La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

6.- LAS BODAS DE CANÁ. EL PRIMER MILAGRO

Jn 2, 1-12

Al tercer día, después de estos acontecimientos, se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Así nos lo cuenta san Juan, que estuvo presente.

Caná de Galilea estaba situada a poco más de una hora de camino de Nazaret. Allí se encontraba María; quizá había llegado la víspera de la fiesta o días antes, para ayudar a la familia. El interés que muestra y su actividad en la boda señalan que no es una simple invitada. Es muy posible que los novios fueran parientes o, al menos, amigos íntimos. San Juan la llama la Madre de Jesús, nombre con el que la veneran los primeros cristianos[1]. No se nombra a José, lo que nos hace suponer que ya había muerto. San Juan no lo habría olvidado.

Era costumbre que las mujeres amigas de la familia preparasen todo lo necesario. Y la Virgen, mientras colaboraba en los preparativos, recordaría su propia boda. De esto hacía ya sus buenos años, pero Ella se acordaba bien. Se lo había contado muchas veces a su Hijo, lo había comentado en diversas ocasiones con José. Se reirían juntos hablando de aquellos pequeños sucesos que habían tenido lugar, y recordarían las personas que habían estado presentes, y lo jóvenes que eran…

Llevaba meses sin ver a Jesús. Ahora lo encuentra allí: acaba de llegar del Sur, de Judea. María conoció en esta boda a los discípulos de su Hijo. Es el primer encuentro de María con Juan, con Pedro… ¿Qué impresión les produjo la Virgen? No lo sabemos, pero Ella los ganaría con su alegría, con su corazón de Madre… Juan estaba bien lejos de pensar que aquella mujer sería también, pocos años más tarde, su Madre, y que cuidaría de Ella con inmensa ternura. Fue el encargo de su vida.

La Virgen se dio cuenta enseguida de que escaseaba el vino. Los jarros ya no volvían llenos de la pequeña bodega. Pero estaba Jesús, su Hijo; acaba de inaugurarse públicamente la predicación y el ministerio del Mesías. Ella lo sabe mejor que ninguna otra persona. Con motivo de este problema doméstico, tiene lugar entre ambos un diálogo lleno de interés: La Madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Pide sin pedir, expone una necesidad: no tienen vino. No existe petición más fuerte y, a la vez, más delicada.

Jesús le respondió con unas palabras un tanto misteriosas para nosotros: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora. La llama Mujer, que encierra un gran respeto y cierta solemnidad y puede traducirse por Señora. La volverá a emplear Jesús en la cruz (Jn). Y a continuación utiliza un giro idiomático que es preciso interpretar en su propio contexto, pues puede emplearse con diversos matices: Mujer, dice Jesús, ¿qué nos va a ti y a mí? A nuestros oídos puede parecer una frase un tanto dura, que equivaldría a «¿qué nos importa a nosotros?», «¿qué tenemos tú y yo que ver con el vino?». Tendríamos que haber oído la voz y el tono de Jesús al pronunciar estas palabras, quizá su sonrisa… para comprender que no fue así, como se ve en el milagro que a continuación realizará. Por debajo de las palabras existe un lenguaje oculto, de mutuo entendimiento, entre María y su Hijo, que nosotros apenas podemos percibir a través del texto. Ellos se entendían muy bien con pocas palabras.

Y añade el Señor: No ha llegado mi hora. ¿Qué quiere decir el Señor?, ¿a qué hora se refiere?

Cuando comenzó a predicar y hablaba de su hora se refería con frecuencia a su muerte y a su resurrección gloriosa, pero aquí no parece tener ese sentido. Más bien podría indicar que no había llegado el momento de manifestar su poder divino al mundo mediante los milagros. María sabía, sin embargo, que, a pesar de todo, lo iba a mostrar; de hecho, lo muestra. Unos momentos antes su hora no había llegado; unos instantes después, cuando interviene su Madre, llega…

El Espíritu Santo estaba actuando a través de María en el alma de Jesús. Sabemos que, pocas semanas antes, el Señor fue conducido al desierto por el Espíritu para ser tentado por el Diablo. Sus palabras acerca de su hora quizá querían expresar que el Espíritu Santo no le había manifestado aún el momento de mostrar públicamente su poder. Y ahora, en medio de una fiesta de bodas, su Madre le pide que haga un milagro de carácter casi familiar y doméstico. Y llega su hora; se adelanta.

En Nazaret no habían abundado precisamente los milagros. Los días habían transcurrido llenos de normalidad; los parientes que habían vivido a su lado no tenían la menor idea del poder de Jesús y les costó mucho convencerse de que no era un hombre como todos. En Nazaret, pocos creyeron en él. Ahora, la petición de su Madre, movida por el Espíritu Santo, pudo ser el comienzo de la hora de su Hijo. Ella nunca le había pedido nada extraordinario, por muy grande que fuera la necesidad: ni alimentos, ni ropa, ni salud en momentos de dolor o de enfermedad. Si ahora se dirige a Él, debe de ser porque se siente impulsada por el Espíritu Santo a hacerlo. Fue, aquí también, un instrumento dócil.

Ella conocía bien el corazón de su Hijo. Por eso, actuó como si hubiera accedido a su petición inmediatamente: haced lo que Él os diga, dice a los sirvientes.

San Juan, testigo del milagro, escribe que había allí seis tinajas de pi edra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de dos o tres metretas. No eran vasijas para vino (este no se guardaba en ese tipo de recipientes), sino para agua, para las purificaciones. La metreta o «medida» correspondía a algo menos de 40 litros[2]. Por tanto, estos cántaros podían contener entre 80 y 120 litros, en total 480 a 720 litros. El evangelista tiene interés en señalar el número y la capacidad de las vasijas para poner de manifiesto la generosidad del Señor, como hará también cuando narre el milagro de la multiplicación de los panes, pues una de las señales de la llegada del Mesías era la abundancia de bienes.

Estas vasijas habían quedado en gran parte vacías, pues las abluciones tenían lugar al comienzo y durante el banquete. Jesús mandó que las llenaran. Y san Juan, que omite otros detalles, como los comentarios de los invitados, etc., nos dice que los sirvientes las llenaron hasta arriba.

Jesús se dirigió de nuevo a ellos y les dijo: Sacad ahora y llevad al maestresala. Así lo hicieron. Y todos se dieron cuenta de que se trata de un vino excepcional. De ahí el comentario del maestresala al esposo: Todos sirven primero el mejor vino, y, cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has guardado el vino bueno hasta ahora.

Hubiera bastado un vino normal, incluso peor del que se había ya servido, y muy probablemente habría sido suficiente una cantidad mucho menor. Pero el Señor siempre da con largueza. Nosotros también lo hemos comprobado.

Aquellos primeros discípulos, entre los que se encuentra san Juan, quedaron asombrados. El milagro sirvió para que dieran un paso adelante en su fe primeriza. Jesús los confirmó en su entrega, como hace siempre con quienes le siguen[3].

Haced lo que Él os diga. Son las últimas palabras de Nuestra Señora que aparecen en el evangelio. No podían haber sido mejores.

Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

Después de la fiesta, Jesús se dirigió a Cafarnaún. Le acompañaban su Madre, algunos parientes y sus discípulos. Allí permaneció poco tiempo.


[1] Dos veces llama san Juan Madre de Jesús a la Virgen. La siguiente ocasión será en el Calvario (cfr. Jn 19, 25). Entre los dos acontecimientos –Caná y el Calvario– hay diversas analogías. Uno está situado al comienzo y el otro, al final de la vida pública de Jesús, como para indicar que toda la obra del Señor está acompañada por la presencia de María. Ambos episodios señalan la especial solicitud de Santa María hacia los hombres: en Caná intercede cuando todavía no ha llegado la hora; en el Calvario ofrece al Padre la muerte redentora de su Hijo, y acepta la misión que Jesús le confiere de ser Madre de todos los creyentes (cfr. Const. Lumen gentium, n. 58).

[2] Tenía una capacidad de 39,3 litros.

[3] Santo Tomás ha visto también en este vino bueno del final el premio y el gozo de la vida eterna a quienes, queriendo seguir a Cristo, han sufrido las amarguras y contrariedades de esta vida (Comentario sobre san Juan, in loc.).