Hch 8, 5-8. 14-17 (1ª lectura Domingo VI de Pascua)

La palabra de Dios nos abre al Espíritu

Este texto nos muestra un paso más de la comunidad cristiana primitiva. La crisis originada en la comunidad de Jerusalén a causa de los «helenistas», que tenían una mentalidad más abierta y más atenta a lo que había significado el mensaje del evangelio y de la Pascua, dispersó a estos cristianos fuera de la ciudad santa. Y esto va a ser semilla misionera y decisiva para que el «camino», otro de los nombres con que se conocía a los seguidores de Jesús, rompiera las barreras del judaísmo. Del relato, para la lectura de este domingo, se excluye el caso de Simón el Mago que quería hacer lo que Felipe, o comprarlo si era necesario -de donde procede el nombre de “simonía”-, por querer procurarse bienes espirituales por medio del dinero.

El programa que el autor (Lucas) ya diseñó en Hch 1,8 debe ir cumpliéndose con precisión. Pero es el Espíritu quien lleva estas iniciativas, quien se adelanta a los mismos apóstoles. Porque la Iglesia, sin Espíritu del Señor, no estaría abierta a nuevos modos y territorios de evangelización y presencia. El Espíritu es quien otorga siempre a la comunidad cristiana la libertad y el valor necesarios. En la lectura de hoy vemos a Felipe, uno de los siete elegidos y, probablemente, el líder sucesor de Esteban, que se llega hasta el territorio maldito de los samaritanos. El odio entre judíos y samaritanos ya aparece en el evangelio (Lc 9,52ss; Jn 4). Este era un paso muy importante porque se les consideraba como unos paganos. Esta era una apuesta decisiva, a la vez que un compromiso conducido por el Espíritu de Pentecostés, para cuya fiesta nos preparamos. Los samaritanos acogieron la palabra de Dios, nos dice Lucas en este relato, y enviaron a Pedro y a Juan para que pudieran atender y confirmar en la fe a esta nueva comunidad que se había abierto a la fuerza de la palabra salvadora.

Por eso, conviene resaltar que no son los “doce”, los discípulos de Jesús y los testigos “directos” de la Resurrección, los que llevan a cabo esta iniciativa eclesial. Felipe el helenista es el que se atreve a cumplir esa promesa del resucitado de Hch 1,8 (aunque cuenta mucho la persecución en Jerusalén contra ellos). Lo que hace es lo que mismo que hacía Jesús (cf. Lc 7,21; 8,2; 9,1). Resaltemos, pues, las iniciativas de los de segunda fila que tienen la misma importancia o más, ya que llevan la predicación, la palabra de Dios, a “lugares de frontera”. En Lucas la “palabra de Dios” es verdadera protagonista, junto con el Espíritu, de la segunda parte de su obra.

En un segundo momento, Pedro y Juan tienen que asumir la realidad de que los samaritanos, a donde ellos nos se atrevían a ir, han acogido la predicación evangélica. Esto contrasta con la escena del evangelio (Lc 9,51-56) en que Jesús y los suyos, pasando por territorio samaritano al ir a Jerusalén, y no siendo acogidos, Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, pidieron un castigo apocalíptico para aquel lugar maldito. Pero Jesús esta actitud de venganza rotundamente. Para Lucas esa era como la primera semilla, que ahora viene a crecer por medio de una nueva predicación. Y Juan, el hijo del Zebedeo, es protagonista en este momento.

El relato, pues, debe ser leído e interpretado en el sentido de que de los que no se esperan respuesta, son capaces de acoger el mensaje de la salvación con más solicitud y entusiasmo que los predestinados religiosamente para ello. La llegada de Pedro y Juan no debe ser captada en el sentido de ir a imponer su autoridad apostólica o jerárquica, sino, por el contrario, a poner de manifiesto por su parte y por la parte de la Iglesia madre de Jerusalén, el misterio de “comunión” que los herejes samaritanos (concepción del judaísmo ortodoxo) son capaces de dar.

Por eso este es un segundo “pentecostés”, que aquí acontece por la imposición de las manos de los apóstoles. Y es que en la Iglesia primitiva se dieron diferente momentos de “pentecostés” como presencia del Espíritu de Jesús resucitado.