Vísperas – Lunes XII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Y dijo el Señor Dios en el principio:
«¡Que sea la luz!» Y fue la luz primera.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que exista el firmamento!»
Y el cielo abrió su bóveda perfecta.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que existan los océanos,
y emerjan los cimientos de la tierra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Qué brote hierba verde,
y el campo dé semillas y cosechas!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que el cielo ilumine,
y nazca el sol, la luna y las estrellas.»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que bulla el mar de peces;
de pájaros, el aire del planeta!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Hagamos hoy al hombre,
a semejanza nuestra, a imagen nuestra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y descansó el Señor el día séptimo.
y el hombre continúa su tarea.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

SALMO 135: HIMNO PASCUAL

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

SALMO 135

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Él hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación, se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 3, 12-13

Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Llenos de confianza en Jesús, que no abandona nunca a los que se acogen a él, invoquémoslo, diciendo:

Escúchanos, Dios nuestro.

Señor Jesucristo, tú que eres nuestra luz, ilumina a tu Iglesia,
— para que predique a los paganos el gran misterio que veneramos, manifestado en la carne.

Guarda a los sacerdotes y ministros de la Iglesia,
— y haz que, después de predicar a los otros, sean hallados fieles, ellos también, en tu servicio.

Tú que, por tu sangre, diste la paz al mundo.
— aparta de nosotros el pecado de discordia y el azote de la guerra.

Ayuda, Señor, a los que uniste con la gracia del matrimonio,
— para que su unión sea efectivamente signo del misterio de la Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concede, por tu misericordia, a todos los difuntos el perdón de sus faltas,
— para que sean contados entre tus santos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque atardece; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra débil esperanza; así, nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en la fracción del pan. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes XII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 7,1-5
«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: `Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy seguimos la meditación sobre el Sermón del Monte que se encuentra en los capítulos 5 y 6 de Mateo. Durante la 10ª y 11ª Semana del Tiempo Ordinario veremos el capítulo 7. En estos tres capítulos 5, 6 y 7 se presenta una idea de cómo era la catequesis en las comunidades de los judíos convertidos en la segunda mitad del primer siglo en Galilea y en Siria. Mateo juntó y organizó las palabras de Jesús para enseñar cómo debía de ser la nueva manera de vivir la Ley de Dios.

• Después de haber explicado cómo reestablecer la justicia (Mt 5,17 a 6,18) y cómo restaurar el orden de la creación (Mt 6,19-34), Jesús enseña cómo debe ser la vida en comunidad (Mt 7,1-12). Al final, hay algunas recomendaciones y consejos finales (Mt 7,13-27). Aquí sigue un esquema de todo el sermón del Monte:

Mateo 5,1-12: Las bienaventuranzas: solemne apertura de la nueva Ley.
Mateo: 5,13-16: La nueva presencia en el mundo: Sal de la tierra y Luz del mundo.
Mateo 5,17-19: La nueva práctica de la justicia: relación con la antigua ley.
Mateo 5, 20-48: La nueva práctica de la justicia: observando la nueva Ley.
Mateo 6,1-4: La nueva práctica de las obras de piedad: limosna
Mateo 6,5-15: La nueva práctica de las obras de piedad: la oración
Mateo 6,16-18: La nueva práctica de las obras de piedad: el ayuno
Mateo 6,19-21: Nueva relación con los bienes materiales: no acumular
Mateo 6,22-23: Nueva relación con los bienes materiales: visión correcta
Mateo 6,24: Nueva relación con los bienes materiales: Dios y el dinero
Mateo 6,25-34: Nueva relación con los bienes materiales: confiar en la providencia
Mateo 7,1-5: Nueva convivencia comunitaria: no juzgar
Mateo 7,6: Nueva convivencia comunitaria: no despreciar la comunidad
Mateo: 7,7-11: Nueva convivencia comunitaria: la confianza en Dios engendra el compartir
Mateo 7,12: Nueva convivencia comunitaria: la Regla de Oro
Mateo 7,13-14: Recomendaciones finales: escoger el camino recto
Mateo 7,15-20: Recomendaciones finales: al profeta se le reconoce por los frutos
Mateo 7,21-23: Recomendaciones finales: no sólo hablar, también practicar
Mateo 7,24-27: Recomendaciones finales: construir la casa en la roca

• La vivencia comunitaria del evangelio (Mt 7,1-12) es la piedra de toque. Es donde se define la seriedad del compromiso. La nueva propuesta de la vida en comunidad aborda diversos aspectos: no ver la brizna que está en el ojo del hermano (Mt 7,1-5), no tirar perlas a los puercos (Mt 7,6), no tener miedo a pedir a Dios cosas (Mt 7,7-11). Estos consejos van a culminar en la Regla de Oro: hacer al otro lo que nos gustaría nos hiciesen a nosotros (Mt 7,12). El evangelio de hoy presenta la primera parte: Mateo 7,1-5.

• Mateo 7,1-2: No juzgar, y no seréis juzgados. La primera condición para una buena convivencia comunitaria es no juzgar al hermano y a la hermana, o sea eliminar los preconceptos que impiden la convivencia transparente. ¿Qué significa esto concretamente? El evangelio de Juan da un ejemplo de cómo Jesús vivía en comunidad con sus discípulos. Jesús dice: “Ya nos les llamaré servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Les llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre” (Jn 15,15). Jesús es un libro abierto para sus compañeros. Esta trasparencia nace de su total confianza en los hermanos y en las hermanas y tiene su raíz en su intimidad con el Padre que da fuerza para abrirse totalmente a los demás. Quien convive así con los hermanos y hermanas, acepta al otro como es, sin ideas preconcebidas, sin imponer condiciones previas, sin juzgar al otro. ¡Aceptación mutua sin fingimiento y en total trasparencia! ¡Este es el ideal de la nueva vida comunitaria, nacida de la Buena Nueva que Jesús nos trae de que Dios es Padre/Madre y que, por tanto, todos somos hermanos y hermanas unos de otros. Es un ideal tan difícil y tan bonito y atraente como aquel otro: ”Sed perfecto como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

• Mateo 7.3-5: Ver la brizna y no percibir la viga. Enseguida Jesús da un ejemplo: “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: `Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu «. Al oír esta frase, solemos pensar en los fariseos que despreciaban a la gente tildándola de ignorante y se consideraban mejores que los demás (cf. Jn 7,49; 9,34). En realidad, la frase de Jesús sirve para todos. Por ejemplo, hoy, muchos de nosotros que somos católicos pensamos que somos mejores que los demás cristianos. Pensamos que los demás son menos fieles al evangelio que nosotros. Vemos la brizna en el ojo del otro, sin ver la viga en nuestros ojos. Esta viga es la causa por la cual, hoy, mucha gente tiene dificultad en creer en la Buena Nueva de Jesús.

4) Para la reflexión personal

• No juzgar al otro y eliminar los preconceptos: ¿cuál es la experiencia personal que tengo sobre este punto?
• Brizna y viga: ¿cuál es la viga en mí que dificulta mi participación en la vida en familia y en comunidad?

5) Oración final

Rebosan paz los que aman tu ley,
ningún contratiempo los hace tropezar.
Espero tu salvación, Yahvé,
y cumplo tus mandamientos. (Sal 119,165-166)

El que pierda su vida por mí…

¿Cuáles eran las fidelidades en conflicto de las que habla Mateo?

¿A quién se enfrentaba Jesús para exigir a sus seguidores una fidelidad tal que podía llevarlos incluso a la ruptura con la propia familia, sabiendo que la familia y los clanes en aquel tiempo tenían una importancia suma para la vida y para la seguridad del individuo? Es más, también Jesús había roto con su propia familia (Mc 3, 31–15) por el mismo motivo y pide la misma actitud a sus seguidores. Se trata, qué duda cabe, del conflicto entre la fidelidad al reino de Roma y a las élites sacerdotales, que interpretaban al Dios de Israel según sus propios intereses, y la fidelidad al Reino de Dios, que Jesús de Nazaret vivía en sus propias carnes y que era el que predicaba. ¿Por qué hablamos del reino de Roma? ¿Aparece en el texto del evangelio de hoy? Sin ninguna duda. Cuando Mateo escribió este texto, Jesús había sido crucificado por las autoridades romanas, que eran las únicas que tenían poder para aplicar tan ignominiosa condena. Y Mateo pone en boca de Jesús que “el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Por consiguiente, la referencia al castigo político al que puede condenar Roma al que es fiel al Reino de Dios muestra bien a las claras cuáles son las dos fidelidades en conflicto: al reino del poder, de la violencia, de la conquista y del sometimiento que era el reino de Roma y al Reino de Dios, de la fraternidad, de la paz y en el que tenían un puesto privilegiado los pobres, las viudas, los enfermos, los extranjeros y todo tipo de marginados.

Las familias de aquel tiempo, como sucede también en el nuestro, preferían fidelidad al orden social establecido, aunque les fuera totalmente adverso, opresivo y empobrecedor, que rebelarse y trabajar por un cambio a otro modo de organizar la vida. Por eso, el seguimiento como servicio especial al anuncio del reinado de Dios y la vinculación a la familia como seguidora del sometimiento a Roma y los colaboracionistas romanos eran incompatibles para Jesús (cf. Lc 9, 60; Mc 1, 20). De ahí que Jesús exhortara a sus discípulos a que le profesaran una lealtad por encima de cualquier otra lealtad. (10,38).

Los discípulos itinerantes y la pobreza. La mística de la pobreza

La itinerancia, la pobreza y la indefensión fueron los rasgos constitutivos de los discípulos que formaron la primera Iglesia con Jesús, porque se ajustaban a la conducta del Maestro y a su predicación. Pero la actitud de Pablo de vivir de su trabajo y su renuncia al radicalismo itinerante en los grandes centros urbanos de Grecia y de Asia Menor donde él predicó, dieron pie a una gran libertad en la interpretación de los mandatos de Jesús. Pero esto acarrea un peligro en el que hemos caído las Iglesias del occidente, en las que, con el pretexto de esa «magnífica libertad» para interpretar las palabras de Jesús y acomodarlas a las circunstancias, se han admitido y se han disculpado demasiadas cosas nada evangélicas dentro y fuera de la propia Iglesia–institución. Parece que vivir el evangelio hoy obliga a toda la Iglesia-institución, a todos sus miembros y ministros, a dar pequeños pasos, pero firmes y activos, en dirección a una mayor pobreza y renuncia al poder.  La realidad de las Iglesias ricas no tiene ninguna legitimidad evangélica.

Por otra parte, es indispensable para toda la Iglesia que, dentro de ella, algunos grupos y comunidades vivan en el desarraigo y en la pobreza como los primeros discípulos de Jesús. Pero, a lo largo de la historia de las iglesias cristianas, este compartir la condición de los pobres no ha puesto en cuestión las estructuras sociales de explotación, que son las que producen la riqueza de unos y el empobrecimiento de la inmensa mayoría. En efecto, predicar la renuncia a los bienes materiales significa exhortar a los pobres a no aspirar a poseer esos bienes, sino a permanecer en el estado en el que se encuentran. Decir a los hambrientos que deben alegrarse de no tener el corazón corrompido por la riqueza y por las preocupaciones materiales que ella engendra, porque desvía a los hombres del único objeto importante de preocupación, Dios, es sencillamente un sarcasmo. El evangelio no nos invita a una sociedad de la pobreza, sino una sociedad de la justicia.

Los problemas que suscita la fidelidad a Jesús y a su mensaje: la cruz

El amor de Dios a los desfavorecidos, tal como lo expresó con sus palabras y, sobre todo, con sus conductas Jesús de Nazaret tiene una dimensión política y provoca la resistencia de todos aquellos que defienden el poder y los privilegios. Los discípulos de Jesús cuya vida responde a este mensaje necesariamente tienen que desmarcarse e ir en contra de las estructuras de poder y de injusticia, con lo que dejarán de ser personas gratas para esos poderosos.

Enfrentarse con la vida y con la predicación del Reino de Dios al reino de Roma y a sus colaboracionistas, los sacerdotes del tempo de Jerusalén, ya se sabía qué llevaba aparejado. Cuando Mateo escribió su evangelio, como ya hemos dicho en 1, Jesús había sido crucificado. Pues bien, cargar cada uno con su cruz no se refiere, en los evangelios, a un consejo útil para mejor sobrellevar la situación de los múltiples y variados sufrimientos que padecemos todos los humanos a lo largo de nuestra vida. En Mateo se alude específicamente a los sufrimientos que causa predicar el Reino de Dios, no a otros. La frase “toma tu cruz” evoca una imagen política de vergüenza, de humillación, de dolor, de rechazo social, de marginación y hasta de condena a la muerte. Según eso, las palabras de Jesús son una llamada a defender a la gente situada en los escalones más bajos de la sociedad, como los pobres, los sin papeles, los parados y los marginados de cualquier condición. Tal es el riesgo que entraña proclamar y manifestar con la propia vida el Reino de Dios, porque significa resistirse a las élites de poder y a su intimidación, a que organicen el mundo sin tener en cuenta a los millones de pobres y de desheredados que van sepultando en el camino.

Por consiguiente, el sufrimiento no tiene, en este texto evangélico, un valor por sí mismo, como ejercicio de ascesis, tal y como lo han interpretado y vivido muchos movimientos a lo largo de la historia de la Iglesia. Aquí se expresa que el seguimiento del Reino de Dios produce incomprensión, enfrentamiento, calumnias, vejaciones y hasta persecución. El sufrimiento por Cristo no está orientado al perfeccionamiento propio, sino que deriva del amor de Jesús a la gente. La concepción de Mateo no autoriza a la espiritualización de la cruz que acompaña a menudo a la interpretación ascética, que es en la que nos hemos educado los de mayor edad. La idea de llevar la cruz en el sentido de sobrellevar “pasivamente” y “soportar” la injusticia y la miseria no es evangélico. Con esta actitud, esos movimientos ascéticos han contribuido, qué duda cabe, a fortalecer el orden social existente, porque, con aguantar el sufrimiento, han movido a la conformidad con el mal y con la injusticia y a considerar esa resignación más como virtud cristiana que como pecado.

El reto más importante que plantea este texto a las Iglesias cristianas de hoy, que hablamos incesantemente del sufrimiento, es que estas Iglesias no lo padecemos –sobre todo en los países del primer mundo– porque no predicamos el Reino de Dios, cuando el sufrimiento es, según Mateo, una consecuencia necesaria de la predicación y de la forma de vida de Jesús. Seguramente, estas Iglesias miramos para otro lado ante las injusticias que abundan en nuestro mundo; por eso no son incómodas.

Conflicto entre Dios misericordioso y Dios justo juez

 “Quien os recibe a vosotros, me recibe a mí”. Recibir a los discípulos misioneros es aceptar el mensaje de Jesús, escuchar (= confiar en) sus palabras, que proclaman el reinado de Dios frente al reinado de Roma y de los ricos saduceos. Hay aún otra conexión: “Quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado”. La enseñanza de Jesús revela que Dios está presente con él y a través de la misión de los discípulos. Un elemento central de la misión de los discípulos es hacer posible un encuentro con la presencia salvífica de Dios.

Pues bien, todo esto tendrá una recompensa, como dicen las últimas líneas del relato evangélico de hoy. También lo afirma el texto del Antiguo Testamento sobre la mujer que daba acogida en su casa al profeta Eliseo. Pero aquí aparece uno de los grandes problemas de comprensión de todo el evangelio: ¿cómo hay que compaginar al Dios misericordioso con el Hijo del hombre, juez universal que premia por acoger a los profetas o por dar un vaso de agua a los más necesitados?

 Fidelidades en conflicto hoy

Hoy Mateo nos pondría en la misma disyuntiva que señaló entonces, porque también nosotros tenemos un conflicto de fidelidades a dos reinos: el de Dios y el de nuestra sociedad de la producción y del consumo. O somos fieles al mensaje de Jesús, condensado en las bienaventuranzas y en su práctica de acogida a pobres, enfermos, desamparados, emigrantes, hambrientos y marginados de toda clase o bien optamos por la fidelidad al mundo en el que vivimos, donde los valores económicos y los de tipo biopsíquico han convertido absolutamente todo en mercancía, y en el que unos pocos se están haciendo con las riquezas de nuestro planeta, mientras que una gran mayoría padece hambre, enfermedades y desprotección.  Quizás estemos muy a gusto con que las cosas sigan como están. El saqueo sin límites de los recursos naturales, sin otro objetivo que el lucro cada vez mayor de unos pocos, nos ha dado un aviso muy serio con la pandemia del covid–19 que ahora padecemos.

Si los que nos llamamos discípulos de Jesús, decimos que queremos dar testimonio de las bienaventuranzas con nuestras vidas, pero esto no produce la oposición de aquellos a los que ese mensaje perjudica en sus intereses, quizás sea porque nuestra implicación en el mensaje de Jesús es muy escasa o hasta nula. Quizá Mateo negase tajantemente a nuestras Iglesias de Europa occidental el derecho a anunciar el «evangelio del Reino», porque apenas seguimos la dirección que él marcó ni protestamos contra los poderosos ricos de nuestro mundo para hacer visible la «justicia de Dios» y, con ella, el evangelio. Dice el dominico Schillebeeckx: “Aunque (las jerarquías eclesiásticas) con la intención se distancien de un sistema que hace a los pobres cada vez más pobres y a los ricos cada vez más ricos, están tan ligadas institucionalmente a ese sistema, que han de mantener la boca cerrada. Para poder anunciar su mensaje deben guardar silencio, con lo cual se encuentran en un círculo vicioso. Para subsistir como Iglesias se ven obligadas a silenciar las exigencias del evangelio. ¿Será que las Iglesias han olvidado que el seguimiento de Jesús puede costarles la vida?”

Baldomero López Carrera

Comentario – Lunes XII de Tiempo Ordinario

Jesús abre su discurso con una frase lapidaria que merecería ser colocada en el frontispicio de una academia o de un ministerio, o incluso de un templo: No juzguéis y no seréis juzgados. Pero frases tan concisas como ésta –que a modo de aforismo recogen toda una doctrina- requieren siempre una explicación. El mismo Jesús la ofrece acompañada de una breve reflexión o razonamiento: Porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. La razón por la que no conviene que juzguemos es que la medida que usemos en nuestro juicio la usarán con nosotros. Si juzgamos de manera ligera o apresurada, o inmisericorde, cicatera o despiadada, no podemos esperar de los demás otro género de juicio que ése. Nuestros juicios, por tanto, tienen una carga positiva o negativa que retorna a nosotros con la misma positividad o negatividad con la que fueron emitidos.

Por lo general, lo que sale de nosotros en dirección a los demás –ya porte la carga de la benevolencia o de la malevolencia- nos es devuelto por efecto de un impulso que reviste carácter de ley universal, como sucede con ciertas leyes físicas como la de la gravedad. Pero, y aquí viene la pregunta, ¿podemos no juzgar los que hemos sido dotados de una naturaleza con capacidad de juicio? Nuestra vida –pensamientos, palabras y acciones- está hecha de juicios y prejuicios. Nos basta con ver el aspecto de una persona para forjarnos un juicio de ella: si nos merece confianza o no, si su presencia invita al acercamiento o a la huida. Juzgar no es otra cosa que formar juicios o someter a juicio, algo para lo que no se requiere otra cosa que aplicar la razón a ciertos acontecimientos o actuaciones. Si esto es así, negarse a juzgar sería como renunciar a esa prerrogativa que nos concede la misma naturaleza y que es la racionalidad o capacidad para elaborar juicios de valor.

Pero Jesús no parece referirse al juicio en absoluto, sino al que se vierte sobre el hermano (de linaje, de sangre o de religión). Es verdad que dice: No juzguéis (en absoluto) y no seréis juzgados. Pero a continuación añade: Porque os juzgarán como juzguéis vosotros, esto es, os aplicarán la misma medida que apliquéis vosotros. Luego Jesús nos obliga a poner la atención en el modo y medida de nuestros juicios –por otro lado inevitables-, y no simplemente en la total abstención de todo juicio, algo que parece imposible no sólo a los jueces que desempeñan la tarea de impartir justicia, sino a todo ser humano. Además, el discernimiento entre el bien y el mal y la consiguiente actuación requieren siempre de un juicio moral, pues sólo éste puede discernir entre lo bueno y lo malo, o lo justo y lo injusto.

Pero avancemos un poco más en la lectura. El texto que sigue ayuda también a dar una explicación correcta de la sentencia que estamos examinando: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la vida que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano. Nos vemos ante un juicio que recae sobre el hermano y que tiene por objeto presuntamente su corrección. No se trata de juzgar únicamente hechos o acciones, excluyendo a los obradores de tales hechos o a los agentes de tales acciones, sino de un juicio que está en la antesala de una corrección personal, un juicio que condena o salva –salva o tiene pretensiones salvíficas-, un juicio de valor.

Se juzga no sólo el pecado, sino al pecador. Y esto es mucho más delicado, y requiere lucidez de conocimiento y libertad de juicio. Es el juicio que recae sobre el ojo del hermano y la mota (el defecto o el pecado) que percibe en él, juzgándola digna de corrección. Pero ese juez que ve con mirada microscópica la mota en el ojo del hermano, no ve sin embargo la viga que lleva en el suyo, una viga que le impide ver con claridad y, en consecuencia, formarse un juicio adecuado de lo que percibe en esa persona. La viga que tiene delante de su ojo crítico le impide ver la realidad en sus justas proporciones y este impedimento no puede no afectar a la verdad del juicio. Para juzgar con justicia tendría que apartar de su ojo la viga y sólo entonces podría acertar en el juicio. Por tanto, juzgar al hermano en condiciones de visibilidad tan poco propicias resulta una temeridad y está destinado al error. Para juzgar con acierto hay que ver la realidad en su integridad y pureza; pero donde no hay esta integridad por falta de conocimiento o de imparcialidad, más aún, por falta de amor, no puede darse un juicio conforme a la verdad y la justicia.

En realidad sólo Dios tiene el conocimiento y el amor necesarios para elaborar este juicio y dictar sentencia. Sólo Dios puede ser juez universal y último. Nuestros juicios serán siempre parciales y difícilmente lograrán liberarse de las perturbaciones que introducen nuestros sentimientos y afectos, o simpatías y antipatías. Con frecuencia, además, están contaminados por la precipitación y alterados por las pasiones. Por otro lado, nunca podrán ser definitivos. ¿No son éstas razones más que suficientes para refrendar la sentencia de Jesús: No juzguéis y no seréis juzgados?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

103. La vida contemplativa.

Tanto en los países de sólida tradición católica como en los territorios de misión, habrá que favorecer grandemente los Institutos de vida contemplativa;(294) en efecto, estos Institutos, especialmente en nuestros días, constituyen un espléndido testimonio de la trascendencia del Reino de Dios por encima de cualquier otra realidad terrena y transitoria, que los hace dignos de la particular estima del Obispo, del clero y del pueblo cristiano.

El Obispo implique a los religiosos y religiosas de vida contemplativa en la misión de la Iglesia, universal y particular, también con el contacto directo, confortándolos, por ejemplo, con visitas personales durante las cuales los empujará a perseverar en la fidelidad a su vocación, informándoles de las iniciativas diocesanas y universales, y encomiando el profundo valor de su escondido apostolado de oración y de penitencia por la difusión del Reino de Dios.

El Obispo procure también que los fieles de la diócesis puedan beneficiarse de esta escuela de oración que son los monasterios y, si fuese conforme a sus normas particulares, manteniendo las exigencias de la clausura, procure favorecer la participación en las celebraciones litúrgicas de estas comunidades.


294 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Ad Gentes, 40; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata, 59.

Homilía – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

1.- La generosidad se hace fecunda (2Re 4, 8-11.14- 16a)

Eliseo y la mujer sunamita: caso concreto de la fecundidad engendrada en una generosa comunión de bienes.

La mujer sunamita es rica, pero sabe compartir con el profeta y su criado. Comparte no sólo la comida, comparte la acogida hogareña, abriéndole su casa: «Cuando venga a visitarnos, se hospedará aquí». Se abre el corazón en la hospitalidad.

En el corazón de Eliseo, «ese santo hombre de Dios», nace el deseo de responder, que ¡amor con amor se paga! Pero es la mujer sunamita la que ha desencadenado todo este intercambio de dones. Es ella y su comportamiento hospitalario y generoso los que hacen que Eliseo se pregunte: «¿Qué podemos hacer por ella?». La insinuación viene de Guiezi, el criado de Eliseo. Él ha intuido una necesidad fundamental en aquella mujer rica y anciana: su esterilidad.

En el intercambio de dones, la esterilidad se hace fecunda. «El año que viene, por estas fechas, abrazarás un hijo». El profeta necesitaba el alimento para continuar el camino; aquella anciana y rica mujer de Sunén necesitaba al hijo que diera sentido a su seno, arrancándole la esterilidad… Y es la mutua acogida la que produce «el milagro del don».

2.- Del bautismo recibido al bautismo existencialmente vivido (Rom 6, 3-4.8-11)

El bautismo entraña todo un misterio de incorporación a muerte de Cristo y a su vida; a la totalidad del misterio de su Pascua. El bautizado con-muere con Cristo y con-vive con él. Por el agua y el Espíritu, es Cristo mismo quien realiza esta misteriosa y real incorporación a su destino personal.

La existencia histórica de todo bautizado bien pudiera definirse como el despliegue existencial diario de la vida nueva recibida: «Que también nosotros andemos en una vida nueva»

Lo nuevo y lo viejo preocupaban a Pablo. Entusiasmado con la novedad de Cristo Jesús, tuvo siempre el temor de que sus comunidades recayeran en «lo viejo», que ya se había quedado atrás, crucificado con Cristo. Es como si ya no existiera.

Esa «nueva» situación reclama de todo bautizado una traducción existencial: «Consideraos muertos al pecado». Muertos al pecado por el bautismo; y muriendo cada día pecado por la actualización de aquello que aconteció como un verdadero, renacer a una vida distinta.

Con la muerte al pecado, Pablo no lo ha dicho, sin embargo, todo; más aún, no ha dicho lo principal: «Lo que importa es la criatura nueva». E importa la novedad de vida que la criatura nueva genera en el día a día de su existencia: «Consideraos vivos para Dios en Cristo Jesús», haciendo actual cada día la nueva condición recibida: «Andando, día a día, en una vida nueva».

 

3.- La generosidad se hace don (Mt 10, 37-42)

El evangelio de Mateo tiene un claro subrayado de vida eclesial. Lo que sucede o debiera suceder en una comunidad que ha sido iluminada por el hacer y enseñar del Señor.

En este texto, es importante para el discípulo la «aprobación del examen», la renuncia a la propia familia, cargar con la cruz de cada día con estilo, el tomar como pauta de la propia vida aquel «ser en la entrega», tan bellamente expresados en la exhortación de Jesús: «El que encuentra su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

En consonancia con la primera lectura, subraya la liturgia de hoy la acogida del discípulo. En una predicación, aún itinerante, el evangelista señala la hospitalaria acogida que merece el predicador de la Palabra. Y apunta al «acogido invisible» que resulta ser el mismo Dios, según una cadena de envíos: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado».

Dios mismo que envía es el mayor don que se entrega a quien recibe al enviado. Poco importa la sencillez de los gestos. Un simple vaso de agua no quedará sin respuesta.

Una experiencia de compartir generoso que recoge así nuestro soneto: «¿Cuándo comprenderemos que acogida/ significa ceder, perder la vida,/ ser agua en cada sed que Cristo pena?/ Dejaré de estar solo, si acompaño;/ amando, haré imposible el desengaño,/ pues cuanto más da el alma, está más llena»

Ser agua en cada sed

Nos dolemos —me duelo— con frecuencia
de soledad, olvido, desapego…
Nuestro llar no crepita con el fuego
del diálogo que engendra convivencia.

Al buscar los porqués de tal carencia,
dejamos siempre a salvo nuestro «ego»…;
para ponerle enmienda, surge un «luego»
o la muralla de una inconveniencia…

¿Cuándo comprenderemos que acogida
significa ceder, perder la vida,
ser agua en cada sed que Cristo pena…?

Dejaré de estar solo, si acompaño;
amando, haré imposible el desengaño,
pues cuanto más da el alma, está más llena.

 

Pedro Jaramillo

Mt 10, 37-42 (Evangelio Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

Las verdaderas radicalidades evangélicas

El evangelio de este domingo vuelve sobre el «discurso de misión». Mateo señala para su comunidad que ser discípulo y seguidor de Jesús lleva consigo el vivir en conflicto. Perseverar en el discipulado supone romper ciertas tradiciones que nos atan, hasta las más familiares. No se trata de romper afectos familiares, sino lazos que no nos dejan libres. En un «crescendo» eficaz de la alternativa radical que se nos presenta en esta parte del discurso misionero, se pone de manifiesto que cuando la familia nos impone sus  criterios de amor o de odio, de intereses mundanos o de herencia, el discípulo estará en conflicto. Pero Mateo pone de manifiesto que nadie puede estar por encima del evangelio. Jesús, al pedir amarle a El más que a la familia, no está desestabilizándola; está proponiendo una nueva forma de ser hijo, de ser padre o madre y de ser hermano. Estos dichos son famosos, porque algunos discí1)1105 itinerantes los llevaron hasta sus últimas consecuencias, como se refleja en el documento que le sirve a Mateo (Documento Q) para elaborar estas enseñanzas.

El «seguimiento» de Jesús, en verdad, es algo que está lleno de ‘radicalidades». Las cosas radicales son aquellas sin las cuales no es posible que nada subsista. El evangelio no podría ser el evangelio si se imponen a los discípulos otros criterios distintos de autoridad y prestigio. Los «dichos» de Jesús recogidos en este discurso están expresados semíticamente y pueden sonar a algo imposible: ¿es posible odiar al padre y a la madre por seguir a Jesús? ¡sería un «contra-dios»! Pero quieren decir algo muy importante. Incluso sabemos que este tipo de «dichos» de Jesús sobre aborrecer a la familia y llevar la cruz obedece a actitudes escatológicas de algunos grupos cristianos que fueron más allá de lo que Jesús quería exigir.

Es una nueva propuesta en la que no se imponen o no se deben imponer imperiosamente los lazos de sangre, el clan familiar, la cultura heredada, los criterios impositivos de los más fuertes o de lo que siempre se debe hacer. El cristiano seguidor de Jesús, amante de la verdad del evangelio, debe amar al padre, a la madre, al hermano, pero nunca debe, a causa de ellos, ceder al odio, al rencor, a la violencia, a la maldición. El cristiano está llamado a una cadena mucho más grande de solidaridad, hasta dar de beber un vaso de agua a cualquiera, sea quien sea, incluso al enemigo nuestro o de nuestra familia. Así es como debemos entender estas palabras del evangelio de la misión.

Tampoco es cuestión de «endulzar» las exigencias por el hecho de que se hayan expresado de una forma semítica en que las que prevalecen los contrastes. Dicen lo que dicen y exigen lo que exigen: algo radical. Pero no se entienda como algo radical por difícil o por imposible, sino por sentido y por coherencia. Se trata de algo vital, porque si no hay raíces, no crece la vida. Eso es lo mismo que el amor a los enemigos: el evangelio no permite el odio de ninguna de las maneras. Por tanto, cuando hay enemigos o nos los creamos en nuestra mente y en nuestro corazón, estamos lejos de Jesús, de su causa del evangelio y de su Dios: cuando hay odio muere el evangelio.

De la misma manera, si seguimos a Jesús, debemos renunciar a nosotros mismos y a lo nuestro. Eso significa lisa y llanamente «llevar su cruz». Pero ¡cuidado!: no veamos aquí solamente renuncia total a la voluntad propia, al honor, a la dicha terrena, recorriendo el duro camino de Jesús por el sendero señalado por Dios, lo que Jesús exige de sus discípulos. Quien acepte el evangelio debe hacerlo por voluntad propia, por honor, y por disfrute personal. Quien acepte estas radicalidades, no debe hacerlo en contra de su voluntad y de su libertad. Si fuera así, ser cristiano, seguir Jesús, sería un drama inhumano inaceptable. Si mi familia, mi clan, mi pueblo nacionalista, me imponen los criterios de mi existencia, de mi libertad y de mi paz, entonces yo estoy con Jesús antes que con los míos. Y ésta, y no otra, es la «cruz», entiendo, que debe llevar el discípulo.

Rom 6, 34. 8-11 (2ª lectura Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

El texto de Romanos 6 es una catequesis magistral de Pablo sobre el sentido y las consecuencias del bautismo cristiano. Pablo ha venido planteando en los capítulos precedentes de esta carta el tema de la justificación, de la salvación del pecador, por medio de la muerte de Cristo. Ahora quiere sacar consecuencias que esclarezcan la misma praxis de la vida cristiana. Por ello va a partir del misterio del bautismo que lo presenta como un ser «cosepultados» con Cristo, un ser «co-crucificados» con Cristo y un ser «co-resucitados» en El (verbos que se compone con la partícula griega «syn»).

Se piensa que aquí el apóstol ha podido usar cierta ideología de los ritos mistéricos de las religiones que conocía. Es posible que en su lenguaje Pablo no pueda substraerse a ello. Pero en el fondo de toda esta catequesis aparece una confesión de fe cristiana muy primitiva con la que se expresaba que la fe es una participación en la vida de Cristo. Y es el bautismo, el sacramento de iniciación en el nombre de Jesús, donde se comienza este misterio de solidaridad cristológica en su eficacia más significativa. El bautismo es una sepultura del hombre viejo, y un símbolo que nos introduce en una vida nueva, la que Jesús nos ha ganado con su muerte y resurrección. Pero el bautismo es el inicio, que debemos proseguir con la praxis de la fe.

Esta dimensión teológica de la fe es la que da sentido al mismo bautismo. No es el bautismo lo determinante, sino la fe que nos lleva a vivir «co-sepultados» (abandonar el hombre viejo); a vivir «co-crucificados» (entregarse a la causa de Jesús); a vivir «co-resucitados», es decir, en una vida nueva de amor y de esperanza; de compromiso y de solidaridad con los hombres. Pero es, a su vez, una experiencia de victoria sobre el pecado. Porque aunque el pecado nos acecha de muchas formas y maneras, debe haber, para el creyente, una confianza de victoria sobre el mal estructural del mundo y sobre lo más personal de nuestro corazón.

2Re 4, 8-11.14-16 (1ª lectura Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

La Iª Lectura del II.’ Libro de los Reyes recoge un tradición muy común de la Biblia, en la que el profeta Eliseo le concede a una mujer sunamita el que sea bendecida por un hijo. Es la felicidad mayor de toda mujer ser madre y el profeta de Dios no puede concederle otra cosa, como sucedió con Sara, como sucedió con Ana la madre de Samuel y como sucederá con Isabel, la madre del Bautista. En la Biblia siempre se ha interpretado la maternidad tardía como una bendición, ya que las tradiciones populares religiosas consideraban la esterilidad como una maldición divina. Eliseo, a diferencia de Elías, es un hombre de Dios menos carismático, aunque más taumaturgo o milagrero, cuyas historias están recogidas para mostrar que Dios actúa siempre misteriosamente y contradiciendo lo que los hombres piensan o proyectan al margen de Él.

El relato forma parte del ciclo especial de Eliseo, y verdaderamente habría que leer casi todo este c. 4 de 2Re para completar toda la narración en la que se engrandece la figura taumatúrgica de discípulo del gran Elías. Porque ese hijo que nace como don de la ‘acogida» que la sunamita ofrece al hombre de Dios, muere, para que todavía sea engrandecido más el nombre de Dios y de su profeta, que ora a Él. Pero habría que resaltar más que otra cosa el empeño y la confianza que esta mujer pone en aquél que le trae la ‘palabra de Dios». No desespera en la adversidad, sino que busca confiadamente al «taumaturgo» para que le asista.

¿Es verdadera confianza? o ¿verdadera religión? No podemos negar que estas cosas extraordinarias de la Biblia quieren mostrar que Dios actúa misteriosamente en las historias más humanas. Aunque las «leyendas» no están ausentes de estos relatos, cosas extraordinarias acontecen para nosotros y hay que saber interpretarlas. La mujer, en el relato, ni siquiera había pedido un hijo. Pero es eso lo que le ofrece el «hombre de Dios», tal como ella llama a Eliseo. Incluso rechaza que el profeta hable a favor de ella o de su marido al rey o al jefe de los ejércitos.

No necesitaba prestigio, porque ella dice que vivía feliz «entre Ios suyos». El relato, en su conjunto, intenta engrandecer el poder de Eliseo. Pero es la mujer la que, en este caso, nos interesa escuchar y observar. Es ella la que «acoge», la que lleva la iniciativa de construirle una pequeña morada al «hombre de Dios». Es ella la que rechaza que el profeta interceda ante las autoridades, porque está contenta con lo que tiene y entre los de su clan. Pero como a una verdadera mujer hebrea, le faltaba «ser madre». No expresa ella en el relato este deseo, sino que lo interpreta o lo adivina el ayudante o discípulo del profeta, pero ese anhelo lo llevaba dentro de su corazón. Y es eso, lo que «Dios» le concede; lo que no pide.

Porque al final, este es el verdadero regalo de la «acogida» sincera del hombre de Dios. Y en la Biblia, quien acoge a un «hombre de Dios”, acoge a Dios mismo, como sucede en el famosísimo relato de Gn 18, 1-15 de Abrahán y Sara.

Comentario al evangelio – Lunes XII de Tiempo Ordinario

SOBRE JUICIOS Y CONDENAS


     Uno de los principales elementos que nos identifican como seres humanos, como personas, es la conciencia, nuestra capacidad de juzgar, nuestro sentido ético y moral. Es un don de Dios que nos hace posible el discernimiento. Y esta capacidad actúa siempre y ante todo. Nos es indispensable situarnos ante los hechos: lo que está bien, lo que está mal, lo que es justo, lo que es verdadero, lo que es conveniente, lo que es ético, lo que causa daño… para poder actuar en consecuencia. Y es imposible dejar de hacerlo: es algo que nos brota automáticamente.

     Hay juicios que podemos hacer, y otros que tenemos la grave responsabilidad de hacerlos. No se puede renunciar a ellos, por ejemplo, cuando estamos ante la trata de personas, el comercio de niños para extraerles órganos, las estafas, los bulos, el racismo y la xenofobia, los abusos de menores, la explotación laboral, los intereses económicos que se anteponen a la dignidad de las personas, la defensa de la vida… Retraerse, mirar para otro lado, callarse, lavarse las manos es ser cómplices de todas estas cosas. Todas estas aberraciones humanas competen a la Justicia Civil, son crímenes. Y nuestra responsabilidad como bautizados, como profetas está en denunciarlas, nunca esconderlas.

     Pero las palabras de Jesús no se refieren a estos asuntos. Estamos en el Sermón de la Montaña, y Jesús está hablando a los discípulos, a su comunidad (tres veces aparece la palabra «hermano» en tan pocas líneas). Sería de esperar que estos comportamientos no ocurriesen nunca en la comunidad cristiana. Sin embargo pueden darse calumnias, denuncias falsas, maltrato de la pareja, corrupciones, manipulación de conciencias… y otras muchas. En estos casos es necesario juzgar y condenar  los actos, pero no es tarea de la comunidad condenar a la persona. 

     Hace falta un adecuado sentido de la justicia y de una buena dosis de prudencia, «porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros«. Yo desconozco lo que hay en el fondo del corazón de las personas que actúan mal éticamente: no sé su historia, sus heridas, sus ofuscaciones y frustraciones, sus auténticas intenciones.  Y por ello debo poner máxima atención antes de formular un juicio. Por otro lado, puede ocurrir y ocurre que mi juicio  esté condicionado por las vigas de mi ojo: mis prejuicios, mi ideología, mis propias heridas y frustraciones. Debo informarme bien, contrastar (no sólo con los que están de acuerdo conmigo, «los míos»), tener serenidad y deseos de buscar el bien, la verdad y la justicia… vengan de donde vengan. 

      Es conveniente, además, darnos cuenta cómo tenemos distinta vara de medir: a aquellos que nos importan, a los que amamos, a los que sentimos cerca del corazón… les disculpamos, comprendemos y perdonamos más fácilmente… mientras eso mismo, al verl en otros, lo condenamos sin ninguna misericordia.

     Estos días pasados se me ha hecho muy evidente, viendo los mensajes y valoraciones de muchos en las redes sociales al respecto de esta pandemia y las actuaciones de políticos y otros personales: el «otro» que no es de los míos siempre tiene mala intención, siempre es peligroso, todo es motivo de sospecha, los bulos no son bulos aunque se demuestre y razone que lo son, nunca el otro hace nada acertado, y los míos siempre tienen razón y tampoco tengo la humildad de reconocer mis errores de juicio… ¿Cómo se puede entonces hacer una valoración y un juicio sereno? Estos juicios hacen del otro un sospechoso, un enemigo, alguien a quien hay que destruir, y aparece el odio, el insulto, el desprecio, la rabia… Pero pocos nos damos cuenta de estas «vigas» en el propio ojo. 

      Hay que evitar todos los juicios que no están hechos por amor al otro. Cuando el evangelio nos dice que «si no juzgamos no seremos juzgados», está otorgando un inmenso valor a la compasión con el hermano, aunque haya fallado. Jesús mira al pecador, no para juzgar, sino para crear. Su mirada realiza algo nuevo en la persona sobre quien la posa; se hace liberadora, recreadora, sanadora. Por eso nos invita a mirar libres de prejuicios al otro, sin ira, sin pasión, a reconocerlos en su diferencia y valorar sus capacidades, límites y posibilidades. Nos propone trasmitir con las palabras, actitudes y acciones una disponibilidad para el perdón y la reconciliación recíproca. Nos llama a sacar a la luz y sanar el propio resentimiento, a asumir los errores y a reconocer las pérdidas para tener la oportunidad de reorientar la vida. La del otro, y quizás también la nuestra

Termino con una bella oración de Karl Rahner: 

«Mira, Señor, ahí está el otro, con el que no me entiendo.  El te pertenece; tú le has creado.  Si tú no le has querido así, al menos le has dejado ser como es.  Mira, Dios mío, si tú le soportas, yo quiero aguantarle y soportarle, como tú me soportas y aguantas a mí».

Y os invito a orar de la mano de Seve Lázaro, jesuita:

Solo con misericordia podré siempre querer al otro.
Solo con misericordia podré siempre quererme a mí.
Solo con misericordia, podré siempre confiar en el otro.
Solo con misericordia, podré siempre confiar en mí.
Solo con misericordia, podré siempre decirle la verdad.
Solo con misericordia, podré siempre decírmela a mí.
Solo con misericordia, el otro llegará a ver su enredo.
Solo con misericordia llegaré a ver el mío, yo.
Solo con misericordia el otro dejará de justificarse.
Solo con misericordia dejaré de justificarme yo.
Solo con misericordia el otro aprenderá a disculparse.
Solo con misericordia yo aprenderé a perdonar.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf