«Recibid el Espíritu Santo»

1. Cincuenta días después de la noche de la Pascua, cincuenta días después del sábado Santo, la Iglesia ha puesto la conmemoración de la difusión del Espíritu Santo entre los miembros de la comunidad cristiana, como una forma de darle un nuevo sentido, en Cristo, a la fiesta judía de Pentecostés. En el mismo día de la resurrección Jesús sopló sobre sus discípulos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Para los primeros cristianos, la difusión del Espíritu era una primera consecuencia de la misma resurrección. Desenvolviendo pedagógicamente todo lo sucedido teológicamente con la resurrección, la Iglesia ha puesto la difusión del Espíritu de Dios en la fiesta judía de Pentecostés.

2.- Lo que tenemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles como relato de lo sucedido en Pentecostés, no es sino el antitipo, como si dijéramos el otro lado del «calcetín» de lo que, según el libro del Génesis, ocurrió en Babel con la famosa torre. Si en Babel no pudieron entenderse fue porque allí los juntó la soberbia, y de nada sirvió entonces que hablaran el mismo lenguaje. Aquí en Jerusalén, en Pentecostés, los junta el amor, el Espíritu Santo, el impulso que mueve a Dios, y hablen o no el mismo idioma, se entienden perfectamente los unos a los otros, los unos con los otros. Fijémonos en que no se dice que san Pedro y sus compañeros hablaran otros idiomas, sino que hablando Pedro en su idioma, todos los presentes lo entendían en el de cada uno de ellos. Porque hablar en lenguas es hablar en el lenguaje del amor, en el lenguaje del Espíritu, en el lenguaje de Dios.

3. El día de Pentecostés los judíos presentaban delante de Dios, en el templo, las primicias (la primera gavilla) de la cosecha del trigo. Para darle un nuevo sentido, adquirido en Cristo, a esa fiesta, los Hechos de los Apóstoles dicen que ese día se bautizaron, en el nombre de Jesús, alrededor de cinco mil personas; los primeros granos de la cosecha de Cristo resucitado. De paso, nadie podía comer trigo antes de la presentación de las primicias ante Dios en Pentecostés; hasta Pentecostés los panes que comía todo el pueblo de Israel eran de cebada, como podemos verlo en el evangelio de Juan, durante el episodio de la multiplicación de los panes. Así es que los panes que comió Jesús en la cena pascual eran panes de cebada, no de trigo, que sólo podía hornearse después de la fiesta de Pentecostés.

4. El Espíritu Santo no puede venir sobre nosotros y poseernos sin hacer de nosotros un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Somos miembros del cuerpo resucitado de Cristo. Los miembros tienen vida sólo en el cuerpo y para el cuerpo. Fuera del cuerpo, el ojo o el brazo pierden su función y se pudren. En el cuerpo, el ojo o la mano no funcionan para sí mismos, sino para el cuerpo entero. Si la mano no le llevara comida a la boca, hasta la mano misma moriría. Eso es lo que nos recalca la segunda lectura de la liturgia de la fiesta de Pentecostés.

La retención de pecados o absolución de ellos que aparece en el Evangelio de hoy, no tiene nada que ver con lo que actualmente llamamos sacramento de la Penitencia, sino con el Bautismo, única forma de perdón de los pecados que existía en la Iglesia de los primeros siglos. Todavía decimos en el Credo: Creo en un solo Bautismo para el perdón de los pecados.

En el relato de los Hechos dice que se sintió un viento fuerte; la misma expresión que en hebreo significa «viento fuerte» significa, también «Espíritu Santo» y el escrito juega con los dos sentidos.

Lo que cayó en Pentecostés sobre los apóstoles es un baño de Espíritu de Dios, y el relato no dice que vieran lenguas de fuego, sino unas como lenguas de fuego. Es el baño del fuego divino, es el baño del impulso que mueve a Dios, es, pues, un baño de amor. Los antiguos hablaban acerca de dos cataclismos-baños que debían purificar al mundo de sus pecados, uno de agua (el diluvio) y otro de fuego. El que los apóstoles reciben sobre sí en Pentecostés es el baño del Espíritu, difundido por Jesucristo desde su resurrección.

5. Si Dios no fuera Espíritu Santo, si el Espíritu Santo no fuera Dios, si en Dios no existiera eso que llamamos Espíritu Santo, la vida cristiana sería pura Ley, pura norma, puro mandato, pura institución, puro fariseísmo. Pero Dios es amor y el amor es Dios. A ese amor, que es Dios, le llamamos nosotros en nuestro lenguaje teológico : Espíritu Santo. ¿Cómo estar poseído por el Espíritu Santo sin estar poseído por el amor ? Por el amor a Dios y por el amor al prójimo, dos manifestaciones del mismo Espíritu.

El Espíritu Santo no tiene nada que ver con espiritísmos populares que provocan ataques de histeria, nervios o epilepsia. El dueño de la casa, y el Espíritu Santo lo es, no rompe las puertas; primero porque tiene las llaves y habita dentro; segundo, porque sabe, como dueño de la casa, lo que cuestan las puertas.

El Espíritu Santo no entra ni sale de ningún lado cuando se trata de hablar de su relación con la persona del cristiano. El Espíritu Santo habita en nosotros como en un templo y nos impulsa desde dentro a hacer todo lo que hizo Cristo, pues tenemos su fuerza en nosotros.

El Espíritu Santo es Dios. Cuando Dios posee algo no lo gasta o anula, sino que lo plenifica. Cuando el Espíritu Santo posee a alguien, esa persona no pierde su responsabilidad ni se reduce al comportamiento de un animal, sino, todo lo contrario, se plenifica como persona, es decir se vuelve más consciente, más responsable, más humana que nunca, más llena de amor, más llena de luz, más llena de paz.

Atribuir al Espíritu Santo fenómenos del psiquismo interior más íntimo no lleva sino a desprestigiar nuestra fe y a convertir nuestra religión en objeto de burla justificada por parte de personas serias y a las que, más bien, debiéramos hacerles posible y deseable creer.

Antonio Díaz Tortajada