II Vísperas – Domingo XII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como un luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo vamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces —siempre, siempre—, entonces
seremos bien lo que seremos.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: Hb 12, 22-24

Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.

PRECES

Alegrándonos en el Señor, de quien viene todo don, digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Padre y Señor de todos, que enviaste a tu Hijo al mundo para que tu nombre fuese glorificado, desde donde sale el sol hasta el ocaso,
— fortalece el testimonio de tu Iglesia entre los pueblos.

Haznos dóciles a la predicación de los apóstoles,
— y sumisos a la verdad de nuestra fe.

Tú que amas a los justos,
— haz justicia a los oprimidos.

Liberta a los cautivos, abre los ojos a los ciegos,
— endereza a los que ya se doblan, guarda a los peregrinos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los que duermen ya el sueño de la paz
— lleguen, por tu Hijo, a la santa resurrección.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Confianza

El miedo es lo opuesto a la confianza. Y aseguran los neurocientíficos que ambos usan las mismas redes neuronales. Lo cual implica que alimentar el miedo –consciente o inconscientemente– significa socavar la posibilidad misma de confiar.

El miedo es una emoción importante que nos permite detectar las amenazas y protegernos ante ellas. Forma parte, por tanto, de nuestro equipamiento biológico. El problema surge cuando la amenaza no es real, sino fabricada por nuestra mente, como consecuencia de miedos “heredados” generacionalmente, de experiencias infantiles más o menos traumáticas o de la ignorancia acerca de lo que realmente somos.

Con tales condicionamientos, no es extraño que la mente vea peligros por doquier, instalándonos en el miedo de manera habitual, incrementando la ansiedad y encerrándonos en una cárcel interna que cada vez oprimirá más. El miedo acobarda y constriñe, aísla y obliga a vivir a la defensiva en permanente estado de alerta.

Frente a tales miedos-fantasmas –creados y alimentados por una mente temerosa e ignorante–, el mensaje de las personas sabias aparece indefectiblemente coloreado por la confianza. Es lo que percibimos, por ejemplo, en Jesús de Nazaret quien, de manera constante, insiste: “No tengáis miedo”, confiad.

La confianza brota de la comprensión, de la certeza de que aquello que somos se halla siempre a salvo. En palabras del propio Jesús: “pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Experimentaremos dolor y muerte en nuestra forma vulnerable, pero lo que somos realmente permanece siempre inafectado. Por decirlo de manera simple: somos aquello que no puede ser dañado.

Y habla Jesús de “gorriones” y de “cabellos”… Todo, absolutamente todo, hasta lo más insignificante, responde a un designio sabio. Vivimos confundidos porque percibimos solo una apariencia muy limitada de la realidad. Si pudiéramos apreciarla en su conjunto, advertiríamos que, en lo profundo, todo está bien, todo tiene su lugar. Y que la vida no se equivoca cuando cae un pájaro del cielo o un cabello de nuestra cabeza.

Si lo quiero analizar desde mi mente analítica, no entenderé nada, me sublevaré ante ese tipo de afirmaciones y, con toda probabilidad, añadiré sufrimiento. Si comprendo que soy (somos) la misma vida expresándose, superada la consciencia de separatividad, viviré en la confianza. Porque quien percibe su (nuestra) verdadera identidad vive ecuánime e imperturbable en toda situación.

De una forma que puede sonar escandalosa tanto a la mente analítica como a la ortodoxia religiosa, la mística beguina del siglo XIV, Juliana de Norwich, proclamaba gozosa: “El pecado es necesario, pero todo acabará bien, y todo acabará bien, y cualquier cosa, sea cual sea, acabará bien”.

¿En mi día a día, alimento más el miedo o la confianza?

Enrique Martínez Lozano

¿Esclavos de nuestros miedos o discípulos y discípulas de Jesús?

Jesús es consciente de los miedos que amenazan a sus primeros seguidores y de nuestros miedos y nos presenta, a lo largo del texto, tres caminos para que seamos conscientes de la ayuda de Dios.

En primer lugar, que no tengamos miedo a manifestar la revelación; la Palabra, se va des-velando: revela y desvela el misterio oculto de Dios. Por eso, lo que se nos dice en la oscuridad, o lo que se nos comunica en la intimidad, hay que sacarlo a la luz y los discípulos de Jesús tenemos la misión de contribuir a esa revelación, a dar a conocer a todos quién es Dios y su mensaje de salvación. El mensaje que Dios mismo quiere revelarnos.

En segundo lugar, que no tengamos miedo a las persecuciones de todo tipo. Cuando Mateo escribió el evangelio, las persecuciones físicas, tortura y muerte, eran habituales; pero para que los discípulos comprendieran que en medio de las persecuciones estaban en las manos del Abbá utiliza un recurso habitual en la literatura judía: observar lo que ocurre en la naturaleza y aprender de ella. Más de una vez los textos del evangelio utilizan el recurso a los animales, así se nos dice que debemos ser inteligentes como las serpientes y sencillos como las palomas, o que tengamos cuidado con los lobos que se disimulan bajo la piel de corderos… En este caso nos habla de los gorriones, pequeños e indefensos, como debían sentirse los primeros cristianos ante las persecuciones judías y romanas, para decirnos: Si Dios cuida a los gorriones ¡cuanto más! nos cuidará a nosotros… Cuanto más cuidará a los que comparten la misión de su hijo.

En tercer lugar, no debemos tener miedo, porque si damos testimonio de Él, Jesús mismo será testigo nuestro ante el Padre. Mateo se dirige a una comunidad misionera que experimenta la persecución y multitud de dificultades y les ayuda a reflexionar para que el miedo no los lleve a la negación de Jesús, al silencio de la Buena Noticia, a la apostasía, etc. En tiempos de Jesús y cuando se escriben los evangelios, dar testimonio de una persona ante la autoridad podía suponer salvar o perder la vida. La justicia impartida por los tribunales se apoyaba en los testimonios, en quien salía valedor de los acusados. Por eso Jesús les dice: No tengáis miedo de dar testimonio de mí porque yo daré testimonio de vosotros ante el Padre.

Dar testimonio de Jesús puede suponer muchos peligros, hasta la muerte, pero si Jesús va a ser nuestro testigo ante el Padre, sabemos que estamos en buenas manos, protegidos y salvados… si es Jesús el que nos defiende, estamos salvados y tendremos la vida plena que nadie nos podrá quitar.

En el contexto de miedo en el que vivimos también nosotros, el evangelio de hoy nos invita a preguntarnos, ¿A qué y a quienes tenemos miedo? ¿A dónde nos conducen nuestros miedos? ¿Qué germen de cobardía descubrimos en nosotros como discípulos y discípulas? ¿Estamos sacando a la luz la revelación, desvelando el velo que oculta el rostro de Dios y su mensaje de salvación? Cuando, como en esta época, nos experimentamos como personas débiles y frágiles, ¿a quién recurrimos? ¿En quién ponemos nuestra confianza?

El evangelio nos recuerda que cuando damos testimonio de Jesús ante las personas que nos rodean, sirviéndolas, acompañándolas, desvelándoles el amor que Dios les tiene… Jesús también será el que dé testimonio de nosotros ante el Padre. Esta es nuestra profunda esperanza y nuestra fuente de alegría. De esa clase de alegría que no depende de lo que nos ocurra, de lo que otros nos puedan hacer… porque se nos ha dado para siempre.

Para Mateo el juicio final (25, 31-46) es importante, ese encuentro con Jesús en el que se revela la coherencia y la verdad de nuestra fe y de nuestras obras. En esta perspectiva y en contexto de las persecuciones o de las dificultades actuales, insiste: no tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo (como ocurría entonces y ocurre hoy aunque sea por otras causas) pero no os pueden arrebatar la vida en plenitud. Dale importancia a lo fundamental, a lo que puede destrozar todo tu ser para la eternidad; el ser esencial no lo mata nadie. Nuestra fe afirma que la vida es mucho más que la vida física.

Estas son pues las claves para combatir el miedo que este domingo se nos ofrecen. Vivir desde ellas y ayudar a desvelar la revelación, para que otros puedan hacerlo, es la misión que se nos encomienda. Misión que queremos vivir sin miedos, porque estamos en buenas manos y hay quien da testimonio por nosotros.

Mª Guadalupe Labrador Encinas. fmmdp

Comentario – Domingo XII de Tiempo Ordinario

Hay una palabra en este pasaje evangélico que se repite como una melodía: No tengáis miedo. La palabra se dirige a personas atemorizadas por los peligros de la vida, por el rumbo de los acontecimientos, por las acechanzas o amenazas de otros hombres, y quiere llevar la confianza a esos corazones temerosos o angustiados. La vida (con sus inseguridades y peligros) ofrece sin duda muchos motivos para tener miedo. Además, están los miedos patológicos (imaginarios), irracionales, que carecen de motivo racional. Son nuestros fantasmas.

La lista de nuestros miedos sería seguramente interminable. Tenemos miedo a lo desconocido (o a los desconocidos), a un asalto con riesgo para la propiedad o para la vida, a la oscuridad, a una amenaza seria, a la ruina económica, a un accidente que nos deje minusválidos, a la traición de un amigo, a la separación o abandono del esposo, a la marcha de un hijo, a la soledad, al fracaso, al desprestigio, a la difamación, al juicio de otros, a la marginación, al dolor, a la muerte, al juicio final. Son nuestros miedos, y pocos pueden decir con sinceridad que no tienen miedo a estas cosas. Parece imposible vivir con tranquilidad en medio de tantos peligros y acechanzas.

Pues bien, Jesús nos dice: No tengáis miedo a los hombres. Pero es precisamente de los hombres de quienes podemos temer las mayores acechanzas: un robo, un asesinato, una calumnia, una agresión, una negligencia. No tengáis miedo, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

Jesús parece referirse aquí al poder del hombre para ocultar o disfrazar la realidad. De nada les servirá este empeño encubridor, porque todo acabará sabiéndose, porque la verdad acabará saliendo a la luz y poniendo al descubierto la falsedad de la mentira. Tal vez haya que sufrir por algún tiempo los efectos de la calumnia, la difamación o la maledicencia; pero al final prevalecerá la verdad. Sólo los enemigos de la verdad, sólo los que tienen cosas vergonzantes que ocultar, temen el desvelamiento de lo oculto.

Es verdad que hay una zona de intimidad en nuestras vidas que no tiene por qué estar expuesta a las miradas de todos; pero lo deseable es que siempre y en todas las cosas resplandezca la verdad. Jesús considera que lo que él dice en privado, o de noche, puede y debe ser dicho en pleno día, y lo que él dice al oído puede ser pregonado desde la azotea. Y si quiere que se dé publicidad a sus palabras y acciones (salvo casos excepcionales) es porque tales palabras son verdaderas, porque no tiene nada que ocultar; por eso no teme la maledicencia, aunque también de él, el íntegro, se habló mal. Ni siquiera Jesús se libró de las habladurías, pero él sabe que nada hay cubierto que no llegue a descubrirse.

Pero él les dice más: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. ¿Qué es esa alma que no está al alcance de las espadas ni de las hogueras? Cuando matan a los mártires les quitan la vida, pero no les quitan su fe en Dios, ni su integridad moral, ni su esperanza de vida eterna; no les quitan lo que es patrimonio del alma. Estas convicciones son las que les permiten vencer su miedo al dolor y a la pérdida de la propia vida. Habría que temer más bien, dice Jesús, al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿Qué fuego es ése que puede destruir el alma?

Jesús parece aludir con esta expresión a la gehenna o fuego del infierno, que atormentaría al alma, pero sin aniquilarla. En realidad, lo que destruye al alma, esto es, su rectitud, su honestidad, su esperanza, su paz, su salud, etc, es el pecado. A éste es al que hay que temer. Pero hasta el pecado está sujeto al fuego purificador de Dios, que puede disolver el pecado con la llama de su misericordia; pero para que se produzca ese efecto, el responsable del pecado tiene que dejarse quemar por este fuego del amor divino. No hay que olvidar que la maldad también es obstinada, y el alma puede morir enquistada en su propia obstinación; y ante ese muro Dios se detiene: no puede hacer más de lo que ha hecho y hace. Y si hay que temer a lo que puede destruir el alma, es porque la vida del alma es más valiosa que la del cuerpo, o mejor, porque la vida del hombre, a la vez del alma y del cuerpo (psicosomática), es más que la simple vida corporal o terrena.

En cualquier caso, no temamos porque no hay comparación entre nosotros y los gorriones; y si ninguno de ellos cae al suelo sin que Dios lo permita (o disponga), mucho menos nosotros que somos inconmensurablemente más valiosos a sus ojos. Confiemos, pues, en su providencia amorosa.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

102. Coordinamiento de los Institutos.

Al Obispo, padre y pastor de la entera Iglesia particular, compete promover la comunión y el coordinamiento en el ejercicio de los diversos legítimos carismas en el respeto de su identidad.(291) Por su parte, los Institutos, cada uno según su peculiar naturaleza, “están llamados a manifestar una fraternidad ejemplar, que sirva de estímulo a los otros componentes eclesiales en el compromiso cotidiano de dar testimonio del Evangelio”.(292)

Para obtener un mejor coordinamiento de las diversas obras y programas apostólicos en el contexto pastoral de la diócesis, así como un adecuado conocimiento y una recíproca estima, conviene que el Obispo convoque periódicamente a los Superiores de los Institutos. Dichos encuentros constituirán una óptima ocasión para individuar, gracias al intercambio de experiencias, objetivos evangelizadores y modalidades idóneas para remediar las necesidades de los fieles, de manera que los Institutos puedan proyectar nuevas actividades apostólicas y mejorar las ya existentes.(293) Del mismo modo, cuidará de convocar periódicamente a los responsables de las delegaciones diocesanas de la Conferencia de los Superiores y/o Superioras Mayores.

A fin de facilitar las relaciones del Obispo con las diversas comunidades, en muchos lugares será oportuno constituir un Vicario episcopal para la vida consagrada, dotado de potestad ordinaria ejecutiva, que haga las veces del Obispo en relación con los Institutos y sus miembros. El Vicario cuidará también de mantener a los Superiores debidamente informados sobre la vida y la pastoral diocesana. Dadas las múltiples y puntuales competencias del Obispo en relación con los Institutos – diversificadas, además, según la naturaleza propia de cada Instituto convendrá que el Vicario sea un consagrado o, al menos, un buen conocedor de la vida consagrada.


291 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata, 49.

292 Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata, 52.

293 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 680.

Lectio Divina – Domingo XII de Tiempo Ordinario

Dar testimonio del Evangelio sin miedo
Mateo 10,26-33

1. ORACIÓN INICIAL

En la oscuridad de una noche sin estrellas,
la noche vacía de sentido
tú, Verbo de la Vida,
como relámpago en la tempestad del olvido,
has entrado en el límite de la duda,
al abrigo de los confines de la precariedad,
para esconder la luz.

Palabras hechas de silencio y de cotidianidad
tus palabras humanas, precursoras de los secretos del Altísimo:
como anzuelos lanzados en las aguas de la muerte
para encontrar al hombre, sumergido en su ansiosa locura,
y retenerlo preso, por el atrayente resplandor del perdón.
A Ti, Océano de Paz y sombra de la eterna Gloria, te doy gracias:
Mar en calma para mi orilla que espera la ola, ¡que yo te busque!
Y la amistad de los hermanos me proteja
cuando la tarde descienda sobre mi deseo de ti. Amén.

2. LECTURA

Mateo 10,26-33

a) El texto:

26 «No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. 27 Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. 28 «Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.29 ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. 30 En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. 31 No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. 32 «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; 33 pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.

b) Momento de silencio:

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros.

3. MEDITACIÓN

a) Preguntas para la reflexión:

No hay nada encubierto que no deba ser descubierto: la verdad bajo los velos del silencio se extiende más que si se expone en las ávidas manos de los hombres sordos al soplo del Espíritu. La palabra de Dios que escuchas ¿dónde la colocas? ¿A merced de tus pensamientos aventureros o en el sagrario de tu acogida profunda?

Lo que os digo en la oscuridad decidlo a la luz: Cristo habla en las tinieblas, en el secreto del corazón. Para ofrecer sus palabras a la luz éstas deben pasar por tu pensamiento, dentro de tu sentir, en las entrañas antes de subir a los labios. Las palabras que habitualmente diriges a los otros ¿son palabras dichas en el secreto por Él o silabas de pensamientos que vienen al acaso?

Y no tened miedo de los que matan el cuerpo: ninguno, ni nadie podrá hacerte mal, si Dios está contigo. Podrán hacerte prisionero, pero no podrán quitarte la libertad y la dignidad porque son insustraibles por cualquiera. Miedos, temores, sospechas, ansias… pueden llegar a ser un recuerdo lejano. ¿Cuándo lo dejarás en la confianza que Dios no te abandona nunca y tiene cuidado de ti?

Dos pájaros ¿no se venden quizás por un as? Y sin embargo ninguno de ellos caerá a tierra sin que lo quiera mi Padre. La providencia de Dios puede asemejarse al destino, pero es otra cosa totalmente distinta. Los pájaros caen a tierra No es Dios quien los arroja a tierra, sino que cuando caen el Padre está allí. No es Dios quien manda la enfermedad, pero cuando el hombre se enferma, El Padre está allí con Él. Nuestras cosas le pertenecen. La soledad que a veces nos aprisiona no es abandono. ¿Volveremos alrededor la mirada para encontrar los ojos de Cristo que vive con nosotros aquel momento de desolación?

Quien me reconoce delante de los hombres, también yo lo reconoceré delante de mi Padre: Dar a Cristo el coraje de nuestra fe en Él… esta exigencia de vida en la que Dios no es un accesorio, sino el pan cotidiano y la carta identificadora, ¿por sí te interpela o todavía queda algún deseo oculto? También entre los jefes, dice Juan, muchos creyeron en Él, pero no lo reconocían abiertamente a causa de los fariseos, para no ser expulsados de la sinagoga. ¿Arriesgas tu nombre por Él?

b) Clave de lectura:

¡No temed! Es la palabra clave, que repetida tres veces, confiere unidad al pasaje. Probablemente es una unidad literaria que recoge cuatro dichos aislados. La fe exige como disposición de fondo el no temer. Los argumentos que surgen: proclamación pública del evangelio (vv. 26-27), la disponibilidad para afrontar el martirio sacrificando la vida física para llegar a la vida eterna (v. 28), imágenes de confianza en la providencia (vv. 29-31), la profesión valerosa de la fe en Cristo (vv. 32-33
Es de eficacia notable las contradicciones: velado / desvelado, escondido / conocido, tinieblas / luz, cuerpo / alma, reconocer / renegar…que evidencian las orillas de la vida evangélicamente vivida. Los velos del conocimiento se abren a la luz y sobre los techos del universo la palabra escuchada en el secreto corre. Todo el hombre está presente al corazón de Dios, y si las criaturas de la tierra destilan ternura, cuanto más la vida de una criatura–hijo.

v. 26. No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que está escondido, no está reservado a unos pocos, sino simplemente guardado en espera de ser manifestado. Hay un tiempo para tener escondido y hay un tiempo para manifestar, diría el Qoelet… saber guardar la verdad en el secreto de los días que pasan: esto es lo que forja la credibilidad de la manifestación. No se puede arrojar una semilla al aire, se guarda en el surco del corazón, se deja a sí misma mientras se transforma muriendo, se le sigue atentamente en su germinar a la luz, hasta que la espiga no esté madura y lista para la siega. Cada palabra de Dios pide pasar a través del surco de la propia historia para llevar a su tiempo fruto abundante.

v. 27. Lo que Yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz y lo que oís al oído proclamadlo desde los terrados. Jesús habla en el secreto, nosotros hablamos en la luz. Dios habla, nosotros escuchamos y nos convertimos en su boca para otros. Las tinieblas de la escucha, del poner dentro, de asimilar preceden a la aurora de todo anuncio. Y cuando desde los terrados se oiga la buena noticia los hombres se verán obligados a mirar a lo alto. Un tesoro de gloria contiene cada momento de escucha, es un momento de espera que prepara al nacimiento de la luz

v. 28. Y no temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma; temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la Gehenna. Se puede tener miedo de aquéllos que pueden golpear lo que no es el hombre en su plenitud: quitar la vida terrena no equivale a morir. El único verdaderamente temible es Dios. Pero Dios también después de la muerte conserva la vida del hombre, por esto no hay que temer. Suceda lo que suceda Dios está con el hombre Y esta es una certeza que permite navegar entre las borrascas más devastadoras porque los tesoros del hombre están guardados por Dios, y de la mano de Dios ninguno puede quitar a los elegidos.

v. 29. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ninguno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. Dos pajarillos, un as. Un mínimo valor que sin embargo está en el pensamiento del Padre. Donde la vida palpita, allí está Dios, completamente. Este cuidado profundo encanta y consuela…e invita a poner oído a todo lo que vibra y lleva la imagen santa del Eterno esplendor. Dos pajarillos: dos pequeñísimas criaturas, de vida breve. El valor de las cosas no se viene por su grandeza o potencia, sino por aquello que anima a lo que es “cuerpo”. Por tanto, todo espacio habitado que acoge la impronta del Creador es lugar de encuentro con Él, testimonio de su atención.

v. 30. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. La preocupación de Dios por sus criaturas llega hasta contar los cabellos de nuestra cabeza ¡Es absurdo el Señor en su manera de amar! Cuando la desolación y el abandono se convierten en las palabras de hoy día, bastará contar cualquier cabello de nuestra cabeza recordar la presencia de Dios en nosotros. La protección del Padre celestial no faltará nunca a los discípulos de Jesús. El Misterio que todo lo abraza no puede desaparecer en aquéllos que han elegido el seguir a su Hijo, dejando la tierra de sus seguridades humanas.

v. 31. No temáis pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Si Dios derrocha sus preocupaciones por dos pajarillos, cuanto más las tendrá por nosotros. De frente a esta imagen viva de la sensibilidad humana y religiosa de Cristo, desaparece el temor. Dios está a favor del hombre, no contra él. Y si calla, no es porque no se preocupe de nosotros, sino porque sus pensamientos sobre nosotros tienen prospectivas más grandes que traspasan los horizontes de la temporalidad terrena.

v. 32. Todo aquél que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Reconocerse. Cuando en una plaza llena, te encuentras entre rostros desconocidos, experimenta la sensación de extranjero. Pero apenas vislumbra un rostro familiar se te agranda el corazón y te abres camino hasta llegar a él. Este reconocerse permite manifestarte delante de los otros y de exponerte. Cristo entre la gente es el rostro familiar que debe ser reconocido como Maestro y Señor de nuestra vida. ¿Y qué temor se puede tener pensando que Él nos reconocerá delante del Padre en los cielos?

v. 33. Pero a quien me niegue delante de los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en el cielo. ¿Podemos pensar en un Jesús vengativo? No es un discurso de poca monta, sino un discurso que nace de un encuentro existencial. El que Cristo no podrá reconocer como algo propio a quien haya escogido todo menos a Él, es un discurso de fidelidad y de respeto a la libertad humana. Dios respeta la criatura al punto tal de no interferir ni en el espacio de su errar. El evangelio exige pertenencia, no palabras o hechos. ¡El corazón habita en el cielo, cuando Cristo es su aliento de vida.

4. ORACIÓN (Salmo 22,23-32)

Contaré tu fama a mis hermanos,
reunido en asamblea te alabaré:
«Los que estáis por Yahvé, alabadlo,
estirpe de Jacob, respetadlo,
temedlo, estirpe de Israel.

Que no desprecia ni le da asco
la desgracia del desgraciado;
no le oculta su rostro,
le escucha cuando lo invoca».

Tú inspiras mi alabanza en plena asamblea,
cumpliré mis votos ante sus fieles.
Los pobres comerán, hartos quedarán,
los que buscan a Yahvé lo alabarán:
«¡Viva por siempre vuestro corazón!».

Se acordarán, volverán a Yahvé
todos los confines de la tierra;
se postrarán en su presencia
todas las familias de los pueblos.
Porque de Yahvé es el reino,
es quien gobierna a los pueblos.
Ante él se postrarán los que duermen en la tierra,
ante él se humillarán los que bajan al polvo.

Y para aquel que ya no viva
su descendencia le servirá:
hablará del Señor a la edad venidera,
contará su justicia al pueblo por nacer:
«Así actuó el Señor».

5. CONTEMPLACIÓN

Señor, entre los velos de lo recibido y no dado que yo pueda meditar y acoger todo de ti. No sea mi anunciarte un repetidor inconsciente, sino una palabra poseída en cuanto que vivida y largamente rumiada. Se desvele a mis sentidos la belleza de tu presencia, y en el misterio de tu donarte incesante descienda el velo del encuentro cerca de ti. El tesoro escondido por los siglos es ahora conocido y de las tinieblas se ha levantado una luz por los siglos. La aurora de un día sin ocaso, reluciendo sobre aquello que el amor ha creado y el pecado ha roto, haga de nuevo todas las cosas. Te reconoceré Dios mío delante de mis hermanos. porque será imposible para mí tener escondida la lámpara que tú has encendido en mi vida. ¿Quién me dará palabras que me creen y hagan de mi limite una definición maravillosa de lo que soy, yo, en particular, como ningún otro? Solo tú, Señor, tienes palabras de vida eterna. Y yo las comeré y ofreceré a costa de ser devoradas con ellas. Me bastará sentirme un pajarillo para encontrar la esperanza cuando la tormenta me bañe, porque los ases que tu das por los pajarillos no se cuentan en tu alforja. Amen.

Ni miedo a hablar, ni miedo a morir, y valor de confesar a Jesús

¿Qué ha ocurrido desde el Sermón del Monte, que es lo último que estábamos leyendo? Jesús ha realizado diez milagros, demostrando que su autoridad le capacita no solo a proponer una doctrina superior a la de Moisés, sino que tiene también poder sobre la enfermedad, la naturaleza y los demonios. Su actividad crece, reúne un grupo de doce discípulos y les dirige un discurso sobre la misión que deben realizar y sus consecuencias.

El discurso de misión (Mt 10,5-42)

La primera parte contiene unas instrucciones sobre a quiénes deben dirigirse (solo a los israelitas), lo que deben hacer (anunciar el Reino y curar), cómo deben hacerlo (desinterés y pobreza), y dónde deben hospedarse (10,5-15). Aunque parezca extraño, esta actividad provocará oposición y persecución, y la segunda parte del discurso, muy extensa, habla del valor y generosidad en las dificultades (10,16-42).

Para elaborar este largo discurso, Mateo ha recogido frases pronunciadas por Jesús en distintos momentos de su vida, y las ha adaptado a la situación de su comunidad, unos cincuenta años después de la muerte de Jesús, cuando las persecuciones y conflictos se han vuelto frecuentes. El fragmento elegido para este domingo podemos dividirlo en dos bloques.

No tengáis miedo a hablar ni a morir (Mt 10,26-31)

En el primer bloque llama la atención la triple repetición de “no tengáis miedo”. Aunque esas palabras se usan a menudo en el Antiguo Testamento, no debemos interpretarla como una fórmula hecha, de escaso valor. Los discípulos van a sentir miedo en algunos momentos. Un miedo tan terrible que los impulsará a callar, para evitar que los maten. La forma en que Jesús aborda este tema resulta de una frialdad pasmosa, usando tres argumentos muy distintos: 1) la muerte del cuerpo no tiene importancia alguna, lo importante es la muerte del alma; 2) por consiguiente, no hay que temer a los hombres, sino a Dios; 3) en realidad, a Dios no debéis temerlo porque para él contáis mucho; aunque caigáis por tierra, como los gorriones, él cuidará de vosotros.

Tened valor para confesarme (Mt 10,32.33)

El segundo bloque trata un tema algo distinto: el peligro no consiste ahora en callar sino en negar a Jesús. Cuando a Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, le denunciaban a alguno como cristiano, le preguntaba tres veces si lo era, amenazándolo con castigarlo en caso de serlo. Según los momentos y las regiones, el castigo podía ir de la pérdida de los bienes a la cárcel, incluso la muerte. Para animar en ese difícil instante, el argumento que usa Jesús no es el del temor a Dios, sino el de su posible reacción “ante mi Padre del cielo”: me comportaré con él igual que él se porte conmigo. Recuerda la máxima: “La medida que uséis, la usarán con vosotros” (Mt 7,2).

Resumiendo

En el primer caso, a quien deben temer los apóstoles es a Dios, el único que puede matar el alma. En el segundo, a quien deben temer es a Jesús, que podría negarlos ante el Padre del cielo. A quienes no deben temer es a los hombres.

Cuando se piensa en los recientes asesinatos de cristianos en Egipto, Siria y otros países, quienes vivimos en una sociedad con libertad religiosa podemos tener la impresión de que estas palabras son inhumanas, casi crueles. Sin embargo, a los cristianos perseguidos de todos los tiempos les han infundido enorme esperanza y energía para confesar su fe. Han preferido la muerte a renegar de Jesús; han preferido ponerse de su parte, salvar el alma antes que el cuerpo.

Jeremías, apóstol y anti-apóstol (Jeremías 20,10-13)

La primera lectura sirve de paralelismo y contraste con el evangelio. Jeremías era natural de Anatot, un pueblecito a 4 km de Jerusalén (hoy queda dentro de la ciudad moderna). En un momento de grave crisis política, cuando los babilonios constituían una gran amenaza, el pueblo puso su confianza en el templo del Señor, como si fuera un amuleto mágico que podría salvarlos. Jeremías, en un durísimo discurso, denuncia esa confianza idolátrica en el templo y anima a la conversión y a cambiar de conducta. De lo contrario, el templo quedará en ruinas. Este ataque a lo más sagrado le ganará la crítica y el odio de todos, empezando por sus conciudadanos de Anatot, que traman matarlo.

La reacción del profeta se ha elegido como ejemplo concreto de las persecuciones que anuncia Jesús a sus discípulos. Pero hay una gran diferencia. El profeta termina pidiendo a Dios que lo vengue de sus enemigos. Jesús nunca sugiere algo parecido a sus discípulos. Al contrario, morirá perdonando a quienes lo matan.

José Luis Sicre

No tengáis miedo

1.- El miedo es lo peor. Y casi siempre responde a cuestiones poco objetivas. Jesús lo dice. Y fue enorme el impacto de esa frase: “No tengáis miedo” con la que el recientemente desparecido Papa, Juan Pablo II, inició su pontificado y la siguió repitiéndola hasta su muerte. El miedo no es cristiano. Y en el mensaje de Jesucristo sobre la ausencia de temor hacia quienes matan el cuerpo y la importancia de perseverar en la vida del alma, está el misterio profundo que lleva a los mártires a morir con alegría. Es posible que hoy nos parezca un poco lejano y obsoleto el tema de martirio, pero se sigue repitiendo y, por ejemplo, África y Asia son escenarios habituales de martirio, de mártires, que no tuvieron miedo a perder la vida para preservar el alma. La cercanía de Jesús quita los miedos y hay que llevar este mensaje a los demás, pues vivimos en un mundo lleno de temores un tanto irracionales. La vida cristiana es un buen antídoto contra los miedos. El hombre de fe esta constantemente examinando su conciencia, intentando valorar con honradez sus actuaciones. Y ello añade objetividad y evita autoengaño. Tal vez sea ese el descubrimiento de algún converso: la objetividad que añade el seguimiento de Jesús a nuestras vidas.

2.- Dice Jesús: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea». Todo se descubre. Y es así. No debemos ocultar nada, ni mantener demasiadas reservas y mucho menos construirnos «dobles vidas». Y es que el mantenimiento de la mentira produce grandes tragedias. Debemos ser más cuidadosos con la generalizada costumbre de mentir. A veces parecen disculpas oportunas, pero contienen un trasfondo muy negativo. También aludimos en el mismo texto al misterio de los mártires, a la alegría de entregar la vida por no dejar de dar testimonio de Jesús, el Redentor.

3.- El fragmento del Evangelio de Mateo que leemos hoy es de una profundidad enorme. E incide también en la necesidad –es una obligación– de dar testimonio de Jesús sin paliativos. Si le negamos, El nos negará ante el Padre. Esa negación es terrible, puede suponer la condenación por toda la eternidad. Y todo se interrelaciona. La confianza en Dios quita el temor. Ese temor impide que ocultemos nuestra autentica realidad –humana y espiritual– ante los hombres y ante Dios. La comparación con los gorriones avisa de la superioridad del hombre frente al resto de la creación, pero también indica su enorme responsabilidad. Jesús quiere ser mediador ante el Padre a favor nuestro. Pero hemos de dar el testimonio preciso y oportuno. Parafraseando a San Pablo diríamos que «no podemos dejar de predicar el nombre de Jesús y el de su Santa Iglesia.

4.- Hemos hablado antes de la liberación que se consigue en el seguimiento de Jesús. La objetividad llega por el discernimiento y examen de nuestras conductas. San Pablo confirma que la doble liberación –del pecado y de la muerte– es el gran don del nuevo Adán, de Jesucristo: es la gracia santificante que nos otorga Jesús. Y en Libro de Jeremías se profetiza sobre los sufrimientos de Cristo y sobre, asimismo, el apoyo de Dios Padre en ese camino de Redención. Y como a Jesús, la fuerza del Padre nos hará vencer en nuestros trabajos, en el reconocimiento del Poder de Dios y la manifestación del amor por los hermanos.

Y hoy domingo, cuando volvamos a casa, debemos volver a releer los textos que hemos escuchados, porque son fuente de enseñanza. Y sobre todo el Evangelio de Mateo que nos da señalización indeleble para nuestro camino verdadero.

Ángel Gómez Escorial

Que no nos maten el alma

“Durante el tiempo de confinamiento, y en este proceso de desescalada, muchas personas hemos temido contagiarnos del coronavirus. Pero también, además, muchos han experimentado un sentimiento, mezcla de miedo, desesperanza, impotencia… Estas personas guardaban las apariencias, pero los mensajes del tipo “todo irá bien” les sonaban a cuento y, al sufrir la actitud egoísta e irresponsable de tantas personas al iniciarse la desescalada, se preguntaban para qué ser prudentes y guardar las normas, los horarios… si el resto hacía lo que le daba la gana y “no pasa nada”. Todo esto ha ido haciendo mella en ellos hasta desembocar en un estado de ánimo triste y apático, que les hace más difícil aún afrontar los retos que cada día nos presenta. 

En esta situación, Jesús nos ha dicho en el Evangelio una frase que debemos tener especialmente presente: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma. Temed al que puede destruir alma y cuerpo. Jesús no está diciendo que seamos unos imprudentes e irresponsables que no temen contagiarse; lo que nos está diciendo es que procuremos que esta dura situación que estamos viviendo en lo humano, social, político, económico, afectivo… no nos acabe matando el alma.

A menudo nos olvidamos de que las personas somos una unidad de cuerpo, mente y alma. Tres componentes necesarios para “ser personas”. Procuramos cuidar nuestro cuerpo, desarrollar nuestro intelecto… pero el alma la tenemos muchas veces bastante descuidada.

Y, sin embargo, es bastante común en nuestro vocabulario: hay cosas o acciones que agradecemos o lamentamos “en el alma”; hay palabras que “nos llegan al alma”; situaciones que hacen que “se nos caiga el alma a los pies”; personas que son “el alma” de una reunión, asociación, iniciativa…

El alma es lo que nos diferencia de los animales o de los robots, lo que nos hace “ser humanos”. Por ejemplo, un ordenador tiene un “cuerpo” (el hardware: pantalla, teclado, placas, componentes electrónicos) y una “mente” (el software: los diferentes programas), y podría ejecutar “Para Elisa”, de Beethoven, de un modo correcto pero frío y automático; en cambio, un pianista “interpretará” esa obra, dándole emoción, énfasis… porque pone su alma en ello. Por eso, cuando alguien es frío, calculador, insensible o comete atrocidades, decimos que es un “desalmado”.

De ahí las palabras de Jesús: lo peor no es “que nos maten el cuerpo”, con toda la gravedad que esto supone; lo peor es “que nos maten el alma”, que aunque estemos bien de salud nos volvamos cínicos, apáticos, insensibles… porque esto es como una muerte en vida, porque aunque sigamos vivos, con un cuerpo y una mente, dejaríamos de “ser humanos” verdaderamente.

Siempre, pero sobre todo en las actuales circunstancias, nuestra alma sufre ataques que pueden matarla. Por eso, igual que estos días muchos han aprovechado para cuidar su cuerpo haciendo ejercicio en casa, y para cuidar su mente con lecturas y pasatiempos, también debemos cuidar nuestra alma. Hemos procurado hacerlo con la “comunión espiritual”, pero hace falta más. No se trata de refugiarnos un espiritualismo que nos sirva para evadirnos de la realidad “amenazante” que nos rodea, sino cuidar nuestra relación de amistad con Dios desarrollando una verdadera espiritualidad que, como indica la “Guía de espiritualidad” recientemente publicada por Acción Católica General, “es el modo de vivir que configura la existencia de toda la persona: convicciones, sentimientos, actuaciones; nace de la fe en Dios, del encuentro con Cristo, de dejarse llevar por el Espíritu, y afecta a toda la vida (…) No se restringe a la oración, el culto, las devociones. Se trata de toda la existencia humana, personal y comunitaria, que se pone en marcha. Es un estilo de vida que da unidad profunda a nuestro orar, pensar y actuar” (pg. 9).

¿Con qué estado de ánimo estoy viviendo este tiempo? ¿Siento que “me están matando el alma”? ¿Procuro llevar un estilo de vida verdaderamente “humano”, poniendo mi alma en lo que hago?

Del mismo modo que debemos seguir siendo prudentes para evitar contagiarnos o contagiar a otros, también debemos ser prudentes y cuidar nuestra alma para que no nos la maten. Como también decía Jesús en el Evangelio, “pongámonos de su parte”, cuidando nuestra alma, desarrollando una verdadera espiritualidad que nos hará tener la certeza de que hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados, porque en todo momento estamos en las manos de nuestro Padre del cielo.

Comentario al evangelio – Domingo XII de Tiempo Ordinario

¡No tengan miedo!

      Las personas y los pueblos a veces se sienten dominados por el miedo, por el temor. Sentimos miedo ante lo desconocido. Los otros se nos figuran como sombras amenazadoras. Su rostro, por desconocido, nos inquieta. Y de ahí es de donde surge la violencia la mayor parte de las veces. En el Evangelio de hoy Jesús nos invita a cambiar de actitud. Invitó a los apóstoles, que eran los que escucharon sus palabras en aquel momento, a que fuesen por los pueblos y ciudades de Palestina a anunciar el Reino de Dios sin miedo. ¿A quién podían temer? ¿Qué les podía suceder? Jesús les dijo muy claramente que podían morir incluso. Pero que no hay que tener miedo a los que pueden matar el cuerpo pero no el alma. Porque el Padre del cielo estaba de su parte.

      Nos puede parecer que es un mensaje duro y difícil de vivir en la práctica. Todos tenemos miedo a algo, pero quizá más que todo tenemos miedo a la muerte. Pero Jesús nos invita a situarnos en una perspectiva diferente. ¿Qué es la muerte sino el paso necesario para encontrarse con Dios, nuestro Padre? Él nos está esperando con los brazos abiertos. Además siendo él nuestro Padre, no dejará que nos suceda nada malo. Hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados. 

      Al final, todos nos tendremos que enfrentar al momento de la muerte por mucho que no nos guste hablar de ello. Lo que Jesús nos invita es a vivir ese momento con la confianza puesta en Dios. Ese momento y toda nuestra vida. Porque así viviremos de un modo diverso. Con una actitud diferente. Sentiremos la alegría de vivir y disfrutar de este inmenso regalo que Dios nos ha hecho. Cada uno de sus minutos y segundos. Y comunicaremos a los que viven cerca de nosotros esa alegría y esa confianza. Tendremos fuerza para luchar con las dificultades que nos vayamos encontrando, porque Dios, estamos convencidos, está con nosotros. 

      Eso fue lo que Jesús dijo a los discípulos. No debían tener miedo porque Dios Padre estaba con ellos. Y porque difícilmente se puede anunciar un mensaje tan alegre como el del Reino si el que lo anuncia vive atemorizado. Hoy somos nosotros los portadores de ese mensaje. Y nadie nos creerá si no nos ve vivir con alegría y confianza. Porque sabemos que nuestra alegría y nuestra confianza se apoyan en Dios mismo. Esa es la verdadera alegría. Y la tristeza nace en el momento en que nos olvidamos de Dios. Entonces hasta las carcajadas se nos vuelven amargas. Pero no hay que permitir que eso suceda. La eucaristía de cada domingo nos recuerda que Dios está con nosotros, que no nos abandona y que se hace alimento para nuestra vida. Para que encontremos la verdadera alegría y perdamos el temor. 

Para la reflexión

¿Qué cosas o situaciones son las que te dan miedo y te hacen sentirte inseguro? ¿Crees que la fe te puede ayudar a vivir más alegre y confiado? ¿Por qué no lo intentas?

Fernando Torres, cmf