I Vísperas – La Santísima Trinidad

I VÍSPERAS

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor, Dios nuestro.

Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.

Oh Palabra del Padre, te escuchamos;
oh Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Gloria a ti, Trinidad igual, Divinidad única, antes de todos los siglos, ahora y siempre.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Gloria a ti, Trinidad igual, Divinidad única, antes de todos los siglos, ahora y siempre.

SALMO 147: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN

Ant. Bendita sea la santa Trinidad e indivisible Unidad; proclamamos que ha tenido misericordia de nosotros.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Bendita sea la santa Trinidad e indivisible Unidad; proclamamos que ha tenido misericordia de nosotros.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Gloria y honor a Dios en la unidad de la Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Gloria y honor a Dios en la unidad de la Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos.

LECTURA: Rm 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

R/ Al único Dios honor y gloria.
V/ Ensalcémoslo por los siglos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Gracias a ti, oh Dios, gracias a ti, verdadera y una Trinidad, una y suprema Divinidad, una y santa Unidad.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Gracias a ti, oh Dios, gracias a ti, verdadera y una Trinidad, una y suprema Divinidad, una y santa Unidad.

PRECES

El Padre, al dar vida por el Espíritu Santo a la carne de Cristo, su Hijo, la hizo fuente de vida para nosotros. elevemos, pues, al Dios uno y trino nuestro canto de alabanza:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Padre, Dios todopoderoso y eterno, envía en nombre de tu Hijo el Espíritu Santo Defensor sobre la Iglesia,
—para que la mantenga en la unidad de la caridad y de la verdad plena.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies, para que hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,
—y les den firmeza en la fe.

Ayuda, Señor, a todos los perseguidos por causa de tu Hijo,
—ya que él prometió que tú les darías el Espíritu de la verdad para que hablara por ellos.

Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Verbo y el Espíritu Santo, eres uno,
—para que crean, esperen y amen al Dios único.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Padre de todos los que viven, haz que los difuntos tengan parte en tu gloria,
—en la que tu Hijo y el Espíritu Santo reinan contigo en íntima y eterna unión.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado IX de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca; y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos concedas aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del santo Evangelio según Marcos 12,38-44
 Decía también en su instrucción: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Éstos tendrán una sentencia más rigurosa.» Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.» 

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy estamos llegando al final de la larga instrucción de Jesús a los discípulos. Desde la primera curación del ciego (Mc 8,22-26) hasta la curación del ciego Bartimeo en Jericó (10,46-52), los discípulos caminarán con Jesús hacia Jerusalén, recibiendo de él muchas instrucciones sobre la pasión, la muerte y la resurrección y las consecuencias para la vida del discípulo. Al llegar a Jerusalén, estuvieron presentes en los debates de Jesús con los comerciantes en el Templo (Mc 11,15-19), con los sumos sacerdotes y con los escribas (Mc 11,27 a 12,12), con los fariseos, los herodianos y los saduceos (Mc 12,13-27), con los doctores de la ley (Mc 12,28-37. Ahora, en el evangelio de hoy, después de una fuertísima crítica contra los escribas (Mc 12,38-40), Jesús instruye de nuevo a los discípulos. Sentado ante el arca de las limosnas del Templo, llamaba su atención hacia el gesto de una pobre viuda, que echó todo lo que tenía. Y es en este gesto que ellos tienen que tratar de ver la manifestación de la voluntad de Dios (Mc 12,41-44).
• Marcos 12,38-40: La crítica a los doctores de la Ley. Jesús llama la atención de los discípulos sobre el comportamiento hipócrita y prepotente de algunos doctores de la ley. A ellos les gustaba circular por las plazas con largas túnicas, recibir los saludos de la gente, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros lugares en los banquetes. Les gustaba entrar en las casas de las viudas y recitar largas preces en cambio de ¡dinero! Y Jesús termina diciendo: “¡Esos tendrán una sentencia más rigurosa!”
• Marcos 12,41-42. La limosna de la viuda. Jesús y los discípulos, sentados ante el arca de las limosnas del Templo, observan como todo el mundo echaba su limosna. Los pobres echaban pocos centavos, los ricos echaban monedas de gran valor. Las arcas del Templo recibían mucho dinero. Todo el mundo traía alguna cosa para la manutención del culto, para el sustento del clero y la conservación del altar. Parte de este dinero servía para ayudar a los pobres, pues en aquel tiempo no había seguro social. Los pobres vivían pendientes de la caridad pública. Y los pobres más necesitados de ayuda eran los huérfanos y las viudas. No tenían nada. Dependían en todo de la ayuda de los demás. Pero aunque no tuviesen nada, trataban de compartir. Así una viuda bien pobre pone su limosna en el arca del Templo.¡Nada más que unos centavos!
• Marcos 12,43-44. Jesús hace ver dónde se manifiesta la voluntad de Dios. Lo que vale más: ¿los diez centavos de la viuda o los mil denarios de los ricos? Para los discípulos, los mil denarios eran mucho más útiles para hacer la caridad que los diez centavos de la viuda. Pensaban que el problema de la gente podría resolverse sólo con mucho dinero. En ocasión de la multiplicación de los panes, habían dicho a Jesús: “¿Quieres que vayamos a comprar pan por doscientos denarios para dar de comer a la gente?” (Mc 6,37) De hecho, para los que piensan así, los diez centavos de la viuda no sirven de nada. Pero Jesús dice: “Esta viuda que es pobre, ha echado más que todos los que echan en el Tesoro”. Jesús tiene criterios diferentes. Llamando la atención de los discípulos hacia el gesto de la viuda, enseña dónde ellos y nosotros debemos procurar ver la manifestación de la voluntad de Dios, a saber, en los pobres, y en el compartir. Hoy muchos pobres hacen lo mismo. La gente dice: “El pobre no deja morir de hambre a otro pobre”. Pero a veces, ni siquiera esto es posible. Doña Cícera que vivía en el interior de Paraíba, Brasil, tuvo que irse a vivir en la periferia de la capital, João Pessoa, y decía: “En el interior, la gente era pobre, pero tenía siempre una cosita para dividir con el pobre que estaba a la puerta. Ahora que estoy aquí en la gran ciudad, cuando veo a un pobre que viene, me escondo de vergüenza porque ¡no tengo nada en casa que compartir con él!” Por un lado, gente rica que tiene todo, pero que no quiere compartir. Por el otro: gente pobre que no tiene casi nada, pero que quiere compartir lo poco que tiene
• Limosna, compartir, riqueza. La práctica de la limosna era muy importante para los judíos. Era considerada una “buena obra”, pues la ley del AT decía: “Ciertamente que nunca faltarán pobres en este país, por esto te doy yo este mandato: debed abrir tu mano a mi hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra”. (Dt 15,11). Las limosnas, colocadas en el arca del Templo, sea para el culto, sea para los necesitados, los huérfanos o las viudas, eran consideradas como una acción agradable a Dios. Dar la limosna era una manera de reconocer que todos los bienes pertenecen a Dios y que apenas somos administradores de esos bienes, para que haya vida en abundancia para todos. La práctica del compartir y de la solidaridad es una de las características de las primeras comunidades cristianas: “No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que tenían campos o casas, los vendían y ponían el dinero a los pies de los apóstoles” (Hec 4,34-35; 2,44-45). El dinero de la venta, ofrecido a los apóstoles, no era acumulado, sino que “se distribuía a cada uno según sus necesidades” (Hec 4,35b; 2,45). La entrada de las personas más ricas en las comunidades hizo entrar en ellas la mentalidad de acumulación y bloqueó el movimiento de solidaridad y de compartir. Santiago advierte a las personas: “Pues, bien, ahora les toca a los ricos. Lloren y laméntense por las desgracias que les vienen encim. Sus reservas se han podrido y sus vestidos están comidos por la polilla” (Stgo 5,1-3). Para aprender el camino del Reino, todos necesitamos volvernos alumnos de aquella viuda, que compartió todo lo que tenía, lo necesario para vivir (Mc 12,41-44). 

4) Para la reflexión personal

• ¿Cómo es que los dos centavos de la viuda valen más que los mil denarios de los ricos? Mira bien el texto y di porqué Jesús elogió a la viuda pobre. ¿Cuál es el mensaje de este texto, para nosotros hoy?
• ¿Cuáles son las dificultades y las alegrías que tú has encontrado en la vida para practicar la solidaridad y el compartir con los otros? 

5) Oración final

Mi boca rebosa de tu alabanza,
de tu elogio todo el día.
No me rechaces ahora que soy viejo,
no me abandones cuando decae mi vigor. (Sal 71,8-9)

Amor trinitario: amar en una misma dirección

1.- Siempre, cuando llega la Solemnidad de la Santísima Trinidad, vienen a nuestro pensamiento diversas disquisiciones sobre este gran Misterio: ¿Tres personas distintas? ¿Una sola naturaleza? ¿Un mismo Dios?

Cuando se ama, por inercia, se piensa en lo mismo y se busca lo mismo. El amor de Dios desplegado en la grandeza del Padre, en la posibilidad de contemplarle viendo al Hijo o de escucharle en la suave voz del Espíritu, nos hace entender que, sólo desde el amor, con amor y por amor, se mantiene vivo, operante e impresionante este Misterio.

En su nombre iniciamos la mayoría de las celebraciones cristianas. En su nombre salta el deportista al terreno de juego. En su nombre, muchos de nosotros, salimos de madrugada para cumplir con nuestro trabajo.

Un cristiano, cuando cree y se fía de Dios, siente que su origen está en Dios Padre, que ha sido salvado por Dios Hijo y que es alentado en su fe por Dios Espíritu. ¿Tan difícil y extraño nos resulta todo esto?

Mirar en este día a la Santísima Trinidad es descubrir un único compás en tres tiempos distintos.

2.- Contemplar, en esta jornada, a la Santísima Trinidad, es disfrutar de tres perspectivas de un mismo valle.

Perderse en la Santísima Trinidad, es ver tres vértices de un mismo triángulo.

Aquel Dios que se ha empeñado, una y otra vez, en que el hombre no ande sólo, tampoco quiso, para sí mismo, la soledad. Aquel Dios, que ha insistido una y otra vez en el amor como ceñidor de todo, pone como fundamento y secreto de este santo misterio al AMOR con mayúscula y sin fisuras.

Sólo desde el amor, el Padre, el Hijo y el Espíritu, miran en la misma dirección, palpitan con el mismo corazón, miran con los mismos ojos, bendicen con la misma gracia y trabajan en un mismo empeño: todo por el hombre.

¡Bendito este Misterio Trinitario!

3.- Si Dios es tres en uno, también el hombre está llamado a ser uno en Dios. Sólo, mirando al encanto de la Trinidad, podremos alcanzar esa vía que nos lleva a la felicidad y a la armonía, a la paz y al encuentro personal y comunitario con Dios: el amor.

Con el amor, aunque no lo sepamos, avanzamos en una misma dirección. Desde el odio, por el contrario, estalla nuestra existencia convirtiéndonos en personas que –lejos de vivir unidas por Dios- se diversifican y se multiplican en egoísmos, individualismos, personalismos y falta de comunicación. ¡Bendito este Misterio Trinitario!

Meditándolo vemos que es un gran regalo de Dios a la humanidad. Es el Dios familia, el Dios que nos invita a alejarnos de la dispersión o de ese ser solitario que, muchas ocasiones, preferimos. Es pedir a Dios, que allá donde nos encontremos, sepamos trabajar en equipo y con unión de sentimientos, desempeñando cada uno el papel que nos corresponde como miembros de la iglesia y comprometidos en el cambio estructural de nuestra sociedad.

Nunca llegaremos a saber todo acerca de este Misterio. Lo que sí podemos estar seguros es de una cosa: entrar en la Trinidad es meternos en la intimidad del mismo Dios. ¿Hay algo mejor?

Por si fuera poco una, Dios, se nos da por tres veces (Padre, Hijo y Espíritu) para que, lejos de sentirnos solos, disfrutemos de esta presencia misteriosa pero real.

¡GLORIA, A LA TRINIDAD! Por la unión indivisa del Padre, en el Hijo y con el Espíritu Santo
¡GLORIA, A LA TRINIDAD! Porque siendo tres personas distintas tienen una misma naturaleza
¡GLORIA, A LA TRINIDAD! Porque siendo tres personas distintas saben vivir en comunión
¡GLORIA, A LA TRINIDAD! Porque siendo tres personas distintas saben mirar en la misma dirección
¡GLORIA, A LA TRINIDAD! Porque el Padre nos creó
¡GLORIA, A LA TRINIDAD! Porque, el Hijo, nos redimió
¡GLORIA, A LA TRINIDAD! Porque, el Espíritu Santo, se nos derramó
¡GLORIA, A LA TRINIDAD! Porque, con la Trinidad, estamos llamados a la unidad ¡Gloria, a la Trinidad!

Javier Leoz

Comentario – Sábado IX de Tiempo Ordinario

En este pasaje comparecen también los letrados; pero los destinatarios de su enseñanza siguen siendo esos que se agrupan en torno a él formando una multitud. Jesús les habla de los letrados para ponerles al corriente de lo que esconden; esto mismo, su hipocresía, hace de ellos personas de las que hay que cuidarse, y más que de ellos, de los vicios que les acompañan: la arrogancia, la presunción, la vanidad, la codicia. Les encanta –denunciaba Jesús- pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa. Jesús, en su crítica, se limita a describir lo que ha visto o lo que se deja ver en la conducta de aquellos letrados: gusto por las reverencias y codicia de honores y bienes materiales. Jesús les propone, por tanto, como ejemplo de lo que no debe hacerse, sacando a la luz lo que esconden sus apariencias. Son esos mismos que merecerán el calificativo de sepulcros blanqueados.

El contraste con esta conducta lo pone la viuda pobre de la que habla a continuación como modelo a seguir. También ella oculta una generosidad que no se deja ver en el escaso donativo –apenas dos reales- que deposita en el cepillo del templo. Pero su ocultación no es hipocresía, porque lo que ella oculta no es su donativo, sino su donación. Recuerda el evangelista que, estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero. La observación de Jesús se circunscribe a una situación bien definida: un espacio religioso y en el momento de la ofrenda. Observa la conducta de los demás no con el ánimo de fiscalizar, sino de aleccionar a sus discípulos. Muchos ricos –precisa el evangelista- echaban en cantidad –una cantidad acorde con sus posesiones dinerarias-; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.

Siendo una viuda en situación de necesidad, dispone sin embargo de una pequeña cantidad, dos reales, para la limosna del templo. Pero esto era todo “lo que tenía para vivir”; a pesar de todo, se desprende de ello en un acto de generosidad sin precedentes. Y esto es lo que llama la atención de Jesús que quiere hacérselo notar a sus discípulos: Os aseguro que esta pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Jesús mide y valora la grandeza de una persona no por lo que da, sino por aquello de lo que se desprende. La pobre viuda ha echado más que nadie, no porque haya entregado mayor cantidad de dinero –no podía hacerlo puesto que no lo tenía-, sino porque ha dado de lo que necesitaba para vivir; y es evidente que el que da de lo que necesita para sí da mucho más que el que da de lo que le sobra, por muy grande que sea la donación de éste. Aquí el valor de la donación no está en la cantidad objetiva que se entrega, sino en el grado de desprendimiento que exija una determinada entrega, aunque ésta sea objetivamente muy pequeña en términos de cantidad. Según este criterio, los dos reales de la viuda tenían un valor muy superior a las grandes cantidades de dinero que echaban los ricos. La limosna de estos estaba compuesta de elementos sobrantes; la de la viuda, de elementos necesarios. La pobre viuda echa más que nadie, porque, pasando necesidad, echa todo lo que tenía para vivir, es decir, aquello de lo que dependía en gran medida su propia vida. Luego su pobreza le da para echar más que nadie; en este sentido podría decirse que era más rica y generosa que los demás, dado que había echado más que los demás. Dios, que ve el corazón del hombre, puede juzgar su grandeza y su calidad.

Jesús quiere hacernos tomar conciencia de esta mirada de Dios, que ve más allá de las apariencias y sabe estimar el verdadero valor de las cosas y de las acciones humanas. Porque para valorar la conducta de la pobre viuda y la grandeza de su acción hay que saber que se trata de una mujer pobre y que no dispone más que de esos dos reales –lo que echa en el cepillo- para vivir. Sólo ese conocimiento nos permite evaluar en sus justos términos la acción. Pero Dios y los que se dejan iluminar por Él sí disponen de estos datos para formarse un juicio justo de los hechos. Pidamos al Señor adquirir esta mirada, que es la suya, para saber enjuiciar la conducta propia y la de los demás en sus justos términos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

87. Las vocaciones adultas.

Análogamente a la atención que el Obispo deberá prestar a los gérmenes de la vocación en los adolescentes y en los jóvenes, deberá también proveer a la formación de las vocaciones adultas, disponiendo para tal fin adecuados institutos o un programa formativo acorde a la edad y a la condición de vida del candidato al sacerdocio.(233)


233 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Optatam Totius, 3; Codex Iuris Canonici, can. 233 § 2; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis, 64; Congregación para la Educación Católica, Carta circular a los Presidentes de las Conferencias Episcopales, 14 de julio de 1976; Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 19.

Dios es amor y nunca pudo vivir en soledad

1.- La fiesta de hoy parece despertar en nosotros el deseo de dar a conocer nuestros propios orígenes. La profunda raíz de nuestro ser:

–¿quién es ese ser del que estamos siempre viniendo como dice Zubiri?

–¿quién siendo todos nosotros muchos nos hermana en un amor común?

–¿quién habla sin palabras a nuestro corazón dando paz o remordimiento?

–¿quién es ese ser al que unas veces sentimos lejano en lo alto del cielo y otras más dentro de nosotros que nosotros mismos?

Felipe le dijo a Jesús: “Muéstranos al Padre y eso nos basta”. Sí, Señor, muéstranos a nuestro Padre, déjanos conocer ese rostro querido, siempre sonriente con nosotros.

No sé si alguno de vosotros recordará una célebre novela del Padre Alarcón, “Jeromín”, sobre nombre de Don Juan de Austria, que en su infancia atisba, a través de ramas y jaras al Emperador Carlos V retirado en Yuste. O la emoción al sentir sobre su cabeza la mano imperial cuando Carlos V yace en el lecho de muerte. Algo en el corazón de Jeromín le hace saberse dependiente de aquel gran hombre que se va de este mundo, sin que nadie le haya dicho aún que es su padre. Así busca nuestro corazón a Dios y no descansa hasta encontrarse con Él.

2.- Pero el rostro de nuestro Padre Dios, uno y trino, queda siempre de lo que no entendemos. ¿Hay que avergonzarse por ello? Hombres irrepetibles como San Agustín cayeron de rodillas adorando a un Dios demasiado grande para que lo entienda el hombre.

Te quiero pero no te entiendo, ¿hay algo malo en ello? ¡Cuántas personas a las que queremos no las acabamos de entender! Cuántos padres y madres podrían repetir esta frase pensando en hijos y en hijas a los que quieren, pero no entienden del todo. ¿Y qué hay de malo en ello?

3.- De Dios nos basta saber que es amor y por eso no pudo nunca existir en soledad, y tuvo que ser comunidad, hogar y familia.

Lo importante es descubrir lo que es vivir creyendo en un Dios que es Trinidad:

–lo que significa creer en un Dios padre de todos

–en un Dios que es todo actitud filial hacia el Padre y todo actitud fraternal hacia todos aquellos hacia los que se vuelca el amor del Padre.

— en un Dios que es comunión, es decir lazo de unión entre el Padre y el Hijo, entre los hombres y Dios, y entre los hombres entre sí.

Vivir esos amores amando a Dios y a los hombres, porque, ¿qué hay de malo, Señor, si te quiero pero no te comprendo?

Amemos a Dios y amemos a los hermanos, porque en ese amor a los hombres hay un vislumbre a un sabor del Dios Trino y Uno, por el que podemos alcanzar algo de Dios.

José María Maruri, SJ

«Tanto amó Dios al mundo…»

1.- Al comenzar la segunda parte del Tiempo Ordinario celebramos el domingo de la Santísima Trinidad. Es el misterio central de nuestra fe. Es un misterio gozoso, que nos llena de alegría y de paz por dos razones: la primera, Dios es amor; la segunda, Dios es comunidad.

2.- Dios es amor.- La historia de la salvación es una historia de amor, incluso cuando parece que Dios se muestra exigente con el hombre cuando éste, llevado por su cerrazón, se aparta del camino de vida. El Señor pasó ante Moisés proclamando que es un «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y lento en clemencia y lealtad». Es un Dios que perdona y que se olvida fácilmente de la iniquidad del hombre. Pero cuando se muestra más claramente el amor de Dios al hombre es en el momento en que entrega a su Hijo único «para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan vida eterna». El Juicio Final ha sido un recurso utilizado frecuentemente para amedrentar y evitar así el pecado. ¡Qué manipulación de Dios!, ¡Qué horror! Ni siquiera dejamos a Dios ser Dios. Dios es Padre y, por eso, crea una familia: la humanidad; Dios es Hijo y, por eso, crea fraternidad; Dios es Espíritu Santo y, por eso, crea comunión.

El saludo ritual que el apóstol empleaba en todas sus cartas lo escuchamos nosotros en la Eucaristía: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros». Todo es gracia porque Dios nos ama.

3.- Dios es comunidad.- En un mundo individualista como el nuestro Dios nos enseña a vivir en comunión. Dios pone su «mesa camilla» entre nosotros y nos invita a participar en su mesa. Dios es amor y «amor entre personas». Un amor que no queda encerrado en sí mismo, sino que se abre a todos. Nuestras celebraciones adolecen de individualismo. Da la sensación de que cada uno se fabrica un Dios a su medida. Incluso cuando estamos sentados en los bancos de la Iglesia parece que cada uno va a lo suyo, sin importarle nada lo que le pasa al que está a nuestro lado. Hemos de recuperar el sentido de comunidad para tener «un mismo sentir» como nos recomienda el Apóstol. Sin comunidad no hay seguimiento de Cristo, ni autentica fe cristiana. Dios es comunidad y quiere que también nosotros lo seamos.

José María Martín OSA

El concepto de «Trinidad»

1. Con este domingo dedicado a la alabanza de la santísima Trinidad de Dios, comienza lo que la liturgia católica llama el “tiempo ordinario”. Se llama “tiempo ordinario” a todas las semanas del año que están fuera de los tiempos especiales de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua de Resurrección.

La liturgia de este domingo no intenta exponer todo lo que la teología dice acerca de la Santísima Trinidad de Dios, sino explicarnos, claramente, lo que es Dios, ese Dios único que realiza el concepto de “trinidad”. Se trata, nos dicen las lecturas, de un Dios compasivo y misericordioso, rico en clemencia y lealtad, de un Dios de amor y de paz. Se trata de un Dios que tiene con nosotros la relación de padre a hijo y que es capaz de dar su propia sangre por nosotros, que no quiere nuestra muerte, sino que tengamos vida eterna, que no juzga, sino que salva al mundo contra todas las amenazas de castigo.

De Dios es más fácil decir lo que no es que lo que es. Lo mismo pasa cuando hablamos de la trinidad que es Dios. Comencemos por decir que la santísima Trinidad es un concepto; es un concepto que trata de expresar la vida interna de Dios, su misterio más íntimo, qué es Dios para sí mismo. La Trinidad no divide la unidad de Dios.

2. – Pero hablemos un momento del concepto teológico de “misterio”. Misterio en teología no es lo desconocido, inconoscible o inexplicable. Misterio es lo que tiene tal cantidad de contenido que, por mucho que expliquemos, no logramos explicar todo el sentido que eso tiene. Cuando una cosa es en teología “misterio” no podemos ahorrarnos las explicaciones, sino todo lo contrario: tenemos que darlas todas sabiendo que nos quedaremos cortos, sabiendo que siempre se nos quedará algo sin explicar porque se trata de explicar a Dios.

Digamos que las imágenes físicas de la Santísima Trinidad no le hacen ninguna justicia y que, más bien, a veces, nos confunden. Sólo las imágenes vivas de la Trinidad nos pueden ayudar a rastrear su realidad. Es relación de personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), con su capacidad de salir al encuentro del otro, responsabilizarse de él y tenderle la mano. La Trinidad es familia, icono trinitario, en cuanto comunidad de vida y amor.

Dios es Padre, y todos nosotros somos sus hijos. En un mundo tan inseguro saber que Dios es Padre es una buena noticia.

Dios es Hijo, y por tanto es hermano nuestro, lo que significa cercanía, ayuda y amistad.

Dios es espíritu, es como el desbordamiento de Dios, el Amor hecho don y abrazo. Es el Dios que se derrama sobre nosotros y nos llena de su fuerza, de su alegría, de su santidad.

Cuando Dios quiso decirnos cómo era él, se hizo hombre.

Podemos decir que hay algo de Dios trinitario en nosotros, que estamos hechos a imagen y semejanza de la Trinidad, que nuestra vocación es vivir aquí trinitariamente, para entrar después en la misma fuente trinitaria. Si queremos saber cómo es Dios, miremos hacia nosotros o hacia nuestro prójimo, hecho a imagen y semejanza de Dios por Dios mismo.

3.- Hablemos de la Trinidad en la unidad de Dios. No nos bautizan en los nombres de, sino en el nombre de, porque no hay tres dioses, sino un solo Dios que es amor y que se revela como Padre, como Hijo, y como Espíritu.

Digamos que Dios es amor, y que, el que ama conoce a Dios, conoce todo lo que es Dios, porque Dios no es amor y otra cosa, sino que es amor y sólo amor, amor incondicional e infinito. Dios es amor, es decir que el ser mismo de Dios es el amor y que el amor es el ser mismo de Dios. El Dios que es una trinidad es amor. Quien ama conoce lo que es la Trinidad de Dios y todos los misterios de Dios, en la medida en que tales misterios pueden ser conocidos por la mente de un ser humano.

Ese amor incondicional, precedente, de Dios, puede expresarse diciendo que Dios es un padre maternal o una madre paternal, porque Dios no tiene sexo. Dios no es hombre ni mujer, Dios es Dios.

4.- Hacia nosotros, podemos decir que la paternidad maternal de Dios significa que Dios se revela como un amor que nos ama porque sí, incondicionalmente, eternamente, invariablemente. Dios no nos ama porque nosotros seamos buenos, sino porque El es amor y es bueno.

Hacia nosotros, podemos decir que Dios se comunica, se expresa, y se encarna, se hace una sola carne con el ser humano. Somos hijos en el Hijo porque esa comunicación de Dios, esa Palabra por medio de la cual se crea todo y Dios se comunica a sí mismo, es el Hijo de Dios. Esa Palabra habita en el hombre, se ha hecho una sola cosa con el ser humano por la encarnación de Dios, y lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre.

Hacia nosotros, podemos decir que el que Dios sea amor, Espíritu Santo, significa que la misma fuerza que mueve a Dios, el amor, es la fuerza que mueve al hombre hacia Dios, y a los seres humanos los unos hacia los otros. No puede el Espíritu Santo, el amor, hacernos hijos de Dios, sin hacernos, al mismo tiempo, hermanos entre nosotros.

5.- No, la Santísima Trinidad no es algo que no nos interese. Si Dios, que es amor, no tiene en sí la relación de Padre a Hijo, nosotros no tenemos nada que ver con Dios, ni Dios tiene nada que ver con nosotros. La Santísima Trinidad nos interesará a los seres humanos mientras a los seres humanos nos interese el amor, mientras a los seres humanos nos interese Dios. Entenderemos la Trinidad si vivimos la caridad.

Antonio Díaz Tortajada

Abrirnos al misterio de Dios

A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las Personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.

Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de Dios.

Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinitas. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.

Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama «reino de Dios», e invita a todos a entrar en ese proyecto del Padre buscando una vida más justa y digna para todos, empezando por sus hijos más pobres, indefensos y necesitados.

Al mismo tiempo, Jesús invita a sus seguidores a que confíen también en él: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí». Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere el Padre de todos. Por eso invita a todos a seguirlo. Él nos enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del proyecto del Padre.

Con su grupo de seguidores, Jesús quiere formar una familia nueva donde todos busquen «cumplir la voluntad del Padre». Esta es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo querido por el Padre.

Para esto necesitan acoger al Espíritu que alienta el Padre y a su Hijo Jesús: «Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y así seréis mis testigos». Este Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital que hará de los seguidores de Jesús sus testigos y colaboradores al servicio del gran proyecto de la Trinidad Santa.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado IX de Tiempo Ordinario

Hay gente pa´to.

Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos, como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de reyes. Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo. La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: “¿Puedes darme alguna cosa?”. ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Y yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di. Pero qué sorpresa la mía cuando al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dártelo todo! (Rabindranath Tagore).

Viudas y mendigos. Quienes dan un grano, y quien se da del todo.

Óscar Romano, cmf