El efecto de la Resurrección

1.- ¿Fue imprescindible que el Señor resucitara para que sus discípulos se convencieran de que no era un rey temporal, ni un caudillo político? Pues, si. Y la muy significativa narración de San Lucas respecto a los de Emaús descubre que esos seguidores de Jesús sólo esperaban su triunfo político. Lo demuestra claramente el evangelio de San Juan al final del mismo, cuando se narra el episodio donde aparece una pregunta de los Apóstoles –crucial y terrible en esos momentos– sobre “si va a ser ahora cuando restablezcas el Reino de Israel”. Parece insólita esa pregunta cuando los discípulos se “enfrentan” a la realidad de un Jesús prodigioso, con capacidad para atravesar barreras físicas y temporales. Y, sin embargo, el planteamiento del “gran sueño político” sigue en pie.

No debemos extrañarnos de ello. Nosotros nos hemos acostumbrado a la Resurrección de Cristo y a su condición de Dios desde el principio. La enseñanza de la Iglesia así lo dice. Pero los coetáneos esperaban el triunfo del Mesías que, entre otras cosas, se pensaba que era un camino emancipador, al modo del de los Macabeos, y frente al invasor romano. No obstante, los temores de Caifás respecto a “que muriera un solo hombre por el resto del pueblo” aclaran bastante la situación. También la religión oficial judía, y en especial fariseos y saduceos, siempre vio a Jesús como a un líder social y político. Es cierto que le mensaje espiritual de Jesús era concluyente y que preconizaba un reino de paz y fraternidad, pero probablemente la alta magistratura judía pensó que el nuevo profeta buscaba hacerse con el poder que residía en ellos. No fueron capaces de entender que “el reino de Jesús no era de este mundo”. Es obvio que tampoco lo habían visto sus seguidores y que tuvo que llegar el Espíritu Santo para darles a conocer la autentica realidad. Aunque días posteriores a la Resurrección todos –apóstoles, discípulos y seguidores– sintieran que “ardía su corazón mientras hablaba por el camino y explicaba las Escrituras”.

2.- Será pues muchos meses después de la Ascensión cuando el recuerdo del periplo terrestre de Jesús comience a inscribirse en esa capacidad trascendente y no política. Hacía falta tiempo. En toda conversión hace falta ese tiempo y, al fin al cabo, la historia del cristianismo no es otra cosa que un conjunto continuado de conversiones. Y es esa cercanía del Dios “ya ausente” –en forma del Espíritu– lo que ayudará a mejor entender todos los matices. Y también en nuestro propio periplo actual, no podemos dejar de invocar al Dios altísimo para que nos ayude a mejor comprender lo que su hizo quiso hacer en los tiempos de su presencia terrestre. Es fácil asimilar la idea de que todos los cristianos de todas las épocas tenemos un gran parecido entre sí y dicha identidad se completa por la presencia de la Trinidad Beatísima en nuestras vidas que nos enseña e ilustra, como lo hizo el Señor Jesús en esos tiempos maravillosos posteriores a la Resurrección, los cuales han dado mayor relieve a las ya importantes aconteceres protagonizados por el Maestro en su vida sobre el territorio de Palestina.

3.- Pedro, vicario de Cristo en la Tierra y primer Papa de la Iglesia, es protagonista de las otras dos lecturas. Y tiene esa presencia del primer Papa en la Escritura de hoy especial resonancia cuando vivimos con emoción y gran pena la desaparición de Juan Pablo II. Gran Papa y personaje muy importante en todos los sentidos, tanto en el religioso, como en el humano por su capacidad de influencia en todo el mundo. La Epístola es, precisamente, un texto sacado de su primera carta –una enciclíca– y que da una excelente referencia a la creación de nuestra fe. Dice: “Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”. La gran novedad que ofreció Jesús a los hombres es un conocimiento más certero de como era Dios Padre y de como conocida su “imagen invisible” sabemos que todo el amor y la ternura procede del Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

El relato de los Hechos de los Apóstoles da la misma doctrina que la Carta de Pedro y, en su contenido, parecen –casi– el mismo texto. Lo que se intenta es profundizar sobre la muerte y resurrección de Jesús en un contexto histórico determinado, para al superar dicho contexto testimoniar la fuerza de Dios y el poder de su Hijo. Poco importa ya como fueron aquellos hechos terribles de la muerte del Salvador, lo que queda es la prueba de su divinidad y del hecho fehaciente de que reina a la derecha de Dios.

Ya hemos dicho otras veces que este tiempo de Pascua hace más propicia, más profunda nuestra conversión. Y también que con la mirada del corazón puesta en estas escenas del tiempo posterior a la Resurrección podemos incrementar nuestra fe y nuestra esperanza. La importancia de la enseñanza de la Escritura ofrecida como liturgia en la misa de cada domingo es enorme. Hay una especial oportunidad didáctica en la reunión de los textos que leemos en la misa. Por ello debemos leer y saborear con cuidado dichos textos y no conformarnos con, solo, escucharlos una vez en la celebración dominical.

Pero no quiero terminar este comentario sin dejar de rogaros a todos que, juntos, elevemos nuestras oraciones por el eterno descanso de Juan Pablo II y por la buena marcha de la Iglesia, que el Espíritu Santo la siga guiando por el camino que enseñó Cristo Nuestro Señor.

Ángel Gómez Escorial