Comentario – Jueves III de Pascua

San Juan pone en boca de Jesús estas palabras: Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Según esto, la fe otorga una ‘posesión’ de vida; y tiene su razón de ser. La fe no es un simple asentimiento a un testimonio; es adhesión y unión a la persona portadora (=testigo) de ese testimonio. En virtud de esta unión podemos tener acceso a la vida de esa persona. Y Jesús, en su persona, se ofrece como pan de vida pan para la vida del mundoYo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná, y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Jesús se presenta como un ‘pan’ de mayor virtud y eficacia que el milagroso pan del maná que, siendo tan extraordinario, no evitó la muerte de quienes lo comieron. El que coma de él, en cambio, no morirá; porque la virtud de este pan vivo, bajado del cielo, lleva la impronta de la vida para siempre. No deja de ser, sin embargo, una vida que se alcanza a través de la resurrección y que, por tanto, implica el paso por la muerte. El que coma de este pan morirá, pero no morirá para siempre, porque vivirá para siempre. Y el pan que él es su carne para la vida del mundo.

A partir de ahora, Jesús no se limitará a alimentar a los hambrientos y sedientos de Dios y de vida con su palabra; tampoco se limitará a multiplicar unos panes para saciar el estómago de una multitud desfallecida por el hambre. Él mismo, en persona, se ofrecerá como pan. Pero para convertirse en este pan del que los hombres puedan alimentarse, tiene que morir. Se trata de un pan que, para servir de alimento, tiene que dejarse masticar, triturar. Y esto implica la entera inmolación de la propia vida. Sólo así puede convertirse en alimento para el mundo. La correlación entre el pan, que él es, y su carne, para la vida de los que se nutran de él, es significativa.

La donación del pan supone la entrega de la propia carne, como pone de manifiesto en la última cena, cuando a la acción de tomar el pan y dárselo a sus discípulos incorpora estas palabras: Tomad y comed; esto es mi cuerpo (=carne) que se entrega por vosotros. No era un mero simbolismo. Su cuerpo sería literalmente destrozado en la cruz. Se sacrificaba realmente para ser pan para la vida del mundo. Pero el cuerpo entregado a la muerte sólo se convierte en pan para la vida del mundo cuando resucita de entre los muertos, no antes. En la eucaristía no comemos el cuerpo de un cadáver, sino de un resucitado, que proporciona la vida que posee en cuanto resucitado. Por eso puede dar vida eterna. Si esto es así, menospreciar el cuerpo de Cristo es privarse de unos “hidratos” o de unas “proteínas” que nos son muy necesarias para la vida eterna, si es que nos apetece vivir esta vida. Pero el “comer” en este caso implica la fe en Jesucristo como pan de vida y la gratitud por su entrega hasta la muerte; pues es el amor el que le ha llevado a convertirse en pan de vida para nosotros.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística