Homilía – Domingo de la Ascensión del Señor

1.- Misión y testimonio (Hch 1, 1-11)

Aun celebrada en el domingo, la Ascensión no pierde su referencia a los cuarenta días después de la Pascua. Referencia intencionada de quien quiere subrayar el «éxodo pascual» de Jesús, librado definitivamente de «las ataduras de la muerte» por la resurrección de entre los muertos.

De esa resurrección liberadora, la ascensión subraya el carácter definitivo y único: La exaltación para siempre de Jesús a la derecha del Padre, y su presencia salvadora y viva en medio de los suyos «hasta el fin del mundo». Por estar vivo y haber sido exaltado, Jesús puede enviar su Espíritu como «bautismo de agua y fuego», de purificación y ardor misionero.

Porque la ascensión se convierte en acontecimiento d misión. Otra «presencia física» del Señor. Ya no será su humanidad glorificada la que vemos, por mucho que hacia ella nos lleve la nostalgia: «¿Qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?». Lo vemos ahora a través de la misión de los testigos: con la fuerza del Espíritu, y en la carne de su cuerpo y de su historia, harán presente a Jesús «hasta los confines del mundo». Lo harán siempre con la certeza de la «vuelta del Señor» en gloria, como «omega» y recapitulación de la creación entera.

 

2.- La Iglesia es su cuerpo (Ef 1, 17-23)

Nos decía la primera lectura: «Lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista». Sentido hondo de ausencia. Jesús ya no es visible como lo era en su historia, porque ha recibido del Padre su humanidad gloriosa e inaccesible a los ojos de la carne.

Conscientemente, Pablo pide para los Efesios «espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo». Sin ello, ni el misterio de Cristo ni el misterio de la experiencia cristiana («la riqueza de la gloria desplegada en la resurrección de Jesucristo») podrían ser acogidos y vividos.

Ni mucho menos podría acogerse y vivirse la nueva presencia visible del Resucitado: la Iglesia, de la que él es Cabeza viva. El «cuerpo eclesial» de Cristo como sacramento primero de una eficacia salvadora que no acaba. Grandeza y responsabilidad sin límites: ser cuerpo visible del Resucitado. Un misterio de «ausencia/presencia» que estimula la identidad y misión de la Iglesia.

 

3.- La misión hasta el fin del mundo (Mt 18, 16-20)

Fiesta misionera, la ascensión abre las puertas de la Iglesia hasta los confines del mundo, animada y sostenida por una seguridad inquebrantable: «Yo estoy con vosotros». La palabra de confianza ante el miedo y la dureza de la misión, se la apropia el mismo Cristo, poniéndose en el lugar mismo del que envía…

¡Cuántas veces la había pronunciado Dios en la vocación y en la misión en el Antiguo Testamento!: «No temas, yo estoy contigo». Y es que a Cristo «se le ha dado el poder en el cielo y en la tierra». Por eso, puede llamar y enviar… y, por eso, no es baldía la confianza en su presencia acompañante.

La misión es para el bautismo, el que hace discípulos de todos los pueblos. Una «consagración al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo» que no se queda en un rito. Creando el discipulado, el bautismo inicia el seguimiento como un nuevo estilo de vida, abierto a una realización eterna: « realidad de lo que fue desvelo/ se encarna en Enmanuel. Su poderosa/ presencia da sentido a cada cosa/ y asocia al hombre a su crecido vuelo».

Vivir en la misión

Subir…, ser como Dios…, tocar el cielo…
no es hoy una utopía pretenciosa.
La unidad hace al pétalo ser rosa,
aupado en el aroma de su anhelo…

La realidad de lo que fue desvelo
se encarna en Enmanuel.
Su poderosa presencia da sentido a cada cosa
y asocia al hombre a su crecido vuelo…

Unido al Enmanuel resucitado
puede mi afán llegar al otro lado,
subiendo en la medida en que se humilla…

Convivir la injusticia y la pobreza,
la soledad, el duelo y la flaqueza
es la «ascensión» más cierta y más sencilla.

 

Pedro Jaramillo

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