Comentario – Miércoles III de Pascua

Juan prolonga la réplica de Jesús a los judíos: Todo el que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera; porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no se pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Jesús hace depender todo el éxito de su misión de una voluntad superior, que es la voluntad del Padre. Sólo vendrá a él el que su Padre le dé; pero el que venga a él será bien recibido. La fe de los que crean en él, aceptándole como enviado de Dios, se hace depender del mismo Dios que mueve a dar este paso. Para Jesús, sus seguidores son don de Dios, personas que su Padre le ha dado y él, evidentemente, no ha despreciado, ha aceptado. No son, por tanto, mera conquista personal, personas ganadas para la causa en virtud de sus portentosas acciones o de sus irresistibles palabras. Muchos han resistido su atracción y se han mantenido en la incredulidad. No les ha bastado con haber sido testigos de sus milagros o atentos oyentes de sus discursos. La fe requiere en último término de la moción de Dios; sin ésta, todo lo demás –argumentos, signos de credibilidad, milagros- resulta inútil.

Jesús, en cuanto enviado del Padre, se sabe sujeto a su voluntad. No ha bajado del cielo a la tierra para hacer su voluntad, sino la voluntad del que lo ha enviado. Y esa voluntad es que no se pierda nada (resp. nadiede lo que le dio, sino que pueda compartir con él la resurrección y, por ella, obtenga la vida eternaPerderse es quedarse en la corrupción del sepulcro, no resucitar; perderse es no alcanzar la vida eterna. Pero la voluntad de Dios es hacer partícipes de esta vida –la eterna- a todo el que le ha sido dado a Jesús, pudiéndole ver y creer en él con una fe –la visión corporal es lo que menos importa- que posibilita la comunión con él, haciéndonos consortes, esto es, partícipes de su misma suerte o destino final, que es un destino glorioso y eterno, ese estado de vida al que se accede por la resurrección.

Nosotros no podemos dudar de que le hemos sido dados a Jesús por el Padre. Son muchas las señales de esta donación. Fuimos bautizados en nuestra niñez; recibimos instrucción catequética; hemos conocido a Jesús; hemos creído en él como enviado y como Hijo de Dios; sentimos aprecio por él; nos confesamos sus amigos; escuchamos con atención y devoción las palabras que de él nos transmitieron sus discípulos; lo tenemos presente en nuestro recuerdo y nuestra oración; nos dirigimos a él porque le creemos vivo en sus presencias sacramentales; conversamos con él en el rincón de una iglesia o una capilla. ¿Cómo no pensar que le hemos sido dados a Jesús por el Padre y que él no nos ha echado fuera? Este sentirnos acogidos por él nos tiene que dar confianza, a pesar de nuestras muchas deficiencias e infidelidades, para el futuro y para el momento decisivo, que es el momento de nuestra entrega final. También ahí podremos sentirnos acogidos por el que nos ha acompañado en el camino de la vida y nos espera para hacernos partícipes de su propio destino.

También nosotros, como él, estamos en la tierra no para hacer nuestra propia voluntad, como si ésta fuera absoluta o autosuficiente, sino la voluntad del que nos ha enviado a la tierra a través de la conjunción de los genes de nuestros padres para realizar una determinada tarea, un proyecto de vida siempre inconcluso, porque, tratándose de una vida limitada, lo que interesa no es la conclusión de ese proyecto –imposible de concluir-, sino la realización del proyecto de Dios que contempla el acceso a una plenitud de vida que rebasa los límites del espacio y del tiempo. Que el Señor nos confirme en esta fe que no es sino fe en el poder creador de Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística