El Espíritu nos enseña a decir «Abba»

1.- El Evangelio, como veis pone el envío del Espíritu Santo sobre los Apóstoles la misma noche del domingo de Resurrección. Jesús, muerto y resucitado, envía el Espíritu Santo.

Las reflexiones sobre la venida del Espíritu Santo habría que hacerlas ante un Cristo yacente. Como el del Cristo del Pardo (**) Porque ese Jesús, momentos antes de dar su vida y convertirse en ese despojo humano sin vida pero lleno de paz les habría dicho a sus discípulos “porque os he dicho esas cosas estáis tristes, pues yo os digo que os conviene que yo me vaya, porque si no, no vendrá el Espíritu Santo.

La reacción natural de ese puñado de hombres apiñados junto al Señor que palpan y conocen, no la dice el Evangelio, sin duda, hubiera sido: “Quédate Tu con nosotros y eso nos basta, ¿qué necesidad tenemos de ese Espíritu desconocido? Y nuestra reacción ante ese Cristo yacente podría ser: “¿Merece la pena perderte a Ti, merece la pena que pagues tan alto precio por para que venga el Espíritu Santo?

2.- Y solo hurgando en las cosas que el Señor Jesús les deja dichas a los discípulos cae uno en la cuenta de que para nosotros no solo merece la pena, sino que es necesario que ese Espíritu Santo venga:

a) Donde ya Juan Bautista había dicho: el que viene detrás de mi os bautizará en fuego y en Espíritu. Jesús va a dejar dicho: “tenéis que renacer de agua y de Espíritu Santo” Nuestro nacimiento a Dios, a la Fe, al Reino es en las entrañas del Espíritu Santo. Él no va a dar a luz a la vida verdadera.

b) Pablo nos va a decir que es ese mismo Espíritu Santo el que tomándonos en brazos nos enseña a llamar a Dios “Abba” que en realidad no se traduce como Padre, sino como por “papá”.

c) Y mirando a tantas cosas como Jesús había enseñado a sus discípulos sin en sus manos libro alguno, ni para recopilar su doctrina, ni para explicarla, el Señor Jesús les vuelve a decir que será el Espíritu de la verdad el que les traiga a la memoria sus enseñanzas y se las desmenuce a su capacidad intelectual y se las enseñe.

Será, sentados en las rodillas cariñosas del Espíritu Santo, donde nuestro corazón infantil en lo espiritual, empezará a reconocer a Dios y a saber en realidad quien es Jesús, no solo hombre compañero de nuestra peregrinación, sino verdadero Dios y eso no se aprende de libros, por fuera; se aprende de dentro, de donde está el Espíritu Santo

3.- “No se turbe vuestro corazón, el Padre enviará al Espíritu consolador”. Son palabras del Señor Jesús que nos sabe cobardes y miedicas y que necesitamos unos brazos abiertos a los que acogernos cuando la vida nos da un susto y necesitamos un pecho maternal en que esconder nuestra cabeza agitada por el miedo. Y es el Espíritu Santo el que nos acogerá siempre en sus brazos.

Y porque en la convivencia siempre hay roces y puede llegar un día en que nosotros los hijos nos enfrentemos con el Padre Dios, Jesús nos dejará al Espíritu Santo que nos reconciliará siempre con el Padre a quien hemos ofendido por nuestros pecados. “Recibid el Espíritu Santo y a quien perdonéis los pecados, es decir a quien reconciliéis con el Padre ofendido quedará reconciliado.

Escuchando todo esto que el Señor Jesús dijo en la última Cena se llena nuestro corazón una vez más de agradecimiento ante ese Cristo yacente, porque con pena de que al Señor Jesús le cueste dar su vida, pero nosotros necesitamos una madre como el Espíritu Santo que nos engendre, que nos enseñe a llamar papá a Dios, que repase las lecciones con nosotros, que nos acoja en nuestros miedos y que nos reconcilie con el Padre cuando nos apartemos de Él… A ese Cristo yacente se nos escapa un gracias, Señor, dejándonos en tu lugar una madre en el Espíritu Santo.

(**) El Pardo es una pequeña población, ya unida al Ayuntamiento de Madrid, donde se encuentra un seminario franciscano en cuya iglesia hay una preciosa talla del Siglo XVII de un Cristo yacente de extraordinaria belleza.

José María Maruri SJ