Vísperas – Lunes X de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES X TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ahora que la noche es tan pura,
y que no hay nadie más que tú,
dime quién eres.

Dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas a mí que estoy tan necesitado
y por qué te separas sin decirme tu nombre.

Dime quién eres tú que andas sobre la nieve;
tú que, al tocar las estrellas, las haces palidecer de hermosura;
tú que mueves el mundo tan suavemente,
que parece que se me va a derramar el corazón.

Dime quién eres; ilumina quién eres;
dime quién soy también, y por qué la tristeza de ser hombre;
dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón,
tú que andas sobre la nieve.

Dímelo ahora que tiembla todo mi ser en libertad,
ahora que brota mi vida y te llamo como nunca.
Sostenme entre tus manos, sostenme en mi tristeza,
tú que andas sobre la nieve. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 2, 13

No cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y digámosle suplicantes:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Señor Jesús, haz que todos los hombres se salven
— y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa y a nuestro obispo,
— ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que buscan trabajo,
— y haz que consigan un empleo digno y estable.

Sé, Señor, refugio del oprimido
— y su ayuda en los momentos de peligro.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para bien de tu Iglesia:
— que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus pobres siervos, hemos realizado hoy, al llegar al término de este día, acoge nuestra ofrenda de la tarde, en la que te damos gracias por todos los beneficios que de ti hemos recibido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes X de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas; y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 5,1-12
Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

3) Reflexión

• A partir de hoy, inicio de la 10ª Semana del Tiempo Ordinario, hasta final de la 21ª Semana del Tiempo Ordinario, los evangelios estarán sacados del evangelio de Mateo. A partir del inicio de la 22ª Semana del Tiempo Ordinario, hasta fin del año litúrgico, estarán sacados del evangelio de Lucas.

• En el Evangelio de Mateo, escrito para las comunidades de judíos convertidos de Galilea y Siria, Jesús es presentado como el nuevo Moisés, el nuevo legislador. En el AT la Ley de Moisés fue codificada en cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Imitando el modelo antiguo, Mateo presenta la Nueva Ley en cinco grandes Sermones dispersos en el evangelio: a) el Sermón del Monte (Mt 5,1 a 7,29); b) el Sermón de la Misión (Mt 10,1-42); c) El Sermón de las Parábolas (Mt 13,1-52); d) el Sermón de la Comunidad (Mt 18,1-35); e) El Sermón del Futuro del Reino (Mt 24,1 a 25,46). Las partes narrativas, intercaladas entre los cinco Sermones, describen la práctica de Jesús y muestran como él observaba la nueva Ley y la encarnaba en su vida.

• Mateo 5,1-2: El solemne anuncio de la Nueva Ley. De acuerdo con el contexto del evangelio de Mateo, en el momento en que Jesús pronunció el Sermón del Monte, había apenas cuatro discípulos con él (cf. Mt 4,18-22). Poca gente. Pero una multitud inmensa le seguía (Mt 4,25). En el AT, Moisés subió al Monte Sinaí para recibir la Ley de Dios. Al igual que Moisés, Jesús sube al Monte y, mirando a la multitud, proclama la Nueva Ley. Es significativo : Es significativa la manera solemne como Mateo introduce la proclamación de la Nueva Ley: “Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo:«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.” Las ocho Bienaventuranzas forman una solemne apertura del “Sermón de la Montaña”. En ellas Jesús define quien puede ser considerado bienaventurado, quien puede entrar en el Reino. Son ochos categorías de personas, ocho puertas para entrar en el Reino, para la Comunidad. ¡No hay otras entradas! Quien quiere entrar en el Reino tendrá que identificarse por lo menos con una de estas categorías.

• Mateo 5,3: Bienaventurados los pobres de espíritu. Jesús reconoce la riqueza y el valor de los pobres (Mt 11,25-26). Define su propia misión como la de “anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4,18). El mismo, vive como pobre. No posee nada para sí, ni siquiera una piedra donde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Y a quien quiere seguirle manda escoger:¡o Dios, o el dinero! (Mt 6,24). En el evangelio de Lucas se dice: “¡Bienaventurados los pobres!” (Lc 6,20). Entonces, ¿quién es “pobre de espíritu”? Es el pobre que tiene el mismo espíritu que animó a Jesús. No es el rico. Ni es el pobre como mentalidad de rico. Es el pobre que, como Jesús, piensa en los pobres y reconoce su valor. Es el pobre que dice: “Pienso que el mundo será mejor cuando el menor que padece piensa en el menor”.

1. Bienaventurados los pobres de espíritu  => de ellos es el Reino de los Cielos
2. Bienaventurados los mansos => heredarán la tierra
3. Bienaventurados los que lloran => serán consolados
4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia => serán saciados
5. Bienaventurados los misericordiosos => obtendrán misericordia
6. Bienaventurados los limpios de corazón => verán a Dios
7. Bienaventurados los que trabajan por la paz => serán hijos de Dios
8. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia => de ellos es el Reino de los Cielos

• Mateo 5,4-9: El nuevo proyecto de vida. Cada vez que en la Biblia se intenta renovar la Alianza, se empieza estableciendo el derecho de los pobres y de los excluidos. Sin esto, ¡la Alianza no se rehace! Así hacían los profetas, así hace Jesús. En las bienaventuranzas, anuncia al pueblo el nuevo proyecto de Dios que acoge a los pobres y a los excluidos. Denuncia el sistema que ha excluido a los pobres y que persigue a los que luchan por la justicia. La primera categoría de los “pobres en espíritu” y la última categoría de los “perseguidos por causa de la justicia” reciben la misma promesa del Reino de los Cielos. Y la reciben desde ahora, en el presente, pues Jesús dice “¡de ellos es el Reino!” El Reino ya está presente en su vida. Entre la primera y la última categoría, hay tres otras categorías de personas que reciben la promesa del Reino. En estos tres dúos transpare el nuevo proyecto de vida que quiere reconstruirla en su totalidad a través de un nuevo tipo de relaciones: con los bienes materiales (1er dúo); con las personas entre sí (2º dúo); con Dios (3er dúo). La comunidad cristiana debe ser una muestra de este Reino, un lugar donde el Reino empieza a tomar forma desde ahora.

• Los tres: Primera dúo: los mansos y los que lloran: Los mansos son los pobres de los que habla el salmo 37. Se les quitó su tierra y la van a heredar de nuevo (Sal 37,11; cf Sal 37.22.29.34). Los afligidos son los que lloran ante la injusticia en el mundo y entre la gente (cf. Sl 119,136; Ez 9,4; Tob 13,16; 2Pd 2,7). Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación con los bienes materiales: la posesión de la tierra y el mundo reconciliado.

Segundo dúo: los que tienen hambre y sed de justicia y los misericordiosos. Lo que tienen hambre y sed de justicia son los que desean renovar la convivencia humana, para que esté de nuevo de acuerdo con las exigencias de la justicia. Los misericordiosos son los que tienen el corazón en la miseria de los otros porque quieren eliminar las desigualdades entre los hermanos y las hermanas. Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación entre las personas mediante la práctica de la justicia y de la solidaridad.

Tercer dúo: los puros de corazón y los pacíficos: Los puros de corazón son los que tienen una mirada contemplativa que les permite percibir la presencia de Dios en todo. Los que promueven la paz serán llamados hijos de Dios, porque se esfuerzan para que la nueva experiencia de Dios pueda penetrar en todo y realice la integración de todo . Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación con Dios: ver la presencia actuante de Dios en todo y ser llamado hijo e hija de Dios.

• Mateo 5,10-12: Los perseguidos por causa de la justicia y del evangelio. Las bienaventuranzas dicen exactamente lo contrario de lo que dice la sociedad en la que vivimos. En ésta, el perseguido por la justicia es considerado como un infeliz. El pobre es un infeliz. Feliz es el que tiene dinero y puede ir al supermercado y gastar según su voluntad. Los infelices son los pobres, los que lloran. En la televisión, las novelas divulgan este mito de la persona feliz y realizada. Y sin darnos cuenta, las telenovelas se vuelven el patrón de vida para muchos de nosotros. ¿Quizás si en nuestra sociedad todavía hay lugar para estas palabras de Jesús: “¡Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia y del evangelio! ¡Felices los pobres! ¡Felices los que lloran!”? Y para mí que soy cristiano y cristiana, de hecho ¿quién es feliz?

4) Para la reflexión personal

• Todos queremos ser felices. ¡Todos y todas! Pero ¿somos realmente felices? Por qué sí? ¿Por qué no? ¿Cómo entender que una persona puede ser pobre y feliz al mismo tiempo?
• ¿Cuáles son los momentos en tu vida en que te has sentidor realmente feliz? ¿Era una felicidad como la que fue proclamada por Jesús en las bienaventuranzas, o era de otro tipo?

5) Oración final

Alzo mis ojos a los montes,
¿de dónde vendrá mi auxilio?
Mi auxilio viene de Yahvé,
que hizo el cielo y la tierra. (Sal 121,1-2)

Yo soy el pan vivo

El recuerdo

Recordar es para el pueblo de Israel, comunidad religiosa surgida de la Alianza con Dios, tal como se manifiesta se observa en diferentes pasajes del Antiguo Testamento, un verdadero acto religioso. Recordar no es solo una actividad de nuestro psiquismo, es también una acción religiosa, porque por medio del recuerdo se hace memoria viva del paso salvador de Dios en la historia del pueblo de Israel. El recuerdo está unido a dos hechos constitucionales de la comunidad israelita: la liberación de la esclavitud de Egipto y la alianza entre el pueblo liberado y el Dios liberador. Ambos hechos poseen al mismo tiempo una dimensión histórica y una dimensión religiosa.

Israel está firmemente convencido que Dios está detrás de su libertad conquistada a los egipcios. Siente que Dios mismo, con la guía de Moisés, es el verdadero artífice de los distintos sucesos históricos que van a culminar con el paso del Mar Rojo y la travesía por el desierto hacia la Tierra Prometida. La liberación por parte de Dios se prolonga en la travesía del desierto. El recuerdo de esta travesía cristalizará en la memoria de los orígenes de Israel como Pueblo de Dios y terminará haciendo de ella un ‘memorial’ cuando se sepa y se reconozca a sí misma como ‘distinta y escogida’ entre las distintas naciones y pueblos.

Dios mismo quiere ser recordado como libertador, verdadero origen de la libertad, y como único artífice y arquitecto de esa liberación. Se trata de un Dios único y trascendente, rico en misericordia y compasivo con los que le invocan, que no se deja manipular por los hombres y que no tolera la idolatría, es decir, la acción de falsos dioses que distorsionan y distraen la verdadera salvación que Él trae y otorga, por pura gracia, a al pueblo de su elección. No son los hombres quienes eligen a Dios, sino Dios mismo quien sale al encuentro de ellos.

La comunión 

Entre el Dios liberador y el pueblo liberado se van a dar mutuas relaciones: “Yo seré para ellos… y ellos serán para mí…” El pueblo no puede subsistir sin la misericordia de Dios, capaz de sacar agua de la roca más dura o de alimentar a una muchedumbre, y Dios quiere recibir por parte del hombre ofrendas y sacrificios que manifiesten su grandeza y su paso decisivo en la historia, no porque Dios lo necesite de por sí o en sí, sino como gesto de entrega al mismo Pueblo, como expresión de su propia libertad y de su compromiso por mantenerla.

La unión común entre Dios y el hombre o la común unión entre el hombre y Dios son las notas que muestran que la suerte del pueblo no es indiferente para Dios, que sigue cuidándolo y acompañándolo, y que el pueblo necesita a Dios para que no pierda su dignidad ni se extravíe entregando su libertad a ídolos o falsos dioses. La comunión es un acto religioso de mutuo reconocimiento entre Dios y su pueblo.

Comulgar, ya en cristiano, no es solo recibir un sacramento, es estar comprometido con una llamada y con un seguimiento. Comulgar quiere decir compartir, hacerse solidario. Dios, por así decir, se superó a sí mismo, tras la liberación de la esclavitud de Egipto y la constitución del pueblo de Israel, con la Encarnación de su Hijo. La solidaridad de Dios con el hombre llega hasta el extremo en Jesús, confesado como el Cristo, quien dio su vida por toda la humanidad.

Para siempre

Desde el comienzo de la Creación el aliento de Dios está presente en lo creado, de modo especial en el hombre. El viejo pacto entre el Dios del Antiguo Testamento y el Pueblo de Israel, se ha convertido en Jesús, Hijo de Dios, en Nueva Alianza que alcanza a toda la humanidad, sin que importe ya la raza, la lengua o el género.

La fidelidad de Dios hacia su pueblo se ha convertido en Jesús en promesa de vida eterna, en una eternidad que transciende el tiempo histórico y que va más allá de nuestra muerte corporal. En su comunión con Él participamos ya, como enseñan los Padres de la Iglesia, de la divinización porque toda la humanidad está orientada a ver a Dios cara a cara y a morar en su santuario.

La actual pandemia por el Covid-19 nos está retando como humanidad. No hay país o grupo humano que esté libre de esta lacra. Cada día algo es más claro: solo podremos superarla con el esfuerzo y el aporte de todos. Tenemos la oportunidad de crear nuevos lazos de encuentro y comunión solidaria entre todos. Ojalá que al salir de esta crisis seamos todos mejores personas, más preocupados, solícitos y solidarios con la suerte de los demás y comprometidos con nuestro planeta.

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.

Comentario – Lunes X de Tiempo Ordinario

En el mensaje de las Bienaventuranzas se concentra lo más genuino de la enseñanza de Jesús. Así lo han visto muchos exegetas y comentaristas del evangelio. Porque se trata de una enseñanza de carácter moral ligada a una promesa de felicidad, como reconoce el mismo evangelista cuando dice: y él se puso a hablar, enseñándolesDichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Si las bienaventuranzas recogen el pensamiento de Jesús sobre la actitud que hay que tener en la vida para ser felices, la primera sintetiza el mensaje de todas las demás; pues «pobres» son también los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los perseguidos por causa de la justicia, los insultados y calumniados, etc. Pues bien, Jesús declara ‘dichosos’ a los pobres.

La declaración, en su simplicidad, resulta paradójica. Nosotros no solemos poner la dicha en la pobreza, si por pobreza entendemos ‘carencia’ de bienes o de medios; más bien la ponemos en la ‘posesión’ de salud, de bienestar, de conocimientos, de afectos. Pero si leemos con detenimiento y en su integridad la formulación de la primera bienaventuranza, tampoco Jesús pone la dicha en la pobreza como simple carencia de bienes materiales o espirituales. Por eso Mateo, queriendo interpretar debidamente el pensamiento del Maestro, añade: «en el espíritu»: pobres en el espíritu o de espíritu, como dicen otras traduccionesY la pobreza de espíritu no es un simple factum o un simple status social: una situación en la que uno ha nacido o en la que uno está porque las circunstancias de la vida le han llevado a ella, sino un estado anímico, una actitud de desprendimiento que le puede llevar a la pobreza efectiva en razón de la renuncia aplicada a sus bienes o del desprendimiento de los mismos a favor de los pobres.

Esta actitud es la que hizo de Francisco de Asís el poverello di Asisi o de Antonio el abad Antonio. Luego para merecer la bienaventuranza de Jesús no basta con ser o haber nacido simplemente ‘pobre’. Uno podría ser pobre en este sentido y al mismo tiempo vivir ambicionando las riquezas y el lujo de los ricos o, de no conseguirlo, en el resentimiento y la envidia hacia los que tienen aquello de lo que él no puede disponer. Este pobre sería más bien un ‘rico de espíritu’, pues su corazón estaría tan apegado a las riquezas que desea como el corazón de los ricos a las riquezas que poseen. Pero la bienaventuranza no se queda siquiera ahí, en los pobres de espíritu, pues no proclama dichosos a los pobres de espíritu porque son ‘de espíritu pobre’, sino porque de ellos es el Reino de los cielos.

Y aquí no se habla ya de carencia, sino de posesión. El Reino de los cielos es una posesión de incalculable valor en el pensamiento de Jesús: lo más valioso que se pueda tener en este mundo. La dicha de los pobres en el espíritu está en esta posesión, en que de ellos es el Reino de los cielos; y lo es ya, aunque no lo sea del todo o en su totalidad; pues del Reino de los cielos sólo se puede entrar en plena posesión traspasada la frontera de la muerte. Con la muerte en el horizonte de nuestra vida no se puede poseer plenamente el Reino de los cielos. Aun así, los que toman posesión de esta realidad, serán dichosos –no sin sufrimiento ni incertidumbres- en el presente. Pero se declara dichosos a los pobres, porque entre la pobreza de espíritu y la posesión del Reino hay una estrecha correlación. En realidad, sólo los pobres de espíritu, es decir, los desprendidos de este mundo y sus ofertas, están en disposición de acoger la oferta traída por Jesús.

Es verdad que la llamada pobreza de espíritu puede convertirse en una estratagema para encubrir un apego efectivo a los propios bienes o para soslayar la llamada a la solidaridad y al desprendimiento efectivo en bien de los miserables de este mundo. También lo es que hay muchos pobres en situación de miseria que no tienen opción para desprenderse de nada, porque no tienen nada. Bueno, esto nunca es del todo cierto. También entre los miserables de este mundo hay verdaderos actos de desprendimiento y de renuncia por el bien de otros que son aún más pobres o que están en situación de huéspedes o de peregrinos, actos que no se ven en el mundo de la abundancia. Aquí hay pobres que además son pobres de espíritu. Quizá su situación de pobreza material les hace más disponibles para adquirir la pobreza de espíritu.

Entre los ricos, en cambio, la pobreza de espíritu exige un mayor acto de desprendimiento: algo que puede conseguirse o por el camino del hastío provocado por el disfrute de los bienes materiales, o por la llamada imperiosa de la caridad en su contacto con las extremas necesidades de algunos de nuestros convecinos o contemporáneos que viven en la miseria y la marginación social. Puesto que lo que hace realmente dichosos es vivir en este Reino de paz, de justicia y de amor que anticipa el ‘cielo’ en la tierra, y dado que para acceder a él tenemos que vivir no sólo en la justicia, sino en el amor y la paz, habrá que adquirir esta actitud que nos permite compartir unos bienes que nos han sido dados para disfrute común y que hace posible esa vida de amor y paz de la que queremos gozar. Sin ella, ni pobres ni ricos podrán entrar en posesión del Reino; pues la ‘pobreza de espíritu’ es un requisito imprescindible para vivir en semejante situación de bienaventuranza; porque sin la pobreza de espíritu no hay libertad para compartir ni para amar; sin la pobreza de espíritu tampoco hay espacio para la paz en el sentido más profundo del término.

La dicha de los sufridos, y los que lloran, y los que tienen hambre y sed de la justicia, y de los misericordiosos, y de los limpios de corazón, y de los que trabajan por la paz, y de los perseguidos, insultados y calumniados, también radica en lo que obtendrán con su paciencia, su misericordia y su limpieza de corazón: la tierra, el consuelo, la saciedad, la misericordia, la filiación divina, la visión de Dios; en suma, el Reino de los cielos. Ésta es siempre la recompensa, una recompensa que no se completará hasta el final, pero de la que ya se puede disfrutar en esta vida; porque en esta vida ya hay consuelo para los que lloran, saciedad para los hambrientos y misericordia para los misericordiosos. También hay ‘visión’ o experiencia de Dios en forma de perdón, de protección o de consuelo. Es verdad que la saciedad nunca será completa en este mundo, ni la misericordia debidamente correspondida; y para ver a Dios cara a cara necesitamos un cuerpo con otra capacidad de visión, el cuerpo transformado de los resucitados. Pero, mientras tanto, ya podemos gozar de esta dicha que es realidad y promesa, presente y futuro, temporal y eterna.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

89. El Obispo y la comunidad educativa del seminario.

El Obispo elija con particular atención al Rector, al Director Espiritual, a los Superiores y a los Confesores del seminario, los cuales deben ser los mejores entre los sacerdotes de la diócesis, destacar por devoción y sana doctrina, conveniente experiencia pastoral, celo por las almas y especial actitud formativa y pedagógica; y si no dispone de ellos, pídalos a otras diócesis mejor provistas. Es oportuno que los formadores gocen de cierta estabilidad y tengan residencia habitual en la comunidad del seminario. Al Obispo corresponde también una atención y preocupación particular por su especial preparación, que sea verdaderamente técnica, pedagógica, espiritual, humana y teológica.(240)

Mientras se avanza en el itinerario formativo, el Obispo solicite a los superiores del seminario informaciones precisas acerca de la situación y el aprovechamiento de los alumnos. Con prudente anticipación, asegúrese mediante escrutinios de que cada uno de los candidatos sea idóneo para las sagradas órdenes y esté plenamente decidido a vivir las exigencias del sacerdocio católico. No actúe jamás con precipitación en una materia tan delicada y, en los casos de duda, más bien difiera su aprobación hasta que no se haya disipado toda sombra de falta de idoneidad. En el caso de que el candidato no sea considerado idóneo para recibir las sagradas órdenes, comuníquesele con tiempo el juicio de no idoneidad.(241)

Son asimismo responsables de la formación integral al sacerdocio todos los profesores del seminario, también quien se ocupa de materias no directamente teológicas, y para tal encargo deben ser nombrados solamente aquellos que se distingan por una segura doctrina y tengan suficiente preparación académica y capacidad pedagógica. El Obispo vigile atentamente a fin de que cumplan con diligencia su tarea, y si alguno se separa de la doctrina de la Iglesia o da mal ejemplo a los alumnos, lo aleje con decisión del seminario.(242)

En casos particulares, y según la naturaleza de la disciplina científica, el encargo de profesor del seminario puede ser confiado también a laicos que sean competentes y den ejemplo de auténtica vida cristiana.(243)

Con los responsables del seminario, el Obispo mantenga frecuentes contactos personales, como signo de confianza, para animarlos en su acción y permitir que entre ellos reine un espíritu de plena armonía, comunión y colaboración.


240 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis, 66; Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Gregis, 48; Congregación para la Educación Católica, Directivas sobre la preparación de los educadores en los seminarios, 73-75.

241 Cf. Congregación para la Educación Católica, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 40-41.

242 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 259 § 2; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis, 67.

243 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 259 § 2; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis, 66.

Homilía – Corpus Christi

EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

 

1.- El pan para el camino (Dt 8, 2-3.14b-16a)

El Deuteronomio pone en boca de Moisés reflexiones sobre el desierto y su duro recorrido hacia la tierra de la libertad: un camino largo, arduo y, en ocasiones, doloroso. Un camino de purificación: «El camino que el Señor Dios te ha hecho recorrer, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones». El camino de la vida, el camino que, tantas veces, se hace cuesta arriba… El camino recorrido con el resto de los hombres, teniendo en el Señor su meta, «si guardas sus preceptos».

El texto del Deuteronomio subraya el carácter de aflicción y de prueba que el desierto significa. El tono de discernimiento. «Si guarda sus preceptos o no» hace del desierto la gran imagen de la vida del hombre, probado tantas veces en el crisol del sufrimiento, externo e interno.

En ese contexto, resalta con más fuerza el maná como alimento para un camino duro. Un maná/alimento inesperado, que se funde con el don de la Palabra. Porque es un alimento que recuerda y que remite a otro tipo de comida: «Que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Alimento del maná, gratuito y memorial. Recuerdo permanente de la acción liberadora del Señor. Al comerlo, «no te olvides del Señor tu Dios, que te sacó de la esclavitud de Egipto».

 

2.- El nuevo pan para construir la unidad (1Cor 10, 16-17)

El antiguo maná era imagen del pan nuevo, ofrecido y recibido desde la dimensión personal: Jesucristo mismo, entregado y recibido por todos en el pan y el vino de la Eucaristía.

De ese nuevo alimento compartido, subraya Pablo su fuerza de comunión: Comunión con Cristo: el cáliz nos todos en la sangre de Cristo; el pan nos une a todos con el cuerpo del Señor. Y comunión de unos con otros en el Señor: «Formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan».

Ya no vale expresar distancias con quien hemos comulgado, con aquel duro refrán español: «Tú y yo, ¿cuándo hemos comido en el mismo plato?». La Eucaristía compartida quita sentido a esa pregunta En cada celebración y en las celebraciones de todo el mundo, muchos, muchísimos, «comemos el mismo pan»… Permanece una pregunta inquietante: ¿Formamos un mismo cuerpo, el cuerpo eclesial del Señor?… Y, machaconamente, la Eucaristía nos recuerda que en ella alimentamos la unidad de la Iglesia y de que, por ella, la Iglesia/comunión no deja de crecer y fortalecerse.

3.- El pan para la vida eterna (Jn 6, 51-58)

El cuarto evangelio ensancha los horizontes del camino y le da un nuevo sentido a la meta: ya no es sólo el paso por el desierto caminando hacia la tierra, para asegurar un «pedazo de subsistencia».

La vida es un camino más largo, porque su meta supera un puro destino terreno. Se trata ahora, en Cristo, de vivir con Dios para siempre. Vida eterna ofrecida como para todo el mundo. «Mi carne para la vida del mundo».

Un camino que precisa de extraordinario alimento: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo»…: «Si duro es el lenguaje, sabroso es el consuelo/ de saber por la fe lo que no ven nuestros ojos». Jesús, ofrecido y recibido como pan y como vino. «La carne y la sangre», la vida entera del Hijo, entregada en sacrificio y ofrecida ahora a todo aquel que la comulga. Comer y beber a Cristo como alimento de vida eterna. «Mi carne es verdadera comida y sangre es verdadera bebida».

Pablo subrayaba (segunda lectura) la comunión eclesia derivada de Jesús-Eucaristía; el cuarto evangelio insiste en la unión personal: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Unión llamada a transformar la vida entera en vida nueva de Cristo: «El que come mi carne vivirá por mí».

El maná, en el desierto, queda sólo como imagen de este nuevo alimento: «Vuestros padres lo comieron y murieron; el que come de este pan (quien come la Eucaristía) vivirá para siempre».

La fuerza del pan vivo

El Pan de la Palabra…, la elocuencia del Trigo
y del Vino que alegra el corazón humano…
¡Qué claridad restalla la sombra del arcano
en la mesa que nutre el corazón amigo!

Aquí allega valor la sangre del testigo,
la virgen acicala su corazón lozano,
aguza el confesor su lenguaje galano
y la piedad encuentra acomodo y abrigo…

«Jesús es el pan que ha bajado del cielo…».
Si duro es el lenguaje, sabroso es el consuelo
de saber por la fe lo que no ven los ojos…

Corre certero el Verbo al corazón abierto,
transformando en oasis su inhóspito desierto
y en flores de virtud sus punzantes abrojos…

 

Pedro Jaramillo

Jn 6, 51-58 (Evangelio Corpus Christi)

El pan de una vida nueva, resucitada

El texto de Juan es una elaboración teológica y catequética del simbolismo del maná, el alimento divino de la tradición bíblica, que viene al final del discurso sobre el pan de vida. Algunos autores han llegado a defender que todo el discurso del c. 6 de Jn es más sapiencial (se entiende que habla de la Sabiduría) que eucarístico. Pero se ha impuesto en la tradición cristiana el sentido eucarístico, ya que Juan no nos ha trasmitido la institución de la eucaristía en la última cena del Señor.

Este discurso de la sinagoga de Cafarnaún es muy fuerte en todos los sentidos, como es muy fuerte y de muy altos vuelos toda la teología joánica sobre Jesús como Logos, como Hijo, como luz, como agua, como resurrección. Se trata de fórmulas de revelación que no podemos imaginar dichas por el Jesús histórico, pero que son muy acertada del Jesús que tiene una vida nueva. Desde esta cristología es como ha sido escrito y redactado el evangelio joánico.

El evangelio de Juan, con un atrevimiento que va más allá de lo que se puede permitir antropológicamente, habla de la carne y de la sangre. Ya sabemos que los hombres ni en la Eucaristía, ni en ningún momento, tomamos carne y sangre; son conceptos radicales para hablar de vida y de resurrección. Y esto acontece en la Eucaristía, en la que se da la misma persona que se entregó por nosotros en la cruz. Sabemos que su cuerpo y su sangre deben significar una realidad distinta, porque El es ya, por la resurrección, una persona nueva, que no está determinada por el cuerpo y por la sangre que nosotros todavía tenemos. Y es muy importe ese binomio que el evangelio de Juan expresa: la eucaristía-resurrección es de capital importancia para repensar lo que celebramos y lo que debemos vivir en este sacramento.

El evangelista entiende que comer la carne y beber la sangre (los dos elementos eucarísticos tradicionales) lleva a la vida eterna. Es lo que se puso de manifiesto en la tradición patrística sobre la “medicina de inmortalidad”, y lo que recoge Sto. Tomás en su antífona del “O sacrum convivium” como “prenda de la gloria futura”. Y es que la eucaristía debe ser para la comunidad y para los individuos un verdadero alimento de resurrección. Ahora se nos adelanta en el sacramento la vida del Señor resucitado, y se nos adentra a nosotros, peregrinos, en el misterio de nuestra vida después de la muerte.

Esta dimensión se realiza mediante el proceso espiritual de participar en el misterio del “verbo encarnado” que en el evangelio de Juan es de una trascendencia irrenunciable. No debe hacerse ni concebirse desde lo mágico, sino desde la verdadera fe, pues de lo contrario no tendría sentido. Por tanto, según el cuarto evangelio, el sacramento de la eucaristía pone al creyente en relación vital y personal con el verbo encarnado, que nos lleva a la vida eterna.

1Cor 10, 16-17 (2ª lectura Corpus Christi)

La koinonía de la Eucaristía

Los textos neotestamentarios de la eucaristía que poseemos son fruto de un proceso histórico, por etapas, que parten de la última cena de Jesús con sus discípulos, y que en casi la totalidad de los mismos tenían un marco pascual. Por consiguiente, trasmitir las palabras de Jesús sobre el pan y sobre la copa es hacer memoria (zikaron) de su entrega a los hombres como acción pascual para la Iglesia. Nuestro texto de hoy, de todas formas, no es el de las palabras de la última cena sobre el pan y sobre la copa (cf 1Cor 11,23-26), sino una interpretación de Pablo del doble rito de la eucaristía: sobre el cáliz de bendición y sobre al pan.

Es un texto extremadamente corto, pero sustancial. Expresa uno de los aspectos inefables de la Eucaristía con el que Pablo quiere corregir divisiones en la comunidad de Corinto. La participación en la copa eucarística (el cáliz de bendición)es una participación en la vida que tiene el Señor; la participación en el pan que se bendice es una participación en el cuerpo, en la vida, en la historia de nuestro Señor.

De estos dos ritos eucarísticos, Pablo desentraña su dimensión de koinonía, de comunión. Participar en la sangre y en el cuerpo de Cristo es entrar en comunión sacramental (pero muy real) con Cristo resucitado. ¿Cómo es posible, pues, que haya divisiones en la comunidad? Este atentado a la comunión de la comunidad, de la Iglesia, es un “contra-dios”, porque dice en 1Cor 12,27 “vosotros sois el cuerpo de Cristo”.Sabemos que esta es una afirmación de advertencia a los “fuertes” de la comunidad que rompen la comunión con los débiles.

¿Cómo es posible que la comunidad se divida? Esto es un atentado, justamente, a lo más fundamental de la Eucaristía: que hace la Iglesia, que la configura como misterio de hermandad y fraternidad. Podemos adorar el sacramento y las divisiones quedarán ahí; pero cuando se llega al centro del mismo, a la participación, entonces las divisiones de la comunidad entre ricos y pobres, entre sabios e ignorantes, entre hombres y mujeres, no pueden mantenerse de ninguna manera.

Dt 8, 2-3. 14-16 (1ª lectura Corpus Christi)

El maná para atravesar el desierto

La Iª Lectura de Deuteronomio 8,2-3.14-16 nos habla del maná, que ha sido en la Biblia el símbolo de un “alimento divino en el desierto”. Ya se han dado varias explicaciones de cómo podían los israelitas fabricar el maná con plantas características de la región. Pero podemos imaginarnos que ellos veían en esto la mano de Dios y la fuerza divina para caminar hacia la tierra prometida. Por eso no podemos menos de imaginar que el “maná” haya sido mitificado, porque fue durante ese tiempo el pan del desierto, es decir, la vida. La simbología bíblica del maná, pues, tiene un peso especial, unido a la libertad, a la comunión en lo único y más básico para subsistir y no morir de hambre: eran como el pan de todos.

Es determinante este aspecto de la travesía del desierto, después de salir de Egipto, en la pobreza y la miseria de un lugar sin agua y sin nada, ya que ello indica que Dios no solamente da la libertad primera, sino que constantemente mantiene su fidelidad. En las tradiciones bíblicas de la Sabiduría, de las reflexiones rabínicas, y en el mismo evangelio de Juan, nos encontraremos con el maná como la prefiguración de los dones divinos. El texto del Deuteronomio invita a recordar el maná, “un alimento que tú no conocías, ni tampoco conocieron tus antepasados” (Dt 8,3). Era lógico, ya que era un alimento para el desierto y del desierto, aunque la leyenda espiritual lo haya presentado como alimento venido del cielo.

El maná era solamente para el día (Ex 16,18), sin estar preocupados por el día siguiente y por los otros días. Y era inútil, por las situación de calor del desierto, guardarlo, ya que llegaba a pudrirse (Ex 16,19-20; cf. Lc 12,13-21.29-31). También de esto la leyenda espiritual sacó su teología: a Israel se le enseñaba así a tener verdadera confianza en la providencia misericordiosa de Dios. En el desierto, el israelita era llamado a la fe–confianza.

El Deuteronomio hace una llamada a la “memoria” del pueblo, para “que no se olvide del Señor, su Dios” (Dt 8,14). El recordar la liberación de la esclavitud de Egipto por medio de la mano potente del Señor (Dt 8,14), como también el recuerdo de la experiencia humillante pero necesaria del desierto (v. 16), tienen la función esencial de colocar como fundamento de la existencia la presencia amorosa del Señor en la historia. Todo esto se hace memoria” (zikaron, en hebreo), que ha de tener tanta importancia para el sentido de la eucaristía e incluso para que este texto del Deuteronomio haya sido escogido en la liturgia del “Corpus”.

Comentario al evangelio – Lunes X de Tiempo Ordinario

A partir de hoy, la liturgia comienza a proponernos la lectura diaria del evangelio Mateo. La inicia con el sermón de la montaña, cuyo pórtico de entrada son las bienaventuranzas: un plato dulce para unos y ácido para otros. Curiosamente, también el salterio comienza con un anuncio parecido: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos” (Sal 1,1). Se ha dicho a menudo que las bienaventuranzas son el evangelio, dentro del evangelio. Lo cual no deja de ser un poco extraño por diversas razones. Porque aluden a grupos humanos marginados, oprimidos, perseguidos, maltratados o, simplemente carentes de esperanza. Y, en particular, porque los presenta como modelos de discipulado. Los amigos de Jesús deben aspirar a ser así. Porque Jesús es también así.

¿Qué efectos pudo producir una declaración como ésta a los oyentes? Más aún, ¿qué reacción desencadena mí, al oírla de nuevo, imaginando que fuera la primera vez que la escucho?

  • ¿Sorpresa? Eso mismo les produjo a los oprimidos, necesitados y descartados. Iban a salir de su penosa situación. Eso suponía una transformación muy, muy, muy radical del conjunto de la sociedad y de sus estructuras… Quienes han sufrido tanto, por fin van a ser consolados, compensados… y así, por las buenas. Si eso es cierto y se cumple, su alegría sería descomunal, apoteósica…
  • ¿Perplejidad? Eso fue lo que produjo en los poderosos. Si el reino de Dios iba a pasar a manos de los últimos, ¿qué podría acarrear eso para quienes tenían el dinero y el poder? ¿Qué suerte les esperaría en el nuevo estado de cosas? Además, ¿sería posible una transformación tan radical sin violencia? ¿Con qué costos?
  • ¿Incomodidad? Esas afirmaciones podían desatar también un frío silencio de incomodidad. Porque los colectivos que Jesús señala como dichosos hoy siguen siendo recusados: los pobres son considerados como vagos, maleantes, sospechosos, indeseables; ni siquiera la expresión “pobres de espíritu” se salva, porque no nos aclaramos sobre lo que Jesús intentaba proponer con esa fórmula; la mansedumbre es no es nada popular porque hoy lo que fascina es ser agresivos; una persona misericordiosa, si no humilla con su compasión, es injusta, porque ya se sabe: “el que la hace, la debe pagar”; trabajar por la pazes tarea de ilusos porque ¿de verdad que es posible crear la paz en una familia rota, en un lugar de trabajo o en un país dividido en partidos e ideologías…? Y alegrarse por meterse en persecuciones y complicaciones es de necios o de insensatos.

No es fácil entender estas propuestas. No lo es. Ni siquiera suponiendo una compensación futura para sus seguidores. Pero, Jesús mantiene su invitación a encarnar estas virtudes en el presente. Al hacerlo nos convertimos en las personas que él pretende que seamos, participamos en su reino y nos hacemos sus discípulos. Y así somos dichosos. Pero, no explica cómo sucederá eso. Solo pide confianza y probar.

Juan Carlos Martos, cmf