I Vísperas – Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

I VÍSPERAS

EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Amor de los amores,
cantemos al Señor.
¡Dios está aquí! Venid, adoradores;
adoremos a Cristo Redentor.

¡Gloria a Cristo Jesús! Cielos y tierra,
bendecid al Señor.
¡Honor y gloria ti, Rey de la gloria;
amor por siempre a ti, Dios del amor!

¡Oh Luz de nuestras almas! ¡Oh Rey de las victorias!
¡Oh Vida de la vida y Amor de todo amor!
¡A ti, Señor cantamos, oh Dios de nuestras glorias;
tu nombre bendecimos, oh Cristo Redentor!

¿Quién como tú, Dios nuestro? Tú reinas y tú imperas;
aquí te siente el alma; la fe te adora aquí.
¡Señor de los ejércitos, bendice tus banderas!
¡Amor de los que triunfan, condúcelos a ti! Amén.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables.

SALMO 147: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo

Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

LECTURA: 1Co 10, 16-17

El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

RESPONSORIO BREVE

R/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

R/ El hombre comió pan de ángeles.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Qué bueno es, Señor, tu espíritu! Para demostrar a tus hijos tu ternura, les has dado un pan delicioso bajado del cielo, que colma de bienes a los hambrientos, y deja vacíos a los ricos hastiados.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Qué bueno es, Señor, tu espíritu! Para demostrar a tus hijos tu ternura, les has dado un pan delicioso bajado del cielo, que colma de bienes a los hambrientos, y deja vacíos a los ricos hastiados.

PRECES

Cristo nos invita a todos a su cena, en la cual entrega su cuerpo y su sangre para la vida del mundo. Digámosle:

Cristo, pan celestial, danos la vida eterna.

Cristo, Hijo de Dios vivo, que mandaste celebrar la cena eucarística en memoria tuya,
— enriquece a tu Iglesia con la constante celebración de tus misterios.

Cristo, sacerdote único del Altísimo, que encomendaste a los sacerdotes ofrecer tu sacramento,
— haz que su vida sea fiel reflejo de lo que celebran sacramentalmente.

Cristo, maná del cielo, que haces que formemos un solo cuerpo todos los que comemos del mismo pan,
— refuerza la paz y la armonía de todos los que creemos en ti.

Cristo, médico celestial, que por medio de tu pan nos das un remedio de inmortalidad y una prenda de resurrección,
— devuelve la salud a los enfermos y la esperanza viva a los pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, rey venidero, que mandaste celebrar tus misterios para proclamar tu muerte hasta que vuelvas,
— haz que participen de tu resurrección todos los que han muerto en ti.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado X de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas; y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 5,33-37
«Habéis oído también que se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vuestro lenguaje: `Sí, sí’ `no, no’: que lo que pasa de aquí viene del Maligno.

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy, Jesús hace la relectura del mandamiento: “No jurar el falso”. Y aquí también, va más allá de la letra, busca el espíritu de la ley y trata de indicar el objetivo último de este mandamiento: alcanzar la trasparencia total en la relación entre las personas. Aquí vale aplicar lo que ya dijimos respecto de los mandamientos: “No matar” y “No cometer adulterio”. Se trata de una nueva manera de interpretar y poner en práctica la Ley de Moisés desde la nueva experiencia de Dios como Padre/Madre que Jesús nos trae. Jesús relee la ley a partir de la intención que Dios tenía al proclamarla, siglos atrás, en el Monte Sinaí.

• Mateo 5,33: Se dijo a los antepasados: No perjurarás. La ley del AT decía: “No jures el falso”. Y aumentaba diciendo que la persona tiene que cumplir con sus juramentos para con el Señor (cf. Núm 30,2). En la oración de los salmos se dice que solamente puede subir a la montaña de Yavé y llegar al lugar santo “aquel que tiene las manos inocentes y el corazón puro, que no confía en los ídolos, ni hace juramento para engañar” (Sal 24,4). Lo mismo se dice en diversos otros puntos del AT (Ecl 5,3-4), pues tiene que poder confiar en las palabras del otro. Para favorecer esta confianza mutua, la tradición había inventado una ayuda al juramento. Para dar fuerza a su palabra, la persona juraba por alguien o por algo que era mayor que ella y que podría llegar a castigarla en caso de que no cumpliera lo que prometió. Y así es hasta hoy. Tanto en la iglesia como en la sociedad, hay momentos y ocasiones en que se exigen juramentos solemnes de las personas. En el fondo, el juramento es la expresión de la convicción de que nunca se puede confiar enteramente en la palabra del otro.

• Mateo 5,34-36: Pues yo os digo que no juréis en modo alguno. Jesús quiere sanar esta deficiencia. No basta “no jurar el falso”. Va más allá y afirma: “Pues yo os digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. . Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro.. Juraban por el cielo, por la tierra, por la ciudad de Jerusalén, por la propia cabeza. Jesús muestra que todo esto es remedio que no cura el dolor de la falta de trasparencia en la relación entre personas. ¿Cuál es la solución que propone?

• Mateo 5,37: Sí, sí. No, no. La solución que Jesús propone es ésta: “Diga apenas ‘sí’, cuando es ‘sí’; y ‘no’, cuando es ‘no’. Que lo que pasa de aquí viene del Maligno». El propone la honradez total y radical. Nada más que esto. Lo que pasa de aquí, viene del Maligno . Aquí, de nuevo, nos encontramos ante un objetivo que quedará siempre ante nosotros y que nunca llegaremos a cumplir del todo. Es otra expresión del nuevo ideal de justicia que Jesús propone: Sed perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Jesús elimina desde la raíz cualquier intento de crear en mí la convicción de que me salvo por mi observancia de la ley. Nadie podrá merecer la gracia de Dios. Ya no sería gracia. Observamos la Ley, no para merecer la salvación, sino para agradecer de corazón la inmensa bondad gratuita de Dios que nos acoge, perdona y salva sin algún merecimiento de nuestra parte.

4) Para la reflexión personal

• ¿Cómo es mi observancia de la ley?
• Alguna vez, ¿he experimentado en mi vida algo de la bondad gratuita de Dios?

5) Oración final

Bendigo a Yahvé, que me aconseja;
aun de noche me instruye la conciencia;
tengo siempre presente a Yahvé,
con él a mi derecha no vacilo. (Sal 16,7-8)

Cuestiones personales

1.- Conmemoramos hoy la permanencia real de Cristo en la tierra, bajo las especies de pan y vino, en la Eucaristía. Es algo tan grande que sólo es posible explicarlo, partiendo de algo muy íntimo. Y así, en mi experiencia personal arroja un balance de enorme importancia la recepción diaria del Santísimo Sacramento. No se trata de presumir de piedad. Responde a una necesidad que tiene mucho de espiritual, pero que también incide en lo físico.

La presencia innegable de Jesús en las formas de pan y vino comunica una corriente espiritual fehaciente. No es solamente un rito sacralizado por la fe. Es una realidad que transforma, aquieta, perdona y enriquece. Siempre hay un antes y un después en la recepción de la Santa Eucaristía. Muchos días se llega a la misa cotidiana con problemas, aprensiones, tristezas, distracciones o dudas. Gran parte de todos esos problemas van a aclararse. Nuestro cuerpo, alma y pensamiento han cambiado después de recibir a Jesús. No es un espejismo, no es una falsa emoción. Hay momentos en que el fruto del Santo Sacramento es recibir –por ejemplo– un mayor tino para todas las cosas y, sobre todo, en las de índole espiritual.

2.- No es posible dejar de proclamar tal efecto real de un don espiritual. El mayor bien «terreno» que podemos dar a nuestros hermanos es comunicarles lo que sentimos a la hora de recibir el Cuerpo de Cristo. Y la mejor ayuda es –si ellos no lo sienten– predibujarles tales dones. Porque el alimento espiritual que supone la recepción del Cuerpo y Sangre de Jesucristo es fundamental para construir nuestra identidad total como cristianos, con todo lo que eso significa y debe significar. Por todo ello debemos celebrar esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo con especial dedicación. Pidiendo a Jesús que nos ilumine y que nos «regale» de manera fehaciente su presencia. Y una vez que seamos capaces de aprehender esos dones, hemos de esforzarnos por comunicárselos a nuestros hermanos.

3.- Hay brillantes exhortaciones, en los textos litúrgicos de la Misa de hoy, a la unidad de los cristianos en torno al Cuerpo y Sangre de Cristo. «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan». Lo dice Pablo en la Carta Primera a los Corintios. Jesús en el evangelio de San Juan lo expresa sin la menor ambigüedad: «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Esa unidad en torno a la Eucaristía debería ser un proyecto común para todos. La corriente ecuménica de estos tiempos, la búsqueda de la unidad de las Iglesias, tiene cada vez más fuerza en el pensamiento común de los cristianos. Ciertamente, que hay un buen número de Iglesias que abandonaron el uso de la Eucaristía tras la Reforma. Hay otras, como las Iglesias Ortodoxas y la anglicana, que el Misterio Eucarístico está presente en sus liturgias. El camino de la Unidad debería ir desplazando todo aquello que separa y reforzando todo lo que une y, además, es común en las celebraciones. Nos parece que dedicar la fiesta de la Santísima Sangre y Cuerpo de Cristo a la unidad de los cristianos es una lección muy acertada.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado X de Tiempo Ordinario

Jesús sigue poniendo en un platillo de la balanza lo dicho (en forma de mandato) a los antiguos y en el otro lo que él mismo dice, con el objetivo de dar plenitud a la ley: Sabéis que se mandó a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus votos al Señor». Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Ni jures por su cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno. Jurar, según la definición clásica, es afirmar o negar algo poniendo a Dios por testigo. Con esta acción se pretende refrendar o dar más peso veritativo al propio testimonio, implicando a Dios en el mismo. Sin embargo, fuera de ciertos ámbitos públicos o judiciales, esta práctica puede convertirse fácilmente en un uso indebido del nombre de Dios. Pero la Ley dice también: No tomarás el nombre de Dios en vano. Invocar el nombre de Dios (¡te lo juro por Dios!) para incrementar la fuerza de un testimonio puede ser tomar ese nombre en vano.

Lo que prohibía la Ley, no obstante, no era el juramento, sino el perjurio, esto es, el juramento en falso o con mentira. No se prohibía el juramento porque se invocase «sin razón suficiente» el nombre de Dios, sino porque se hacía contra la verdad, y a Dios se le estaba involucrando como testigo (y en cierto modo valedor) de una falsedad. En la base de este mandamiento está aquel otro que dice: No mentirás ni darás falso testimonioPerjurar es una modalidad del mentir. Jurar con mentira no sólo es faltar a la verdad en el testimonio, sino también denigrar a la autoridad invocada como testigo o garante. Si esta autoridad es Dios se está haciendo claramente un uso indebido de su nombre.

Quizá para evitar todos estos abusos asociados a la práctica del juramento, Jesús afirma con rotundidad: No juréis en absoluto: no sólo no juréis por Dios; ni siquiera juréis por el cielo, por la tierra o por Jerusalén, porque tales cosas están ligadas a Dios, el cielo como su trono, la tierra como estrado de sus pies, y Jerusalén como ciudad en la que reina; no jures siquiera por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro un solo pelo de la misma, es decir, porque no tienes dominio sobre ella, ni eres su dueño, porque no te perteneces a ti mismo. La responsabilidad de un testimonio, formulado afirmativa o negativamente, es únicamente del que testifica. Pretender asegurar la veracidad del mismo mediante la invocación por juramento de una autoridad asociada viene a ser casi una indecencia. El peso de la prueba debe estar en el que la aporta.

A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno, que no hace sino enredar las cosas. Jesús invita a sus discípulos a hablar con verdad y simplicidad, limitándose a decir sí cuando es sí y no cuando es no, sin más aditamentos, sin necesidad de juramentos añadidos, y asumiendo enteramente la responsabilidad del propio testimonio.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Comentario – Sábado X de Tiempo Ordinario

(Mt 5, 33-37)

Cuando Jesús quiere llevarnos a un cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios no sólo nos pide un cambio del corazón o una «interiorización» de la ley. Pide también una forma de vivir y una manifestación exterior de lo que queremos y somos por dentro. Esa es una de las características del evangelio de Mateo.

No se trata de oponer lo interior a lo exterior o de quedarnos solamente con las buenas intenciones de nuestro interior, se trata de lograr una armonía entre nuestra intimidad y nuestra forma de actuar.

Este texto nos muestra que cuando Jesús nos invita a buscar la perfección, también nos propone un cambio en lo que hacemos y en lo que decimos. Por eso nos indica que no basta con evitar los juramentos falsos, sino que es necesario vivir de tal manera que no sea necesario jurar.

Si cuando decimos «sí» luego es realmente sí, entonces los demás no necesitarán exigirnos juramentos para creer en nuestra palabra. Las personas que necesitan acudir a muchos testigos y jurar ampulosamente para lograr que crean en su palabra, tienen que preguntarse si no es necesario un cambio de fondo en su forma de actuar para que su palabra sea más digna de crédito.

Y recordemos que hay un hermoso modelo de un «sí» que fue siempre sí, un sí verdaderamente fiel hasta permanecer de pie junto a la cruz de su hijo: el sí de María. Ella no necesitaba jurar.

Oración:

«Señor, libérame de la falsedad y de las palabras mentirosas; concédeme la coherencia entre mis palabras y mi vida para que los demás puedan creer en mí y no necesite demostrar la verdad de lo que diga».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

94. Relaciones de los diáconos entre ellos.

Como los Obispos y los presbíteros, los diáconos constituyen un orden de fieles unidos por vínculos de solidaridad en el ejercicio de una actividad común. Por eso, el Obispo debe favorecer las relaciones humanas y espirituales entre los diáconos, de manera que les lleven a gustar una especial fraternidad sacramental. Lo podrá realizar utilizando los medios de formación permanente de los diáconos y también mediante reuniones periódicas, convocadas por el Obispo para evaluar el ejercicio del ministerio, intercambiar experiencias y recibir una ayuda para perseverar en la llamada recibida.

Los diáconos, como los otros fieles y clérigos, tienen el derecho de asociarse con otros fieles y clérigos para acrecentar la propia vida espiritual y llevar a cabo obras de caridad o de apostolado conformes al estado clerical y no contrarias al cumplimiento de sus propios deberes.(257) Pero tal derecho de asociación no debe acabar en un corporativismo para tutelar los intereses comunes, pues se trataría de una imitación impropia de los modelos civiles, inconciliable con los vínculos sacramentales que unen a los diáconos entre sí, con el Obispo y con los demás miembros del Orden sagrado.(258)


257 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 278.

258 Cf. Congregación para el Clero, Declaración Quidam Episcopi, IV; Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes, 7; 11.

¡Sois mi cuerpo!

1.- Festividad del Corpus Christi: si Dios baja, hasta la mesa del altar, es para que nosotros luego descendamos –junto con El y por El- a los innumerables altares del mundo donde se sacrifican ilusiones y esperanzas, sueños e inquietudes.

El Cuerpo y la Sangre del Señor, no pueden quedarse en la invisibilidad de las cosas y de los acontecimientos. Sus amigos (y esos amigos somos nosotros) somos los que tenemos que dar “cuerpo” y “sangre” a un evangelio que siendo conocido por muchos no es vivido por tantos como pensamos ni creemos. Tampoco, en toda su perfección, por nosotros mismos.

¿Quién no recuerda aquella famosa historia del Cristo sin brazos? No podemos olvidarnos de las personas que no tienen rostro porque les ha sido arrebatado su honra o de aquellos otros que no tienen brazos porque los han dejado mutilados sin derecho a réplica ni defensa. El Cristo sin brazos, en esta festividad del Corpus, es un Cristo que, cuando lo comulgamos, se sumerge en nuestras entrañas para que formemos parte de su cuerpo. Es entonces, cuando automáticamente, nos convertimos en nuevos cristos para un viejo mundo que necesita, aunque no se de cuenta, de un alimento que lo aleje de la extenuación física y psíquica a la que está sometido.

2.- ¿Somos de verdad el cuerpo del Señor allá donde estamos? ¿Dicen de nosotros, por nuestros modos y maneras, actitudes y palabras, éste se nota que es cuerpo de Jesús? ¿Preferimos el anonimato y el camino fácil, el aplauso de los medios, la falsa discreción antes que dar la cara en aquellas situaciones que requieren nuestro anuncio o denuncia?

3.- La Solemnidad del Corpus Christi nos trae a la memoria la comunión con Jesús y la comunión con los hermanos. No podemos contentarnos exclusivamente con unas carantoñas y besos, miradas perdidas o halagos ante un Cristo bonito. No podemos caer en la tentación, en este día del Corpus, de reverenciar al Señor que sale a la calle en histórica custodia o acariciarle con una lluvia de pétalos. A continuación, y después de eso (que está muy bien) hemos de dar el siguiente paso de rescatar y recuperar el cuerpo de su mensaje y de su acción evangelizadora: que todos los hombres, especialmente los más pobres, descubran la presencia de un Dios que ama con locura. Y los pobres, sobre todo en la situación que nos preocupa, son ciudadanos que viven como si Dios no existiera, cristianos que han sido bautizados y viven como si no lo estuvieran, creyentes que formaron parte de la gran familia de la Iglesia y que se han vuelto en su contra, representantes que, en su torpeza e intolerante progresismo, se mofan injustamente a los pies del Santo Sepulcro de Jerusalén de los símbolos de la Pasión de Jesús. ¿Éstos, no son pobres?

Solemnidad del Cuerpo Christi. Es el día de los que formamos esa gran familia de los hijos de Dios. Estamos llamados a manifestar públicamente (la procesión del Corpus es una manifestación de fe, pero manifestación) la gran riqueza que muchos se pierden todos los domingos, el gran memorial que Jesús nos dejó en Jueves Santo, el gran milagro que –todos los días- tiene lugar en miles de altares, la gran fuerza que expulsa toda debilidad, el gran misterio que nos va abriendo puertas para un entrar cara a cara y hablar de tú a tú con el Dios que nos salva.

4.- Fiesta del Corpus Christi. Con este pan, hoy sobre todo, nos crecemos, nos hacemos los valientes, para no cejar en nuestro empeño evangelizador. En este día, mirando a Jesús Sacramentado, desaparece el egoísmo (que es la ausencia de Dios) y reaparece la caridad (que es el latir del corazón de Dios a favor del hombre).

Si «no comprometerse» ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso (Juan Pablo II, Christi fideles Laici 3).

No es que Cristo esté oculto en el mundo. Es más bien al contrario: muchos cristianos permanecen tan ocultos en la política y en la familia, en la empresa, en la cultura, en los organismos donde se toman ciertas decisiones etc., que, es entonces, cuando Cristo enmudece, se paraliza y se hace invisible, no por El, sino por aquellos que somos su cuerpo y nos resistimos a movernos y presentarnos en su nombre.

La custodia labrada en oro o de plata, volverá al museo con un letargo que durará todo un año. Los cristianos, por el contrario, como “custodias de carne y hueso”, lejos de dormir, seguiremos llevando a Cristo y pregonándolo a los cuatro vientos todos y cada uno de los días del año. Aunque no nos echen pétalos.

Javier Leoz

Banquete fraternal

1.- Una comida en familia no tiene nada que ver con un banquete de sociedad, donde se va por conveniencia, a presumir, a aparentar, a encontrarse con personas importantes que le pueden servir a uno, a intercambiar tarjetas de visita, a chocar manos y hacerse fotografías. Banquetes programados más con la calculadora de la cabeza que llenos de amistad de corazón, donde tantas veces entra uno solo y sale de allí solo.

2.- La Eucaristía es un banquete, pero no puede ser un banquete así como lo dicho anteriormente. En su misma raíz, en su misma institución el Señor marca muy claro el ambiente de una Eucaristía: cena de amigos, tan amigos que el de más autoridad de ellos lava los pies a los demás. Cena de amigos en la que se coló de rondón también uno que entro solo y marchó solo, cuando fuera era ya de noche.

Y desde aquella primera cena de amigos la Iglesia Primitiva entendió la Eucaristía como cena de hermanos, a la que cada uno traía lo que podía, para cenar todos juntos, y para llevar luego a los que no habían venido y estaban necesitados.

Eucaristía es esencialmente co-munión (común unión) participación, muchos unidos en uno. Nos reunimos y nos sentamos a la mesa del Señor los que somos hermanos, los que por ser pueblo de Dios somos pueblo de hermanos, a los que nos unen los mismos ideales, una misma fe, un solo bautismo, un solo Señor y Padre.

Tan estrecha es esa unión que nos hace uno en el cuerpo de Cristo, porque al recibir al Señor, que es vida, nos comunica la misma vida de Dios. Todos nosotros vivimos con una misma energía vital, la misma que hace vivir a Dios.

Diríamos que nuestros corazones laten con los mismos latidos de Dios y laten al unísono con Dios y por tanto al unísono con los que participan en esa misma mesa.

Por eso en la oración de los fieles pedimos unos por otros. En el Padre Nuestro, hijos del mismo Padre, pedimos para todos el pan nuestro de cada día. Pedimos que nos congregue en la unidad a los que participamos del Cuerpo de Cristo. Pedimos juntos por los difuntos de todos nosotros. Y nos damos la paz como hermanos.

3.- A esto viene el que nos reunamos cada semana y nos sentemos a la misma mesa. A que esa vivencia de pueblo de hermanos se profundice, eche raíces en nuestros corazones y que al salir de la misa nos sintamos más hermanos.

Que no entremos en la Iglesia solos y nos marchemos tan solos como entramos.

Que el “podéis ir en paz” no signifique una liberación de una obligación que teníamos que cumplir y que la hemos cumplido ya hasta la próxima semana. Que signifique algo para nosotros el haber estado, juntos un buen rato.

Qué hermoso sería que saliéramos de aquí charlando unos con otros, conocidos y desconocidos, hermanados en la comunión de un mismo pan.

¿Al final de esta Eucaristía nos sentiremos mas hermanos o cada uno marcharemos solos, tan solos como entramos?

José Maria Maruri, SJ

Nadie sin futuro

1.- El concilio Vaticano II nos enseñó que la Eucaristía es «fuente y cima de la vida cristiana» (LG 11). Y el Papa Juan Pablo II nos recordó hace dos años que «la Iglesia vive de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia). En efecto, no existe la comunidad cristiana si no celebra el sacramento de la Eucaristía, pero tampoco hay auténtica Eucaristía, si no hay una verdadera comunidad cristiana. Porque la Eucaristía es un banquete, ágape, una fiesta de comunión de hermanos. No puede haber Comunión si no hay comunión de vida. A menudo olvidamos que no sólo comulgamos con Cristo, también lo hacemos con los hermanos. Por tanto, absténgase de participar en ella aquellos que no quieren vivir el valor de la fraternidad.

2.- El Jueves Santo celebrábamos el día de la institución de la Eucaristía. En el sacrificio eucarístico, actualizado en nuestras Eucaristías, Jesús entrega su vida por nosotros. Hay muchas semejanzas entre las palabras de Jesús en los relatos de la institución recogidos por los sinópticos y el evangelio de Juan. En aquellos se habla de cuerpo entregado y sangre derramada por nosotros. En el discurso del capítulo 6 de cuarto evangelio hay una explicación del signo de la multiplicación de los panes, que Jesús acababa de realizar. Hay también en él una mención explicita al cuerpo. Verdadera comida, y sangre, verdadera bebida: el que come su carne y bebe su sangre habita en El. Pero aquí se subraya mucho más el aspecto del banquete y el compartir.

Sólo celebramos bien la Eucaristía si tenemos los mismos sentimientos de Jesús. La fracción del pan, expresión con la que los primeros cristianos designaban la Eucaristía, refleja perfectamente lo que Jesús quiso mostrarnos al partirse y repartirse por nosotros. No olvidemos que el altar no sólo es «ara» para el sacrificio, es también mesa del compartir. Cuando ponemos el mantel y adornamos la mesa del altar estamos significando que allí se va a celebrar una comida fraterna. Y en esta mesa nadie está excluido. A ella están invitados todos: el parado que busca desesperado un trabajo, el inmigrante que se siente rechazado, el anciano que vive su soledad, el joven desesperado, la mujer explotada. Aquí no hay rechazo, ni soledad, ni explotación; aquí hay acogida, ayuda y solidaridad.

3.- La fiesta del Corpus Christi es también el «Día de caridad». Parece muy adecuado recordar este día el significado de la Eucaristía, para no quedarnos sólo en el ritualismo, sin darnos cuenta de qué es lo que se celebra. Este año el lema es «nadie sin futuro», subrayando que toda la celebración eucarística es una invitación a la solidaridad, a poner en común nuestros dones y nuestros corazones. Una persona que vive la Eucaristía estará dispuesta a abrir sus brazos a los hermanos, a lavar los pies y hacerse pan compartido. Nadie debe quedar excluido, todos hemos de estar al servicio de los últimos, para que todos puedan mirar el futuro con esperanza. Como nos decía la madre Teresa de Calcuta «lo importante no es cuanto hacemos, sino cuánto amor, cuánta honestidad y cuánta fe ponemos en lo que hacemos». Es cuestión de actitudes y comportamiento. Sólo adoremos a Jesús en el sacramento del altar si vivimos el sacramento del amor al hermano que está a nuestro lado. En palabras de San Agustín: «Preocúpate de aquél que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a Aquél con quien desees permanecer eternamente».

José María Martín OSA

Cada domingo

Para celebrar la eucaristía dominical no basta con seguir las normas prescritas o pronunciar las palabras obligadas. No basta tampoco cantar, santiguarnos o darnos la paz en el momento adecuado. Es muy fácil asistir a misa y no celebrar nada en el corazón; oír las lecturas correspondientes y no escuchar la voz de Dios; comulgar piadosamente sin comulgar con Cristo; darnos la paz sin reconciliarnos con nadie. ¿Cómo vivir la misa del domingo como una experiencia que renueve y fortalezca nuestra fe?

Para empezar, hemos de escuchar con atención y alegría la Palabra de Dios, y en concreto el evangelio de Jesús. Durante la semana hemos visto la televisión, hemos escuchado la radio y hemos leído la prensa. Vivimos aturdidos por toda clase de mensajes, voces, noticias, información y publicidad. Necesitamos escuchar otra voz diferente que nos cure por dentro.

Es un respiro escuchar las palabras directas y sencillas de Jesús. Traen verdad a nuestra vida. Nos liberan de engaños, miedos y egoísmos que nos hacen daño. Nos enseñan a vivir con más sencillez y dignidad, con más sentido y esperanza. Es una suerte hacer el recorrido de la vida guiados cada domingo por la luz del evangelio.

La plegaria eucarística constituye el momento central. No nos podemos distraer. «Levantamos el corazón» para dar gracias a Dios. Es bueno, es justo y necesario agradecer a Dios por la vida, por la creación entera y por el regalo que es Jesucristo. La vida no es solo trabajo, esfuerzo y agitación. Es también celebración, acción de gracias y alabanza a Dios. Es bueno reunirnos cada domingo para sentir la vida como regalo y dar gracias al Creador.

La comunión con Cristo es decisiva. Es el momento de acoger a Jesús en nuestra vida para experimentarlo en nosotros, identificarnos con él y dejarnos trabajar, consolar y fortalecer por su Espíritu. Todo esto no lo vivimos encerrados en nuestro pequeño mundo. Cantamos juntos el Padrenuestro sintiéndonos hermanos de todos. Le pedimos que a nadie le falte el pan ni el perdón. Nos damos la paz y la buscamos para todos.

José Antonio Pagola