Homilía – Domingo VI de Pascua

1.- Se rompen las fronteras (Hch 8, 5-8.14-17)

Eran vecinos, pero no se trataban: samaritanos y judíos estaban enfrentados. Pero uno de los Siete (Felipe) comienza la misión con los samaritanos. La fe en Cristo comienza su expansión. «El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe». Y es que la palabra y los signos se entrecruzan en su «evangelización», como había ocurrido con los Doce, repitiéndose en toda la Iglesia naciente el estilo mismo de Jesús.

Resultado de aquella acogida: la alegría (tema especialmente lucano): «Samaría había recibido la palabra de Dios». Y la había recibido con toda legitimidad. La expansión de la fe, más allá del grupo inicial, no era un abuso. Detrás de ella estaban los mismos apóstoles (de nuevo el tema lucano de los Doce), que envían a Pedro y a Juan, en una visita de verificación evangelizadora…

La imposición de las manos de los apóstoles sobre los samaritanos que habían creído les otorga la plenitud: plenitud de fe y plenitud de Espíritu: «Aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús».

 

2.- El Espíritu y la vida (1Pe 3, 15-18)

La glorificación que la primera Carta de Pedro pide a los creyentes se dirige directamente a Jesucristo. Es una consecuencia del misterio de la Pascua: «Como era hombre, lo mataron: pero como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida». Se trata de la raíz misma de la esperanza del cristiano, aquella de la que «tiene que estar siempre pronto a dar razón».

El «dar razón de la esperanza» no será siempre fácil. Acontece muchas veces entre sufrimientos. Para dar una explicación de estas «trabas» procedentes de los que «denigran vuestra conducta en Cristo», recurre el autor a la Pascua del Señor.

Para el cristiano pide las mismas actitudes del Cristo sufriente: «mansedumbre, respeto y buena conciencia», cuando llega la prueba: «Mejor es padecer haciendo el bien… que padecer haciendo el mal».

La última palabra la tendrá la vida: el sufrimiento de cristiano, como el de Cristo, es también «para conducirnos a Dios», y «ser devueltos a la vida» como lo fue el Resucitado, por medio del Espíritu. Así canta esa seguridad nuestro poeta: «Tolera la calumnia…, el sufrimiento/ si tu carne se inmola en el tormento/ surgirá, de la muerte, vencedora».

 

3.- El desamparo y la vuelta (Jn 14,15-21)

Los apóstoles tuvieron la tentación de sentirse desamparados. La nueva presencia de Jesús se realizaba de un modo diferente a la que habían experimentado cuando lo acompañaban por los caminos de Galilea. Se les pide ahora otro seguimiento, desde la fe y desde la observancia del mandamiento. Tendrán que llegar a saborear «que el Mandamiento no es cadena/ sino amor, que redime la condena/ y fuerza que el Espíritu robora».

La nueva presencia del Señor está, en efecto, ligada al «Espíritu de la verdad», el «otro Defensor». Cuando Jesús caminaba con ellos, él mismo los defendía, como Pastor, como Guardián… con el mismo cuidado de la gallina que cubre con sus alas a los polluelos.

Ahora, el Defensor será el Espíritu. Con él tienen los discípulos cierta connaturalidad, expresada en el conocimiento cercano: «Lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros»… Él les da la seguridad de poder seguir viendo a Jesús, de una forma completamente nueva. Y no sólo de verlo; también de poder vivir con él y como él. Jesús es el Viviente que los sumerge en la misma vida del Padre, como en una progresión en cascada: «Yo estoy en el Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros».

Una atmósfera nueva de Espíritu y de Amor. Su expresión es la fidelidad en el seguimiento: «Aceptar sus mandamientos y guardarlos». Eso es amor a Cristo. Desde ese amor, se recibe como hijos el amor mismo del Padre. Hay reciprocidad con el mismo amor de Cristo y verdadero conocimiento del Señor: «Yo también lo amaré y me revelaré a él».

 

La fuerza del Espíritu

Se hace visible el «don» en Samaría…,
—¡la fe que no es, Felipe, una quimera,
ha derribado la ancestral frontera!—
y la ciudad se llena de alegría.

Convierte tu esperanza en luz de día
y cuantos te contemplen desde fuera
verán en el respeto y la manera
la verdad que les da tu profecía.

Sabrán que el Mandamiento no es cadena,
sino amor que redime la condena
y fuerza que el Espíritu robora.

Tolera la calumnia…, el sufrimiento…
si tu carne se inmola en el tormento,
surgirá de la muerte vencedora.

 

Pedro Jaramillo