Comentario – Martes III de Pascua

De nuevo comparece el tema de la fe. ¿Y qué signo vemos que haces tú –le dice la gente a Jesús, para que creamos en ti? Se ve que quienes le dirigen esta pregunta no han sido testigos de los milagros que se le atribuyen. Es raro que no tuvieran noticia de tales milagros; puede suceder también que le exigieran un signo suficientemente significativo o extraordinario, un signo similar al de la multiplicación de los panes, poco antes narrado por el mismo evangelista, y tras el cual una multitud quiso proclamarlo rey. Parece que esto es lo que pretenden cuando le dicen: Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo». Para ellos, el maná, comido por sus padres en el desierto, era un signo digno de crédito, un signo que acreditaba al que había sido su líder, Moisés, como representante de un Dios providente que se ocupaba de su pueblo enviándole un pan celestial en tiempos de escasez. Como sus antepasados, también ellos veían en el maná un pan proporcionado por Moisés para saciar su hambre. No era un pan elaborado por la mano del hombre, sino venido del cielo, es decir, de Dios; Moisés se limitaba a distribuirlo de una manera racional.

Esto es precisamente lo que acentúa Jesús en su réplica: Os aseguro que no fue Moisés el que os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. En realidad, les dice, el verdadero pan del cielo es otro distinto de aquel maná proporcionado por Moisés a un pueblo hambriento y sin recursos. El maná, siendo un pan providencial, no dejaba por eso de ser terreno. El verdadero pan de Dios que da vida al mundo –concluye Jesús- soy yo mismo: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.

Son palabras que parecen reflejar una conciencia muy viva de su procedencia divina y de su ineludible misión vivificante, palabras que dieron origen a reacciones muy diversas: desde el abandono masivo de muchos de sus seguidores hasta la adhesión más firme por parte de los menos. En comparación con el maná, que tanto apreciaban los judíos como signo de credibilidad, Jesús se presenta como el verdadero pan de Dios –porque viene de Él- que da realmente la vida al mundo: la vida que perdura, no la que perece. El pan de Dios es portador de la vida de Dios; proporciona, pues, vida divina, esa vida que, plenamente poseída, no está ya sujeta a ninguna carencia o deterioro, no padece hambre ni sed. Se trata, es verdad, de palabras misteriosas que nos dejan como perdidos ante lo inaferrable. Nos resulta muy difícil, quizá imposible, imaginar una vida sin hambre y sin sed, lo mismo que una vida sin tiempo, en la eternidad.

Lo único que los apóstoles pudieron ‘comprobar’ es que la vida presente en Cristo había escapado de la muerte y del sepulcro pasando a otra dimensión espaciotemporal. Pero su experiencia del encuentro con el Resucitado no dejaba de estar sujeta al espacio y al tiempo de sus apariciones. Era, por tanto, una manifestación de lo eterno en el tiempo. No era todavía una experiencia de vida eterna en la eternidad. Pero en nosotros, y quizá en toda vida, late un anhelo de perpetuidad que nos lleva a alimentarnos, a procrear, a dar continuidad a nuestros proyectos, a ensanchar nuestro futuro, a pugnar con la muerte, a nutrir deseos de inmortalidad. La vida que ya tenemos nos impulsa a desear más vida, mejor vida. Por eso, la oferta de un pan de vida eterna, a pesar de su carácter misterioso e inverificable, encontrará siempre resonancias en nuestro corazón, un corazón sediento de vida. Y el hecho de que esta vida sea inverificable no le quita nada de su coherencia. La vida de Dios no puede ser sino eterna, y en el pan vivo bajado del cielo se nos está ofreciendo una participación de esa misma vida divina, que no resplandecerá, como en el caso del grano de trigo sembrado, sino tras la muerte y la resurrección.

Aquí la fe es una firme adhesión a las palabras de Jesús que se autoproclama pan de Dios para la vida del mundo. Semejante autoproclamación no es, sin embargo, única ni aislada. También se presenta en otras formas y con otros títulos, como el de Hijo de Dios, que delatan su origen divino. Luego a pesar del impacto que pudo tener esta palabra, no es sin embargo una novedad inasimilable. El que viene de Dios, en el sentido más ontológico del término, puede traernos la vida –la palabra, el plan, la energía, el Espíritu- de Dios en las formas y medidas más variadas. Y con la recepción de esta vida sentiremos calmarse nuestra hambre y nuestra sed de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed. Algo o mucho de lo que contienen estas palabras se puede experimentar ya en esta vida, de modo que esa experiencia pasará a ser un refrendo de la veracidad de las mismas palabras. Si las acogemos en toda su verdad, nos sentiremos impelidos a decir: Señor, danos siempre de este pan.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística