El miedo a un peligro real puede salvarte la vida

Hay un miedo instintivo que es producto de la evolución. Este es imprescindible para mantener la vida biológica de cualquier ser vivo. Es un logro de la evolución y por lo tanto bueno. Su objeto primero es defender la vida biológica; ya sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza. Este miedo es natural y sería inútil luchar contra él. Pero el hombre puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que le impide desplegar sus posibilidades de verdadera humanidad. Este es el que nos traiciona y nos lleva a desatinos constantes porque nos paraliza y atenaza. Este miedo artificial en lugar de defender, aniquila. Este miedo es contrario a la fe-confianza.

¿Por qué tenemos miedo? Anhelamos lo que no podemos conseguir y surge en nosotros el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo que tenemos y surge el temor de perderlo. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos. Creemos ser lo que no somos y quedamos enganchados a ese falso “yo”. No hemos descubierto lo que realmente somos y por eso nos apegamos a una quimera inconsistente. Jesús dijo: “La verdad os hará libres”. Los miedos, que no son fruto del instinto, son causados por la ignorancia. Si conociéramos nuestro verdadero ser, no habría lugar para esos miedos.

Si Jesús nos invita a no tener miedo, no es porque nos prometa un camino de rosas. No se trata de confiar en que no me pasará nada desagradable, o de que si algo malo sucede, alguien me sacará las castañas del fuego. Se trata de una seguridad que permanece intacta en medio de las dificultades y limitaciones, sabiendo que los contratiempos no pueden anular lo que de verdad somos. Dios no es la garantía de que todo va a ir bien, sino la seguridad de que Él estará ahí en todo caso. Cuando exigimos a Dios que me libere de mis limitaciones, estoy demostrando que no me gusta lo que hizo.

La confianza no surge de un voluntarismo a toda prueba, sino de un conocimiento cabal de lo que Dios es en nosotros. Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestras verdaderas posibilidades, es el único camino para llegar a la total confianza. La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no está de mí. El hecho de que mi ser no dependa de mí, no es una pérdida, sino una ganancia, porque depende de lo que es mucho más seguro que yo mismo. Mi pasado es Dios, mi futuro es el mismo Dios; mi presente es Dios y no tengo nada que temer.

Hablar de la confianza en Dios, nos obliga a salir de las falsas imágenes de Dios. Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. No se trata de confiar en un Ser que está fuera de nosotros y que puede darnos, desde fuera, aquello que nosotros anhelamos. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi propio ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. Por grande que sea el motivo para temer, siempre será mayor el motivo para confiar. Confiar en Dios no es esperar su intervención desde fuera para que rectifique la creación. Confiar es descubrir que la creación es como tiene que ser y lo que falla es mi percepción.

El miedo es utilizado por todo aquel que pretende someter al otro. No solo es explotado por empresas que se dedican a vendernos toda clase de seguros, sino también por las religiones, que explotan a sus seguidores ofreciéndoles seguridades absolutas, después de haberles infundido un miedo irracional a lo sagrado. Creo que todas las religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de intereses egoístas. El miedo es el instrumento más eficaz para dominar a los demás. Todas las autoridades, civiles y religiosas, lo han utilizado siempre para conseguir el sometimiento de sus súbditos.

En nuestra religión, el miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La misma jerarquía ha caído en la trampa de potenciar y apuntalar ese miedo. La causa de que los dirigentes no se atrevan a actualizar doctrinas, ritos y normas morales, es el miedo a perder el control absoluto. La institución se ha dedicado a vender, muy baratas por cierto, seguridades externas de todo tipo, y ahora su misma existencia depende de los que sus adeptos sigan confiando en esas seguridades engañosas que les han vendido. Han atribuido a Dios la misma estrategia que utilizamos los hombres para domesticar a los animales: zanahoria o azúcar y si no funciona, palo, fuego eterno.

Las religiones siguen necesitando un Dios que sea todopoderoso, y que ese poder omnímodo lo ponga al servicio de sus intereses. Pero Dios es nadapoderoso, porque todo su poder ya lo ha desplega­do, mejor dicho lo está desplegando constantemente, por lo tanto no puede en un momento determinado actuar con un poder puntual. Por eso mismo, tenemos que confiar totalmente en él, porque nada puede cambiar de su amor y compromiso con los hombres. La causa de Dios es la causa del hombre. No nos engañemos, ponerse de parte de Jesús es ponerse de parte del hombre. Dios no está desde fuera manejando a capricho su creación. Está implicado en ella inextricablemente. Su voluntad es inmutable. No es algo añadido a la creación, sino la misma creación.

Si de verdad me creo que, vistas desde Dios, las criaturas no se distinguen del creador, entonces surgirá en mí un sentimiento de total seguridad, de total confianza en mí, en lo que soy y en lo que yo significo para Dios. Lo mismo que descubriré lo que Dios significa para mí. Esta experiencia no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos y en nuestras obras. Jesús nos invita a no tener miedo de nada ni de nadie. Ni de las cosas, ni de Dios, ni siquiera de ti mismo. El miedo a no ser suficientemente bueno es la tortura de los más religiosos.

Todos los miedos se resumen en el miedo a la muerte. Si fuésemos capaces de perder el miedo a morir, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida. La muerte solo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de caduco, de egoísmo. Temer la muerte es temer perder todo eso. Es un contrasentido intentar alcanzar la plenitud y seguir temiendo la muerte. En el evangelio está hoy muy claro. Aunque te quiten la vida, lo que te arrebatan es lo que no es esencial para ti.

Meditación

Si tienes miedos, no has hecho tuya la salvación que Jesús te ofrece
Si sigues temiendo a Dios,
en vez de avanzar en tu liberación,
te has metido por un callejón oscuro y sin salida.
No pienses que tienes que ser bueno para salvarte.
Tienes que sentirte ya salvado para ser bueno.

Fray Marcos

I Vísperas – Domingo XII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a al voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Inmaculado Corazón de María

1. Oración

Oh Dios, que has preparado una digna morada del Espíritu Santo en el corazón de la Bienaventurada Virgen María, concédenos también a nosotros , tus fieles, por su intercesión ser templos vivos de tu gloria. Por nuestro Señor…

2.Lectura

Del evangelio según S. Lucas 2,41-51
41Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. 42Cuando él tenía doce años, subieron ellos , como de costumbre, a la fiesta. 43Y, mientras volvían, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. 44Creyendo ellos que iría con la caravana, hicieron un día de camino y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos. 45Pero , al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. 46Al cabo de tres días le encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándole y haciéndole preguntas. 47Y todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y por sus respuestas. 48Al verlo se quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados te buscábamos».49Y él les respondió: «¿Por qué me buscábais? ¿No sabéis que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?». 50Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.

51Bajó con ellos y vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba todas estas cosas en su corazón.

3. Meditación

* “Cada año por la fiesta da Pascua”. Estas palabras nos ayudan a definir mejor el contexto espiritual en el que el texto se desarrolla, y de este modo se convierten , para nosotros, en la puerta de entrada en el misterio, en el encuentro con el Señor y con su obra de gracia y de misericordia sobre nosotros.

Junto a María y José, junto a Jesús, también nosotros podemos vivir el don de una nueva Pascua, de un “paso”, una superación, un movimiento espiritual que nos lleva “a la otra parte”, a más allá de. El paso es claro y fuerte; lo intuímos siguiendo a la Virgen María en esta experiencia suya con el Hijo Jesús. Es el paso de la calle al corazón, de la dispersión a la interioridad, de la angustia a la pacificación.

A nosotros nos queda ponernos en camino, descender también en el camino y unirnos a la caravana, a la comitiva de los peregrinos que están saliendo hacia Jerusalén para la celebración de la fiesta de Pascua.

* “Iban”.Este es sólo el primero de una larga serie de verbos de movimiento, que se suceden a lo largo de los versos de este texto. Quizá puede ayudarnos el fijarlos con un poco de atención: “ salieron”; “volvían”; “comitiva” ( del latín cum-ire: “caminar juntos”); “viaje”; “volvieron”; “bajó con ellos”; “vino”.

En paralelo con este gran movimiento físico, hay también un profundo movimiento espiritual, caracterizado por el verbo “buscar”, expresado de modo repetido: “ se pusieron a buscarlo”; “se volvieron en su busca”; “angustiados te buscábamos”; “ ¿por qué me buscábais?”.

Esto nos hace comprender que el viaje, el verdadero recorrido al que esta Palabra del Señor nos invita, no es un viaje físico sino espiritual; es un viaje de búsqueda de Jesús, de su presencia en nuestra vida. Es esta la dirección en la que debemos movernos, junto con María y José.

* “Se pusieron a buscarlo”. Una vez que hemos determinado el núcleo central del texto, su mensaje fundamental, es importante que nos abramos a una comprensión más profunda de esta realidad. También porque Lucas usa dos verbos diferentes para expresar la “búsqueda”: el primero – anazitéo- en los vv. 44 y 45, que indica una búsqueda esmerada, repetida, atenta, como de quien pasa revista a algo, de abajo a arriba; y el segundo- zitéo- en los vv. 48 y 49, que indica la búsqueda de algo que se ha perdido y que se quiere encontrar. Jesús es el objeto de todo este movimiento profundo e interior del ser; es el objeto del deseo, del anhelo del corazón…

* “angustiados”. Resulta muy hermoso ver cómo María abre su corazón delante de Jesús, contándole todo lo que ha visto, todo lo que ha sentido dentro de sí. Ella no teme desnudarse ante su Hijo, no teme contarle sus sentimientos y la experiencia que le ha marcado en lo profundo. Pero ¿qué es la angustia, este dolor que ha visitado a María y a José en la búsqueda de Jesús, que se había perdido? El término que encontramos viene usado sólo cuatro veces en todo el Nuevo Testamento y siempre por Lucas. Lo encontramos en boca del rico Epulón, que lo repite hablando de sí, ahora en el infierno, lejos de Dios, cuando dice: “Sufro terriblemente” (Lc 16, 24-25). Y después vuelve en los Hechos de los Apóstoles, cuando Lucas narra la partida de Pablo de Éfeso y nos presenta el dolor de aquella separación: “ sabían que no volverían a verlo más” ( Hech 20, 38). Por tanto, la angustia que prueba a María nace precisamente de la separación, de la ausencia, de la lejanía de Jesús. Cuando él no está, desciende la angustia a nuestro corazón. Volverlo a encontrar es el único modo posible de recuperar la alegría de vivir.

* “guardaba todas estas cosas en su corazón”. María no comprende la palabra de Jesús, el misterio de su vida y de su misión y por esto calla, acoge, crea espacio, desciende al corazón. Este es el verdadero recorrido de crecimiento en la fe y en la relación con el Señor.

Todavía Lucas nos ofrece un verbo muy hermoso y significativo, un compuesto del verbo “custodiar”-diá-tiréo, que quiere decir literalmente “custodiar a través de”. Es decir, la operación espiritual que María realiza dentro de sí y que nos entrega, como don precioso, como herencia buena para nuestra relación con el Señor, es aquella que nos conduce en un recorrido intenso, profundo, que no se para en la superficie o a la mitad, que no se vuelve hacia atrás sino que va hasta el fondo. María nos toma de la mano y nos guía a través de todo nuestro corazón, todos sus sentimientos, su experiencia. Y ahí, en el secreto de nosotros mismos, en nuestro interior, aprenderemos a encontrar al Señor Jesús, al que quizá habíamos perdido.

4. Algunas preguntas

* Esta Palabra del Señor, en su simplicidad, es también muy clara ,muy directa. La invitación a salir, a tomar parte en la fiesta de Pascua está dirigida también a mí. ¿Me decido, entonces, a levantarme, a ponerme en movimiento, a afrontar el tramo de camino que el Señor pone delante de mí? Y más: ¿acepto entrar a formar parte de la comitiva de aquellos que han optado en su corazón por el santo viaje?

* ¿Siento como mía la experiencia de la búsqueda del Señor? ¿O bien no me parece importante, no siento la falta, me parece poder hacerlo todo por mí? ¿Me he percatado en mi vida alguna vez de haber perdido al Señor, de haberlo dejado lejos, de haberlo olvidado?

* La angustia, de la que habla María, ¿ha sido alguna vez mi compañera de viaje, presencia triste en mi jornada, o en periodos largos de mi vida? Quizá sí. Descubrir, gracias a esta Palabra, que la angustia viene provocada por la ausencia del Señor, por la pérdida de él, ¿me es de ayuda, me ofrece una luz, una clave de lectura para mi vida?

* ¿La vida del corazón, que María traza con tanta claridad ante mí, hoy, me parece que se puede recorrer?

¿Deseo empeñarme en este desafío, conmigo mismo, con el ambiente que me circunda, quizá con quien vive más cerca de mí? ¿Estoy dispuesto a optar por descender un poco más en profundidad, para aprender a “custodiar a través de”, es decir, hasta el fondo, conmigo mismo totalmente? ¿Para mí el Señor y la relación con él es muy importante, muy involucradora? ¿Es el, sí o no, el Amigo precioso, la Presencia más querida a la que quiero abrir de par en par mi corazón…?

5. Oración final

Mi corazón exulta en el Señor, mi salvador.
Mi corazón se regocija por el Señor,
mi poder se exalta por Dios;
mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación.
Se  rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor.
Los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía.
El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece.
Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria.
(Cántico de Ana, 1 Samuel 2, 1-8)


Isaías 61, 9-11

Desbordo de gozo con el Señor

La estirpe de mi pueblo será célebre entre las naciones, y sus vástagos entre los pueblos.
Los que los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor.
Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido con un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas.
Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos

Interleccional: 1Samuel 2, 1. 4-8

Mi corazón se regocija por el Seño, mi salvador.

Mi corazón se regocija por el señor, / mi poder se exalta por Dios; /mi boca se ríe de mis enemigos, / porque gozo con tu salvación. R. Se rompen los arcos de tus valientes, / mientras los cobardes se ciñen de valor; / los hartos se contratan por el pan, / mientras los hambrientos engordan;/ la mujer estéril da a luz siete hijos,/ mientras la madre de muchos queda baldía. R. El Señor da la muerte y la vida, / hunde en el abismo y levanta; / da la pobreza y la riqueza, / humilla y enaltece. R. Él levanta del polvo al desvalido, / alza de la basura al pobre, / para hacer que se siente entre príncipes / y que herede un trono de gloria. R.

Lucas 2,41-51

Conservaba todo esto en su corazón

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.
Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedo en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.
A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
“Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.”
Él les contestó:
“¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.
Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.

La confianza del corazón

1. – En nuestro bautismo fuimos consagrados como sacerdotes, profetas y reyes. Como ocurre con muchos de nuestros ritos, no alcanzamos a ver el significado profundo que tienen. Es necesario que asumamos el compromiso que adquirimos en el Bautismo. El profeta Jeremías se resistía a aceptar la llamada de Dios: «mira que soy un chiquillo…, que se burlarán de mí». Pero después asumió plenamente su misión de profetizar, que no es adivinar el futuro, sino anunciar la Palabra de Dios y denunciar los olvidos e injusticias del pueblo. Ocurre esto a finales del siglo VII antes de Jesucristo. Era una época difícil en tiempos del rey Joaquín, cuando Jeremías denuncia la superficialidad del culto y las injusticias de los poderosos. El texto que leemos en este domingo es de la última de las «Confesiones» de Jeremías. En ella lanza una acusación durísima contra los poderosos de Israel. Su valentía le acarrea la acusación de alta traición y el dar con sus huesos en la cárcel. Surge entonces en su interior la duda y la tentación de abandonarlo todo, ¿para qué seguir si nadie le hace caso? Me recuerda su estado de ánimo a aquél mensajero que anunciaba la conversión, pero nadie le hacía caso. Uno de sus amigos le dijo que por qué seguía gritando si nadie le escuchaba, pero él contestó que aunque no hubiera podido convertir a nadie, por lo menos su grito le había servido para no dejarse engañar por los otros. Y es que algo que nos falta a los cristianos es la coherencia entre fe y vida…..

2. – Para mantenerse firme en sus principios Jeremías se apoyó en la confianza en Dios. Siente en su interior que el Señor está con él y nunca le abandona. Esta misma confianza del corazón es la que nos transmite Jesús en el evangelio de Mateo, cuando dice que no tengamos miedo, pues hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados. Si Dios se preocupa de los gorriones, ¿cómo no se va a ocupar de nosotros que valemos mucho más que ellos ante los ojos de Dios? La confianza en Dios sostuvo desde el principio la labor de la Madre Teresa de Calcuta. Nunca tuvo que rechazar a nadie, aunque sus monjas no tuvieran salarios ni ingresos. Atienden cada día más de 50.000 leprosos y todos reciben ayuda. Es posible con la confianza en la Providencia divina «que está fundada en una fe vigorosa e inquebrantable con la que Dios puede y quiere ayudarnos. Si pertenecemos enteramente a Dios, tenemos que estar a su disposición y debemos poner nuestra confianza en El. No nos preocupemos nunca por el futuro. No hay razón para ello. Dios está presente. Si Dios reviste con tan hermosos vestidos las flores del campo, no puede prescindir de cuidar más aún a los seres humanos que ha hecho a su imagen y semejanza». Como Jeremías puede haber momentos en tu vida en que tus esperanzas queden defraudadas. Entonces, ¿te dejarás sumergir por el desánimo y la duda? Sería un error que lo dejaras todo y abandonaras…. Lucha por salir adelante con la confianza de que el Resucitado está contigo, El quema tus propias espinas e ilumina tus oscuridades. Cuando te crees poco amado o poco comprendido, Cristo te dice sin cesar: «Te amo con un amor que no tendrá fin. Y tú, ¿me amas? Tu respuesta debe ser: «A ti Jesús, yo te amo, quizá no como quisiera, pero te amo». Recuerda la parábola de las «huellas de la playa». En los momentos peores de su vida aquel hombre veía sólo dos huellas en la arena, eran las pisadas de Jesús que cargaba con él sobre sus hombros. Dios no nos falla nunca.

3.- Jesús nos decía el domingo pasado que diéramos gratis lo que gratis hemos recibido. Hoy nos dice que no podemos guardarnos para nosotros la Buena Noticia que hemos recibido. Cuando nos pasa algo bueno solemos comunicarlo. Que sea así también con la experiencia de nuestra fe. ¿Cómo podemos reservarla sólo para nosotros? Tu testimonio es necesario, pregona «desde la azotea», no tengas vergüenza de anunciar lo que vives. Da la sensación de que los cristianos vivimos apocados, nos cuesta anunciar a Jesús en la Universidad, el taller o la oficina. Quizá por miedo al ridículo, a ser objeto de mofa. Con frecuencia oigo a muchas personas lamentarse porque se encuentran en ambientes adversos, en lo que se practica el deporte de la crítica despiadada a la Iglesia. Los cristianos tenemos que estar presentes en los medios de comunicación y utilizar los medios para llegar a todos. Pero el estilo del evangelizador no debe ser negativo ni apoyarse en la condena o la denuncia del pecado. Debe utilizar un lenguaje positivo, que transmita alegría, capaz de liberar, estimulante, esperanzador. Sólo así nos creerán, pues somos anunciadores de la gracia de Dios, como dice la Carta a los Romanos, no agoreros que presentan un Dios justiciero o un futuro oscuro. Da testimonio de tu fe, hoy es más necesario que nunca…

José María Martín OSA

Comentario – Sábado XI de Tiempo Ordinario

Decía Jesús a sus discípulos: Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Jesús expresa la dificultad de hacer compatibles dos servicios paralelos o el servicio de dos amos con exigencias contrapuestas, simultáneas o difícilmente compatibles. Lo normal en estos casos es que se acabe despreciando a uno para dedicarse al otro. Aunque queramos dedicarnos a muchas cosas y servir en muchos frentes, lo cierto es que somos limitados; esto nos obliga a tener que optar, desechando algunos oficios y consagrándonos a otros. Además, cuando esas tareas reclaman dedicación exclusiva, resulta muy difícil compatibilizarlas con otras. Y si el servicio exige concentrar todas nuestras energías en él, será mucho más absorbente e inconciliable con otras labores. ¿No es esto lo que sucede con los estudiantes en tiempo de exámenes?

Lo extraño en la comparación de Jesús es que equipare dos realidades tan distintas y distantes: Dios y el dinero, confiriéndoles señoríos y exigencias similares. Es evidente que Dios, el Señor del universo, tiene que ser servido. Ya lo hacen las estrellas y los electrones al dictado de las leyes inscritas en la naturaleza por su Creador. Nosotros también formamos parte de esa naturaleza; pero, puesto que disponemos de consciencia, se espera de nosotros una obediencia consciente y libre. Aquí, servicio y obediencia se confunden. Nada tiene de extraño, pues, que a Dios, en cuanto dueño del universo, se le compare con un amo que debe ser servido y obedecido. Lo inusual es que se compare con un amo que reclama obediencia a algo tan impersonal como el dinero.

Pero Jesús tiene sus motivos para establecer esta equivalencia. A veces el dinero se convierte en un verdadero tirano para el hombre, un dios al que se inmolan vidas humanas, incluida la propia. Cuántos hombres o mujeres «por dinero» son capaces de las mayores atrocidades o de los mayores sacrificios: capaces de matar y de morir; capaces de sufrir penalidades sin cuento con tal de conseguir ese tesoro que nos solucionaría la entera vida; capaces de romper vínculos sagrados como los que nos ligan a nuestros padres o hermanos con tal de obtener esa preciada herencia; capaces de empeñar toda una vida de esfuerzos para lograr esa fuente de ingresos inagotable. En fin, cuando el dinero adquiere esta dimensión, este rango idolátrico, ¿no ha dejado de ser lo que era para convertirse en una especie de «dios» (resp. amo) de exigencias incalculables? Nunca deja de ser del todo lo que es, medio de compraventa de mercancías; pero cuando adquiere tal poder que acaba reduciéndolo todo a la condición de mercancía comprable o vendible, pasa a convertirse en una entidad soberana y maléfica, puesto que no repara en daños e inmolaciones.

Pero no personalicemos; la fascinación del dinero no es sino la fascinación del poder que el dinero concede al que lo posee, siendo éste a su vez un poseído por la codicia que el poder del dinero ha despertado en él. Todas estas condiciones hacen del dinero algo más que un instrumento (=moneda) de cambio; le elevan a la categoría de amo (impersonal) o de ídolo (=dios falso). Tan impersonal es uno como el otro; y sin embargo, ambos ejercen su dominio. Este rango es el que permite la comparación entre Dios y el dinero.

En cuanto señores, las exigencias de uno y de otro pueden parecer similares; pero están en las antípodas. Ambos pueden pedirte la vida; pero uno (Dios) te pediría lo que es suyo y te ha dado; el otro (el dinero), en cambio, te pediría lo que no es suyo, ni puede garantizarte. Ambos disponen de poder para dar y quitar, pero el poder de Dios, siendo omnímodo, se estructura sobre el amor que es y con el que obra; por eso, cuando parece pedir algo para sí es en realidad para seguir dando; el poder del dinero, en cambio, es limitado y se sustenta en la mentira que encierra la engañosa codicia. Ambos imperan; pero el poder del dinero es temporal y pasajero, mientras que el poder de Dios es eterno. No hay, por tanto, comparación entre uno y otro, y sin embargo podemos equipararlos como si fuesen merecedores de un aprecio semejante. Es el efecto óptico de nuestra acentuada miopía. En cualquier caso, la pretensión de servir a amos tan distintos y distantes –Dios es el Creador; el dinero, en cambio, una creación humana que acaba adueñándose de su propio creador- se verá siempre confrontada con la tozuda realidad que hace de tales servicios oficios incompatibles: en realidad, no es posible servir a Dios y al dinero, aunque pueda parecerlo.

Pero el discurso de Jesús no se detiene en este punto. El Maestro saca sus consecuencias, llevándolas a extremos que se nos antojan difícilmente asumibles. Por eso os digo –primera consecuencia-: no estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan, y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

Con frecuencia la vida constituye un motivo de preocupación tanto para los que escasean como para los que rebosan, tanto para los que no tienen medios para vivir y los buscan desesperadamente, como para los que abundan en ellos pero necesitan afianzarlos o multiplicarlos, ya que nunca son suficientes o nunca están suficientemente protegidos. Y es que la vida en cuanto tal no depende de nosotros ni de nuestros medios, por muy abundantes que estos sean. ¿Quién de nosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

La preocupación por la vida implica preocupación por lo que la sostiene o la mejora: los alimentos, el medio ambiente, la higiene, los cuidados médicos, la salud mental, etc. Es evidente que la vida vale más que el alimento: éste está al servicio de aquélla; no vivimos para comer, sino que comemos para vivir. Pero, puesto que el alimento es necesario para la vida, ¿cómo no preocuparse del comer, de cuánto y cómo comer, de todo aquello que es saludable para la vida?

Cuando Jesús aconseja desechar el agobio o la preocupación por el comer y el vestir, siendo estos tan necesarios para la vida corporal, invita a fijar la mirada en los pájaros, criaturas de Dios: ni siembran, ni siegan, ni almacenan, como hacemos nosotros para proporcionarnos el alimento necesario; pero el Padre celestial los alimenta, puesto que les ha dado su lugar entre los seres vivos de este mundo. No siembran, ni siegan, es verdad, pero tampoco permanecen inmóviles como los árboles. Sin realizar estas tareas agrícolas, también los pájaros salen a buscar la comida que el Creador les ofrece. Ni siquiera los árboles permanecen inactivos. Sin necesidad de desplazarse, chupan de la tierra y del sol los nutrientes que les permiten mantenerse vivos. Sin sembrar ni segar, trabajan a su manera, ocupándose en la tarea ineludible de su alimentación y sostenimiento en la vida. Pero Dios, que es su Creador, ya se ha cuidado de dotar a todo ser vivo de los mecanismos necesarios para asimilar los nutrientes para la vida que puede extraer de la materia orgánica o inorgánica, vegetal o animal.

Dios los alimenta porque les proporciona lo necesario para su alimentación, pero esto no significa que no tengan que buscar la comida, desplazarse y esforzarse para lograrla; a veces incluso tener que competir con sus rivales; tampoco significa esto que no tengan que padecer tiempos de escasez o de sequía en los que apenas haya comida para todos; más aún, que pierdan la vida a consecuencia de esta carencia. Pero mientras permanecen vivos, porque Dios quiere que vivan, es Él quien se cuida de ellos, es Él quien los alimenta enviándoles el sol, la lluvia y las semillas.

Pues bien, si esto hace por los pájaros, ¿qué no hará por nosotros, que valemos mucho más que los pájaros? En las palabras de Jesús hay sin duda una invitación a confiar en el Dios providente, en el Dios que cuida de sus criaturas, más aún, en ese Dios que es Padre amoroso y que como Padre está pendiente de sus hijos para proporcionarles lo necesario para la vida. Pero esta vida, por mucho que se la proteja y potencie, no deja de ser caduca como caducos son los alimentos que la sostienen. La confianza no impide la ocupación, pero sí la preocupación –que es algo así como ocuparse dos veces de la misma cosa- excesiva. Se trata de la preocupación del que cree que todo depende de sí mismo y de su propio empeño. Nuestros asuntos también dependen de otros y, en último término, de Dios y sus designios. Pero Dios es nuestro Padre y conoce bien aquello de lo que tenemos necesidad. Si los paganos se afanan por estas cosas es porque desconocen o viven al margen de esta paternidad. Mas el que se sabe hijo de Dios debe vivir de otra manera, sabiendo que su vida depende esencialmente de Él.

Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Ese debe ser el motivo de nuestros desvelos y no tanto lo que pertenece al dominio de la añadidura. Pero suele suceder lo contrario: que buscamos con afanes desproporcionados las añadiduras y nos olvidamos de lo esencial, el Reino y sus bienes: la paz, la armonía, la justicia. Y cuando falta esto, lo demás (las añadiduras) sirven para muy poco o no sirven para nada. Además, el mañana es incontrolable, no está en nuestro poder; no sabemos siquiera si habrá un mañana que disfrutar o padecer. ¿Para qué agobiarse entonces por algo tan incierto como el mañana?

Pero funcionamos así, acumulando agobios, porque perdemos de vista la incertidumbre que acompaña a todo futuro. A cada día le bastan sus disgustos. Ya el día es un espacio de tiempo suficientemente extenso como para sumar disgustos. No los anticipemos ni los prolonguemos innecesariamente en el tiempo. Confiemos, pues, en Dios y agradezcámosle el día que nos permite vivir en su servicio y en el de los demás sin demasiados planes de futuro, porque todos se pueden desmoronar en un instante. Vivamos esperanzados y abiertos a las sorpresas de Dios, pero con ánimo de hijos custodiados por la mirada amorosa del Padre celestial.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

101. Diversas formas de cooperación apostólica
y pastoral de los consagrados con la dióce
sis.

Para comprender adecuadamente el régimen de cada obra apostólica servida por los Institutos o por sus miembros, es necesario distinguir:

a) Las obras propias, que los Institutos constituyen según el propio carisma y que son dirigidas por los respectivos Superiores. Es necesario poner estas obras en el cuadro general de la pastoral diocesana, por lo que su creación no debe ser decidida autónomamente, sino en base a un acuerdo entre el Obispo y los Superiores, entre los que debe darse un diálogo constante en la dirección de tales obras, sin detrimento de los derechos que a cada uno confiere la disciplina canónica.(284)

Los Institutos religiosos y las Sociedades de vida apostólica necesitan el consentimiento escrito del Obispo diocesano en los siguientes casos: para la erección de una casa en la diócesis, para destinar una casa a obras apostólicas diversas de aquellas para las que fue constituida, para construir y abrir una iglesia pública y para establecer escuelas según el propio carisma.(285) El Obispo debe ser consultado también para el cierre, por parte del Moderador supremo, de una casa religiosa abierta legítimamente.(286)

b) Las obras diocesanas y las parroquias confiadas a Institutos religiosos o Sociedades de vida apostólica, siguen estando bajo la autoridad y la dirección del Obispo, aunque el responsable consagrado mantiene la fidelidad a la disciplina del propio Instituto y la sumisión a los propios Superiores. El Obispo se preocupe de estipular un acuerdo con el Instituto o la Sociedad, para determinar claramente todo lo que se refiere al trabajo que hay que realizar, a las personas que se dedicarán a él y al aspecto económico.(287)

c) Además, para confiar un oficio diocesano a un religioso, según la norma canónica,(288) deben intervenir tanto el Obispo como los Superiores religiosos. El Obispo evite pedir colaboraciones que resulten difícilmente compatibles con las exigencias de la vida religiosa (por ejemplo, cuando pueden constituir un obstáculo para la vida común) y recuerde a esas personas que, cualquiera sea la actividad que desarrollen, su primer apostolado consiste en el testimonio de su propia vida consagrada.(289)

La colaboración entre la diócesis y los Institutos o sus miembros se puede interrumpir por iniciativa de una de las partes interesadas, teniendo presentes los derechos y las obligaciones establecidas por las normas o las convenciones.(290) Pero, en tal caso, hay que asegurar la oportuna información de la otra parte (Obispo o Instituto), evitando ponerla ante los hechos consumados. De este modo, se podrán tomar las medidas necesarias para el bien de los fieles, como, por ejemplo, pedir a otra institución o persona que se haga cargo del trabajo o del encargo y estudiar también, con la debida atención, los aspectos humanos y económicos que el abandono de una obra puede acarrear.


284 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Christus Dominus, 35; Codex Iuris Canonici, cans. 678 y 738 § 2.

285 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 609; 612; 801 y 1215 § 3. Sobre las Casas de las Sociedades de vida apostólica, cf. Codex Iuris Canonici, can. 733 § 1.

286 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 616 § 1.

287 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 521 y 681.

288 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 682 y 738 § 2.

289 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Christus Dominus, 35; Codex Iuris Canonici, can. 673; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata, 32-49.

290 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 682 § 2 y 616; Pontificia Comisión para la Interpretación de los Decretos del Concilio Vaticano II, Responsum del 25.VI.1979, I.

Jeremías el perseguido

1. Hay un tipo de ocupaciones que, por definición, resultan incómodas. Cuando a pesar de todo son imprescindibles se procura compensar su incomodidad con estímulos cuantiosos. Sin embargo, escasean los candidatos si a todo esto se une una cierta peligrosidad, un riesgo continuado. La gente, por lo general, no quiere complicarse la existencia y huyen de esas profesiones o empleos que, a la corta y a la larga son desapacibles.

No creo conocer la vocación más dura y cuesta arriba que la de profeta. No ya en la propia tierra, sino siempre y en todo lugar. Es como un permanente nadar contra corriente, una escalada sin fin, un enfrentarse continuo con todo aquello que se considera válido, a la moda, normal. No es, por eso, extraño, sino todo lo contrario, que el profeta antes de decidirse a serlo, antes de aceptare su terrible misión se revuelva febrilmente, luche, se oponga o discuta la llamada de quien, en exclusiva, puede pedir a un hombre este sacrificio: Dios.

Las páginas psicológicamente más impresionantes de la Biblia son –me parece– los relatos de la vocación de Moisés, Elías, Jeremías, etc. O las incertidumbres de Juan el Bautista. Concretamente, la liturgia de este domingo se ciñe sobre este problema: Jeremías sufre en su propia carne la tensión inevitable entre el profeta y la sociedad, entre los establecidos y quien viene a remover seguridades, entre los blandos y la verdad infranqueable, entre los que buscan una legitimación religiosa de sus conductas y quien se ve obligado a denunciar. El profeta paga muy caro su terrible oficio; sus honorarios son la soledad, la persecución, el hazmerreír, la incomprensión, el quebrantamiento incluso físico.

Jeremías, llamado por Dios a ser profeta, es el ejemplo de toda persona religiosa que se ve perseguida «por los de fuera» y especialmente «por los de dentro». Jeremías se niega a alinearse con la corriente predominante en su tiempo de «aparentar ser lo que no se es». Los tiempos de Jeremías fueron tiempos de cambios y novedades en todos los sentidos de la vida. La gente, impulsada por líderes religiosos y políticos animaba esta corriente llegando a crear muchos «ídolos»; y por lo tanto muchas expectativas falsas. Jeremías, que veía claro, no se aguantaba y lo denunciaba. Tuvo muchos problemas por esto. El también aprendió, sufriendo, a encontrar a su salvador-Dios.

2. Sorprende la proliferación actual de profetas. No es que no haya cosas que denunciar; al contrario, Y mucho menos que no sean más necesarios hay que nunca los que “tiren de la manta” y dejen al descubierto los mil subterfugios inventados para encubrir la injusticia. Tampoco seria imaginable que Dios escatimase, en este momento crucial, la vocación profética en la Iglesia. Tiene que haber, desde luego, profetas; tal vez muchos. Pero ¿lo son de verdad todos los que se apresuran a proclamarse ellos mismos profetas? Me permito dudarlo porque no hay nada tan contradictorio como un profeta “instalado” en su propia profecía.

Cuando en un colectivo numeroso, como el cristiano, hay discrepancias teóricas y prácticas entre sus miembros, puede quedar en el olvido la verdadera esencia de lo que es ese colectivo. Incluso el colectivo «cristianos» está expuesto al «adanismo».

Hoy día Adán puede verse reflejado en lo que hay de individualismo en ciertos miembros de la Iglesia; y en lo que hay de orgullo al defender intereses grupales dentro del colectivo. Por eso no está de sobra el volver la mirada a Jesucristo y decirle de nuevo: «Estoy o estamos de tu parte…, y si nos hemos equivocado en algo vamos ahora a volver a Ti».

Así como Jeremías supo alinearse de parte de Dios en contra de la corriente, así todo «pobre-piadoso», que no tenga intereses personalistas ni de sectarismos religiosos debe hacerlo hoy día en cuanto a su vida de fe.

3. La historia de Jeremías es un ejemplo que se ha repetido muchas veces en la historia de la Iglesia, como comunidad de creyentes; se da innumerables veces en la vida espiritual de los creyentes comprometidos. ¿De dónde sacar fuerzas entonces? De la convicción de que Dios está conmigo (con nosotros), y no podrán conmigo (con nosotros). El «piadoso» puede ser débil aparentemente, hasta que se da cuenta él mismo dónde está su verdadera fortaleza.

Tener autoconciencia de debilidad no es malo, como dice san Pablo. Él siente más bien orgullo de esa debilidad: «Pues si me siento débil, entonces es cuando soy fuerte». Y así ningún mortal podrá alabarse a sí mismo delante de Dios.

Dios salva a Jeremías (y a cualquier creyente seducido por el amor de Dios) de un estado de ánimo pesimista o depresivo, a causa de la realidad penosa que nos rodea o nos puede rodear por momentos.

No es que Jeremías vea enemigos «donde sólo hay molinos», como le pasaba a don Quijote. Es que la sensibilidad de todo hombre o mujer piadosos desea siempre el bien, la paz, el amor y un estado de bienestar, que va más allá del dinero o de las posibilidades económicas.

Entonces, cuando el «piadoso» no ve ese estado de bienestar espiritual se puede deprimir, y la solución no está sino en el mismo Dios, en ese Dios que nos «seduce», que nos envuelve y no permite que nos deprimamos, pase lo que pase.

Hay sólo un peligro en esta autoconciencia del que cree tener a Dios con él, y es el del fundamentalismo. Pero no es el caso de Jeremías, ni del buen «piadoso», porque ellos encomiendan a Dios su causa, no se sienten capaces ni con ganas de ejecutar la venganza con sus propias manos, ni de planificar y ejecutar ellos mismos las reformas drásticas.

4. Hay muchos cristianos que están de parte de Jesús ¡Qué gran consuelo es este texto de Mateo para ellos! También nos encontramos con frecuencia personas que se confiesan «no creyentes» o «agnósticos» o «no practicantes», etc., pero dicen estar de parte de Jesús de Nazaret. Es que Jesús les atrae, les anima, les estimula al bien y, en algunos casos, les lleva a obrar como Él obraría.

Creemos que esas palabras de Jesús, en el evangelio de hoy, «Yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo». les pueden valer también para ellos generosamente. ¡Y que gran aval va a suponer esto para ellos, si obran honestamente!

Muchos casos hay en que las personas no son «tibias», ni «frías», ni indiferentes religiosamente hablando, pero algo les pasa o afecta en su vida. En ocasiones, pueden haber sido arrastrados por la moda liberal, o haber sido dominados por prejuicios anticlericales, o sentirse defraudados por los ritualismos, personalismos clericales, y hasta por la poca pedagogía con que presentan la realidad sacramental algunos presbíteros. Esto hace que el desánimo les lleve a no dar el paso hacia el compromiso que debían y podían tener.

Si hablamos en términos de pecado «colectivo» de los creyentes, esta realidad es uno de ellos. Porque todos, presbíteros y laicos, somos responsables de estar favoreciendo ritos, formas, modos y maneras que desaniman a unos y a otros en el seguimiento de fe y vida que nos predicó Jesús de Nazaret.

La prueba final del llamado por Dios es la persecución. Aún más: La persecución sufrida, sin dramatismos espectaculares, sin teatralidad. Cuando se sufre en la propia carne el fuego de la profecía y no se pierde la sonrisa se está de la “parte de Dios”. Y Dios nunca defrauda.

Antonio Díaz Tortajada

Confesar a Cristo ante los hombres

1.- «Delatadlo, vamos a delatarlo…» (Jr 20, 10) Jeremías se lamenta amargamente. Una vez más es el profeta plañidero, el que llora hasta el extremo de que su figura sea el prototipo de la desgracia. Hecho un «Jeremías» se dice. Como del mismo Cristo en su pasión. Hecho un «ecce homo»… Misterio de los planes de Dios, dando cabida al sufrimiento del justo. Y un sufrimiento grande, profundo. Dolor que hace clamar, gritar, llorar.

Jeremías ve el peligro, oye el cuchicheo de sus enemigos, se da cuenta de sus intrigas. Sabe que lo van a delatar, que intentan calumniarlo, que viven al acecho para aprovechar el primer desliz, el primer traspiés. Momentos de angustia que hacen temblar al profeta, asustarse, sentir un miedo cerval. Sus lágrimas corren abundantes, sus lamentaciones se desgranan en unas letanías interminables… Jeremías, figura de Cristo paciente, mensaje para el justo que sufre y pena. En efecto, Jesús crucificado es la respuesta, sin palabras y sin más explicación, del sentido «sinsentido» que tiene el sufrimiento del elegido de Dios.

«Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado…» (Jr 20, 17) Y en medio de ese dolor, de ese miedo, de este terror pavoroso, surge una exclamación de esperanza, un grito de gozo entrañable. El profeta se alza de su postración, se levanta con vigor y coraje, seguro, indomable en su propósito de anunciar el mensaje de Dios. De pronto ha comprendido que no está solo, se da cuenta de que a su lado está el Señor de los ejércitos, como un fuerte soldado, como valiente guerrero que decidirá favorablemente la contienda.

«Cantad al Señor -termina diciendo-, alabad al Señor que libró la vida del pobre de las manos del impío…». Dios está contigo, te alienta, te sostiene, te empuja. No temas, no te acobardes, no te inquietes. Yo te haré, dice el Señor, como muro de bronce, como columna férrea, como ciudad fortificada. Van a luchar contra ti, pero no podrán vencerte, porque yo estaré contigo para librarte… Jeremías sigue su camino de sufrimiento con serenidad, lo mismo que Jesús sale al encuentro de los que vienen a prenderle. Luego, ahora también, la historia se repite. Y otros «jeremías», otros «ecce homo» van cruzando la vida con su enorme fardo de dolor, redimiendo a la Humanidad.

2.- «Soy un extraño para mis hermanos» (Sal 68, 8) «Por ti he aguantado afrentas, dice el salmista, la vergüenza cubrió mi rostro». Aguantar afrentas, callar para no dar cauce a la indignación que nos arde por dentro. Dejar que el rubor nos queme el rostro, dominando los deseos de proferir un grito de protesta. Y todo eso hacerlo por amor de Dios. Aunque también sea justo y noble sentir esos deseos de clamar contra lo que ha provocado nuestra indignación. Porque sin duda que lo que más nos ha de doler es que se ofenda a Dios, sobre todo cuando se hace a propósito, con la intención de que se note, hiriendo así no sólo al Señor sino a todos aquellos que creen en él y a él le aman. Es el caso de la blasfemia premeditada, la que se profiere en un discurso, por ejemplo, como ha ocurrido alguna vez. Más de uno, cuando se enteró del hecho, alzó su voz de protesta por cuanto suponía de ultraje a los sentimientos más sagrados. No hay derecho a pisotear las creencias de los demás, aunque no las compartamos.

«… porque me devora el celo de tu templo» (Sal 68, 10) El salmista habla también del celo que le devora por la casa del Señor. Es una frase que los evangelios aplican a Jesucristo cuando no pudo, o mejor, no quiso contener su indignación al ver los atrios del Templo, convertidos en un mercado. Entonces el Señor hizo un látigo de cuerdas y echó a la fuerza a los comerciantes y cambistas, que habían convertido la casa de oración en una cueva de ladrones.

Nosotros, los cristianos, hemos de sentirnos profundamente ofendidos en lo más íntimo y sagrado, cuando se ofende abiertamente al Señor. No podemos quedarnos indiferentes y fríos. Es verdad que tampoco se trata de que cojamos un látigo y nos pongamos a golpear a diestro y siniestro. Pero hemos de hacer comprender a quien sea, que nos está ofendiendo con sus palabras o con su conducta. Por otra parte, que esas palabras ofensivas, o ese acto que conculca descaradamente la Ley divina, nos remueva por dentro y nos estimule para ser mejores de lo que somos, y también nos lleve a desagraviar el santo nombre de Dios, tratando de que nuestra vida sea motivo de gloria para el Señor. Que los hombres vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos.

3.- «Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte» (Rm 5, 12) El pecado y la muerte son dos realidades inseparables, dos hechos que se suceden el uno al otro de modo necesario. Así el primer pecado originó la muerte, y como en aquel pecado todo hombre participó de algún modo por ser descendiente de Adán, de ahí que todos los hombres, por el mero hecho de serlo, desde que nacen están en pecado, condenados a morir. Es un misterio difícil de comprender, pero al mismo tiempo un fenómeno fácil de comprobar. El niño de corto entender, apenas entra en los primeros balbuceos, ya está dando muestras de las malas inclinaciones que lleva dentro. Apenas se aprenden las primeras palabras y ya es posible el engaño y la mentira. Y con el pecado, la muerte que inicia su vuelo de alas negras, el peligro y el riesgo de la desgracia que alborea, la zozobra de los primeros remordimientos, las primeras lágrimas de interna desazón. Es indudable, a más pecados en nuestra vida, más muerte y más dolor.

«Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don…» (Rm 5, 15) La desobediencia de Adán dio lugar a un sinfín de males, pero la obediencia de Cristo originó un sinfín de bienes. «Si por la culpa de uno murieron todos, dice san Pablo, mucho más, gracias a un sólo hombre, Jesucristo, se desbordaron sobre todos la benevolencia y el don de Dios». Sí, con Cristo renació para el hombre la esperanza y la alegría. Desde que él vino todo ha cambiado en la tierra. Están rotas las cadenas de la muerte, están transformadas las alambradas del dolor. La muerte ahora es el comienzo de la nueva vida, es el salto hacia la eternidad dichosa por siempre. Las penas, que no faltarán, son como las espinas que hacen posible la floración de las rosas.

El pecado ha sido cancelado. El hombre queda herido en lo más íntimo de su ser, débil y frágil ante el combate que aún ha de librar. Pero a su lado está Cristo que le anima, que le perdona, que le protege, que le espera, que le ama.

4.- «Jesús dijo a sus apóstoles: No tengáis miedo…» (Mt 10, 26) En este pasaje evangélico el Señor repite, por tres veces, la misma frase: No tengáis miedo. Las dificultades de la predicación serían muchas, y el Señor no las oculta a sus apóstoles en el momento de enviarlos a proclamar el Evangelio. Les llega a decir que los envía como ovejas entre lobos. Pero en medio de aquellas dificultades, tenían que mantenerse animosos, serenos y fuertes para no callar y seguir predicando el mensaje de la salvación. En primer lugar, el daño que pudieran ocasionarles los demás sería un daño relativo. En el peor de los casos les podrían quitar la vida. Pero nunca podrían matarles el alma. En cambio, Dios puede perder no sólo al cuerpo sino también al alma. Por otra parte, el daño físico, con ser doloroso y en ocasiones irresistible, sería para ellos un bien precioso, si lo sufrían por amor a Cristo, que premiaría con creces aquel sacrificio, y les daría, además, fuerza y coraje para llevarlo a cabo.

El Maestro les recuerda también que Dios Padre vela por ellos, y que nada les ocurrirá que no sea permitido por él. Por tanto, han de actuar con libertad y franqueza, independientes y seguros, sabiendo que Dios está de su parte, y que es él quien los envía a predicar el Evangelio. Con esa decisión no habrá obstáculo que no puedan superar, dificultad que no lleguen a vencer. Este talante de optimismo y audacia los llevó a todos los caminos de la tierra, sin complejos ni temores. Era tal su empuje y su entusiasmo que la siembra de la Palabra era cada vez más ancha. Pronto no habría país donde el cristianismo no hubiera llegado. El imperio romano, que alcanzaba prácticamente los límites del mundo, se vio inundado por aquella doctrina que hablaba de amor a Dios y al prójimo.

Hoy las palabras de Cristo siguen urgiendo a los que le hemos seguido, hoy también nos pide Dios la audacia de confiar en su poder. Es cierto que la siembra está iniciada, pero aún queda mucho por hacer, y nadie puede quedar mano sobre mano en la gran tarea de anunciar el Reino. Hemos de ser testigos del Evangelio, confesar a Jesucristo delante de los hombres. Sólo así nos confesará él ante el Padre cuando llegue el momento de comparecer ante el tribunal divino.

Antonio García Moreno

¡Que se os vea! ¡No tengáis miedo!

1.- La iglesia, sobre todo en épocas pasadas, ha podido ser criticada por copar demasiado las esferas de decisiones y de poder. Eran otros tiempos y, cada época, hay que contemplarla con la óptica de aquella realidad. Lo contrario sería injusto.

¿Quién ha dicho que el anunciar el Evangelio, fuera empresa fácil? El amor, desde el Evangelio, no es una revista de corazón donde todo se compra y todo se vende. El amor, desde el Evangelio, implica renuncia y perdón, gratuidad y humildad. Y, esto, no precisamente está en boga hoy y aquí.

Últimamente, sobre todo con la dialéctica iglesia/gobierno en España, vemos con una claridad meridiana evangélica, que los esquemas del mundo (familia, matrimonio, etc.,) no son precisamente los que nuestros gobernantes desean para un futuro malentendidamente “progre”.

Ante esta realidad, dura y cruda, no caben las falsas excusas ni los cobardes miramientos: un cristiano o tiene claro lo que es decisivo desde el Evangelio o corre el riesgo de perderlo todo por el camino y convertirse, por lo tanto, en un salero sin sal, en un universo sin luz o en un mar sin agua.

Algunos, sobre todo aquellos que hablan y saben de todo, quisieran que el mensaje del Evangelio estuviera rendido a los pies del poder establecido. Que la iglesia se replegase en las cuatro paredes de una sacristía. Que las campanas enmudecieran y, en vez de bronce, fuesen de frágil papel rotas por el viento.

2.- Algunos poderes mediáticos, ciertamente, quisieran una iglesia más vacía de lo que está, con más temblor y temor del que tiene, a los que rigen o menos beligerante a la hora de defender posturas y credibilidad. Jesús, por el contrario, nos recuerda que, seguirle, implica incomodidades y deserciones, traiciones y sufrimiento, luchas e incomprensiones.

Estamos asistiendo a una etapa, yo diría emocionante y clarificadora, donde se nos presenta delante de nosotros un momento profético: quien sea, que sea de verdad y, quien no lo sea, que sepa lo que deja o lo que puede llegar descubrir: Jesucristo

3.- El único temor que debe paralizar a un cristiano es el vértigo que produce el no cumplir la voluntad de Dios.

El único pavor que debe sentir un sacerdote y laico comprometidos con su iglesia, es el haber callado cuando más necesaria era una voz denunciante

El único miedo que debiéramos de sentir, los cristianos enviados por Jesús, es saber que somos de su equipo, pero no lo defendemos ni jugamos en el terreno de juego con su código en mano.

Pidamos a Dios, en este domingo, que nuestra presencia sea más real, menos vistosa y más visible.

El escalador, según cuentan, deja de temblar cuanto más arriba está. Los cristianos, tal vez temblamos demasiado, porque igual no estamos donde tendríamos que estar: dando con valentía, la razón y la cara, por nuestra fe.

Javier Leoz

Seguir a Jesús sin miedo

El recuerdo de la ejecución de Jesús estaba todavía muy reciente. Por las comunidades cristianas circulaban diversas versiones de su pasión. Todos sabían que era peligroso seguir a alguien que había terminado tan mal. Se recordaba una frase de Jesús: «El discípulo no está por encima de su maestro». Si a él le han llamado Belcebú, ¿qué no dirán de sus seguidores?

Jesús no quería que sus discípulos se hicieran falsas ilusiones. Nadie puede pretender seguirle de verdad sin compartir de alguna manera su suerte. En algún momento alguien nos rechazará, maltratará, insultará o condenará. ¿Qué hay que hacer?

La respuesta le sale a Jesús desde dentro: «No les tengáis miedo». El miedo es malo. No ha de paralizar nunca a sus discípulos. No han de callarse. No han de cesar de propagar su mensaje por ningún motivo.

Jesús les explica cómo han de situarse ante la persecución. Con él ha comenzado ya la revelación de la Buena Noticia de Dios. Deben confiar. Lo que todavía está «encubierto» y «escondido» a muchos, un día quedará patente: se conocerá el Misterio de Dios, su amor al ser humano y su proyecto de una vida más feliz para todos.

Los seguidores de Jesús están llamados a tomar parte desde ahora en ese proceso de revelación: «Lo que yo os digo de noche, decidlo en pleno día». Lo que les explica al anochecer, antes de retirarse a descansar, lo tienen que comunicar sin miedo «en pleno día». «Lo que yo os digo al oído, pregonadlo desde los tejados». Lo que les susurra al oído para que penetre bien en su corazón, lo tienen que hacer público.

Jesús insiste en que no tengan miedo. «Quien se pone de mi parte», nada ha de temer. El último juicio será para él una sorpresa gozosa. El juez será «mi Padre del cielo», el que os ama sin fin. El defensor seré yo mismo, que «me pondré de vuestra parte». ¿Quién puede infundirnos más esperanza en medio de las pruebas?

Jesús imaginaba a sus seguidores como un grupo de creyentes que saben «ponerse de su parte» sin miedo. ¿Por qué somos tan poco libres para abrir nuevos caminos más fieles a Jesús? ¿Por qué no nos atrevemos a plantear de manera sencilla, clara y concreta lo esencial del evangelio?

José Antonio Pagola