Para dar vida… y no quitarla

1.- Tal vez, en una realidad urbana sembrada de rascacielos, semáforos, automóviles, etc., la figura del Buen Pastor que nos presenta este domingo IV de la Pascua, no resulte la más actual para captar la hondura de la persona y del mensaje de Jesús.

Tal vez, por ello mismo, habría que concluir (sin olvidar la imagen clásica que el evangelio de hoy nos presenta) que Jesús es un hilo conductor que nos ofrece la luz necesaria para ver los acontecimientos de la vida, con el fondo de Dios, y es aquel hilo conductor que, cuando se vive conectado a El, produce inmediatamente la vida.

2.- Jesús, el Buen Pastor, es Aquel que sitúa delante de nosotros todo un mar de posibilidades:

–Es una puerta que se abre. Cuando uno se atreve a cruzarla sabe, que a la corta o a la larga, conduce a una antesala donde siempre espera Dios. Muchos hermanos nuestros, cuando se acercan al “fenómeno” de Jesús de Nazaret se conforman con quedarse en su persona. Jesús, y esa es la gran novedad, es una referencia encarnada de Dios. Es un ascensor por el que, los cristianos, subimos para disfrutar un día definitivamente en la felicidad del cielo.

–Es un buen psicólogo. Nos conoce. Por muchos recovecos y rincones que tengamos. Por otras tantas circunstancias que nos sacudan, Jesús, sabe de qué hechura está conformada nuestra vida interior y exterior. En el día de nuestro Bautismo, entró en lo más hondo de nuestras entrañas y, desde entonces, se ha convertido en el gran confidente de nuestras vidas, en un compañero leal de nuestros caminos, en un cayado firme cuando asoman los cansancios.

3.- Uno de los aspectos, que más vértigo producen las grandes urbes (y también de vez en cuando comprobamos incluso dentro de nuestra propia iglesia) es lo impersonal en nuestras relaciones. A nadie nos gusta ser un mero o simple número. Todos tenemos, detrás de nosotros, una historia (mejor o peor, positiva o negativa, brillante o pobre) que –ante Jesús- siempre merece un respeto y con un margen de confianza.

¡Quiere y déjate querer! ¡Conócete y déjate conocer! Con Jesús, estos viejos adagios, nos interpelan a ser agradecidos con ese amor y conocimiento inmenso que, Cristo, tiene de y por cada uno de nosotros. En cierta ocasión un paciente se acercó a un médico y, después de reconocerle, el facultativo le dijo: “ahora es necesario que, Vd., confíe en mí”.

En la iglesia de Dios hemos de ser conscientes de lo qué somos y de a quién seguimos. Si el Señor viniese en este momento y nos preguntase sobre ciertas prescripciones evangélicas. ¿Podríamos responderle con exactitud sobre ellas? ¿Se percataría, Jesús, de nuestra ignorancia en algunos aspectos? ¿Podríamos demostrarle que somos alumnos aventajados y conocedores de la gran lección evangélica?

4.- Si no escucháis nunca llegaréis a ser nada (decía un profesor a sus alumnos). Jesús, como Buen Pastor, siempre tiene una palabra oportuna y mágica para aquellos que confían y se deciden seguirle. Ciertamente que, con tanto ruido ensordecedor de los “modernos pastores” que nos presenta la sociedad, es fácil confundir el bien con el mal, la verdad con la mentira, la moral auténtica con las ideas dominantes, las ovejas con los borregos o, incluso, al auténtico pastor con el perverso lobo revestido de poder.

Precisamente por eso, todos los domingos, la Eucaristía es un buen altavoz por el que escuchamos el latir del corazón de Cristo. Una buena mesa, donde el Señor, nos va reconociendo y conociendo uno a uno con nuestras grandezas y miserias. Una puerta, por la que ya desde ahora, empezamos a contemplar la gran fiesta de la vida que nos espera allá en el cielo.

Ha venido Jesús para que tengamos vida y en abundancia. Cuando uno aprieta el pulsador de “Jesús” automáticamente nos lleva al encuentro con Dios. Para ello, como todo, hay que saber leer el manual de instrucciones evangélicas.

5.- En estos días nos sorprendía la noticia, aquí en España, de cómo en cierta clínica, varios pacientes morían en menos de 24 horas por ser sedados excesivamente. Uno, cuando se encuentra con el horror de ciertas actuaciones profesionales (¿buenos?), comprende más y mejor el mensaje del Buen Pastor. El es quien de verdad garantiza la vida desde el principio hasta el final. Nadie tiene la potestad, sino Dios, para quitarla. Frente a la sedación, el Buen Pastor, se multiplica en gestos y desvelos para que, a nosotros, nunca nos falte las ganas de vivir, de luchar y de seguir adelante.

Jesús, como Buen Pastor, nos indica que el camino para una muerte digna no es precisamente el acortar la vida, sino buscar y dar un sentido profundo a la agonía. Me venía a la memoria el Papa Juan Pablo II. Como Pastor, hasta el mismo final y con el último suspiro, ha sabido encarnar perfectamente la figura del Buen Pastor dando (con esfuerzo, sacrificio y sufrimiento) su vida al servicio de Dios, de Cristo, de su Iglesia, de nosotros y del mundo entero.

Javier Leoz