Cielo y Tierra son lo mismo

La comunidad del cuarto evangelio entiende a Jesús como el “salvador celeste” enviado por Dios. Y lee ese gesto de envío –o mejor, de “entrega”–, como prueba del amor de Dios al mundo y como fuente de “vida eterna” para la humanidad. Tal es la lectura que hizo aquella comunidad: se trata de lo que, posteriormente, la teología cristiana denominaría el “misterio de la encarnación”.

Tal creencia suponía un salto cualitativo con respecto a la ortodoxia judía, en cuyo seno había nacido. El Dios absolutamente transcendente e inefable –YHWH– se hacía completamente inmanente, hasta el punto de –como dice también cuarto evangelio– “habitar entre nosotros” (Jn 1,14). Desde este punto de vista, la novedad aportada por el cristianismo es manifiesta: Dios se hace humano, con todas las consecuencias que eso supone para nuestra propia auto-comprensión.

Sin embargo, esa lectura se apoyaba sobre la creencia en Dios como un Ser separado: Yhwh, desde el cielo, enviaba a su Hijo al mundo. La cosmovisión que esa misma frase expresa no puede ser más elocuente: habla de una realidad dividida en dos planos y entiende la divinidad como habitando el “piso de arriba”.

Es precisamente esa cosmovisión la que progresivamente ha ido entrando en crisis en nuestra comprensión de la realidad: no hay “un Dios ahí arriba” (Roger Lenaers) separado del conjunto de lo real.

A partir de ahí, intuyo que nos hallamos ante la posibilidad de otro “salto cualitativo”, no menor del que supuso el cristianismo en la historia de la auto-comprensión humana. Tal como me parece verlo, podría formularse de este modo: lo que el cristianismo atribuía exclusivamente a Jesús como “encarnación” de Dios es atribuible a todo ser humano sin excepción, e incluso a todos los seres: todos somos “formas” en las que Dios se expresa. O dicho con más propiedad: lo que realmente somos es vida, consciencia, ser, Dios…, experimentándose en formas concretas.

Somos plenitud de vida desplegada en una forma sumamente vulnerable. Lo que nuestros antepasados proyectaban en un “Dios” separado constituye realmente nuestra verdadera identidad. Y esa identidad es amor y es vida. Nuestra tragedia consiste sencillamente en la ignorancia, por la que ignoramos lo que somos y nos identificamos –y reducimos a– lo que no somos.

Cielo y tierra son lo mismo. Para la mente analítica no deja de ser una contradicción. Sin embargo, en la comprensión no-dual se reconoce y resuelve la paradoja que es consecuencia del “doble nivel” de lo real: en el plano profundo, aquella afirmación –cielo y tierra son lo mismo, todo está bien– es cierta; sin embargo, en el plano fenoménico o de las formas, es innegable que, lejos de ser “cielo”, hay situaciones humanas que resultan un auténtico “infierno”, que es necesario transformar. Ambas afirmaciones son ciertas, cada una en su nivel: todo es cielo y todo es mejorable. La sabiduría consiste en articular esa doble afirmación adecuadamente y vivir desde esa comprensión.

¿Dónde estoy en mi comprensión de la realidad?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – La Santísima Trinidad

II VÍSPERAS

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor, Dios nuestro.

Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.

Oh Palabra del Padre, te escuchamos;
oh Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oh verdadera y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oh verdadera y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Líbranos, sálvanos, vivifícanos, oh santa Trinidad.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Líbranos, sálvanos, vivifícanos, oh santa Trinidad.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y es y viene.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y es y viene.

LECTURA: Ef 4, 3-6

Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

R/ Al único Dios honor y gloria.
V/ Ensalcémoslo por los siglos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único, a ti, Espíritu santo Defensor, santa e indivisible Trinidad, te confesamos con el corazón y con la boca, te alabamos y te bendecimos; a ti la gloria por los siglos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único, a ti, Espíritu santo Defensor, santa e indivisible Trinidad, te confesamos con el corazón y con la boca, te alabamos y te bendecimos; a ti la gloria por los siglos.

PRECES

El Padre, al dar vida por el Espíritu Santo a la carne de Cristo, su Hijo, la hizo fuente de vida para nosotros. elevemos, pues, al Dios uno y trino nuestro canto de alabanza:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Padre, Dios todopoderoso y eterno, envía en nombre de tu Hijo el Espíritu Santo Defensor sobre la Iglesia,
—para que la mantenga en la unidad de la caridad y de la verdad plena.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies, para que hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,
—y les den firmeza en la fe.

Ayuda, Señor, a todos los perseguidos por causa de tu Hijo,
—ya que él prometió que tú les darías el Espíritu de la verdad para que hablara por ellos.

Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Verbo y el Espíritu Santo, eres uno,
—para que crean, esperen y amen al Dios único.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Padre de todos los que viven, haz que los difuntos tengan parte en tu gloria,
—en la que tu Hijo y el Espíritu Santo reinan contigo en íntima y eterna unión.

Terminemos nuestras preces con la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Dios no juzga el mundo, sino que lo invita a acoger su salvación

Tanto amó Dios al mundo… Nos resulta a veces difícil de entender que en Dios solo hay amor y que, por tanto, solo quiere amarnos, acompañarnos, apoyar nuestra felicidad. En estos meses de pandemia desde multitud de foros nos han invitado a rezar, pero pocas veces nos han invitado a sentirnos abrazados por el amor incondicional de Dios para afrontar estos momentos inciertos. Pocas veces nos han ayudado a mirar a Jesús y contemplarlo afrontando el mal con fe y esperanza, sin culpar a nadie, y menos a Dios, del dolor humano.

Jesús entregó su vida para que nadie quedase fuera del abrazo de su Padre-Madre.  Jesús afrontó el fracaso de la cruz, no porque Dios buscase un “chivo expiatorio” para recuperar la confianza en la humanidad y empezar de nuevo, sino que se dejó vencer en la cruz porque la violencia cierra las puertas al amor, a la bondad, a la confianza y solo de esa manera Dios podía seguir ofreciendo la Vida a todas/os y cada una/o de las/os que habitamos este mundo.

Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo... Tenemos la tentación de pensar que Dios juzga con nuestros propios criterios, que cada uno recibe lo que siembra, que quien obra mal finalmente será castigado…Pero Dios no es así, y Jesús lo dejó muy claro con sus palabras, pero también con su praxis. Él no juzgó a las personas, sino sus actos. Él no condenó a sus enemigos, sino que los acogió con entrañas maternas, se sentó con ellos a la mesa, los miró a los ojos, los buscó para liberarlos del mal.

A Jesús lo juzgaron por eso, por no juzgar, por no separar a los buenos de los malos, por no castigar, por no justificar el lanzamiento de la piedra condenatoria. Como a sus contemporáneos, nos cuesta entender que el amor verdadero lleva siempre de la mano el perdón y que Dios nunca va a satisfacer nuestros deseos de venganza, de reparación sino es perdonándonos a nosotras/os y a nuestros enemigos/as.

El que cree en él no será juzgado…El evangelio de Juan es sin duda un texto complejo y no siempre fácil de entender en toda su hondura por su lenguaje y por muchas de sus construcciones teológicas, sin embargo, es clara la llamada que continuamente hace a sus lectores/as a tomar postura ante la persona y el mensaje de Jesús. Es una llamada que no se puede dejar para mañana, sino que hay que responder aquí y ahora. Por eso, creer para este evangelio no es asentir a una serie de verdades sagradas, sino decidirse por Jesús y acoger su salvación.

Jesús no obligó a nadie a convertirse a ningún credo, ni condicionó su acción sanadora y salvadora a ritos u ofrendas. Él invitó sencillamente a confiar, a escuchar y a hacer camino junto a él.  De hecho, Nicodemo se admira de las enseñanzas y signos que hace Jesús y por eso sabe que Dios está con él (Jn 3, 2), pero Jesús lo invita a algo más, lo invita a nacer de nuevo, lo invita a creer (Jn 3, 3). Por eso desde ahí se entiende que quien cree no será juzgado (Jn 3, 18).

Creer del modo que nos propone este evangelio en coherencia con lo recibido del Maestro, solo es posible si reconfiguramos nuestras creencias, nuestras falsas ideas sobre Dios y sobre los seres humanos y nuestra conducta a la luz de la propuesta de Jesús. Solo así es posible acoger la salvación y entender a Jesús. Y para eso hay que nacer de nuevo, volverse a sorprender con la vida, abrirse a recibir el dinamismo de la santa Ruah.

El texto de hoy nos ofrece una nueva oportunidad para hacernos la pregunta de cómo creo, cómo experimento la salvación que el Dios amor anunciado, vivido y entregado por Jesús me ofrece. No hay juicio pero sí, la urgencia de una toma de postura, de una decisión que libere nuestros miedos, nuestras falsas seguridades, nuestro egoísmo y sane la angustia y el dolor que muchas veces nos aflige.

En este momento en que necesitamos afrontar el golpe con el que la pandemia nos ha herido a cada una/o y a toda la humanidad en su conjunto, creer que Dios es más grande que cualquier mal, experimentar que no estamos solos/as en la incertidumbre, sentir que es posible sentirnos salvados/as y así ser oferta de salvación para otros/as  podría hacernos decir como Nicodemo: ¿Cómo puede ser esto? (Jn 3, 9). Puede ser si hacemos con Jesús el camino, puede ser si con realismo nos abrimos a la esperanza, puede ser si dejamos que la santa Ruah habite nuestro corazón como brisa suave que conforta y alienta, puede ser si nos sentimos parte de la humanidad herida y nos decidimos a recuperar la salvación que Dios pone en nuestro corazón y la compartimos con otros/as en el cotidiano camino de nuestra historia.

Y así, podrá ser que nuestro testimonio creyente forme parte del esfuerzo de tantos por hacer posible una nueva humanidad y una nueva historia.

Carme Soto Varela

Todo lo que podemos decir de Dios será siempre inadecuado

Se nos dice que es el dogma más importante de nuestra fe católica, y sin embargo, la inmensa mayoría de los cristianos no pueden comprender lo que la teología quiere decir. La gran enseñanza de la Trinidad es que solo vivimos, si convivimos. Nuestra vida debía ser un espejo que en todo momento reflejara el misterio de la Trinidad. Pero para llegar al Dios de Jesús, tenemos que superar el ídolo al que nos aferramos, el falso dios en quien todos hemos creído y en gran medida, seguimos creyendo los cristianos.

Debemos estar muy alerta, porque tanto en el AT como en el nuevo podemos encontrar retazos de este falso dios. Jesús experimentó al verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre el Dios del AT. Muy pronto se olvidaron esos chispazos y el cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que le daba las seguridades que anhelaba.                                                                         

La Trinidad no es una verdad para creer sino la base de nuestra vivencia cristiana. Una profunda experiencia del mensaje cristiano será siempre una aproximación al misterio  Trinitario. Solo después de haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar lo que algunos consideraron errores en las formulaciones racionales, pero lo verdaderamente importante fue siempre vivir esa presencia de Dios en el interior de cada cristiano. Solo viviendo la realidad de Dios en nosotros se podrá manifestar luego en el servicio al otro.

Lo más urgente en este momento para el cristianismo, no es explicar mejor el dogma de la Trinidad, y menos aún, una nueva doctrina sobre Dios Trino. Tal vez nunca ha estado el mundo cristiano mejor preparado para intentar una nueva manera de entender el Dios de Jesús o mejor, una nueva espiritualidad que ponga en el centro al Espíritu-Dios, que impregna el cosmos, irrumpe como Vida, aflora decididamente en la conciencia de cada persona y se vive en comunidad. Sería, en definitiva, la búsqueda de un encuentro vivo con Dios. No se trata de explicar la esencia de la luz, sino de abrir los ojos para ver.

No debemos pensar en tres entidades haciendo y deshaciendo, separada cada una de las otras dos. Nadie se podrá encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación será siempre con el UNO que nos une. Es urgente tomar conciencia de que cuando hablamos de cualquiera de las tres personas relacionándose con nosotros, estamos hablando de Dios. En teología, se llama “apropiación” (¿indebida?) esta manera impropia de asignar acciones distintas a las tres personas de la Trinidad. Ni el Padre solo ha creado la realidad, ni el Hijo separado ha venido a salvarnos, ni el Espíritu Santo actúa en cada uno por su cuenta. Todo es “obra” del Dios sin hacer nada.

Nada de lo que pensamos o decimos sobre Dios es adecuado. Cualquier definición o cualquier calificativo que atribuyamos a Dios son incorrectos. Lo que creemos saber racionalmente de Dios es un estorbo para vivir su presencia vivificadora en nosotros. Mucho más si creemos que solo nuestro dios es el verdadero. Incluso los ateos pueden estar más cerca del verdadero Dios que los muy creyentes. Ellos por lo menos rechazan la creencia en el ídolo que nosotros nos empeñamos en mantener a toda costa.

Los creyentes no solemos ir más allá de unas ideas (ídolos) que hemos fabricado a nuestra medida. Callar sobre Dios, es siempre más exacto que hablar. Dicen los orientales: “Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate”. Las primeras líneas del “Tao” rezan: El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao; el nombre que se le puede dar, no es su verdadero nombre. Teniendo esto en cuenta, podemos hablar de Dios sin ninguna limitación pero con la conciencia que toda palabra es inadecuada.

De la misma manera, siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de “ama”, “perdonó”, “salvará”, estamos radicalmente equivocados, porque en Dios los verbos no pueden conjugarse. Dios no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene “acciones”. Dios, todo lo que hace, lo es. Si ama, es amor. Pero al decir que es amor, nos equivocamos también, porque le aplicamos el concepto de amor humano, que no se puede aplicar Dios. En Dios, el AMOR es algo completamente distinto.

Es un amor que no podemos comprender, aunque sí experimentar. Este experimentar que Dios es amor sería lo esencial de nuestro acercamiento a Él. Los primeros cristianos emplearon siete palabras diferentes para hablar del amor. Al amor que es Dios lo llamaron ágape. No se trata de una relación entre sujeto y objeto sino en la identificación de ambos. En nosotros hay un sujeto que ama, un objeto amado y el amor. Ese amor no se puede aplicar a Dios porque no hay nada fuera de Él y distinto a Él. En Dios el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros; no puede no amar, porque dejaría de ser.

Vivir la experiencia de Dios Trino sería convivir. Sería experimentarlo: 1) Como Dios, ser absoluto. 2) Como Dios a nuestro lado presente en el otro. 3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento de nuestro ser. En cada uno de nosotros se tiene que estar reflejando siempre la Trinidad. Empezar por descubrir a Dios en nosotros, identificado con  nuestro propio ser. Descubrimos a Dios con nosotros en los demás. Descubrimos también a Dios que nos trasciende y en esa trascendencia completamos la imagen de Dios.

Hoy no tiene ningún sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro Dios o dioses. Hoy la disyuntiva es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a través de los siglos. Lo que rechazan los ateos, es nuestra idea de Dios que no supera un teísmo interesado y miope. Después de darle muchas vueltas a tema, he llegado a la conclusión de que es más perjudicial para el ser humano el teísmo que el ateismo.

La verdad es que no hemos hecho mucho caso al Dios revelado por Jesús. Su Dios es amor y solo amor. Aunque, condicionado por la idea de Dios del AT, dio un salto en el vacío y nos llevó al Abbá insondable. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios no puede apartarle de su amor. Esta es la verdadera salvación que tenemos que apropiarnos. Es también el fundamento de nuestra confianza en Dios. Confianza absoluta y total porque, aunque quisiera, no puede fallarnos. En esa confianza consiste la fe.

Meditación

El Dios amor no responde a nuestra idea del amor.
Dios es: El que ama, el amado y el amor. Los tres a la vez.
La creación no es más que la manifestación de ese Dios.
En toda criatura queda reflejada su manera de ser.
Descubrirlo sería la meta de toda nuestra vida.

 

Tu dios es un ídolo

Si es un ser frente a los demás seres
Si ha hecho las cosas y sigue manipulándolas
Si te premia si le obedeces y te castiga si no lo haces
Si te vigila desde el cielo para controlarte
Si te ama como amamos los humanos
Si te exige adoración y pleitesía
Si espera sacrificios de ti
Si está dispuesto a hacer lo que tú quieres
Si se siente ofendido
Si te educa con palo y zanahoria
Si le encuentras en un lugar y no en otro
Si tiene privilegios con alguno
Si te salva desde fuera y para el más allá
Si te pide paciencia antes de darte
Si le buscas fuera de ti y del mundo
Si necesita mediaciones
Si es un dios que necesita que le adores
Si es el dios de los buenos
Si me hace caso solo cuando soy bueno

El dios creado por nosotros es siempre un ídolo

Fray Marcos

Comentario – La Santísima Trinidad

Leemos en el evangelio de san Juan: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único. Según esto, el Dios que se ocupa del mundo porque lo ama, porque es suyo, porque es su obra, su creación, tiene Hijo e Hijo único: ese Hijo a quien el Padre entrega y envía al mundo por amor a ese mundo que se halla en vías de perdición; para que no perezca, para que se salve por él, para que los que crean en él obtengan vida eterna.

Esto es lo que Jesús nos da a conocer: que él es históricamente ese Hijo enviado por el Padre para la salvación del mundo; que Dios, el creador del mundo, es su Padre en el sentido más estricto del término; por tanto, alguien que comparte -sin dividirla- su misma naturaleza divina. Por eso los judíos entendieron que Jesús blasfemaba al proclamarse Hijo de Dios, porque se hacía igual a Dios, es decir, Dios con Dios; pero Dios, la grandeza suprema, no podía tener igual.

La proclamación de Jesús como Hijo (único) de Dios se exponía, pues, a una doble censura: a la acusación de diteísmo -un tipo de politeísmo-, puesto que se presentaba como un segundo Dios (Hijo) al lado de Dios (Padre), o también a la de regresar de nuevo a la mitología pagana, que encumbraba a una multiplicidad de dioses emparentados por lazos de consanguinidad, una mitología por otro lado ya superada por antiguas filosofías que entendían la divinidad como una mónada (= entidad única) indivisible e incorruptible.

Pues bien, tras la resurrección, la proclamación de Jesús como Hijo de Dios fue acogida por sus seguidores como parte esencial de la confesión de fe de un cristiano, que no sólo cree en el Dios del Sinaí, el Dios compasivo y misericordioso de Moisés que se pone de parte de su pueblo, sino también en su Hijo Jesucristo, venido al mundo en carne para salvarlo.

Es la fe trinitaria que reflejan salutaciones tan familiares a los primeros cristianos como las que usa san Pablo: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros. Ellos hablaban del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (y bautizaban en su nombre) con toda normalidad y sencillez. Hablaban de ellos en plural, pero no por eso se sentían politeístas, pues no dejaban de entender que Dios es uno, el ser supremo, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de la tradición profética. Pero también tenían conciencia de que con Jesucristo este Dios se había manifestado como Padre de ese Hijo singular. Entre ellos había una misteriosa comunión paterno-filial, una comunión indestructible que sólo pálidamente había dejado sus reflejos en la historia.

Sólo más tarde empezarán a hacerse problema (teológico) de esta confesión. ¿Cómo pretender seguir siendo monoteístas tras reconocer en Jesús a un (segundo) Dios (Hijo) tras el Dios (primero) Padre del que tiene su origen? Es el problema del Dios uno trino: uno en esencia y trino en personas. Y aquí tuvo principio la especulación teológica, pero difícilmente tendrá fin. Entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hay distinción: uno es el que engendra y el otro, el que es engendrado; pero el que engendra no tiene más poder que el engendrado. Son personas distintas, pero no separadas, ni en el espacio, ni en el tiempo, ni en el rango, ni en la constitución natural: la una no es posterior ni inferior a la otra, sino iguales en naturaleza y dignidad.

La Iglesia, en su transcurrir histórico, ha ido descartando opiniones heréticas (sabelianismo, arrianismo, modalismo) y precisando la formulación dogmática; no obstante, el misterio sigue ahí, infranqueable para la mente humana, aunque sumamente elocuente para el que desea oír y entender la realidad del amor de Dios. Dios es amor en sí mismo. Por eso es realidad interpersonal en la que cabe la relación amorosa y se hace necesaria la reciprocidad del amante y el amado y la fecundidad presente no sólo en la generación, sino también en la espiración del Amado común, el Espíritu Santo. Y porque es amor interpersonal en sí mismo, puede amar a otros, fuera de sí, aunque le sean inferiores por ser sus criaturas, puede amarnos a nosotros y constituirnos en personas desde ese amor originante y constitutivo de la personalidad.

Santo Tomás de Aquino, para no hablar de las personas divinas como substancias individuales y de naturaleza espiritual, habló de ellas como relaciones subsistentes. Con este concepto aludía no a las relaciones que hay entre las personas (paternidad, filiación, amistad, hermandad, etc), sino a relaciones que constituyen a las mismas personas, de modo que la paternidad (relación) de Dios es formalmente la persona del Padre, como la filiación constituida es la persona del Hijo. De esta manera, ponía de manifiesto que el constitutivo de la persona (divina) es la relación o que la relación es esencial para la constitución de la persona divina. Y la relación en Dios es siempre el amor, ya tenga éste la modalidad de la paternidad o de la filiedad. Pero se trata siempre del amor.

No debe extrañar que desde este abismo de amor inconmensurable, que es Dios, brote nuestra historia de salvación: la historia a la que pertenece como clave de bóveda la encarnación del Hijo, una encarnación que no tiene otro objetivo que la salvación de ese mundo en el que toma carne humana. La encarnación es, pues, comunión del Dios-Hijo (y con él, del Dios uno y trino) con la humanidad a fin de que, por la fe, la humanidad concernida acabe entrando en esa comunión de amor que es la comunión de las personas divinas: una unidad que no diluye la pluralidad y una pluralidad que no destruye la unidad.

           Este milagro es el que hace posible el amor divino; porque la relación (paternidad) que distingue al Padre del Hijo, constituyéndoles en distintos (personas distintas) es la misma relación que les une; y la relación que les une es también la que les distingue. A mayor relación, mayor unidad; pero también mayor distinción. Tal es el misterio de la comunión trinitaria, al que sólo nos puede acercar la fe, sin descartar la ayuda de la razón. Y sólo la incredulidad nos puede alejar de este misterio de comunión, sumiéndonos en la soledad de una vida sin comunión con Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

88. El Obispo primer responsable de la formación sacerdotal.

La actual y problemática situación del universo juvenil exige especialmente del Obispo que desarrolle un atento discernimiento de los candidatos al momento de su admisión en el seminario. En algunos casos difíciles, será oportuno, en la selección de los candidatos para la admisión en el seminario, someter a los jóvenes a test psicológicos, pero solamente si casus ferat,(234) porque el recurso a tales medios no se puede generalizar y se debe hacer con gran prudencia, para no violar el derecho de la persona a conservar su propia intimidad.(235) En este contexto, se debe también prestar gran atención a la admisión en el seminario de candidatos al sacerdocio provenientes de otros seminarios o familias religiosas. En estos casos, la obligación del Obispo es la de aplicar escrupulosamente las normas previstas por la disciplina de la Iglesia(236) acerca de la admisión en el seminario de los ex seminaristas y ex religiosos y miembros de las Sociedades de vida apostólica. Como manifestación de su primaria responsabilidad en la formación de los candidatos al sacerdocio, el Obispo visitefrecuentemente el seminario, o a los alumnos de la propia diócesis que residan en el seminario interdiocesano o en otro seminario, compartiendo cordialmente con ellos de modo que éstos puedan estar con él. El Obispo considerará tal visita como uno de los momentos importantes de su misión episcopal, en cuanto que su presencia en el seminario ayuda a insertar esta peculiar comunidad en la Iglesia particular, la anima a conseguir la finalidad pastoral de la formación y a dar el sentido de Iglesia a los jóvenes candidatos al sacerdocio.(237)

En tal visita, el Obispo tratará de tener un encuentro directo e informal con los alumnos para conocerlos personalmente, alimentando el sentido de la familiaridad y amistad con ellos para poder ponderar las inclinaciones, actitudes, dotes humanas e intelectuales de cada uno y también los aspectos de su personalidad que necesitan de una mayor atención educativa. Esta relación familiar permitirá al Obispo poder evaluar mejor la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y confrontar su juicio con el de los superiores del seminario, que está a la base de la promoción al sacramento del orden. En efecto, sobre el Obispo recae la última responsabilidad de la admisión de los candidatos a las órdenes sagradas. Su idoneidad le debe resultar probada con argumentos positivos; por eso, si por determinadas razones tiene dudas acerca de un candidato, no lo admita a la ordenación.(238)

El Obispo preocúpese de enviar presbíteros intelectualmente dotados a continuar los estudios en las universidades eclesiásticas, para asegurar a la diócesis un clero académicamente formado y una enseñanza teológica de calidad, y poder disponer además de personas bien preparadas para el ejercicio de los ministerios que exigen una particular competencia. Para obtener mayor fruto de su experiencia de estudios, puede resultar en principio conveniente que estos sacerdotes realicen antes un periodo de ejercicio del ministerio.(239)


234 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 220.

235 Cf. Congregación para la Educación Católica, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 39.

236 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 241 § 3; Congregación para la Educación Católica, Carta circular Ci permettiamo (1986); Instrucción Con la presente.

237 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis, 65-66.

238 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 1052 §§ 1 y 3.

239 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Optatam Totius, 18; Congregación para la Educación Católica, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 82-85.

Lectio Divina – Domingo de la Santísima Trinidad

«¡Dios en efecto ha amado mucho al mundo!
La Trinidad es la mejor comunidad
Juan 3, 16-18

1. Oración inicial

 Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz , que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Una clave de lectura:

– Estos pocos versículos forman parte de una reflexión del evangelista Juan (Jn 3, 16-21), en la que explica a su comunidad de finales del primer siglo el significado del diálogo entre Jesús y Nicodemo (Jn 3, 1-5). En este diálogo, Nicodemo no consigue seguir el pensamiento de Jesús. Y lo mismo sucedía a la comunidad. Algunos de ellos, prisioneros de los criterios del pasado, no entendían la novedad que Jesús había traído. Nuestro texto (Jn 3, 16-18) es una ayuda para superar esta dificultad.

– También la Iglesia ha escogido la lectura de estos tres versículos para la Fiesta de la Santísima Trinidad. Y en efecto, ellos constituyen una clave importante para revelar la importancia del misterio del Dios Trino en nuestra vida. Al hacer la lectura, intentemos tener presente en la mente y en el corazón que, en este texto, Dios es el Padre, el Hijo es Jesús y el amor es el Espíritu Santo. Por esto, no tratemos de penetrar el misterio. ¡Parémonos, hagamos silencio y admiremos!

b) Una división del texto para ayudar a la lectura:
Juan 3, 16-18

Jn 3, 16: Afirma que el amor salvífico de Dios se manifiesta en el don del Hijo.
Jn 3, 17: La voluntad de Dios es salvar y no condenar
Jn 3, 18: La exigencia divina es tener de nuestra parte el valor de creer en este amor.

c) El texto:

16: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
17: Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
18: El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) ¿Qué punto te ha gustado más o cuál ha llamado mayormente tu atención?
b) Mirando bien este texto tan breve, ¿cuáles son las palabras claves que se encuentran?
c) ¿Cuál es la experiencia central del evangelista y de las comunidades, que se transparenta en el texto?
d) ¿Qué nos dice el texto sobre el amor de Dios?
e) ¿Qué nos dice el texto sobre Jesús?
f) ¿Qué afirma el texto sobre el mundo?
g) ¿Qué me revela el texto de mí?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

a) El contexto en el que aparecen las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan:

* Nicodemo era un doctor que pretendía conocer las cosas de Dios. Observaba a Jesús con el libro de la Ley de Moisés en mano, para ver si concordaba la novedad anunciada por Jesús. En la conversación, Jesús hace entender a Nicodemo (y a todos nosotros) que el único modo como alguien pueda entender las cosas de Dios es ¡naciendo de nuevo! Hoy sucede la misma cosa. Muchas veces somos como Nicodemo: aceptamos sólo lo que está de acuerdo con nuestras ideas. El resto lo rechazamos considerándolo contrario a la tradición. Pero no todos son así. Hay muchas personas que se dejan sorprender por los hechos y no tienen miedo de decir: «¡ Nace de nuevo!»

* Cuando el evangelista recoge estas palabras de Jesús, tiene delante de los ojos la situación de las comunidades de finales de siglo y es para ellos para los que escribe. Las dudas de Nicodemo eran también las dudas de las comunidades. Y del mismo modo, la respuesta de Jesús es también una respuesta para las comunidades. Muy probablemente, la conversación entre Jesús y Nicodemo formaba parte de la catequesis bautismal, puesto que el texto dice que las personas deben renacer por el agua y por el Espíritu (Jn 3,6). En el breve comentario que presentamos, centralizaremos las palabras claves que aparecen en el texto y que son palabras centrales en el evangelio de San Juan. Nos sirven como claves de lectura de todo el evangelio.

b) Comentario del texto:

* Juan 3,16: Amar es darse por amor: La palabra amor indica ante todo, una experiencia profunda de relación entre diversas personas. Reúne un conjunto de sentimientos y valores como la alegría, la tristeza, el sufrimiento, el crecimiento, la renuncia, el don de sí mismo, la realización, la donación, el compromiso, la vida, la muerte, etc. En el Antiguo Testamento este conjunto de valores y sentimientos se resume en la palabra hesed que, en nuestras Biblias, generalmente, se traduce por caridad, misericordia, fidelidad y amor.
En el N.T., Jesús reveló este amor de Dios en sus encuentros con las personas. Lo reveló con sentimientos de amistad, de ternura, como, por ejemplo, en su relación con la familia de Marta en Betania: «Jesús amaba a Marta a su hermana y a Lázaro». Llora delante de la tumba de Lázaro (Jn 11, 5,33-36). Jesús afronta su misión como una manifestación de amor: «después de haber amado a los suyos…los amó hasta el fin» (Jn 13,1). En este amor Jesús manifiesta su profunda identidad con el Padre: «Como el Padre me amó, yo también os he amado» (Jn 15.9). Y Él nos dice: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15.12). Juan define así el amor: «Por esto hemos conocido el amor: Él ha dado su vida por nosotros; por tanto también nosotros debemos dar la vida por los hermanos». (1 Jn 2,6). Quien vive el amor y lo manifiesta en sus palabras y en su conducta se convierte en Discípula Amada, Discípulo Amado.

* Juan 3, 17: Amó al mundo y se ofreció para salvar al mundo: La palabra «mundo» se encuentra 78 veces en el evangelio de Juan y con diversos significados. En primer lugar, «mundo» puede significar la tierra, el espacio habitado por los seres humanos (Jn 11,9; 21,25) o la Creación (17,5.24). Aquí, en nuestro texto, «mundo» significa las personas que habitan en esta tierra, toda la humanidad, amada por Dios, que por ella dona su Hijo unigénito (cf. Jn 1,9; 4,42; 6,14; 8,12). Puede también significar un grupo numeroso de personas en el sentido de «todo el mundo» (Jn 12,19; 14,27). Pero en el evangelio de Juan, «mundo» significa sobre todo, aquella parte de la humanidad que se opone a Jesús y se convierte en su «adversario» u «opositor» (Jn 7,4.7; 8,23.26; 9,39; 12,25) Este «mundo» contrario a la práctica liberadora de Jesús, es dominado por el Adversario, Satanás, llamado también «príncipe del mundo» (14,30; 16,11), que persigue y mata a la comunidad de fieles (16,33), creando una situación de injusticia, de opresión, mantenida por los que están en el poder, por los dirigentes, tanto del imperio como de la sinagoga. Ellos practican la injusticia usando para este fin el nombre de Dios mismo (16,2). La esperanza que el evangelio de Juan comunica a la comunidad es que Jesús vencerá al príncipe de este mundo (12,31). El es más fuerte que el «mundo». «Vosotros tendréis tribulación en el mundo, pero tened confianza, yo he vencido al mundo» (16,33).

* Juan 3,18: El Hijo Unigénito de Dios que se da por nosotros: Uno de los títulos más antiguos y más bellos, que los primeros cristianos eligieron para describir la misión de Jesús, es el de «Defensor». En lengua hebrea se dice Goêl. Este término indicaba el pariente más próximo, el hermano más anciano, que debía rescatar a sus hermanos, amenazados de perder sus bienes (cf. Lv. 25, 23-55). Cuando en la época de la deportación a Babilonia, todo el pueblo, incluso el pariente más próximo, lo perdió todo, Dios mismo se convirtió en el Goêl de su pueblo. Lo rescató de su esclavitud. En el Nuevo Testamento, es Jesús el hijo unigénito, el primogénito, el pariente más próximo, el que se convirtió en nuestro Goêl. Este término o título tiene traducciones diversas: salvador, redentor, liberador, abogado, hermano mayor, consolador, y otros más (cf. Lc 2,11; Jn 4,42; Ac 5,31 etc.). Jesús toma la defensa y el rescate de su familia, de su pueblo. Se dio totalmente, completamente, a fin de que nosotros sus hermanos y hermanas pudiésemos nuevamente vivir en fraternidad. Este fue el servicio que el nos dió a todos. Así fue como se cumplió la profecía de Isaías que anunciaba la venida del Mesías Siervo. Y el mismo decía: «El Hijo del Hombre en verdad no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la propia vida en rescate (goêl) por muchos» (Mc 10,45). Pablo expresa este descubrimiento en la siguiente frase: » Me amó y se entregó por mi». (Gal 2,20).

c) El misterio de la Trinidad en los escritos de Juan:

* La fe en la Santísima Trinidad es la fuente y el destino de nuestro credo. Todo lo que afirmamos con toda claridad con respecto a la Santísima Trinidad lo encontramos en el Nuevo Testamento. Allí está encerrado como una semilla que viene abriéndose a través de los siglos. De los cuatro evangelistas, Juan es el que nos ayuda mayormente a comprender el misterio del Dios Trino.

Juan subraya la unidad profunda entre el Padre y el Hijo. La misión del Hijo es la de revelar el amor del Padre (Jn 17,6-8). Jesús llega a proclamar: «Yo y el Padre somos una cosa sola» (Jn 10,30). Entre Jesús y el Padre hay una unidad tan intensa que quienquiera que ve el rostro de uno, ve también el rostro del otro. Y revelando al Padre, Jesús comunica un espíritu nuevo » el Espíritu de la Verdad que procede del Padre» (Jn 15,26). A petición del Hijo, el Padre envía a cada uno de nosotros este nuevo Espíritu para que permanezca en nosotros. Este Espíritu, que nos viene del Padre, (Jn 14,16) y del Hijo (Jn 16, 27-8), comunica la profunda unidad existente entre el Padre y el Hijo (Jn 15,26-27). Los cristianos miraban la unidad de Dios para poder entender la unidad que debía existir entre ellos. (Jn 13, 34-35; 17,21).
Hoy decimos: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Apocalipsis se dice: De Aquel que es, que era y que viene, de los siete espíritus, que están delante de su trono, y de Jesucristo, el testigo veraz, el primogénito de los muertos y el príncipe de los reyes de la tierra (Ap 1, 4-5). Con estos nombres, Juan dice lo que es y lo que piensan las comunidades y esperan en el Padre en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Veamos:

i) El Nombre del Padre: Alfa y Omega. Es – Era – Viene. Omnipotente.

Alfa y Omega. Para nosotros sería A y Z. (cf. Is. 44,6; Ap 1,17). Dios es el principio y el final de la historia. ¡No hay puesto para otro dios! Los cristianos no aceptaban la pretensión del imperio romano que divinizaba a los emperadores. Nada de lo que sucede en la vida puede ser interpretado como una simple fatalidad, fuera de la providencia amorosa de este nuestro Dios.

Es, Era, Viene (Ap 1,4,8; 4,8). Nuestro Dios no es un Dios distante. Ha estado con nosotros en el pasado, está con nosotros en el presente , estará con nosotros en el futuro. El conduce la historia, está dentro de la historia, camina con el pueblo. Una historia de Dios es la historia de su pueblo.
Omnipotente. Era un título imperial de los reyes después de Alejandro Magno. Para los cristianos, el verdadero rey es Dios. Este título expresa el poder creador con el que Dios conduce a su pueblo. El título refuerza la certeza de la victoria y nos obliga a cantar, desde ahora, el gozo del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra (Ap 21,2).

ii) El Nombre del Hijo: Testigo veraz. Primogénito de los muertos. Príncipe de los reyes de la tierra.
Testigo veraz: Testigo es lo mismo que mártir. Jesús tuvo el valor de testimoniar la Buena Nueva de Dios Padre. Fue veraz hasta la muerte y la respuesta de Dios fue la resurrección (Fl 2,9; Hb 5,7).
Primogénito entre los muertos: Primogénito es como decir hermano mayor (Cl 1,18). Jesús es el primero que resucita. ¡Su victoria sobre la muerte vendrá con todos nosotros sus hermanos y hermanas!
Príncipe de los reyes de la tierra. Era un título que la propaganda oficial daba al emperador de Roma. Los cristianos daban este título a Jesús. Creer en Jesús era un acto de rebelión contra el imperio y su ideología.
Estos tres títulos vienen del salmo mesiánico 89, donde el Mesías es llamado Testigo veraz (Sal 89,38), Primogénito (Sal 89, 28), El Altísimo sobre los reyes de la tierra (Sal 89,28). Los primeros cristianos se inspiraban en la Biblia para formular la doctrina.

iii) El Nombre del Espíritu Santo: Siete Lámparas. Siete ojos, Siete espíritus
Siete lámparas: En el Ap. 4,5, se dice que los siete espíritus son las siete lámparas de fuego que arden delante del Trono de Dios. Son siete porque representan la plenitud de la acción de Dios en el mundo. Son lámparas de fuego, porque simbolizan la acción del Espíritu que ilumina, sacia y purifica (Ac 2,1). Están delante del Trono, porque siempre están dispuestos a responder a cualquier deseo de Dios.
Siete ojos: En el Ap 5,6, se dice que el Cordero tiene «siete ojos, símbolo de los siete espíritus de Dios enviados sobre toda la tierra». ¡Qué bella imagen! Basta mirar al Cordero y ver al Espíritu Santo obrando allí donde mira el Cordero, porque su ojo es el Espíritu. ¡Y el siempre mira hacia nosotros!

Siete espíritus: Los siete evocan los siete dones del Espíritu de los que habla Isaías y que se posarán sobre el Mesías (Is 11,2-3). Esta profecía se realiza en Jesús. Los siete espíritus son, al mismo tiempo, de Dios y de Jesús. La misma identificación del Espíritu con Jesús aparece hacia el final de las siete cartas. Es Jesús el que habla en la carta y al final de cada carta nos dice: Quien tenga oídos escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Jesús habla. El Espíritu habla. Es la misma cosa.

6. Salmo 63, 1-9

El anhelo de Dios

Dios, tú mi Dios, yo te busco,
mi ser tiene sed de ti,
por ti languidece mi cuerpo,
como erial agotado, sin agua.
Así como te veía en el santuario,
contemplando tu fuerza y tu gloria,
-pues tu amor es mejor que la vida,
por eso mis labios te alaban-,
así quiero bendecirte en mi vida,
levantar mis manos en tu nombre;
me saciaré como de grasa y médula,
mis labios te alabarán jubilosos.

Si acostado me vienes a la mente,
quedo en vela meditando en ti,
porque tú me sirves de auxilio
y exulto a la sombra de tus alas;
mi ser se aprieta contra ti,
tu diestra me sostiene.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Fiesta de la Santísima Trinidad

Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.

La única definición bíblica de Dios (Éxodo 34,4b-6.8-9)

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia ha mutilado el texto, pero conviene conocerlo entero.

Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando: 

«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Ex 34,6-7).

Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados. Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT: 

«Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,
paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15). 

«El Señor es compasivo y clemente,
paciente y misericordioso; 
no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo. 
No nos trata como merecen nuestros pecados 
ni nos paga según nuestras culpas; 
como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles; 
como dista el oriente del ocaso, 
así aleja de nosotros nuestros delitos; 
como un padres siente cariño por sus hijos, 
siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).

«El Señor es clemente y compasivo,
paciente y misericordioso; 
El Señor es bueno con todos, 
es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).

«Sé que eres un dios compasivo y clemente,
paciente y misericordioso,
que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).

Como consecuencia de lo anterior, Dios se convierte para Moisés en modelo de amor al pueblo: las etapas del desierto han sido momentos de incomprensión mutua, de críticas acervas, de relación a punto de romperse. Ahora, las palabras de Dios mueven a Moisés a interesarse por el pueblo y a demostrarle el mismo amor que Dios le tiene.

El amor de Dios al mundo (Juan 3,16-18)

Este breve fragmento, tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata solo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna. «De tal manera amó Dios al mundo…». La palabra «mundo» puede significar en Juan el conjunto de todo lo malo que se opone a Dios. Pero en este caso se refiere a las personas que lo habitan, a las que Dios ama de una forma casi imposible de imaginar. Dios no pretende condenar, como muchas veces se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida. Una vida que consiste, desde ahora, en conocer a Dios como Padre y a su enviado, Jesucristo, y que se prolongará, después de la muerte, en una vida eterna. En estos meses de pandemia, que nos han puesto en contacto frecuente con la muerte, las palabras de Jesús nos sirven de ánimo y consuelo.

Nuestra respuesta: amor con amor se paga (2 Corintios 13,11-13)

En la primera lectura, Dios se convertía en modelo para Moisés, animándolo al amor y al perdón. En la carta de Pablo a los corintios, Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.

Esta lectura ha sido elegida porque menciona juntos (cosa no demasiado frecuente) a Jesucristo, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En esas palabras se inspira uno de los posibles saludos iniciales de la misa.

José Luis Sicre

Un solo Dios, tres personas

1.- En la bendición solemne de la Misa de Pentecostés –el domingo pasado– se alude al «Dios de los Astros». Es una definición de fuerza y poder. Los astros son nuestro referente de lejanía, grandeza y dimensión. Solo pensar en la inmensidad del espacio interestelar nos da vértigo. Y es obra de Dios, quien a su vez lo mantiene. La mención de Dios de los Astros nos estremece y nos traslada a realidad de nuestra evidente pequeñez. Y, sin embargo, la dimensión histórica –además de transcendente– del mensaje de Cristo es la descripción de Dios –del Dios invisible– como Padre. Ya hemos dicho muchas veces que el termino Abba, en arameo, tiene una traducción que equivale a nuestro «papá» o «papaíto». Cristo nos enseña a llamar al ser omnipresente y omnipotente papaíto. Somos sus hijos y el ejerce su amor y ternura para con nosotros. Y ahí nos surge una primera paradoja de difícil entendimiento.

Y es que dicen muchos sabios que la confirmación de la veracidad del hecho cristiano es que su «discurso» es una continua paradoja. No se dan facilidades para construir una narración lógica y fácil de creer. El misterio de la Santísima Trinidad es, a simple vista, una gran paradoja: un Dios Único que contiene tres Personas y que ellas se han manifestado históricamente. ¿Es Uno, o son Tres? ¿Puede Uno ser Tres? La aplicación de principios coherentes y creíbles a una narración siempre responde al deseo de no descubrir su falsedad. Si ponemos una excusa por haber llegado tarde, buscaremos «resortes narrativos» que resulten verosímiles, aunque no sean ciertos. La paradoja es lo que lleva al hombre a volver sobre sus pasos y reflexionar. Porque si lo que oye no parece una locura, ni es obra de locos, se estará abriendo un mundo más grande que el de nuestra medianía.

2.- La existencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo la expresa Jesús en muchos lugares de los Evangelios. Hoy mismo en el Texto de San Juan Jesús da –digámoslo así– el posicionamiento entre el Padre y el Hijo. La mención de Dios como Padre procede del Antiguo Testamento y lo cierto es que todo el «conjunto narrativo» veterotestamentario no es otra cosa que la historia de un Padre amantísimo dando continuadas oportunidades a un pueblo desobediente para que vuelva a su Amor. Eso sigue ocurriendo dentro del Pueblo de Dios pues nuestras infidelidades y arrepentimientos no dejan de ser una imagen muy similar a las que continuamente se lee en el Antiguo Testamento. En tiempos de Cristo, la religión oficial de Israel «sufría» el efecto del politeísmo pagano. Frente a religiones que tenían muchos dioses había que enfatizar la unidad exclusiva y sin fisuras del Dios Único. A su vez, la filosofía helénica planteaba una idea de Dios inaccesible y solitario. Esto, contradictoriamente, también influyó en los judíos. De hecho quedaba ya muy lejos en el sentir de los judíos ese Dios próximo y dialogante, que tiene como amigo a Moisés o negocia con Abrahán la salvación de Sodoma y Gomorra.

Jesús, en definitiva, fue condenado y muerto por «hacerse» Hijo de Dios. Jesús vino al mundo a comunicar un nuevo conocimiento de Dios. Y dicho conocimiento nos expresa la existencia de tres Personas que conviven en el Amor y en la Palabra. Dios ya no es para nosotros ni lejano, ni solitario. La Trinidad Beatísima no es otra cosa que una nueva dimensión del conocimiento íntimo de Dios que nos ha sido revelado por Jesucristo. Y la aceptación de esa realidad no es fácil, pero no imposible. Siempre hemos dicho que situados nosotros en la presencia de Dios podemos ver las cosas de otra manera. Esa presencia nos ayuda y nos ilumina. Para optar por dicha presencia debemos tener amor y humildad en nuestros planteamientos. La presencia se acrecienta mediante la oración. Y la oración solo puede abrirse hacia Dios con espíritu humilde y con el corazón lleno de amor.

3.- Además hay otras cosas. Si admitimos a Dios con todo su poder no es difícil ver una realidad multipersonal en Él, como una capacidad para asumir diferentes formas y personas dentro de la misma substancia. El misterio de Uno y Tres puede comenzar a entenderse por ahí. Pero además nos da la visión de un Dios que no vive en soledad. Un acto de comunicación amorosa engendró al Hijo y que esa corriente de amor es el Espíritu Santo. Es posible que la idea de Dios de los Astros, de la que hablábamos al principio esté todavía muy dentro de nuestros esquemas y solo podamos ver a un Dios lejano, poderoso y extraordinariamente solo. Eso último no es perfección divina. Sea como sea recomendamos –como decíamos antes– humildad en nuestras posiciones personales al respecto. Cada uno de nosotros debe definir su camino de búsqueda de la realidad divina, ayudado por la Iglesia y por los hermanos. Y, sobre todo, amparados en la confianza de que Jesús no nos va a negar una ayuda para mejor encontrar dicho camino. En su presencia, en su cercanía, vamos a convertir una paradoja en «el encanto cotidiano que es la Sabiduría de Dios.

4.- Los textos bíblicos de la misa de hoy son muy breves en su extensión, como puede comprobarse, pero no así en su contenido profundo. La descripción de las relaciones de Dios con Moisés, narradas en el capitulo 34 del Libro del Éxodo. Moisés en presencia de la magnificencia de Dios pide que adopte al pueblo elegido a pesar de su «dura cerviz». Es lo que decíamos antes sobre el «trabajo continuo» de Dios Padre buscando la adhesión de sus hijos rebeldes. Merece mención especial hoy el Salmo responsorial, no está sacado del Salterio, como suele ser habitual, sino que procede de la oración de Daniel contenida en el capítulo 2 de su Libro y que constituye un vibrante ejercicio de bendición a Dios, tal como citamos en la monición de entrada.

Es Pablo en la Segunda Carta a los Corintios quien nos ofrece la clara bendición Trinitaria, que forma parte del contenido de la Misa. «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros» es el principio de todas las misas. La contribución es importante también en contenido: Cristo es la gracia, el Padre es el amor y el Espíritu la comunión, la interrelación entre las personas de la Trinidad Santísima y con nosotros mismos. Y San Juan en el Evangelio define la misión encargada por el Padre al Hijo: «Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». La esencia trinitaria está en estos textos que hemos leído bien y sobre los cuales nos conviene reflexionar.

Ángel Gómez Escorial

Bajo el aliento del Espíritu

En la campaña contra el coronavirus, el Ministerio de Sanidad lanzó el lema: “Este virus lo paramos unidos”, para destacar la responsabilidad que todos tenemos para detenerlo: con una serie de acciones, muy simples, que cada uno podemos realizar, como lavarnos las manos, quedarnos en casa y salir sólo lo imprescindible, teletrabajar si es posible, hacer caso a los profesionales sanitarios… es suficiente para parar el contagio. Muchas de estas acciones no resultan visibles para el resto de la gente, pero si cada uno las hacemos desde el anonimato, se va a notar positivamente en el conjunto de la lucha contra el coronavirus.

Hoy celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Celebramos a Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas unidas de tal modo en una misma naturaleza divina que forman un solo Dios. ¿Cómo hemos llegado a afirmar esto?

El ser humano es consciente de su limitación y, por mucho que haya alcanzado en su vida, jamás es plenamente feliz: siempre experimenta el anhelo de ir más allá, de alcanzar una felicidad y una plenitud que duren siempre. Esto puede llevarle a buscar y encontrar huellas y signos de “algo” superior a él, que da sentido a toda su existencia. Y ese “algo” es Dios, porque Dios mismo ha puesto en nosotros ese deseo de eternidad, de infinito, para que libremente lo busquemos.

Pero en esa búsqueda de Dios, el ser humano a menudo ha cometido errores. Por eso, fue necesario que Dios mismo se comunicara al ser humano, revelándose a lo largo de la historia humana. Dios ha ido dándose a conocer y el ser humano ha ido descubriendo algunos rasgos de Dios: Santo, Creador, Omnipotente, Eterno, Justo, Misericordioso, Fiel… pero hay algo que nunca hubiéramos ni siquiera imaginado: la vida íntima de Dios, cómo es Dios en sí mismo.

Por eso, Dios mismo dio a conocer su Misterio haciéndose hombre en Jesús: por Él, hemos conocido que Dios es Padre: que nos ha dado la vida y que nos ama con amor de padre. Y como hemos escuchado en el Evangelio, tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él. Así, Jesús no es simplemente un “enviado”, sino que es el Hijo de Dios.

Pero el Hijo de Dios no ha aparecido de repente entre nosotros: fue fruto de la acción del Espíritu Santo en María Virgen. El Espíritu Santo que Jesús, el Hijo, prometió que nos enviaría como Defensor, para recordarnos y enseñarnos a profundizar en lo que el Hijo había anunciado.

Nunca el ser humano hubiera llegado a imaginar que el único “Dios” es Padre, Hijo y Espíritu Sano, “tres Personas en una sola naturaleza” (Prefacio), y que trabajan unidas con un objetivo común: “por nosotros y por nuestra salvación”. Porque el ser humano, aquejado por el “virus del pecado”, había roto su vínculo con Dios y por sí solo no era capaz de recuperarlo. Pero Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él, y por eso el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo trabajan unidos de diferentes formas para detener el “contagio” del pecado, aunque muchas veces no somos conscientes ni parece que notamos esas acciones que llevan a cabo las tres Personas divinas. Pero la Santísima Trinidad está actuando unida en todo momento “por nosotros y por nuestra salvación”, y si nos detenemos a reflexionar, descubriremos el efecto de su “trabajo”.

¿Realizo las acciones que se recomiendan para parar el coronavirus? ¿Pienso que, aunque no se vean, se nota el resultado? ¿Qué pienso del Misterio de la Santísima Trinidad? ¿Creo que las tres Personas divinas están actuando por nuestra salvación, para parar el “contagio” del pecado?

La Santísima Trinidad es un Misterio, un Misterio de Amor infinito, que nunca llegaremos a comprender porque nos supera. Pero esto no es obstáculo para que nosotros podamos acercarnos a Él. Para ello, hay algo muy sencillo que podemos hacer: acostumbrarnos (si no lo hacemos ya) a realizar una “oración diferenciada”, dirigiéndonos al Padre en unas ocasiones, al Hijo en otras, y al Espíritu Santo en otras. Algo tan simple nos hará crecer en intimidad con Dios, que fructificará en una mayor experiencia de la presencia en nuestra vida de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que trabajan unidos para parar los efectos del pecado y que alcancemos la salvación y la vida eterna.