La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

5.- NATANAEL

Jn 1, 45-51

Felipe buscó enseguida a su amigo Natanael, que era de Caná de Galilea; allí precisamente se dirige el Señor. Quizá sea en la misma Caná donde se desarrolle esta escena. Con emoción, el nuevo discípulo comunicó a su amigo el gran descubrimiento: Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley, y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. ¡Es el Mesías que espera todo el mundo! Pero este amigo no estimaba en mucho a la gente de Nazaret, y no parece dispuesto a admitir que el Mesías pudiera surgir de un lugar tan oscuro: ¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret? Pone en duda que Jesús sea el Mesías porque se lo presentan como hijo de José y natural de Nazaret, cuando, según la tradición, el Mesías debía nacer en Belén y permanecer de una manera misteriosa y oculta hasta su aparición al pueblo de Israel. Esta reacción debió de ser en parte motivada por la rivalidad existente entre Caná y Nazaret, que eran localidades vecinas.

La respuesta de Natanael no desalentó a Felipe, que se limitó a responder: Ven y verás. Su propia experiencia le decía que bastaba conocer al nuevo Maestro para creer en Él. ¡Él nunca defrauda! Felipe tenía ya una fe firme en Jesús.

Cuando el Señor vio a los dos amigos que se acercaban, refiriéndose a Natanael y quizá señalándole con la mano, dijo en voz alta: He aquí un verdadero israelita en quien no hay doblez.

Pone de manifiesto la sinceridad de Natanael y su piedad para con Dios: un verdadero israelita es aquel que no tiene otro Dios y Señor que Yahvé. Esto desconcertó al amigo de Felipe, quien le contestó: ¿De qué me conoces? ¿A qué viene esto?

Jesús alude entonces a algún hecho desconocido del que solo Dios sería testigo; quizá una oración más profunda o una petición relacionada con la llegada del Mesías… Recordaba a Natanael, en términos velados para los demás, una singular situación de

ánimo en que entonces se hallaba el futuro discípulo: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas bajo la higuera, yo te vi. Algo había pasado debajo de la higuera.

Esta inesperada revelación llegó a lo más hondo del corazón de Natanael, que profesó la primera confesión explícita de fe en Jesús como Mesías y como Hijo de Dios. Tenía razón Felipe con el «ven y verás». Jesús no le defraudó. Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel, exclamó Natanael. La gracia había entrado en su corazón hasta llenarlo.

Jesús recompensó enseguida este acto de fe del nuevo discípulo: ¿Porque te he dicho que te vi bajo la higuera crees? Cosas mayores verás. Y añadió, dirigiéndose ahora al pequeño grupo que le rodeaba, estas palabras, con cierta solemnidad: En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar en torno al Hijo del Hombre.

El Señor alude al sueño de Jacob en Betel, narrado en la Sagrada Escritura. Jesús había pasado por esa ciudad en este viaje de Judea a Galilea. Los que están en su compañía verán cosas mayores que las reveladas a Jacob en el sueño: la manifestación progresiva de su divinidad. Los ángeles, que suben y bajan en una procesión ininterrumpida entre el cielo y la tierra, con Jesús en el centro, recuerdan la misteriosa escala de ese sueño de Jacob, a lo largo de la cual subían y bajaban de continuo estos espíritus puros. Allí la presencia de los ángeles significaba que Dios tomaba al hijo de Isaac bajo su protección durante su peligroso viaje y su permanencia en la remota Mesopotamia. Aquí representa la continua sucesión de favores divinos que Jesús había de recibir, el incesante despliegue de fuerzas milagrosas que sus manos habían de dispensar y la continua compañía de los ángeles.

Natanael quedó para siempre unido al Maestro. Con mucho sentido, la mayor parte de los autores identifican desde antiguo a Natanael con el apóstol Bartolomé.

Aquellas fueron unas jornadas de muy buenos frutos. Era imposible que Juan las olvidara.