Vísperas – Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

VÍSPERAS

BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA, memoria obligatoria

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO
Cabeza y Cuerpo, Cristo forma un todo,

Hijo de Dios e Hijo de María:
un Hijo en quien se juntan muchos hijos:
en su Madre ya la Iglesia se perfila.

Una y otra son madres y son vírgenes,
una y otra conciben del Espíritu,
una y otra sin mancha ni pecado,
al Padre celestial engendran hijos.

María le da al Cuerpo la Cabeza,
la Iglesia a la Cabeza le da el Cuerpo:
una y otra son madre del Señor,
ninguna sin la otra por entero.

Gloria a la Trinidad inaccesible
que ha querido morar entre nosotros,
en María, en la Iglesia, en nuestra alma,
para llenarnos de su eterno gozo. Amén.

Salmo 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. 1: Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo. 
Como están los ojos de los esclavos 
fijos en las manos de sus señores,

como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estarnos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Ant. 1: Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

Salmo 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. 2: Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas, 
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
como presa a sus dientes;
hemos salvado la vida como un pájaro
de las trampa del cazador:
la trampa se rompió y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Ant. 2: Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Cántico Ef 1, 3-10: PLAN DIVINO DE LA SALVACIÓN

Ant. 3: Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya,

por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas
tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Ant. 3: Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE     Ga 4, 4-5

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

RESPONSORIO BREVE

  1. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.
    R.Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.
  2. Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.
    R.El Señor está contigo.
  3. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    R.Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Cántico de la Santísima Virgen María     Lc 1, 46-55: ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Ant.: ¡Santa Madre de Dios, gloriosa Virgen María, que junto a la cruz de tu Hijo fuiste constituida Madre de todos los fieles! Intercede por la Iglesia y muestra tu favor a este pueblo que confía en tu protección.

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.: ¡Santa Madre de Dios, gloriosa Virgen María, que junto a la cruz de tu Hijo fuiste constituida Madre de todos los fieles! Intercede por la Iglesia y muestra tu favor a este pueblo que confía en tu protección.

PRECES

Proclamemos las grandezas de Dios Padre todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle diciendo:
    Que la llena de gracia interceda por nosotros.

Tú que hiciste de María la madre de misericordia,
— haz que los que viven en peligro o están tentados sientan su protección maternal.

Tú que encomendaste a María la misión de madre de familia en el hogar de Jesús y de José,
— haz que por su intercesión todas las madres fomenten en sus hogares el amor y la santidad.

Tú que fortaleciste a María cuando estaba al pie de la cruz y la llenaste de gozo en la resurrección de su Hijo,
— levanta y robustece la esperanza de los decaídos.

Tú que hiciste que María meditara tus palabras en su corazón y fuera tu esclava fiel,
— por su intercesión haz de nosotros siervos fieles y discípulos dóciles de tu Hijo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Tú que coronaste a María como reina del cielo,
— haz que los difuntos puedan alcanzar con todos los santos la felicidad de tu reino.

Según el mandato del Señor, digamos confiadamente: Padre nuestro.

 

ORACIÓN

Señor, Padre de misericordia, cuyo Hijo, clavado en la cruz, proclamó como Madre nuestra a su Madre, santa María virgen, concédenos por su mediación amorosa, que tu Iglesia, cada día más fecunda, se llene de gozo por la santidad de sus hijos, y atraiga a su seno a todos los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

1) Oración inicial

Padre,
muéstranos la sabiduría y el amor
que has revelado en tu Hijo.
Ayúdanos a ser
en palabras y en obras como él, 
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo.
Por los siglos de los siglos.  Amén.

2) Lectura

Del Evangelio según Juan (19, 25-34)
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed.» Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza entregó el espíritu. Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado – porque aquel sábado era muy solemne – rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.

3) Reflexión

• Jn 19,25-29:  María, la mujer fuerte que comprende plenamente el sentido de este acontecimiento, nos ayudará a contemplar al crucificado. El cuarto Evangelio específica que estos discípulos estaban «Junto a la cruz” (Jn 19,25-26). Este relato tiene un significado profundo y, solo lo encontramos en el evangelio de Juan, cinco personas estaban junto a la cruz. Los evangelios sinópticos no lo mencionan. Por ejemplo, Lucas narra que todos sus conocidos se mantenían a distancia (Lc 23,49). Mateo, por su parte, comenta que muchas mujeres miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle (Mt 2,55-56). Al igual que Mateo, Marcos nos menciona los nombres de aquellos que observaban la muerte de Jesús desde lejos (Mc 15,40-41). Así que solo el cuarto Evangelio dice que la madre de Jesús, otras mujeres y el discípulo amado estaban «junto a la cruz». Se quedaron allí como sirvientes ante su rey.

• Jn 19,30-34: Están allí, como unos valientes, en el momento en el que Jesús declara que «todo está cumplido» (Jn 19,30). La madre de Jesús está presente en la hora, que finalmente «ha llegado». La hora anunciada en la boda en Caná (Jn 2,1ss). El cuarto Evangelio subraya que en la boda «estaba la madre de Jesús» (Jn 2,1). La otra persona que permanece fiel al Señor hasta el momento de su muerte, es el discípulo amado. El evangelista no menciona el nombre del discípulo amado, para que cada uno de nosotros pueda reflejarse en aquel que conoció los misterios del Señor, que puso su cabeza sobre el pecho de Jesús durante la última cena (Jn 13,25).  La madre que está al pie de la cruz (cfr. Jn19,25) acepta el testamento de amor de su Hijo y acoge a todos en la persona del discípulo amado como hijos e hijas que renacerán a la vida eterna.

• Jesús es un sujeto activo en el momento de su muerte, no permite ser asesinado como a los ladrones que les quebraron las piernas (Jn 19,31-33), él da libremente su vida, «entregó el espíritu» (Jn 19,30). Los detalles que nos narra el evangelista son muy importantes: viendo a su madre y junto a ella el discípulo a quien amaba, Jesús le dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). Estas simples palabras de Jesús es una revelación, son palabras que nos revelan su voluntad: «ahí tienes a tu hijo» (v. 26); «ahí tienes a tu madre» (v.27). Estas palabras también recuerdan las pronunciadas por Pilato en el pretorio: «Aquí tenéis al hombre» (Jn 19,5). Con estas palabras, Jesús en la cruz, que es su trono, revela su voluntad y su amor por nosotros. Él es el cordero de Dios, el pastor que da la vida por el rebaño. En ese momento, desde la cruz, Jesús hace nacer a la Iglesia, representada por María, María de Clopás y María Magdalena, junto con el discípulo amado (Jn 19,25).

4) Para la reflexión personal

• ¿De qué modo María me propone un modelo de generosidad, de discipulado y de amor?  ¿Cuál de estos he practicado en la vida?
• María es ejemplo de humildad y de obediencia; pero también ella es nuestra guía como en Caná. ¿Cómo guío a los demás, porque camino los llevo? ¿Soy humilde y obediente?

5) Oración final

La ley del Señor es perfecta,
hace revivir;
el dictamen de Yahvé es veraz,
instruye al ingenuo. (Sal 19,8)

El Señor bajó en la nube y se quedó con Moisés

En esta Solemnidad celebramos que Dios no es un ser ocioso que se limita a observar desde el cielo lo que pasa aquí abajo, ni es una especie de máquina que hace que el mundo funcione, ni mucho menos es un personaje imaginario creado por el ser humano. Todo lo contrario, hoy celebramos que Dios es Trinidad y se hace presente aquí y ahora. 

Pues bien, para hablar correctamente sobre la Trinidad, la Iglesia nos dice que hay al menos dos formas de hacerlo: una es desde el saber teológico y la otra desde la experiencia mística.

Teológicamente hablando, la Santísima Trinidad es un solo Dios que, teniendo una sola naturaleza, son tres Personas que se despliegan en la Historia de la Salvación. Ésta consiste, básicamente, en que Dios Padre creó el mundo, pero este cayó en el pecado debido a que el ser humano no hizo un buen uso de su libertad; por ello Dios Padre envió a su Hijo para anunciar el camino de la salvación y para vencer al pecado muriendo en la Cruz y resucitando a una vida nueva; y después, el Padre y el Hijo, como fruto de su amor, enviaron su Espíritu para hacerse presente en medio del mundo –y dentro de nuestro corazón–, ayudándonos a caminar hacia la resurrección.

La teología es el modo como el ser humano, con su limitado conocimiento, habla de una forma razonable de Dios, que es infinito y perfecto. Así, en los pasajes del libro de Daniel, de la segunda carta a los Corintios y del Evangelio según san Juan, hemos escuchado cómo se nos habla teológicamente de las personas de la Trinidad, describiendo algunas de sus cualidades y de sus acciones en la Historia de la Salvación.

La otra forma de hablar de la Santísima Trinidad es por medio de la experiencia mística. Y es así como lo hace el pasaje del Éxodo. Nos dice que, de madrugada, Moisés subió al monte Sinaí con las tablas de la ley y que Dios bajó en la nube y se quedó con él. Es decir, Moisés hizo el esfuerzo ascético de ascender hacia Dios, y lo hizo guiado por los Diez Mandamientos, esto es, por la voluntad divina; y Dios, por su parte, descendió y lo rodeó con la nube, la cual es un modo bíblico de hablarnos del misterio divino.

En efecto, todos tenemos la experiencia de haber caminado dentro de una nube, es decir, en medio de la niebla, en la cual no vemos apenas nada y nos sentimos desorientados. Por eso la nube simboliza el misterio de Dios. Esa es la vivencia mística de Moisés, que experimentó pasivamente cómo Dios le envolvía y le abrazaba con su infinitud. ¿Y cómo reaccionó Moisés?: primero sintió la compasión y la misericordia de Dios y, acto seguido, Moisés intercedió por su pueblo, para que Dios le perdone y permanezca junto a él.

¿Qué nos dice esto acerca de la Trinidad? Si nos fijamos, este pasaje revela que Dios es ante todo un misterio que nos supera infinitamente, pero es un misterio que vela por nosotros desde el Cielo, como Dios Padre; es un misterio que nos ama misericordiosamente, como Dios Hijo; y es un misterio que ha bajado para morar ahora en este mundo –y dentro de nosotros–, como Dios Espíritu Santo.

Efectivamente, la Trinidad no es una mera teoría teológica sino algo muy real que experimentamos interiormente y compartimos comunitariamente. Y así, los miembros de la comunidad cristiana sentimos, como el profeta Daniel, que Dios está sentado en su trono celestial, rodeado por ángeles, y desde ahí sondea el abismo de nuestro corazón y los abismos de la historia humana.

También sentimos comunitariamente, junto a san Pablo, que Dios Padre es una fuente de amor y de paz, que su Hijo nos llena con su gracia y que el Espíritu nos une con su comunión. Y todo eso nos mueve a experimentar una gran alegría.

Y sabemos, con el Evangelio según san Juan, que Jesús no fue enviado por el Padre para juzgarnos sino para salvarnos, por ello murió por nosotros en la Cruz. Y Jesús nos dice que quien cree en Él se salva. Obviamente, no se refiere a creer superficialmente, como quien se cree lo que escucha en un programa de televisión, sino a creer en Él profundamente, haciéndolo vida, siendo coherente con el Evangelio. Y eso sólo se consigue cuando compartimos nuestra fe con el resto de la Iglesia.

Y así, nuestro modo de ver la realidad queda marcado por nuestra vivencia de la Santísima Trinidad, de tal forma que vemos el mundo como la obra de Dios Padre, compartimos con otras personas nuestro seguimiento de Jesús y sentimos en el fondo de nuestro corazón al Espíritu Santo.

Eso es lo que hoy celebramos: que Dios, teniendo una sola naturaleza divina, son tres Personas íntimamente unidas, con las que Él abarca todas las dimensiones de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestro mundo. Esto es, ciertamente, un misterio, pero es un misterio salvador.

Fray Julián de Cos Pérez de Camino

Comentario – Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

No encontrar a María junto a la cruz de su hijo hubiese resultado una gran sorpresa; igualmente sorprendente hubiera sido no encontrarla junto a los apóstoles y testigos del Resucitado en los días previos a Pentecostés. La Madre de Jesús no podía no estar junto a él en el momento supremo de su muerte, en el momento de la consumación, mucho más si, como nos informa el evangelista, otras mujeres como María la de Cleofás y María la Magdalena se dejaron ver al lado del Maestro en ese instante del drama. María no podía faltar a la cita con su hijo en ese momento en que su existencia terrena tocaba a su fin.

Y no podía faltar porque, además de madre, era consorte. Había compartido con él demasiadas cosas a lo largo de su corta vida; ahora sentía la necesidad de compartir también su destino sufriente; y para eso tenía que estar muy cerca de él, en una cercanía tal que le permitiese sentir los latidos de su agonizante corazón. Esta es, sin duda, la razón por la que la vemos junto a las mujeres mencionadas y al discípulo amado en la cumbre del Calvario. Sólo ellos podrán recoger la última palabra, el último suspiro o la última encomienda de Jesús en trance de muerte. Y Jesús tenía realmente algo reservado para ellos, para su madre y para el discípulo, no por separado, sino conjuntamente: Al ver a su madre y al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madreY desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa (suponemos que como madre).

No parece que se trate simplemente de encargar al joven discípulo el cuidado de una mujer (su madre), ya viuda y que ahora pierde a su único hijo, haciendo las veces del hijo ausente. De hecho, a quien primero se dirige Jesús es a su madre, haciéndole ver que el joven que tiene a su lado es su hijo y que como hijo debe tratarle. Es verdad –y esto conviene también acentuarlo, pues el detalle es puesto de relieve por el mismo texto evangélico- que quien después recibe en su casa a la madre es el discípulo, como si fuese éste el que asume la obligación de ocuparse de ella y no al revés. En cualquier caso, Jesús vuelve a establecer lazos de familiaridad o de parentesco que no ha producido la biología por vía natural o de sangre. Al entregarle a su madre al discípulo que tanto quería como hijo establece entre ellos una verdadera relación materno-filial. Desde aquella hora, Juan, el discípulo amado de Jesús, pasó a ser hijo de María, la madre de Jesús, hasta el punto de recibirla en su casa como madre.

Pero no parece que esta maternidad espiritual de María se agote en la persona concreta del discípulo amado. La Tradición ha visto siempre en este discípulo, y en esta circunstancia, el símbolo de todo discípulo de Cristo recibiendo de él a María por Madre y acogiéndola en su casa. ¿Cómo no tenerla por Madre de la Iglesia –como declara el Concilio Vaticano II- si le ha sido entregada por su Hijo en el momento testamentario y agónico de la cruz como Madre a todo cristiano representado en la persona del discípulo amado allí presente?

María, sin dejar de ser miembro eminente de la Iglesia por ser madre y discípula de Jesús y “ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad” (LG 8, 53), es también Madre de la Iglesia por haber sido entregada como tal al discípulo amado y por estar muy presente en el alumbramiento de sus miembros. La maternidad de María se hace, pues, extensiva a todos los miembros de ese Cuerpo cuya Cabeza es Cristo, su mismo Hijo. Y siendo Madre de la Iglesia, lo es también de cada uno de los que formamos parte de ella y somos Iglesia; pues la que es Madre del entero “edificio” (la totalidad) ha de serlo también de cada una de las “piedras vivas” que lo conforman. Y nosotros somos piedras vivas de ese edificio que es la Iglesia.

Nuestra actitud como hijos de María Virgen debe ser la del discípulo amado, esto es, la de recibirla en nuestra casa como Madre y Maestra: con afecto filial, con admiración contenida, con deseos de aprender de ella obediencia y humildad, y de imitarla en sus virtudes; pero también confiando en su intercesión y en su amparo maternal y seguros de poder lograr su auxilio en las difíciles travesías de la vida. Digamos con fe y sin titubeos: Santa María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

82. Preocupación por el celibato sacerdotal.

A fin de que los sacerdotes mantengan castamente su compromiso con Dios y la Iglesia, es necesario que el Obispo se preocupe para que el celibato sea presentado en su plena riqueza bíblica, teológica y espiritual.(219) Trabaje para suscitar en todos una profunda vida espiritual, que colme sus corazones de amor a Cristo y atraiga la ayuda divina. El Obispo refuerce los vínculos de fraternidad y de amistad entre los sacerdotes, y no deje de mostrar el sentido positivo que la soledad exterior puede tener para su vida interior y para su madurez humana y sacerdotal, y de presentarse ante ellos como amigo fiel y confidente al cual puedan abrirse en búsqueda de comprensión y consejo.

El Obispo es consciente de los obstáculos reales que, hoy más que ayer, se oponen al celibato sacerdotal. Por eso, deberá exhortar a los presbíteros al ejercicio de una prudencia sobrenatural y humana, enseñando que un comportamiento reservado y discreto en el trato con la mujer es conforme a su consagración celibataria y que una inadecuada comprensión de estas relaciones puede degenerar en vínculos sentimentales. Si es necesario, advierta o amoneste a quien pueda encontrarse en una situación de riesgo. Según las circunstancias, convendrá establecer normas concretas que faciliten la observancia de los compromisos asumidos en la Ordenación sacerdotal.(220)


219 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Ecclesia en Europa, 35.

220 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 277 §§ 2-3.

Homilía – Santísima Trinidad

1.- Dios, compasivo y misericordioso (Éx 34, 4b-6.8-9)

Impresiona la familiaridad con que Dios trata a Moisés: «El Señor bajó… y se quedó con él»… La iniciativa de darse a conocer parte de Dios. Pero esa iniciativa gratuita, descrita como «un paso», introduce al Señor en un misterio. Los atributos que el mismo Dios se arroga son entrañablemente cercanos: «Compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad y lealtad». Es un atisbo de la intimidad de Dios, que se irá desplegando en una revelación progresiva.

Un Dios que, desde la hondura de su misterio, es así de cercano, se convierte en un Dios querido y apetecido. Con un Dios así, uno está dispuesto a caminar: «Que mi Señor vaya con nosotros», le pide Moisés, ansiando cercanía misteriosa.

Esta cercanía de Dios queda truncada por el pecado del hombre. Por la dureza interior tan bien descrita por Moisés, hablando de su pueblo: «Es un pueblo de dura cerviz». Pero, habiendo conocido ya las entrañas de misericordia, Moisés puede invocar el perdón, como condición primera de la mayor de las gracias-, que un Dios así, «nos tome como heredad suya».

2.- El Dios del amor está con nosotros (2Cor 13, 11-13)

Sumergido en la intimidad de Dios, también Pablo lo descubre como amor. Pablo invoca al Dios del amor, ansiando su compañía en el camino de la propia santificación: «trabajad por vuestra perfección»… Un «parecerse a Dios» que se realiza en el corazón reconciliado: «Tened un mismo sentir y vivid en paz».

Bien le podríamos decir con nuestro poeta: «Quiero que me acompañes en todos mis caminos/ gustar en la oración de tu amistad sabrosa/ y encadenar mi suerte a los claros destinos/ que a Israel otorgó tu salvación graciosa».

Pablo da un paso más, y con la sencillez de un saludo personal, formula el despliegue del misterio trinitario-. «La gracia de nuestro Señor Jesucristo; el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros». Casi nos sale «y con tu espíritu»… Es, en efecto, el saludo litúrgico al iniciar la Eucaristía. Es hermoso comenzarla, reconociendo que «Dios es uno solo, pero no solitario».

3.- El Dios que ama al mundo (Jn 3, 16-18)

Adentrarse en el misterio de Dios es sumergirse en el amor. El amor en la intimidad misma de la Trinidad y el amor que se expande en la creación y llega a su extremo en la salvación.

El amor dentro de la Trinidad es tan misteriosamente intenso que, dándose eternamente entre el Padre y el Hijo, genera una relación «personal» entre ambos el Espíritu Santo, «que procede del Padre y del Hi|0» (confesamos en el Credo)

Y el amor de la Trinidad hacia fuera es un amor tan grande al mundo «que Dios le entregó a su propio Hijo para que lo salvara».

Sólo desde la experiencia del amor nos adentramos en el misterio de Dios Con nuestro poeta, le pedimos «Concédeme, Señor, vivir el misterio/ de tu misericordia, de tu amor compasivo,/ tu lealtad sublime, tu talante afectivo»

Y sólo desde el amor podemos entender la encarnación y la redención el Hijo de Dios, enviado en la carne, para que el mundo se salve por Él Hacia Él se dirige la confesión de fe que nos salva «Creer en el nombre del Hijo único de Dios» «Mientras el gozo aguarda mi pobre entendimiento/ de verte cara a cara en su justo momento».

Vivir en tu misterio

Concédeme, Señor, vivir en el misterio
de tu misericordia…, de tu amor compasivo…,
tu lealtad sublime…, tu talante afecto
al aire de las normas que marcó tu criterio.

Llévame hasta tu nube desde mi cautiverio;
inunda con tu amor mi corazón esquivo;
con la gracia del Hijo, el desierto en que vivo,
y el Fuego mi desvío sane con su cauterio.

Quiero que me acompañes por todos mis caminos,
gustar en la oración de tu amistad sabrosa
y encadenar mi suerte a los claros destinos,
que a Israel otorgó tu salvación graciosa,
mientras el gozo aguarda mi pobre
entendimiento de verte cara a cara en su justo momento.

Pedro Jaramillo

Jn 3, 16-18 (Evangelio Santísima Trinidad)

De la noche a la luz: Dios da vida en Jesús

El evangelio de esta fiesta se toma de Juan y nos propone uno de los elementos más altos de la teología joánica. En el diálogo que Jesús mantiene con Nicodemo, el rabino judío que vino de noche para hablar y dialogar a fondo con Jesús, se muestra, con rasgos insospechados, la razón de la encarnación, el que el “Verbo se hiciera carne” que resuena desde el aria del prólogo. Es lógico pensar que Jesús de Nazaret y Nicodemo no hablaran en estos mismos términos, sino en otros más simples y sencillos. Por tanto, es el evangelio de Juan (sus redactores) quien remonta el vuelo de la teología y lo expresa con fórmulas de fe inauditas.

La encarnación del Hijo se explica por el amor que Dios siempre ha tenido al mundo. Es la consecuencia de esa fidelidad de generación en generación con que se había expresado la revelación de Dios a Moisés en el Sinaí. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo; quien cree en él experimenta la verdadera salvación. Podemos discutir mucho el origen de este texto en la redacción de la teología joánica, pero no podemos negar su verdadera inspiración teológica. Esta es una de las cumbres de la “revelación” de Dios en el NT. Dios no ha venido al mundo para condenar, o para juzgar, sino para “salvar”. Todo lo que no sea asumir eso como chispazo, es una distorsión teológica de los que no se fían de Dios o de los que le tienen un miedo desalmado.

La teología, pues, debe ser una verdadera terapia espiritual y psicológica para todas las personas que buscan a Dios… pero que huyen de él si Dios no se acerca, si no “se queda” a nuestro lado, si no es compasivo y misericordioso. Está en juego la misma libertad del ser humano –don de Dios, decimos-, para ser o no ser religiosos. Si aceptamos, pues, la teología del NT, en su diversidad, como fundamento de nuestra fe, esta lección del evangelio de Juan debe ser de verdadera “iluminación”. El diálogo entre Jesús y Nicodemo es propicio para inaugurar una búsqueda nueva en el judaísmo y en cualquier religión que merezca la pena. Incluso desde el cristianismo debemos repensar lo que este diálogo nos proporciona en la relación del hombre con Dios.

“Tener vida” es uno de los conceptos claves de la teología joánica. Sabemos que se refiere a la vida espiritual, lo más interior y profundo de ser humano. Es verdad que no se trata de una vida biológica, ni del quedarse en este mundo, aunque sea arrastrándonos. Y no sería “religioso” entenderlo de otra manera, ni de confiar en un ídolo poderoso que nos garantice nuestros caprichos de vida. Pero también la vida biológica-psicológica está contemplada en esta propuesta de la encarnación, en el Cur Deus homo? Sencillamente porque la “Trinidad”, más que un conglomerado sustancial y metafísico de esencia, personas o naturalezas, es un misterio insondable de dar vida, de amar sin medida, de liberar de angustias y “pesos” muertos… El Dios de la Biblia, el Dios trinitario -el Padre, el Hijo y el Espíritu-,nos ha dado la vida, para vivir con Él la vida verdadera, que nos ha revelado en Jesús y que nos ofrece por su Espíritu.

2Cor 13, 11-13 (2ª lectura Santísima Trinidad)

Doxología al Dios del amor y de la paz

Esta lectura es, en realidad,la conclusión de esta carta de Pablo a la comunidad de Corinto. Es una doxología en la que se pone de manifiesto la actuación dinámica del mismo misterio trinitario de Dios. Como todo lo que se dice de una persona divina se aplica a las otras, entonces, la alabanza o doxología desea para la comunidad la gracia, el amor y la comunión que subsisten en Dios mismo.

Comienza con una exhortación a la alegría (chairete), lo cual es digno de mención en un texto litúrgico como este. ¿Por qué? Quizás la razón la encontremos en la definición sustancial de Dios: “el Dios del amor y de la paz” nos dice Pablo usando, sin duda, una fórmula que se cantaba en la liturgia de las comunidades. Y si se canta al Dios del amor y de la paz, entonces Dios debe ser así, tiene que ser así, no puede ser alabado de otra manera. Es verdad que este texto de la doxología está al final de los cc. 10-13, quizás de los más duros que ha escrito Pablo en reproche a ciertas actitudes de la comunidad cristiana de Corinto. Aunque es posible que esta doxología sea de otro momento, ya que 2Cor 10-13 pueden ser de la famosa “carta de las lágrimas” de Pablo.

Éx 34, 4-6. 8-9 (1ª lectura Santísima Trinidad)

Una teofanía humana de Dios

Moisés en una experiencia de tonos místicos,en un amanecer en el monte Sinaí, el monte de Dios, hace una alabanza de Yahvé, después de que el mismo Dios revelara quién era, cómo era, como sentía y cómo actuaba. Dios se revela en el amanecer como un Dios tierno, lento a la cólera y rico en piedad. Es un texto sorprendente, porque quiere dar a entender que es Dios mismo quien habla, quien revela lo que significa su nombre. A saber: decir Dios, decir Yahvé, es decir misericordia, clemencia, fidelidad eterna, que aprueba el bien y castiga el mal del mundo. Entonces cayó Moisés y pidió para él y para el pueblo lo que se había revelado en el mismo nombre de Dios.

El texto tiene mucha carga psicológica, porque no podíamos esperarnos (¿quizás del Elohista?) una manera tan determinada y determinante. Se pretende que Moisés sepa con quién habla e incluso lo que debe sentir. Antes que nada, esta teofanía montada por los autores sagrados tiene muchas connotaciones de leyenda mística, pero también de psicología profunda. Dios, en la nube -no podía ser de otra manera en las apariciones del AT-, “se quedó” allí con Moisés. Un Dios que “se queda”, que acompaña, a pesar de su grandeza, es un Dios que “siente” cariño e interés por el personaje. No simplemente va de paso, sino que viene a “visitar”. Se presenta revelándose él mismo con una invocación que, sin duda, se había repetido mucho como confesión de fe en Yahvé.

El Dios de “misericordia y lento a la ira” es el que todo creyente, el que todo ser humano, quiere encontrarse en su vida y con el que gusta entablar un diálogo. Las palabras de Dios son una “captatio benevolentiae” para que el orante no sienta pánico, ni lejanía de Dios. Este acercamiento, pues, es el que crea la invocación de Moisés por su parte: acompáñanos, condúcenos por la vida, aunque seamos de dura cerviz. Esta teofanía “humana” en el monte es de muchos quilates teológico para aquella teología tan poco evolucionada del AT. No es como la manifestación de Dios, como Padre, que nos entregará Jesús… pero es el mismo Dios. Ya es mucho decir que una “teofanía” del AT pueda ser verdaderamente humana. Pero si rastreamos la Escritura, podemos entender por qué Jesús nos puedo revelar a Dios como Padre.

Comentario al evangelio – Lunes IX de Tiempo Ordinario

Jesús emplea un lenguaje distinto sobre Dios. Me he hecho muchas veces la pregunta: ¿por qué Jesús utiliza este lenguaje de las parábolas?  He llegado a algunas conclusiones, unas más de fondo, otras más de forma, sobre la novedad del lenguaje de Jesús.

RAZONES DE FORMA.

Es un lenguaje, el de las parábolas, que todo el mundo entiende. Porque se parte de la vida. Quien tiene los ojos abiertos y una sensibilidad especial, sabe que la vida es la madre de toda la sabiduría. La vida, el día a día, nos va dando sus lecciones. Basta saber mirar. Y aprender.

Jesús es más que un simpático abuelete contador de historias. Y que conste: a todos nos gusta tener simpáticos abueletes que nos cuenten historias, y en lo más profundo de nosotros mismos está ese deseo de ser en el futuro simpáticos abueletes contadores de historias. Jesús es así, pero es más.

Jesús se adelanta a su tiempo en las modernas cuestiones de marketing. Sabe que cuando “vendes un producto”, tus “clientes” te tienen que entender. Jesús sabe anunciar muy bien su producto, pero va más allá.

Igual que en las cosas del mercadeo, también se adelantó a esas nuevas técnicas pedagógicas (mapas conceptuales y similares) que animan a llegar a lo desconocido a través de lo que ya sabemos. Como en clase el primer día de un nuevo tema: “Vamos a ver, chicos, lo que sabemos. Los huecos que queden en la pizarra, es lo que tenemos que aprender”. Es bonita esta manera de enseñar-aprender. Jesús es un excelente pedagogo, pero va más allá.

RAZONES DE FONDO.

Una que son dos, o dos que es la misma. Cuando en aquella época se hablaba de Dios se remitía al culto y a la ley.

El lenguaje del culto es arcano por naturaleza. Los misterios están sólo al alcance de unos pocos iniciados, unos privilegiados. Jesús no quería esta manera de entender a Dios, y sus cosas, en la lejanía del séptimo cielo.

Ni tampoco quería el lenguaje de la ley usado para mantener el poder de unos pocos: yo-qué-sí-sé (Warren Sánchez) te digo a ti, ignorante-que-no-sabes, cuál es la voluntad de Dios.

La cosa de las parábolas no es, entonces, un asunto menor. Es algo muy serio porque supone una nueva manera de ver a Dios y de entender la relación con Él: que todos entiendan que pueden, sin intermediarios, hablar y oír hablar de Dios. Y con Dios.

Y en esta parábola Jesús lo deja clarinete

Óscar Romano