Comentario – San José obrero

El evangelista sitúa a Jesús en la sinagoga de Nazaret. Allí enseña tomando como punto de partida la palabra proclamada: un texto del Antiguo Testamento, la Escritura sagrada para un judío. El evangelio se hace eco de la admiración provocada por su actividad, que incluye enseñanza y acciones milagrosas. Decía la gente que lo veía actuar: ¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No es su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso? Y desconfiaban de él.

Jesús era conocido en su tierra como «el hijo del carpintero». Durante esos años de ‘existencia escondida’ no había dado muestras de otra cosa. Ni siquiera le mencionan por su nombre. Para ellos, es simplemente el hijo del carpintero, como si en la localidad no hubiera habido otro carpintero que José. También conocen a su madre, María, y a sus parientes, aquí nombrados como «hermanos» y «hermanas». Todos ellos constituían su ámbito familiar. Y les resultaba difícil explicar las muestras de sabiduría y de poder que daba en ese preciso instante. Les desconcertaba encontrar en el hijo del carpintero, un hombre al que creían dotado únicamente para la carpintería, habilidades propias de un sabio o de un profeta. No lograban conciliar ambos status; por eso desconfiaban de él.

Pero Jesús había pasado de ser el hijo del carpintero a ser el profeta de Nazaret. En él se revelaba ahora una dimensión que había mantenido oculta durante gran parte de su vida: su verdadera dimensión mesiánica; aquello para lo que había venido a este mundo enviado por Dios Padre; aquello para lo que había nacido: para dar a conocer el Evangelio, la buena noticia de Dios a los hombres, el mensaje de la verdad. Este cambio, sin embargo, desconcertó a sus paisanos. El conocimiento que tenían de él como simple ‘hijo del carpintero’ les dificultaba enormemente para acogerle como profeta. De ahí el dicho al que se remite Jesús: Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.

Y es que el profeta, antes de sentirse llamado por Dios a la misión profética, es un simple habitante de su tierra y un miembro de su familia cumpliendo un determinado oficio en la vida. En este sentido, la biografía de Jesús no dista mucho de la de otros profetas de la antigua alianza. También él sintió un día la necesidad de abandonar familia, trabajo y tierra para cumplir la misión para la que estaba en este mundo. Pero fue precisamente en su tierra donde encontró mayores obstáculos para el ejercicio de su misión: No hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe. La fe es realmente ‘puerta’. Sólo la fe podía hacerles receptivos a los beneficios emanados de él; sólo con fe podían aceptar sus palabras como palabras portadoras de verdad; sólo con fe podían experimentar los efectos extraordinarios de su poder misericordioso. La eficacia de la misión de Jesús no depende únicamente de su actuación irreprochable; depende también de nuestra disposición o acogida, esto es, de nuestra fe. Dios quiere que todos los hombres se salven; pero lo quiere con un ‘querer’ condicionado por nuestro querer; aunque no deja de ser verdad que el querer de Dios es mucho más poderoso que el nuestro, voluble y débil.

La fiesta de hoy fue instituida por Pío XII en 1955 para exaltar cristianamente el trabajo humano. Ya ha quedado reflejado que Jesús trabajó, probablemente a una edad temprana, en el taller de su ‘padre’. Dejado este trabajo de índole manual, inició otro, impulsado por la llamada de Dios a ocuparse de las cosas de su Padre. Era su obra mesiánica de anuncio e implantación del Reino: un trabajo que, aún consumado, pareció dejar incumplido, puesto que encomendó a sus discípulos la tarea de proseguirlo en el tiempo. Jesús se sometió, por tanto, a la ley del trabajo asociada a la vida humana y a su dinamismo de crecimiento. El trabajo, además de ser elemento potenciador del desarrollo humano, es el cauce ordinario por el que ponemos en ejercicio nuestras facultades; y al tiempo que las ejercitamos, crecemos en dominio sobre nosotros mismos y la naturaleza circundante. El trabajo dignifica al hombre. Por eso resulta tan frustrante no ejercer la tarea para la que uno se ha venido preparando durante años. El trabajo no es sólo cosa del hombre, sino también de Dios.

El libro del Génesis nos habla del trabajo realizado por Dios en la obra de la creación y concluido el día séptimo. En realidad, ese día, el día del descanso divino, no ha llegado, puesto que Dios sigue trabajando en su obra: un trabajo de mantenimiento y acrecentamiento de lo iniciado. Se trata de un trabajo creador en el sentido más propio del término: Dios saca de lo que no es –lo que llamamos nada– lo que es y sostiene su potencia original en camino hacia una plenitud inimaginable. Es un trabajo de creación, de conservación y de potenciación para el que se basta con su hablar todopoderoso. Su trabajo no es sino actualización de su poder soberano. No requiere ningún esfuerzo; no implica ninguna penalidad. Nuestro trabajo, en cambio, sí que va acompañado de esfuerzo y resulta muchas veces penoso en razón del desgaste energético, de la falta de lucidez mental, de las difíciles condiciones laborales, de la competitividad llevada hasta la confrontación y el conflicto de intereses, de las deficiencias en la seguridad o en la higiene, de las tensiones generadas por el orgullo o el afán de dominio, de las desarmonías e incomprensiones, de las malas retribuciones, etc. Son esos factores que hacen del trabajo algo ingrato o poco gratificante.

Pero el trabajo en cuanto tal es algo que dignifica al hombre, porque le permite actualizar sus facultades y porque le enriquece y le perfecciona. Si en ocasiones se convierte en una carga penosa e insoportable es a causa de elementos añadidos y teñidos de pecado. No es un trabajo en el paraíso, sino en una tierra que da también abrojos y espinas, en un lugar de destierro, puesto que no es patria definitiva. A pesar de todas esas penalidades y deficiencias asociadas, el trabajo es nuestro medio ordinario de realización y de crecimiento. Además, el sufrimiento que tantas veces le acompaña puede convertirse en uno de los mayores instrumentos de purificación. Es precisamente en nuestro trabajo donde podemos sentirnos no sólo útiles, sino colaboradores de Dios en su obra de perfeccionamiento de la creación y servidores de nuestros hermanos. El trabajo nos permite cumplir este doble servicio: a Dios, colaborando con Él en su obra; y al hombre, respondiendo a su demanda o necesidad. Y por este camino nos realizamos como personas y llevamos a cabo el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros. Y cuando ya carezcamos de fuerzas para trabajar, siempre podremos seguir colaborando con Dios en su obra redentora como hizo Cristo desde la cruz, haciendo de nuestra vida ofrenda por la salvación del mundo. Que el Señor nos conceda esta gracia de trabajar con él y para él.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística