I Vísperas – Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

I VÍSPERAS

SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mi Cristo, tú no tienes
la lóbrega mirada de la muerte.
Tus ojos no se cierran:
son agua limpia donde puedo verme.

Mi Cristo, tú no puedes
cicatrizar la llaga del costado:
un corazón tras ella
noches y días me estará esperando.

Mi Cristo, tú conoces
la intimidad oculta de mi vida.
Tú sabes mis secretos:
te los voy confesando día a día.

Mi Cristo, tú aleteas
con los brazos unidos al madero.
¡Oh valor que convida
a levantarse puro sobre el suelo!

Mi Cristo, tú sonríes
cuando te hieren, sordas, las espinas.
Si mi cabeza hierve,
haz, Señor, que te mire y te sonría.

Mi Cristo, tú que esperas
mi último beso darte ante la tumba.
También mi joven beso
descansa en ti de la incesante lucha. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Con amor eterno nos ha amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha atraído hacia su corazón, compadeciéndose de nosotros.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Con amor eterno nos ha amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha atraído hacia su corazón, compadeciéndose de nosotros.

SALMO 145

Ant. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista.

No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él;

que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos,
el Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.

El Señor guarda a los peregrinos,
sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente, tu Dios,
Sión, de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Yo soy el buen Pastor, que apaciento mis ovejas y doy mi vida por ellas.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo soy el buen Pastor, que apaciento mis ovejas y doy mi vida por ellas.

LECTURA: Ef 5, 25b-27

Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre.
V/ Por su sangre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. He venido a prender fuego en el mundo: ¡Ojalá estuviera ya ardiendo!

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. He venido a prender fuego en el mundo: ¡Ojalá estuviera ya ardiendo!

PRECES

Invoquemos, hermanos, a Jesús, que es nuestro descanso, y pidámosle:

Rey amantísimo, ten piedad de nosotros.

Jesús, de tu corazón traspasado por la lanza salió sangre y agua, dando así nacimiento a tu esposa, la Iglesia;
— haz que sea santa e inmaculada.

Jesús, templo sagrado de Dios, destruido por los hombres y levantado de nuevo por el Padre,
— haz que la Iglesia sea verdadera morada del Altísimo.

Jesús, rey y centro de todos los corazones, que nos amas con amor eterno y nos atraes hacia ti, compadecido de nosotros,
— renueva tu alianza con los hombres.

Jesús, paz y reconciliación nuestra, que hiciste las paces entre los hombres, uniéndolos en un solo hombre nuevo, y mediante la cruz diste muerte al odio,
— haz que podamos acercarnos al Padre.

Jesús, vida y resurrección nuestra, alivio de los que están agobiados, en quien encontramos nuestro descanso,
— atrae hacia ti a los pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Jesús, que, por el gran amor con que nos amaste, te sometiste incluso a la muerte de cruz,
—resucita a todos los que han muerto en paz contigo.

Acudamos ahora a nuestro Padre celestial, diciendo:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito, recordamos los beneficios de su amor para con nosotros; concédenos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Jueves XI de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas; y, pues el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos y agradarte con nuestras acciones y deseos. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 6,7-15
«Y, al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. «Vosotros, pues, orad así:
Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu Nombre;
 venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo.
 Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;
 y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.
«Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta la oración del Padre Nuestro, el Salmo que Jesús nos ha dejado. Hay dos redacciones del Padre Nuestro: la de Lucas (Lc 11,1-4) y la de Mateo (Mt 6,7-13). La redacción de Lucas es más breve. Lucas escribe para las comunidades que venían del paganismo. Trata de ayudar a las personas que están iniciando el camino de la oración. En el evangelio de Mateo, el Padre Nuestro está en aquella parte del Sermón del Monte, donde Jesús orienta a los discípulos y a las discípulas en la práctica de las tres obras de piedad: limosna (Mt 6,1-4), oración (Mt 6,5-15) y ayuno (Mt 6,16-18). El Padre Nuestro forma parte de una catequesis para judíos convertidos. Ellos estaban ya acostumbrados a rezar, pero tenían ciertos vicios que Mateo trata de corregir. En el Padre Nuestro Jesús resume toda su enseñanza en siete preces dirigidas al Padre. En estas sietes peticiones, retoma las promesas del Antiguo Testamento y manda pedir al Padre que Le ayude a realizarlas. Los primeros tres hablan de nuestra relación con Dios. Los otros cuatro tienen que ver con nuestra relación con los demás.

• Mateo 6,7-8: La introducción al Padre nuestro. Jesús critica a las personas para quienes la oración era una repetición de fórmulas mágicas, de palabras fuertes, dirigidas a Dios para obligarlo a responder a sus pedidos y necesidades. Quien reza debe buscar en primer lugar el Reino, mucho más que los intereses personales. La acogida de la oración de parte de Dios no depende de la repetición de las palabras, sino de la bondad de Dios que es Amor y Misericordia. El quiere nuestro bien y conoce nuestras necesidades, antes que recitemos nuestras oraciones.

• Mateo 6,9a: Las primeras palabras: “¡Padre Nuestro, que estás en el cielo!” Abba, Padre, es el nombre que Jesús usa para dirigirse a Dios. Expresa la intimidad que tenía con Dios y manifiesta la nueva relación con Dios que debe caracterizar la vida de la gente en las comunidades cristianas (Gal 4,6; Rom 8,15). Mateo añade al nombre del Padre el adjetivo nuestro y la expresión que estás en el Cielo. La oración verdadera es una relación que nos une al Padre, a los hermanos y a las hermanas y a la naturaleza. La familiaridad con Dios no es intimista, sino que expresa la conciencia de pertenecer a la gran familia humana, de la que participan todas las personas, de todas las razas y credos: Padre Nuestro. Rezar al Padre y entrar en la intimidad con él, es también colocarse en sintonía con los gritos de todos los hermanos y hermanas. Es buscar el Reino de Dios en primer lugar. La experiencia de Dios como Padre es el fundamento de la fraternidad universal.

• Mateo 6,9b-10: Las tres peticiones por la causa de Dios: el Nombre, el Reino, la Voluntad. En la primera parte del Padre-nuestro, pedimos para que se restaure nuestra relación con Dios. Para restaurar la relación con Dios, Jesús pide (a) la santificación del Nombre revelado en el Éxodo en ocasión de la liberación de Egipto; (b) pide la venida del Reino, esperado por la gente tras el fracaso de la monarquía; (c) pide el cumplimiento de la Voluntad de Dios, revelada en la Ley que estaba en el centro de la Alianza. El Nombre, el Reino, la Ley: son los tres ejes sacados del Antiguo Testamento que expresan cómo debe ser la nueva relación con Dios. Las tres peticiones muestran que es preciso vivir en la intimidad con el Padre, haciendo con que su Nombre sea conocido y amado, que su Reino de amor y de comunión se vuelva realidad, y que se haga su Voluntad así en la tierra como en el cielo. En el cielo, el sol y las estrella obedecen a la ley de Dios y crean el orden del universo. La observancia de la ley de Dios «así en la tierra como en el cielo» tiene que ser la fuente y el espejo de armonía y de bienestar en toda la creación. Esta relación renovada con Dios, se vuelve visible en la relación renovada entre nosotros que, a su vez, es objeto de cuatro peticiones más: el pan de cada día, el perdón de las deudas, el no caer en la tentación y la liberación del Mal.

• Mateo 6,11-13: Las cuatro peticiones por la causa de los hermanos: Pan, Perdón, Victoria, Libertad. En la segunda parte del Padre nuestro, pedimos que sea restaurada y renovada la relación entre las personas. Las cuatro peticiones muestran cómo deben ser transformadas las estructuras de la comunidad y de la sociedad para que todos los hijos y las hijas de Dios vivan con igual dignidad. Pan de cada día: La petición del «Pan de cada día» (Mt 6,11) recuerda el maná de cada día en el desierto (Ex 16,1-36). El maná era una “prueba» para ver si la gente era capaz de caminar según la Ley de Señor (Ex 16,4), esto es, si era capaz de acumular comida sólo para un día como señal de fe que la providencia divina pasa por la organización fraterna. Jesús invita a realizar un nuevo éxodo, una nueva convivencia fraterna que garantice el pan para todos. La petición de «perdón por las deudas» (6,12) recuerda el año sabático que obligaba a los acreedores al perdón de las deudas a los hermanos (Dt 15,1-2). El objetivo del año sabático y del año jubilar (Lev 25,1-22) era de deshacer las desigualdades y empezar de nuevo. ¿Cómo rezar hoy: “Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores? Los países ricos, todos ellos cristianos, se enriquecen gracias a la deuda externa de los países pobres. No caer en la Tentación: la petición «no caer en la tentación» (6,13) recuerda los errores cometidos en el desierto, donde el pueblo cayó en la tentación (Ex 18,1-7; Núm 20,1-13; Dt 9,7-29). Es para imitar a Jesús que fue tentado y venció (Mt 4,1-17). En el desierto, la tentación llevaba a la gente a seguir por otros caminos, a volverse atrás, a no asumir el camino de la liberación y a reclamar de Moisés que lo conducía la liberación. Liberación del Mal: el mal es el Maligno, Satanás, que trata de desviar y que, de muchas maneras, trata de llevar a las personas a no seguir el rumbo del Reino, indicado por Jesús. Tentó a Jesús para que abandonara el Proyecto del Padre y fuera el Mesías conforme a las ideas de los fariseos, de los escribas y de otros grupos. El Maligno aleja de Dios y es motivo de escándalo. Entra en Pedro (Mt 16,23) y tienta a Jesús en el desierto. Jesús lo vence (Mt 4,1-11).

4) Para la reflexión personal

• Jesús dice «perdona nuestras deudas», pero hoy rezamos «perdona nuestras ofensas» ¿Qué es más fácil: perdonar las ofensas o perdonar las deudas?

• ¿Cómo sueles recitar el Padre Nuestro: mecánicamente o poniendo toda tu vida y tu compromiso en él?

5) Oración final

Los montes se derriten como cera,
ante el Dueño de toda la tierra;
los cielos proclaman su justicia,
los pueblos todos ven su gloria. (Sal 97,5-6)

Amor a Dios (amor a Dios)

Ante la pregunta de un doctor de la ley, Jesús declara con toda solemnidad que el amor a Dios es el primero y el mayor de los Mandamientos: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37-38). Este precepto es absoluto y resume la actitud fundamental del hombre hacia su Creador.

Amar a Dios es reverenciarle y temerle filialmente (cfr. Dt 10, 12; 13, 3 ss), es mostrarle agradecimiento, lo que supone la visión constante de sus favores (iOS 22, 4ss; 1S 12, 7-11); implica un total sometimiento a su querer y a una adhesión incondicional (Dt 10, 20; 11, 22; 13, 5; iOS 22, 5). Amar a Dios es, además, venerable y rendirle culto (Ex 20, 2-6; 23, 32 ss; Dt 5, 7-10; 11-13; iOS 22, 5; 1S 12, 20ss).

Se fundamenta nuestro amor a Dios en la consideración de un Dios, Padre lleno de bondad, que vela por sus hijos (cfr. Mt 6, 25-34) y que pide una respuesta de confianza ilimitada.

El amor a Dios no puede darse por supuesto; si no se cuida, muere.

El amor a Dios se alimenta en la oración y en los sacramentos, en la lucha contra nuestros defectos, en el esfuerzo por vivir en Su presencia a lo largo del día mientras trabajamos, en nuestras relaciones con los demás, en el descanso, etc.

Especialmente, la Sagrada Eucaristía debe ser la fuente donde se fortalezca continuamente nuestro amor al Señor.

Cuando hay amor a Dios, los obstáculos se superan; y sin amor, hasta las más pequeñas dificultades parecen insuperables.

Además de los pecados de omisión contra el precepto positivo de amar a Dios, existen otros que se oponen directamente a la caridad para con Dios: el odio a Dios y el amor desordenado a las criaturas. Todo pecado, de una forma u otra, va dirigido contra el primer mandamiento.

Uno de los mayores y más frecuentes obstáculos en el amor a Dios es la tibieza, pereza espiritual que comporta una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan (cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, I, q. 63, a. 2 ad 2). Ningún afecto, ningún pensamiento, ninguna acción pueden quedar independientes, fuera de Dios. Él nos ha creado y elevado al orden sobrenatural con alma y cuerpo; y enteros, con alma y cuerpo, hemos de quererle y servirle en esta vida para, después de la resurrección de la carne, amarle y gozarle -alma y cuerpo unidos ya inseparablemente- por toda la eternidad.

El cristiano ha de estar dispuesto a perder todas las cosas, y aun la misma vida, antes de separarse de Él. Debemos procurar mantenernos en tensión en el amor a Dios, cumpliendo nuestros deberes, porque el tiempo es breve y el Señor está para llegar de un momento a otro (cfr. Lc 12, 35-36). Él espera encontrarnos en la plenitud de nuestro amor cuando llegue.

Comentario – Jueves XI de Tiempo Ordinario

La oración es el ejercicio de la fe del creyente. El que cree en Dios ora, es decir, pide, da gracias, alaba, suplica, conversa con ese Dios –personalmente concebido- en el que cree. La modalidad concreta de nuestra oración –lo mismo que de nuestra religión-dependerá de la idea que tengamos del Dios a quien nos dirigimos. Pero el Dios cristiano es el Dios que nos ha sido revelado en Jesucristo, su Hijo. Por eso no debe extrañar que él sea también el que nos ofrezca las pautas de nuestra oración y pueda decirnos: Cuando oréis, no lo hagáis como los hipócritas; o también: Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis.

Tanto judíos como paganos son religiosos, creen en su Dios o en sus dioses, y rezan. Jesús quiere que sus seguidores se distingan tanto de los judíos como de los paganos en su modo de orar. Su manera de concebir al Padre –el destinatario de nuestras oraciones- determinará los rasgos de nuestra oración. Se trata del Dios que ve en lo escondido y no necesita, por tanto, que la acompañemos de esa publicidad que busca más bien la aprobación de los demás; también es el Dios que sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos; por tanto, no necesita demasiadas explicaciones, ni aclaraciones; no necesita de largos discursos, ni de copiosas informaciones. La oración no es, pues, ningún medio para dar a conocer a Dios lo que ya sabe de antemano. El objetivo de la oración no es informar al que ya está suficientemente informado, ni convencer a base de argumentos al que sabe muy bien cómo actuar en cada caso.

Por eso sobran las muchas palabras, sobre todo, cuando con ellas pretendemos que nos hagan caso o simplemente informar de nuestro caso. Lo que Jesús parece desacreditar aquí, en este uso inmoderado de palabras, es una oración que, o bien busca informar a Dios de unas necesidades que ya conoce, o bien pretende convencer a Dios que no está del todo convencido de hacer el favor que se le solicita. El objetivo de la oración no es ni informar ni convencer. Por eso el caudal de palabras empleadas con este fin resulta inútil o infructuoso. Otra cosa es servirnos de un sinfín de palabras para alabar a Dios o prolongar nuestro tiempo para estar con Cristo en un ejercicio gozoso de amistad. La amistad requiere tiempo y la contemplación deleitosa también. Y en semejante relación hay cabida tanto para las palabras como para los silencios.

De hecho Jesús no se opone al uso de las palabras en la oración. Sería demasiado insensato. La oración supone la comunicación y ésta el lenguaje. Los seres humanos somos los seres del logos, de la razón y de la palabra, seres lógicos dialógicos. El lenguaje nos califica. No podemos prescindir de las palabras en nuestras comunicaciones. También Dios se sirve de ellas en su revelación. Y es su misma Palabra hecha carne la que nos dice: Vosotros rezad así; y nos ofrece un modelo de oración que no quiere ser una fórmula única, pero que es normativa tanto en su formulación –corta, escueta, sintética, sencilla- como en su contenido, que reúne sobre todo peticiones de lo que debe pedirse en sintonía con el Espíritu, pero también reconocimientos y alabanzas.

El Padre nuestro quiere ser una oración comunitaria, formulada en primera persona del plural, que debe ser rezada con la conciencia de formar parte de una gran familia, la de los hijos de Dios. Sólo desde esta conciencia puede brotar la expresión: Padre nuestro del cielo. Jesús quiere que hagamos de Dios Padre, el que habita en los cielos, el destinatario de nuestra oración filial; porque se trata de una plegaria que florece en el corazón de quienes se sienten hijos, hijos del mismo Padre del cielo. Y en el hijo que pide se supone la confianza, además del respeto y el amor agradecido y filial. Decir: santificado sea tu nombre, no es pedir nada; es más bien expresar el deseo de que su Nombre santo sea santamente reconocido por quienes pueden, en cuanto creaturas dotadas de consciencia, reconocerlo como tal. Santificar el nombre de Dios no puede ser hacer santo lo que ya es a natura, sino desear que su santidad resplandezca en el mundo en virtud de su reconocimiento por parte del hombre. Y a partir de aquí ya todo son peticiones.

El Padre nuestro es realmente una oración de petición, pero que no pretende informar a Dios de cosas que ignora, ni convencerle para que nos otorgue lo que le pedimos. En realidad, Él pone en nuestra boca –el Espíritu ora en nosotros con gemidos inefables- lo que hemos de pedirle para disponernos a recibir lo que nos quiere dar: Venga tu reinohágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Sólo si su voluntad se cumple en la tierra –lugar donde tiene su protagonismo la voluntad humana- como en el cielo –aunque de ser así, la tierra se transformaría en cielo-, podremos decir que ha llegado su reino; porque su reino no puede ser otro que aquel en el que se cumple enteramente la voluntad de Dios, su Rey. Pedir y desear que venga su reino es pedir y desear que se cumpla su voluntad en la tierra, y en la medida en que esto suceda irá creciendo el reino de Dios y la tierra se irá aproximando al cielo en su proceso de transformación. Y puesto que la semilla del reino ya se ha implantado en la tierra, pedir la venida del reino no puede significar sino desear su crecimiento y su plenitud. Esto es precisamente lo que Dios quiere para nosotros. Con este fin nos envió a su propio Hijo.

El pan nuestro que pedimos para hoy es el pan que necesitamos para vivir en el hoy: el sustento necesario para mantenernos vivos tanto corporal como espiritualmente. Por eso, aunque por ese pan tengamos que entender directamente el alimento que nos proporciona los nutrientes necesarios para vivir en este mundo realizando todo tipo de operaciones psicosomáticas, también podemos ver en él una alusión al pan (diario) de la eucaristía que nos es tan necesario para el mantenimiento y fortalecimiento de la vida cristiana. Además de esto, pedimos el perdón de nuestras ofensas, la victoria sobre la tentación y la liberación del mal o de su promotor, el maligno. En estas tres peticiones se concentran cosas muy valiosas, tanto que sin ellas no podría acontecer la anhelada venida del Reino. Sólo pueden acceder al Reino los perdonados de sus ofensas, los vencedores en el combate de las tentaciones y los liberados de todo mal. Pero el perdón de nuestras ofensas que suplicamos a Dios se presenta condicionado por nuestro propio perdón, el perdón que nos es solicitado por nuestros ofensores.

Tanta importancia le concede Jesús a esto que añade una cláusula para reforzar la petición del Padre nuestro: Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotrosPero si no perdonáis a los demás… Para ser miembros de pleno derecho en el Reino de Dios es necesario no sólo pedir perdón al que puede concederlo, sino también otorgar el perdón al que lo solicita de nosotros en el modo en que nosotros podemos concederlo. Sólo así es posible la reconciliación con Dios y con los hermanos que hace posible la vida de los bienaventurados.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

99. Adecuada inserción en la vida diocesana.

 Como natural consecuencia de los vínculos que unen a los fieles consagrados con los otros hijos de la Iglesia, el Obispo se empeñe para que:

a) los miembros de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica se sientan parte viva de la comunidad diocesana, dispuestos a prestar a los Pastores la mayor colaboración posible.(269) Para tal fin, trate de conocer bien el carisma de cada Instituto y Sociedad descrito en sus Constituciones, encuéntrese personalmente con los Superiores y las comunidades, verificando su estado, sus preocupaciones y sus esperanzas apostólicas;

b) el Obispo procure que la vida consagrada sea conocida y apreciada por los fieles y, en particular, provea para que el clero y los seminaristas, mediante los respectivos medios de formación, sean instruidos en la teología y la espiritualidad de la vida consagrada(270) y lleguen a apreciar sinceramente a las personas consagradas, no sólo por la colaboración que pueden ofrecer a la pastoral diocesana, sino sobre todo por la fuerza de su testimonio de vida consagrada, y por la riqueza que su vocación y estilo de vida aportan a la Iglesia, universal y particular;

c) las relaciones entre el clero diocesano y los clérigos de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica se caractericen por un espíritu de fraterna colaboración.(271) El Obispo promueva la participación de los presbíteros religiosos en las reuniones de los clérigos de la diócesis, por ejemplo, en las que se tienen a nivel de vicaría, para que puedan así conocerse, aumentar la recíproca estima y dar a los fieles ejemplo de unidad y de caridad. Procure también, si es conveniente para ellos, que participen en los medios de formación del clero de la diócesis;

d) los organismos consultivos diocesanos reflejen adecuadamente la presencia de la vida consagrada en la diócesis, en la variedad de sus carismas,(272) dando normas oportunas al respecto: disponiendo, por ejemplo, que los miembros de los Institutos participen según la actividad apostólica que cada uno lleva a cabo, asegurando al mismo tiempo una presencia de los diversos carismas. En el caso del Consejo Presbiteral, se consiente a los sacerdotes electores (religiosos y seculares) elegir libremente miembros de Institutos para que los representen.


269 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Christus Dominus, 35; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Gregis, 50.

270 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata, 50.

271 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Christus Dominus, 35; Codex Iuris Canonici, can. 679.

272 Cf. Sínodo de los Obispos, Ultimis Temporibus, Pars altera, II, 2.

Los católicos no somos ciudadanos de segunda

1.- Un mensaje bien claro nos da el mismo del evangelio de hoy: “No tengáis miedo”, porque detrás de nosotros está Dios, contra quien nadie puede hacer nada.

* Contra el nacional-agnosticismo que se nos quiere imponer, atacando a la moral, a la Iglesia, que los medios de comunicación no pierden ocasión de ridiculizar: no temáis

* Contra ese constante minar los fundamentos de la familia, la fidelidad conyugal, poniendo como ejemplo (hasta en los escaños parlamentarios) a los trotacatres: no tengáis miedo, sed valientes.

* Contra ese poner toda clase de dificultades a la enseñanza religiosa en los colegios: no temáis que en Japón se transmitió la Fe durante dos siglos de persecución.

* Contra ese atentado contra la vida humana no nacida o contra la vida que parece inútil para algunos: sed valientes, defendiendo los verdaderos valores humanos, porque los equivocados no somos nosotros, sino ellos.

2.- El nuevo Papa, Benedicto, nos ha dicho que tenemos ser luz del mundo y sal de la tierra. Nos ha dicho, cosas tan viejas como el mismo Evangelio, porque el Papa no es un modisto de fama que nos trae modas nuevas. Nos ha traído lo único que nos podía traer que es la misma Palabra del Señor.

Pero ha querido darnos ánimos, empuje y valentía, para que nuestra sal no pierda el sabor y no valga más que para la pisen los hombres, que nuestro champán burbujeante nos se convierta en una Fanta caldurria y sin fuerza.

Los católicos no somos ciudadanos de segunda, ni tenemos que mostrarnos vergonzantes ante los que nos perdonan la vida. Convertirnos en católicos vergonzantes, disimular nuestras creencias, ¿no será negar al Señor de los hombres, como Pedro lo negó a Él?

No nos dice el Papa que enristremos la lanza o cojamos la espada, si nos dice que tenemos que exigir una verdadera tolerancia democrática, si es que estamos en una democracia real y hagamos valer nuestros derechos.

3.- Cuántos enemigos de Dios y de la Iglesia han dejado sólo sus nombres en la historia o ha quedado en viejas tumbas ante las que lo más piadoso que se puede hacer es pedir a Dios su misericordia. Y mientras tanto esa Iglesia a la que atacaron es capaz de reunir multitudes que ningún político ha sido capaz de reunir.

4.- No tengáis miedo, porque ante Dios cada uno de nosotros cuenta con esa providencia de Dios que lleva contabilidad de los pelos de nuestra cabeza y ante el que valemos mucho más que esos gorriones a los que alimenta y cuida con esmero, aunque los hombres los vendan por unos céntimos.

No os dejo solos. Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos, en cada momento, de ahí el empuje, el aliento, la ilusión con que tenemos que vivir, cada uno en su ambiente, la vida cristiana.

José María Maruri, SJ

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo

No les tengáis miedo, porque no hay nada tan oculto que no se llegue a descubrir, y nada tan secreto que no se llegue a saber. Lo que os digo en la oscuridad decidlo a plena luz, y lo que oís al oído predicadlo sobre las terrazas. No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede perder el alma y el cuerpo en el fuego. ¿No se venden dos pájaros por unos cuartos? Y, sin embargo, ninguno de ellos cae en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de la cabeza están contados. Así que no tengáis miedo; vosotros valéis más que una bandada de pájaros. Al que me confiese delante de los hombres, le confesaré también yo delante de mi Padre celestial; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre celestial». 

Mateo 10, 26-33

PARA MEDITAR

Jesús este domingo nos dice que no tengamos miedo, pero fi jaros que dice que no tengamos miedo de los que matan el cuerpo. Se lo decía a los primeros cristianos del siglo I que fueron muy perseguidos y asesinados por ser seguidores de Jesús.
¿A qué nos suena esto? Durante estos meses de pandemia hemos visto a personas que ponían sus vidas en peligro para darse a los demás, los ‘héroes de la pandemia’: personal sanitario, policías, trabajadores de supermercados, etc.
Estas personas han pensado más en los otros que en su propio beneficio, por eso el Señor nos pide que el miedo no nos impida descubrir que lo importante en la vida es entregarse a los demás.

PARA HACER VIDA EL EVANGELIO

  • Busca información en Internet o preguntando a tus padres por la cantidad de personal sanitario que se ha puesto enfermo por curar a los enfermos de COVID19.
  • Hubo personal de las residencias que dejaron sus casas y se quedaron a vivir con los más mayores para protegerlos y que no se infectaran ¿Piensas que alguno lo hizo porque es amigo de Jesús?
  • Escribe un compromiso para no tener miedo como Jesús nos pide y como nos han mostrado los ‘héroes de esta pandemia’.

ORACIÓN

Señor Jesús,
¿por qué insistes tanto en que no tengan (tengamos) miedo?
¿No será porque, personalmente,
experimentaste muchas dificultades
en realizar tu Proyecto en este mundo
y quieres prevenir a tus discípulos de las oposiciones
con las que se van a encontrar?
Si Tú, Señor Jesús, lo pasaste mal
¿cómo no tenían que pasarlo aquellos pobres hombres? ¿cómo tenemos que pasarlo
nosotros que, como dice el Apóstol Pablo,
somos “vasijas de barro”?
Que siempre, Señor Jesús
resuene en mi corazón lo que hoy me has dicho:
“no tengáis miedo”.
No para envalentonarme
y sentirme superior a los demás
sino para que sea consciente
de que es posible que no lo tenga fácil.

Tengo miedo, Señor, porque…

Tengo miedo a lo que me pueda ocurrir mañana,
a que se me tuerzan los planes,
porque no me termino de creer
que Tú me tienes siempre,
abrazado por delante y por detrás.

Tengo miedo a no llegar a todo,
ni a todos los que me esperan y necesitan
porque no me creo del todo
que vivo la vida contigo
y tu compañía dinamiza mi vida y mi tiempo.

Tengo miedo a no saber amar, a hacerlo mal,
a no darme del todo
y perder ocasiones de entrega,
porque no creo de verdad
que Tú tienes un gran proyecto para mí,
y que Tú eres Amor y en ternura me conviertes,
cuando me dejo llevar.

Tengo miedo a la enfermedad, al declive,
a las quejas de mi cuerpo,
porque sigo sin creerme
que me tejiste en las entrañas de mi madre.

Tengo miedo a las pérdidas, a las despedidas,
a los duelos, a las relaciones que terminan,
porque tampoco creo de verdad
que cuando estamos reunidos en tu nombre,
Tú andas en medio de nosotros.

Tengo miedo a la muerte,
porque no la controlo,
porque temo lo desconocido, el futuro…
porque no termino de creerme
que nos hiciste Señor para Ti
y nuestro corazón no descansará
hasta que te encuentre.

Tengo miedo a perderte, porque te olvido,
porque olvido que Tú me has llamado
a mí primero,
Tú me has elegido, mi vida entera
está en tus manos…
Contigo, ya no tengo miedo…

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio – Domingo XII de Tiempo Ordinario

• «Cubierto» – «descubierto», «escondido» – «sabido» (26), «de noche» – «a pleno día» (27) son una serie de con­ trastes que ponen de relieve cuál es la misión de los apóstoles: proclamar abiertamente lo que han escuchado y aprendido de Jesús. Él ha llevado a plenitud la revelación de Dios (27). Por tanto, no hay que ir con medias tintas ni con ambigüedades. No tiene sentido cuidar las apariencias si lo que hay que comunicar es lo que Jesús nos ha dicho. El misionero – testimonio- no debe preocuparse de su imagen sino de discernir si lo que muestra es el rostro de Cristo, no debe preocuparse de lo que dirán, sino de si lo que dirá él es lo que dice Jesús. Y lo que para un discípulo de Jesús no tendrá ninguna clase de justificación es esconder la Buena Noticia, es decir, mentir.

• «No tengáis miedo» de la muerte (28) por haber dado testimonio (32): Con Jesús la vida va más allá de la duración del cuerpo. Con el contras­ te «cuerpo»-«alma» (28) ni Jesús ni la gente de su tiempo no están supo­ niendo que la persona está dividida en dos partes: más bien tratan de poner de relieve que la muerte corporal no es un final definitivo. Y , aún más, los que creemos en Jesús afirmamos que por él viviremos por siempre.

• «Destruir con el fuego» (28). En la mentalidad de la época de Jesús, en la que ya se ha extendido la fe en la re­surrección, el infierno es el reino de la muerte, lugar sin retorno al que van a parar los pecadores. De todos modos, al lado de esta palabra de Jesús, en el mismo evangelio de Mateo se encuen­tra, también en boca de Jesús, la afir­ mación de que la fuerza de este reino no es definitiva ni superior a la fuerza que nace de su resurrección (Mt 16,18).

• «…unos cuartos» (29): el texto original habla de una moneda romana de las más pequeñas que era la equivalente a la dieciseisava parte del sueldo por un día de trabajo. Con esta imagen de una cosa poco valorada y con la de los «cabellos contados» (30) Jesús está di­ciéndonos que Dios vela mucho más por nosotros, que «valemos más» (31). Por tanto, «no hemos de tener miedo».

• Ciertamente, el testimonio a favor de Jesucristo, reconocerlo (32), pue­de llevar al martirio (Mt 10,17-18,28). Verter la sangre por haber dado testi­ monio de Jesús y del Evangelio es la máxima expresión de comunión, de so­lidaridad con él y con aquellos de quien él se ha hecho solidario (32s): Jesús también ha dado la vida del todo. Pero lo que pide a los apóstoles y a todos los discípulos no es que busquen la muerte sino que den la vida, que lo reconozcan con hechos, con la forma de vida, con una vida sincera y auténtica.

* Jesús, pues, anima a los apóstoles a afrontar con valentía las dificultades. Nos anima nosotros a dar la vida, día a día, por aquellos mismos por los cuales él la dio: los más pobres, los más marginados en la so­ ciedad, la gente más explotada y manipula­da y engañada por el sistema liberal-capitalista (como la numerosa clase trabaja­dora)… y, desde ellos, siempre desde aba­jo, dar la vida por todo el mundo.

Comentario al evangelio – Jueves XI de Tiempo Ordinario

Jesús nos deja en herencia una oración en la que nos transmite su propia experiencia de Dios. No se trata de una técnica de oración, sino de una actitud vital de fe: sentirnos hijos de un Padre bueno que nos mira con amor. Esta confianza ilimitada en Dios que palpita en el corazón del Padrenuestro es lo que ha de caracterizar nuestra forma de orar. No hace falta orar con la razón multiplicando nuestras palabras y nuestros discursos. Basta abrirnos con confianza al misterio último de la realidad que Jesús concibe como el Abbá y entrar en relación con él.

La forma de orar dice mucho de una comunidad de creyentes, ya que expresa una forma determinada de relación con Dios y del vinculo que une a sus miembros en la misma fe. Los primeros cristianos encontraron en el Padrenuestro el mejor signo de identidad como seguidores de Jesús. En esta breve oración se condensa el mensaje del Evangelio y desde el inicio es la oración que ha alimentado la vida de los cristianos. Para Jesús, como creyente fiel, la experiencia de oración ha sido fundamental y es lo que quiere transmitir a sus discípulos. No es de extrañar por ello que el tema de la oración ocupe el centro del «Sermón de la montaña». A partir de una nueva relación con Dios, como hijos amados, seremos capaces de establecer nuevas relaciones con nosotros mismos, con los demás que vemos como hermanos y con la creación como casa común de todos.

La oración de Jesús es una súplica cargada de confianza al Padre querido, con la que pedimos, agradecemos, nos renovamos y expresamos nuestro deseo de que las cosas cambien. La gran novedad es la invocación inicial: «¡Padre nuestro!». La imagen de Dios como Abbá es radicalmente nueva y propia de Jesús. Llamar a Dios Padre implica entrar en la oración con confianza, con sencillez, con espontaneidad y significa acoger a los demás como hermanos. Así cobran sentido los tres anhelos profundos centrados en Dios: «Santificado sea tu nombre. Venga tu Reino. Hágase tu voluntad» y las cuatro peticiones a favor nuestro: «Danos hoy el pan, perdona nuestras ofensas, no nos abandones en la tentación, líbranos del mal». Pidámosle al Señor que nos enseñe a orar y hacer vida nuestra oración.

Edgardo Guzmán CMF