfacción de una vida. Y ello a pesar de que el egoísmo nos desaconseje tantas veces desprendernos de lo que tenemos, sobre todo cuando al dar sentimos que perdemos lo que damos (algo que suele suceder con bienes como el dinero). Con frecuencia nos experimentamos tan pobres que creemos remediar nuestra pobreza a base de poseer cosas y más cosas; pero el deseo de posesión siempre deja insatisfechos, porque es un deseo que la mera posesión de cosas no puede colmar. Siempre se desea tener más, pero por más que se tenga se sigue deseando, pues tal deseo no es un deseo de tener más, sino de ser más. No debe pasarse por alto, sin embargo, que para ser es preciso tener vida, y corporeidad, y capacidad de pensar y sentir.

Pero sólo situándonos en la perspectiva del dar encontraremos satisfacciones más duraderas en la vida. Quizá ante ciertas necesidades que nos salgan al paso podamos decir lo del apóstol Andrés: ¿qué es eso para tantos?, ¿qué puedo hacer yo con tan escasos recursos para dar respuesta adecuada a una necesidad o problema de tan grandes dimensiones? Pues, a pesar de esa percepción, Dios te dice: Dales, dales lo poco que tengas y verás el resultado: comerán y se saciarán. El que tiene poder para crear ha de tener también poder para multiplicar lo creado. De hecho, ya lo hace –sirviéndose de la tierra, el agua y el sol- cuando multiplica lo sembrado en lo cosechado. Pero a esta labor nos quiere incorporar como colaboradores que han de poner a su disposición los recursos de que disponen: esos cinco panes de cebada y ese par de peces que, siendo nuestros porque están en nuestro poder, también los hemos recibido para provecho propio y de los demás.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística