Santoral 26 de abril

SAN ISIDORO DE SEVILLA, obispo y doctor de la Iglesia († 636)

“El Doctor de las Españas”. “Doctor egregio de nuestro tiempo, esplendor recentísimo de la Iglesia Católica; el último de los predecesores en edad, mas no inferior a ellos en doctrina, y, lo que sobrepasa a todo, el más docto de nuestro siglo”. Así calificaba a nuestro Isidoro el VIII Concilio toledano.

También se le ha llamado “el último Padre de Occidente”. El Martirologio Romano así lo presentaba: “Insigne en santidad y doctrina, ilustra a España con su celo en favor de la fe católica y su observancia de las disciplinas eclesiásticas”.

A su familia bien le podemos apellidar como “familia de santos”, pues cuatro fueron los que florecieron en ella y todos de gran magnitud: San Leandro, San Fulgencio, Santa Florentina y nuestro San Isidoro. Sus padres fueron los mejores educadores de sus hijos. Se llamaron Severiano y Tútura. También tuvieron buenos maestros de los que asimilaron la ciencia y virtud. Quizá quien más ha influido en Isidoro haya sido un hermano mayor Leandro. Éste ha fundado una prestigiosa Escuela y si de todos cuida es lógico que lo haga de un modo especial de su propio hermano menor.

Isidoro tiene un carácter vivo. Es agudo, penetrante, vivo. Un día cuando ya Leandro lleva años entregado al Señor en la vida religiosa, le ruega Isidoro: “Hermano mío, admíteme también a mí entre tus monjes… No me interesa el mundo”. Una vez en el monasterio se entrega de lleno a la oración y a la más rigurosa observancia de la Regla. Pronto le eligen Abad del Monasterio muy a pesar suyo. Ama a todos los monjes y se desvive por hacerlos felices, pero sin menguar lo más mínimo en la observancia monacal. Les dice: “La renuncia completa de sí mismo, la estabilidad en el monasterio, la pobreza, la oración litúrgica, la lección y el trabajo deben ser los pilares de nuestra vida…”.

Sus hermanos Leandro y Fulgencio sufrieron destierro y persecuciones por defender a Hermenegildo que después será decapitado por su mismo padre Leovigildo. Ellos escriben cartas de fervoroso entusiasmo y fidelidad en la fe a su hermano menor Isidoro. Éste es totalmente de Jesucristo a quien se ha entregado en cuerpo y alma.

Al morir su hermano San Leandro, que era Arzobispo de Sevilla, todos piensan en él para que ocupe la sede que ha quedado vacante. Se opone, pero debe aceptar. Durante su estancia en el Monasterio y después en los casi cuarenta años de Arzobispo de Sevilla escribió libros preciosos y de gran sabiduría y unción. Bien podía decir de él su gran amigo, el Obispo de Zaragoza, Braulio: “Tú eres gloria purísima de España, sostén de la Iglesia, luz que nunca se ha de apagar. Tus libros nos han llevado a la Casa paterna… Nos has enseñado todas las cosas del cielo y de la tierra”.

Isidoro llega a todas partes: Convoca Sínodos como el II Hispalense el año 619. El IV de Toledo que él preside y en el que se dictan normas que repercutirán en España y fuera de España. Reforma los seminarios, la liturgia, la vida monacal y de los sacerdotes diocesanos, las costumbres cristianas. Su fuerza la saca de su sentencia, que dice: “Es necesario progresar en la vida espiritual y para ello: la lectura nos instruye; la meditación nos purifica; es preciso leer con frecuencia y orar con más frecuencia y orar más frecuentemente todavía para así vivir en unión con Dios”.

Un antiguo historiador así nos lo pinta: “Fue largo en limosnas, insigne en hospitalidad, sereno de corazón, afable en las exhortaciones, sabio en el consejo, humilde en el vestir, sobrio en la mesa, habilísimo para ganar almas para Cristo, eminente en toda virtud y pronto a dar la vida por la verdad”.

Lleno de méritos y de años, con gran humildad, pide perdón, recibe los Sacramentos y expira durante los días de Semana Santa del año 636.

Otros Santos de hoy: Cleto, Marcelino, Pascasio, Alda, Valentina, Pedro…

Justo y Rafael Mª López-Melús