Comentario – Sábado II de Pascua

El pasaje evangélico que nos ocupa se sitúa entre el relato de la multiplicación de los panes, que abre el capítulo sexto del evangelio de san Juan, y el discurso del pan de vida tenido en Cafarnaún del mismo capítulo. Su contenido resulta a primera vista intrascendente, tan transitorio como un relato que quisiera conectar dos acontecimientos interrelacionados, pero que careciera de valor en sí mismo. Se nos habla de una travesía en barca hecha por los discípulos de Jesús en dirección a Cafarnaún. Jesús, para evitar intentos de proclamación regia por parte de una multitud asombrada por el milagro de la multiplicación de los panes, había decidido retirarse él solo a la montaña. Al parecer, había indicado a sus discípulos que marcharan por delante. Él les alcanzaría. Pues bien, era ya noche cerrada, soplaba un viento fuerte y el lago se iba encrespando; cuando habían remado ya cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el lago. Esto les asustó; pero él les tranquilizó diciendo: Soy yo, no temáis. La frase puede adquirir fácilmente el valor de consigna para la vida de los seguidores de Jesús.

En la vida son muchas las cosas que infunden temor; en general todas esas cosas que nos sobrepasan o se presentan amenazantes. Puede ser la extrema violencia de un fenómeno atmosférico o sísmico como un huracán, un terremoto, un volcán en erupción, un alud de nieve o un torrente de agua incontenible; puede ser el riesgo a contraer una enfermedad contagiosa o a sufrir un accidente mortal; puede ser el temor a un severo quebranto económico, al fracaso o a la traición, a la aparición invasiva de un cáncer. ¡Estamos rodeados de tantas amenazas y somos tan frágiles, que cualquier cosa puede arrebatarnos la vida, o la salud, o la movilidad, o la fama, o la estabilidad, o el equilibrio emocional!

En semejante estado de riesgo, las palabras de Jesús pueden devolvernos la confianza. Decir: soy yo, el que es capaz de dominar tempestades, de devolver la salud a un enfermo o la vida a un muerto; el que, por proceder del cielo está por encima de todo; el que dispone de un poder creador y, por tanto, del dominio sobre la naturaleza creada; el que ha vencido a la muerte con su resurrección; el que posee la potestad de perdonar pecados y de someter demonios; decir esto: soy yo, y estoy aquí, junto a ti, para protegerte y guiarte, es sumamente tranquilizador. El que pueda oír estas palabras, confiando en ellas, podrá desterrar de su vida el temor; y no porque se sienta inmune a todo mal o a toda agresión, sino porque estará en manos del Poderoso y pase lo que pase podrá mantenerse sereno, pues no hay situación, por extrema que parezca –incluida la muerte- de la que Él no pueda rescatarnos. Este sentimiento es comparable al de ese niño que, sintiéndose solo y temblando de miedo, oye de repente resonar la voz de su padre que le dice: “soy yo”, devolviéndole la tranquilidad. Hay voces que infunden paz y disuelven temores porque proceden de alguien en cuyo poder y bondad confiamos. Esa fue la voz de Jesús para sus discípulos en ciertos momentos de vacilación y de temor. Y esa es la voz de Dios para quienes creen en Él y en su cuidado amoroso o providencia. Que el Señor nos mantenga en esta confianza que pacifica nuestro espíritu.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística