La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

2.- NICODEMO

Jn 3, 1-17

Después de esta primera Pascua, Jesús permaneció un corto tiempo en Jerusalén, y recorrió a continuación buena parte de la región de Judea.

Un día, puesto ya el sol, vino a verle un fariseo llamado Nicodemo. San Juan dice de él que era un judío influyente, un hombre culto, rico, probablemente escriba o doctor de la Ley, y miembro del Sanedrín de Jerusalén (Jn). San Juan señala de modo explícito que este vino a él de noche. Jesús reconoció enseguida en Nicodemo a un hombre de alma grande, que sería más tarde, en las horas duras de la Pasión, un discípulo fiel y generoso. Viene a Jesús porque anda buscando la verdad y porque ha visto los milagros y señales que Jesús llevó a cabo en esa semana de la Pascua. Esos mismos prodigios también habían atraído, de modo superficial sin embargo, a aquellos judíos de los que Jesús no se fi aba.

A san Juan, el único evangelista que nos da noticias de Nicodemo[1], debió de llamarle la atención la hora ya avanzada de la visita, pues siempre que lo nombra señala esa circunstancia: aquel que vino de noche a Jesús.

Nicodemo se sintió conmovido por las noticias que le llegaban de Jesús; quizá presenció alguno de sus milagros o tuvo noticias muy directas de ellos. Las obras del Señor eran el reflejo de su divinidad. Jesús mismo dirá más tarde: Si no me creéis a mí, creed a mis obras; ellas dan testimonio de mí. Nicodemo se acercó a Él sin prejuicios, llevado por la contundencia de los hechos: Rabbí –le dice–, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él.

Vino a ver a Jesús de noche, con prudencia. Por prudencia, o sencillamente porque aquellas veladas en Jerusalén en el mes de abril, cuando tiene lugar la Pascua, eran un buen momento para hablar con calma. No era Nicodemo un hombre cobarde; lo demostró más tarde en las horas difíciles en las que precisamente irá a ver a Pilato para hacerse cargo del cuerpo muerto del Señor.

Este hombre culto trata a Jesús con todo respeto. Le llama Rabbí, Maestro mío, mi Maestro. San Juan nos ha dejado un trasunto de lo que debió de ser una larga conversación de mucha hondura. Es posible que la reconstruyera más tarde con el propio Nicodemo.

Jesús comienza abriéndole unos horizontes del todo nuevos: En verdad, en verdad te digo que, si uno no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

Nacer significa entrar en la vida, y nacer de nuevo aparecer otra vez en la tierra. Nicodemo no entiende las palabras de Jesús. ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar en el seno de su madre y nacer? Es el único nacimiento que todos conocemos. Pero Jesús se refería a vivir otra vida más alta, de una calidad infinita, la que da a la persona una capacidad para participar de la gracia, de la misma vida divina.

La Iglesia utilizará más tarde el término vida sobrenatural para distinguirla de la natural, la que recibimos al ser concebidos. Jesús habla de la Vida que gozarán sus discípulos, que se prolonga más allá del tiempo aquí en la tierra. Este segundo nacimiento y esta segunda Vida difícilmente podían ser conocidos por Nicodemo. Más tarde diría el Señor explícitamente: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Nicodemo no comprendió qué podría ser ese nuevo nacimiento, ya que las palabras de Jesús no estaban a su alcance. Tampoco pudo comprender que esa nueva vida se identificaba con la misma Vida del Señor, pues todavía no lo había declarado ante la tumba de Lázaro: Yo soy la Resurrección y la Vida; ni a Tomás en la última cena: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Los discípulos vivirán en Él y Él en ellos, como sucede en la vid y en los sarmientos. Jesús comienza en esta conversación nocturna enseñando a Nicodemo esta doctrina, que llegará más tarde a todos sus discípulos a través de los tiempos, a nosotros también.

Jesús comparó con el viento la acción del Espíritu Santo en el alma. Al viento no lo podemos ver; no podemos ordenar que sople a nuestro gusto; no sabemos de dónde viene ni adónde va, solo sentimos su aliento… Pues bien, la gracia en el alma actúa de manera parecida. Y, cuando Nicodemo no acaba de entender lo que oye, Jesús se lo reprocha con cariño: ¿Tú eres maestro en Israel y lo ignoras? Debería haber recordado aquellas palabras del profeta Ezequiel[2]: Y les daré otro corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo, quitaré de su cuerpo su corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo, quitaré de su cuerpo su corazón de piedra y les daré un corazón de carne… Jesús anuncia ahora por primera vez la necesidad de una renovación interior completa, que solo el Espíritu Santo puede llevar a cabo.

La conversación debió de prolongarse hasta las primeras horas de la mañana. San Juan nos recuerda aquí el tema central. Quizá fue al final cuando Jesús habló de su entrega en la cruz. Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre. Este signo, alzado por Moisés en un mástil, fue el remedio indicado por Dios para curar a quienes habían sido mordidos por las serpientes del desierto[3]. De modo semejante, Cristo en la cruz traerá la salvación a todos los que tengan la mirada fija en Él[4]. Como maestro de Israel, Nicodemo conocía el episodio de la serpiente de bronce. No sabía, sin embargo, que Jesús estaba anunciando su muerte en la cruz, donde alcanzaría la vida eterna a los hombres heridos de muerte por la mordedura del pecado. A nosotros, tales palabras nos recuerdan que la muerte que le esperaba estaba siempre ante sus ojos. Su pensamiento se encontró siempre bajo la sombra de la cruz. Los cristianos de todas las épocas han encontrado su fortaleza en ese mirar a Jesús: poniendo ante los ojos su Humanidad Santísima, contemplándole en los misterios del Santo Rosario, en el Vía crucis, en las escenas que narra el evangelio o en el Sagrario, donde se encuentra presente para fortalecer a los débiles, para perdonar a los pecadores…

Las palabras que siguen, y que cierran la conversación, bien pueden ser un comentario del propio evangelista dirigido a los primeros cristianos: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Y añade que Dios envió a su Hijo al mundo para salvarlo, no para condenarlo. Son palabras llenas de contenido para tantos momentos de la vida del cristiano.

Nicodemo debió de tener más contactos con el Maestro y fue un fiel discípulo.

Cuando los fariseos quisieron detener a Jesús, Nicodemo se opuso a aquel proceder injusto de condenar a un hombre sin haberle juzgado, y se enfrentó con firmeza a los demás. Logró que la conspiración se desvaneciera por entonces.

En los momentos trágicos de la Pasión se manifestarán su valentía y su amor al Maestro. Según una tradición muy antigua, Nicodemo fue uno de los primeros cristianos, conocido por todos y muy querido y considerado. Su nombre se lee en el Martirologio Romano, porque se dice que su cuerpo fue hallado con el de san Esteban[5].


[1] Los sinópticos silencian a Nicodemo por completo: nombran a José de Arimatea con ocasión de la sepultura del Señor, igual que lo hace Juan, pero nada dicen de la importante contribución de aquel discípulo a la sepultura.

El apócrifo llamado Evangelio de Nicodemo, que narra la Pasión de Cristo, es tardío y novelesco, y nada añade a las noticias de san Juan, aunque sí detalles varios de la Pasión que han pasado a la tradición popular.

[2] Ez 11, 19.

[3] Cfr. Nm 21, 8-9

[4] En este sentido podemos decir que en el buen ladrón se cumple ya el poder salvífico de Cristo en la cruz: ese hombre descubrió en el Crucificado al Rey de Israel, al Mesías, que le promete entrar en su reino aquel mismo día (cfr. Lc 23, 39-43).

[5] Cfr. Epístola Luciani ad omnem Ecclesiam: PL 41, 807-815.