Comentario – Domingo III de Pascua

La aparición del Resucitado a los discípulos de Emaus es una bella catequesis pascual. Tales discípulos, casi anónimos, tienen fuerza de prototipo. Representan la desilusión y la desesperanza. Caminan marcados por el fracaso significado en la cruz en que han clavado a su Maestro. La cruz ha puesto fin no sólo a la carrera del profeta de Nazaret, sino también a sus esperanzas y expectativas de futuro. Porque ellos habían esperado mucho de él: Esperaban que fuera el futuro libertador de Israel.

Pero ese libertador futuro en el que habían depositado todas sus esperanzas era a la sazón un cadáver. Hablan en pasado porque consideran que su futuro ha quedado enteramente clausurado por la piedra del sepulcro. Lo único que les queda es el recuerdo, pero un recuerdo que les sume en la añoranza y en la tristeza. Por eso quieren olvidar; porque sin este olvido terapéutico les será imposible reencontrarse con un pasado anterior o inventar un nuevo futuro. El camino que les lleva desde Jerusalén a Emaus no es tanto un camino de búsqueda (aunque también puede serlo), cuanto de huida, una huida que persigue el olvido. Huyen de la ciudad que mata a los profetas, y con ellos la esperanza de renovación y de vida que les acompaña. La huida tiene como objetivo el olvido, que es el mejor antídoto contra el dolor, la pena o la melancolía producidos por el recuerdo del pasado más reciente. No obstante, parecen no poder desprenderse de él, pues no dejan de lamentar el final de esta hermosa historia de amistad y de seguimiento.

Pero Jesús, el amigo y el maestro en el que habían puesto tantas esperanzas, no les ha abandonado como ellos creen, ni yace en el sepulcro como ellos imaginan. Se acerca a los decepcionados caminantes como un peregrino más, y ellos aceptan gustosos su compañía y le permiten introducirse en su conversación e inmiscuirse en sus vidas. Primero, intentan ponerle al corriente de lo acaecido y se admiran de que no le hayan llegado noticias de hechos tan clamorosos como los de los últimos días. Pero cuando el caminante toma la palabra y empieza a esclarecer el significado de estos hechos, ellos callan. Lo que oyeron fue una verdadera catequesis sobre el misterio de lo acaecido: la pasión y muerte de su Maestro. Empezaron a comprender el por qué de esa muerte, el por qué de su entrega -puesto que en ella había también voluntariedad- y sufrimiento, el verdadero sentido de su breve paso por este mundo. Bastaba leer con detenimiento el cántico de Isaías sobre el siervo de Yahvé, una figura expiatoria (la de aquel que cargó con el pecado de muchos), para comprenderlo. Pero ellos, torpes y necios para creer lo anunciado por los profetas, no habían hecho esta lectura.

Aquellas palabras del caminante desconocido que iban desentrañando el significado de los últimos acontecimientos, fueron calando en ellos hasta dejar en su interior efectos luminosos y caloríficos, pues con la claridad mental les sobrevino también el calor afectivo que reclamaba su apesadumbrado corazón. La esperanza fue deslizándose progresivamente en sus corazones hasta adueñarse de ellos e impregnarles del calor vital del que estaban tan necesitados. Tanto bien les hicieron aquellas palabras que, al llegar a su destino, le piden que se quede con ellos, porque atardece; en realidad, porque desean que su amable y fructífera compañía se prolongue y su misteriosa intimidad -esa intimidad que tanta luz y calor atesora- se les haga mucho más manifiesta.

El peregrino acepta la invitación y se sienta con ellos a la mesa. No sólo está dispuesto a compartir con ellos su palabra, sino también su pan y su vida. Jesús, haciendo funciones de anfitrión y no de invitado, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio, rememorando lo que había hecho en la última cena. En ese preciso instante, nos dice el relato evangélico, se les abrieron los ojos y empezaron a ver lo que antes no veían, porque la ausencia de esperanza se lo impedía. Reconocieron en él a Jesús resucitado: reconocieron vivo al que creían muerto. Pero al momento del reconocimiento desapareció de su vista.

El surgir de la fe (reconocimiento) significó el fenecer de la visión (desaparición), como indicando que no pueden coexistir ambas cosas, fe y visión, porque la presencia de una implica necesariamente la ausencia de la otra. Creer y ver a la vez el mismo objeto resulta incompatible, porque si se cree no se ve y si se ve no se cree. Su desaparición parece decirles que, a partir de ese momento, tendrán que aprender a vivir en la fe, con su sola presencia invisible, sin apariciones, y sin más apoyos que los sacramentos, esos signos (palabra, pan, agua, aceite) en los que se hará visible su ya invisible humanidad gloriosa.

Así hemos de vivir nosotros, los sucesores de aquellos discípulos: de su palabra: una palabra que esclarece los misterios de la vida humana, que ofrece claves de interpretación para leer los acontecimientos, incluido el de la propia muerte, que permite entender la historia (personal y colectiva) como historia de salvación; esa palabra nos irá preparando el corazón para el encuentro culminante con el Resucitado en la comunión eucarística, en la que Cristo, representado por el sacerdote, tomará entre sus manos el pan, lo partirá y lo dará a comer, entregándose a nosotros en cuerpo, alma y divinidad, pues ese pan partido y donado es el mismo Cristo ofrecido en comunión para dar vida.

Tras el encuentro con el Resucitado, aquellos discípulos volvieron sobre sus pasos camino de Jerusalén, ciudad que había dejado de ser para ellos lugar de la decepción y del fracaso para convertirse en punto de partida de la mejor noticia posible para el mundo: que Cristo, el futuro libertador de Israel, estaba vivo, había logrado vencer a la muerte. Y con esta noticia, promotora de esperanza, se presentan aquellos discípulos en la ciudad desde la que habían iniciado poco antes un camino de huida y de olvido. Allí se encuentran a los demás discípulos que habían tenido experiencias similares; y la noticia compartida de la resurrección del Señor hizo renacer en ellos la esperanza y la alegría.

Así tendríamos que salir nosotros de nuestro encuentro con el Resucitado: alegres y esperanzados. Y deseosos de comunicar esta noticia al mundo entero, empezando por los más próximos geográfica y afectivamente hablando. Ante esta noticia, nada pueden las noticias de muerte; pues la buena noticia proclama la victoria misma sobre la muerte. Por tanto, ni siquiera las noticias de muerte pueden arrebatarnos la esperanza de vida que se encierra en el evangelio de la resurrección. Pero creer en esta noticia es también tomar conciencia de que hemos sido rescatados –a precio de la sangre del Redentor- de un proceder inútil para proceder como lo que somos, es decir, como cristianos, porque tales hemos renacido en nuestro bautismo. Ello implica tomar en serio nuestras renuncias y promesas bautismales, esas renuncias y promesas que renovamos, haciéndolas cada día más nuestras, en la Vigilia Pascual.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística