La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

2.- CONVERSACIÓN CON UNA MUJER SAMARITANA

Jn 5, 5-42

Llegó la pequeña comitiva al pozo en el que, siglos antes, Jacob abrevaba a sus ganados. Este pozo era el fin obligado de una etapa del camino que se había iniciado a primeras horas del día. Era alrededor de la hora sexta, mediodía, y los discípulos siguieron hasta la cercana ciudad para comprar alimentos. El Señor, fatigado del camino, cansado, se sentó junto al pozo. Quizá ha preferido quedarse solo.

Su descanso se vio interrumpido por la llegada de una mujer que venía a sacar agua del pozo. Jesús, sediento, le pidió agua: Dame de beber, le dice.

La sed de Jesús era real, pero la petición tenía algo de insólito porque los judíos no le dirigían la palabra a los samaritanos, y mucho menos a una mujer. Esta petición revela además la pobreza de Jesús, que no tiene el pequeño cuero que todos los peregrinos llevaban consigo para sacar agua. Jesús podía haber esperado el regreso de sus discípulos. De hecho, ellos llegan cuando el Maestro está todavía hablando con la mujer y, como anota san Juan, esta conducta les produjo gran extrañeza. La misma samaritana no ocultó su asombro: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? Ha conocido que Jesús es judío por el vestido o por el habla o por la misma dirección del viaje.

El Señor ha pospuesto la sed y el cansancio, los prejuicios de la época y las rencillas vecinales a la conquista del alma de esta mujer. Él siempre tuvo con las mujeres un trato especialmente delicado, que contrastaba con las costumbres de la época, y supo sacar a la superficie lo mejor del alma femenina.

Jesús no entró en la cuestión que planteaba la mujer. Su respuesta alcanzaba el corazón de verdades no reveladas todavía: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva[1].

Cuando le habló a Nicodemo de nacer otra vez, este lo entendió en el sentido corriente de las palabras. La samaritana pensó también en un manantial abundante, como el que alimentaba el pozo. ¿Quién era aquel peregrino cansado que pretendía darle agua sin tener medios para sacarla? Con todo, le trata con gran respeto:

Señor –le dice–, no tienes ni con qué sacar agua y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas, pues, el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebió él, sus hijos y sus ganados?

El agua viva tiene doble sentido. Uno material: el agua que mana y corre, en oposición al agua estancada de las cisternas. Aquí tiene un sentido trascendente: es el agua que da la vida eterna, como el pan vivo, la única que puede saciar la sed del hombre; es la gracia de Cristo, Cristo mismo.

Jesús le respondió: Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá nunca sed. Además, esta agua que da Jesús se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna.

La mujer, con bastante ingenuidad, piensa que se refiere al agua corriente, a la que ella necesita cada día: Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni deba venir hasta aquí a sacarla.

Jesús hablaba de la vida de la gracia; por eso se enfrenta con el obstáculo principal que se opone a ella: el pecado. Anda, le dice, llama a tu marido y vuelve aquí. Y, con toda sencillez, la mujer respondió: No tengo marido.

Su sinceridad le abre las puertas a la gracia. El Señor conocía bien su situación moral:

Bien has dicho no tengo marido, pues cinco has tenido y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad.

Estas palabras tuvieron sobre ella un efecto semejante a las que Jesús dirigió a Natanael: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas bajo la higuera, yo te vi.

Comenzó la mujer a llamarle: Señor… Ahora está convencida de que es un profeta: aquel peregrino ¡conoce su vida y los secretos de su corazón!, ¡lee en su alma!

Esta mujer que, a pesar de su mala vida anterior, tiene un sentido religioso profundo, pregunta en qué lugar se puede encontrar y adorar a Dios:

Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén.

Era la vieja cuestión, que afectaba a la esencia de la vida religiosa de aquellos dos pueblos: la legitimidad del lugar donde debía darse culto a Dios. Los judíos consideraban el Templo de Jerusalén como el único en el que se debía alabar a Yahvé. Su Templo era único, y era el centro de todo. Por el contrario, los samaritanos reclamaban también la legitimidad para el santuario del monte Garizín, que estaba destruido.


[1] Si conocieras el don de Dios. La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed… La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (cfr. san Agustín, quaest. 4, 4) (cfr. Catecismo, n. 250).