La amistad verdadera (amistad)

El amigo verdadero no puede tener, para su amigo, dos caras: la amistad, si ha de ser leal y sincera, exige renuncias, rectitud, intercambio de favores, de servicios nobles y lícitos. El amigo es fuerte y sincero en la medida en que, de acuerdo con la prudencia sobrenatural, piensa generosamente en los demás, con personal sacrificio. Del amigo se espera la correspondencia al clima de confianza, que se establece con la verdadera amistad; se espera el reconocimiento de lo que somos y, cuando sea necesaria, también la defensa clara y sin paliativo (J. Escrivá de Balaguer, en Gran Enciclopedia Rialp, vol. 2, p. 101).

No todo amor tiene razón de amistad, sino el amor que entraña benevolencia, es decir, cuando de tal manera amamos a alguien que queremos para él el bien […]. Es preciso también que el amor sea mutuo, pues el amigo es amigo para el amigo. Esta correspondida benevolencia se funda en alguna comunicación (Santo Tomás, Suma Teológica, 22, q. 23, a. 1).

Esta es la verdadera , la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible (Beatoelredo, Trat. sobre la amistad espiritual, 3).

Nadie puede ser conocido sino en función de la amistad que se le tiene (San Agustín, Sermón 83).

Hay más amistad en amar que en ser amado (Santo Tomás, Suma Teológica 22, q. 27, a. 1)

La amistad que puede acabar, nunca fue verdadera amistad (San Ambrosio, Trat. sobre los oficios de los ministros).

Quien es verdaderamente amigo, alguna vez corrige, nunca adula (San Bernardo, Epístola 34).

Es propio del amigo hacer bien a los amigos, principalmente a aquellos que se encuentran más necesitados (Santo Tomás, Ética a Nicómaco, 9, 13).