Misa del domingo

Domingo VI de PASCUA
17 DE MAYO DE 2020
Nos hemos acostumbrado a que las promesas son palabras que se lleva el viento. El valor de la palabra dada cotiza a la baja en esta sociedad que se permite llenar los noticiarios de titulares que tienen tan poco recorrido como lo que se tarda en cambiar de canal.

Nuestra sociedad moderna durante mucho tiempo se ha creído que el mito de Prometeo era posible y que con nuestras fuerzas podíamos conseguirlo todo. Era cuestión de tiempo, que con nuestro ingenio y tecnología pudiéramos hacer una sociedad cada vez más eficaz.

Ante ambas realidades, la Palabra de Dios hoy invita al creyente a la reflexión. El evangelio nos sitúa ante Jesús prometiendo a sus discípulos que nunca les dejará huérfanos. La promesa de Jesús no es cualquier cosa. El Maestro da su palabra de que no se irá del todo de la vida de sus discípulos asegurando la presencia de Dios de manera continuada, en la vida de los que creen en Él. Jesús promete que pedirá al Padre que envíe al Espíritu para que esté siempre con nosotros, en nuestro interior, en nuestra vida.

Contemplar la escena me invita al silencio y a descubrir el misterio de Dios en mi propia vida. Me creo la promesa de Jesús ante tanta palabrería que nos rodea. La sociedad moderna nos ha tentado con esa autorreferencialidad que nos hacer creernos el centro de tantas cosas. Con nuestros planes, organizaciones y estrategias en ocasiones hemos olvidado que la promesa de Jesús sigue haciéndose realidad entres sus discípulos siempre y cuando se abran a la gracia y acojan la presencia del Espíritu en sus vidas.

El autosuficiente no precisa nada ni a nadie, pero quien acepta y guarda los mandamientos de Jesús, aún en su debilidad, se siente necesitado de Dios y añora su presencia.

El libro de los Hechos nos narra cómo el Espíritu fue el protagonista de la primera evangelización y los apóstoles instrumentos suyos para que la palabra y el amor de Dios llegara a las personas. En el relato de la primera lectura se nos recuerda que la ciudad se llenó de alegría con los signos que hizo Felipe y la oración de Pedro y Juan imponiendo las manos a esas personas de Samaría les hizo recibir el Espíritu Santo.

Estamos invitados a escuchar la promesa de Jesús y a creérnosla de verdad en nuestra vida. Oír su voz y sentir su corazón que nos dice que nunca nos va a dejar solos. En este tiempo de incertidumbre en el que tantas personas añoramos a seres queridos que no podemos visitar y en el que mucha gente vive con miedo y soledad, sentir a Jesús diciéndonos que nunca estaremos solos porque el Espíritu de Dios estará siempre con nosotros, nos debería llenar el corazón de paz y la mirada de esperanza.

No se puede ser creyente desde la autosuficiencia. Solo quien se siente necesitado acoge la gracia y se siente acompañado en su vida. Como aquellas personas de Samaría, el Espíritu Santo ha sido compañero de nuestro camino. Lo recibimos en nuestro bautismo y en nuestra confirmación. Se hace presente cada vez que se imponen las manos sobre el pan y el vino en cada Eucaristía, para que la promesa de Jesús de quedarse con nosotros al partir el pan, siga siendo alimento de nuestra vida. Lo recibimos personalmente cada vez que celebrando la reconciliación, en el encuentro con el sacerdote, se nos imponen las manos para experimentar el perdón y la paz.

El Espíritu fortalece, consuela, acompaña la vida del creyente. Contemplemos la promesa de Jesús y digámosle: “Creo Señor”. Necesitamos sentir cerca a Dios para poder llevarlo a los demás. Necesitamos su Espíritu para no estar nunca solos.

Fernando García, sdb