Vísperas – Jueves XII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

JUEVES XII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Porque anochece ya,
porque es tarde, Dios mío,
porque temo perder
las huellas del camino,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo.

Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.

Porque ardo en sed de ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa,
bendice el pan y el vino.
¡Qué aprisa cae la tarde!
¡Quédate al fin conmigo! Amén.

SALMO 143: ORACIÓN POR LA VICTORIA Y LA PAZ

Ant. Tú eres, Señor, mi bienhechor, mi refugio donde me pongo a salvo.

Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea;

mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y mi refugio,
que me somete los pueblos.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?;
¿qué los hijos de Adán para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa.

Señor, inclina tu cielo y desciende;
toca los montes, y echarán humo;
fulmina el rayo y dispérsalos;
dispara tus saetas y desbarátalos.

Extiende la mano desde arriba:
defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas,
de la mano de los extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres, Señor, mi bienhechor, mi refugio donde me pongo a salvo.

SALMO 143

Ant. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo.

Defiéndeme de la espada cruel,
sálvame de las manos de extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.

Sean nuestros hijos un plantío,
crecidos desde su adolescencia;
nuestras hijas sean columnas talladas,
estructura de un templo.

Que nuestros silos estén repletos
de frutos de toda especie;
que nuestros rebaños a millares
se multipliquen en las praderas,
y nuestros bueyes vengan cargados;
que no haya brechas ni aberturas,
ni alarma en nuestras plazas.

Dichoso el pueblo que esto tiene,
dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

LECTURA: Col 1, 23

Permaneced cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que escuchasteis. Es el mismo que se proclama en la creación entera bajo el cielo.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor es mi pastor, nada me falta.
V/ El Señor es mi pastor, nada me falta.

R/ En verdes praderas me hace recostar.
V/ Nada me falta.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor es mi pastor, nada me falta.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A los hambrientos de justicia, el Señor los sacia y colma de bienes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A los hambrientos de justicia, el Señor los sacia y colma de bienes.

PRECES

Invoquemos a Cristo, luz del mundo y alegría de todo ser viviente, y digámosle confiados:

Concédenos, Señor, la salud y la paz.

Luz indeficiente y Palabra eterna del Padre, que has venido a salvar a todos los hombres,
— ilumina a los catecúmenos de la Iglesia con la luz de tu verdad.

No lleves cuenta de nuestros delitos, Señor,
— pues de ti procede el perdón.

Señor, que has querido que la inteligencia del hombre investigara los secretos de la naturaleza,
— haz que la ciencia y las artes contribuyan a tu gloria y al bienestar de todos los hombres.

Protege, Señor, a los que se han consagrado en el mundo al servicio de sus hermanos;
— que, con libertad de espíritu y sin desánimos, puedan realizar su ideal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Señor, que abres y nadie cierra,
— lleva a tu luz a los que han muerto con la esperanza de la resurrección.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Acoge benigno, Señor, nuestra súplica vespertina y haz que, siguiendo las huellas de tu Hijo, fructifiquemos con perseverancia en buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Jueves XII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 7,21-29
«No todo el que me diga: ’Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán aquel Día: `Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’ Y entonces les declararé: `¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!’ «Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.»

Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente se asombraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy presenta la parte final del Sermón de la Montaña (a) no basta hablar y cantar, es preciso vivir y practicar (Mt 7,21-23). (b) la comunidad construida en cima del fundamento de la nueva Ley del Sermón del Monte quedará firme en el momento de la tormenta (Mt 7,24-27). (c) el resultado de las palabras de Jesús en las personas es una conciencia más crítica con relación a los líderes religiosos, los escribas (Mt 7,28-29).

• Este final del Sermón del Monte explica algunas oposiciones o contradicciones que siguen actuales hasta hoy en día: (a) Las personas que hablan continuamente de Dios, pero se olvidan de hacer la voluntad de Dios; usan el nombre de Jesús, pero no traducen en la vida su relación con el Señor (Mt 7,21). (b) Hay personas que viven en la ilusión de estar trabajando por el Señor, pero en el día del encuentro definitivo con El, descubren trágicamente que nunca le conocieron (Mt 7,22-23). Las dos palabras finales del Sermón del Monte, de la casa construida sobre la roca (Mt 7,24-25) y de la casa construida sobre la arena (Mt 7,26-27), ilustran estas contradicciones. Por medio de ellas Mateo denuncia y, al mismo tiempo, trata de corregir la separación entre fe y vida, entre hablar y hacer, entre enseñar y practicar.

• Mateo 7,21: No basta hablar, es precido practicar. El importante no es hablar de forma bonita sobre Dios o saber explicar bien la Biblia a los demás, sino que es hacer la voluntad del Padre y, así, ser una revelación de su rostro y de su presencia en el mundo. La misma recomendación fue dada por Jesús a la mujer que elogió a María su madre. Jesús le respondió: “Felices los que oyen la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11,28).

• Mateo 7,22-23: Los dones deben estar al servicio del Reino, de la comunidad. Había personas con dones extraordinarios como, por ejemplo, el don de la profecía, del exorcismo, de la sanación, pero usaban estos dones para ellas mismas, fuera del contexto de la comunidad. En el juicio, oirán una sentencia dura de Jesús: «¡Alejaos de mí vosotros que practicáis la iniquidad!». La iniquidad es lo opuesto a la justicia. Es hacer con Jesús lo que algunos doctores hacían con la ley: enseñaban pero no practicaban (Mt 23,3). Pablo dirá lo mismo con otras palabras y argumentos : “Si yo tuviera el don de profecía, conociendo las cosas secretas con toda clase de conocimientos, y tuviera tanta fe como para trasladar los montes, pero me faltara el amor, nada soy. Si reparto todo lo que poseo a los pobres y si entrego hasta mi propio cuerpo, pero no por amor, sino para recibir alabanzas, de nada me sirve” (1Cor 13,2-3).

• Mateo 7,24-27: La parábola de la casa sobre roca. Oír y poner en práctica, ésta es la conclusión final del Sermón del Monte. Mucha gente trataba de buscar su seguridad en los dones extraordinarios o en las observancias. Pero la verdadera seguridad no viene del prestigio, ni de las observancias, no viene de nada de esto. ¡Viene de Dios! Viene del amor de Dios que nos amó primero (1Jn 4,19). Su amor por nosotros, manifestado en Jesús, supera todo (Rom 8,38-39). Dios se vuelve fuente de seguridad, cuando tratamos de hacer su voluntad. Ahí, El será la roca que nos sustenta en la hora de las dificultades y de las tormentas.

• Mateo 7,28-29: Enseñar con autoridad. El evangelista cierra el Sermón del Monte diciendo que la multitud quedó admirada de la enseñanza de Jesús, «él enseñaba con autoridad y no como los escribas». El resultado de la enseñanza de Jesús es la conciencia más crítica de la gente con relación a las autoridades religiosas de la época. Sus palabras sencillas y claras brotaban de su experiencia de Dios, de su vida entregada al Proyecto del Padre. La gente estaba admirada y aprobaba las enseñanzas de Jesús.

• Comunidad: casa en la roca. En el libro de los Salmos, con frecuencia encontramos la expresión: “Dios es mi roca mi fortaleza… , mi escudo y mi libertador” (Sal 18,3). El es la defensa y la fuerza de los que piensan en la justicia y la buscan (Sal 18,21.24). Las personas que confían en este Dios se vuelven roca para los otros. Así el profeta Isaías dirige una invitación a los que estaban en el cautiverio: “Escúchenme ustedes que anhelan la justicia y que buscan a Yavé. Miren la piedra de que fueron tallados, y el corte en la roca de donde fueron sacados. Miren a Abrahán, su padre, y a Sara, que los dio a luz” (Is 51,1-2). El profeta pide a la gente que no olvide el pasado. El pueblo tiene que recordar como Abrahán y Sara por la fe en Dios se vuelven roca, comienzo del pueblo de Dios. Mirando hacia esta roca, la gente cobraba valor para luchar y salir del cautiverio. Asimismo, Mateo exhorta a las comunidades para que tengan como meta esa misma roca (Mt 7,24-25) y así puedan ellas mismas ser roca para fortalecer a sus hermanos y hermanas en la fe. Este es el sentido del nombre que Jesús dio a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). Esta es la vocación de las primeras comunidades, llamadas a unirse a Jesús, la piedra viva, para volverse, ellas también, piedras vivas por la escucha y la práctica de la Palabra (Pd 2,4-10; 2,5; Ef 2,19-22).

4) Para la reflexión personal

 • Nuestra comunidad ¿cómo trata de equilibrar oración y acción, alabanza y práctica, hablar y hacer, enseñar y practicar? ¿Qué es lo que debe mejorar en nuestra comunidad, para que sea roca, casa segura y acogedora para todos?
• ¿Cuál es la roca que sustenta nuestra comunidad? ¿Cuál es punto en que Jesús insiste más?

5) Oración final

Ayúdanos, Dios salvador nuestro,
por amor de la gloria de tu nombre;
líbranos, borra nuestros pecados,
por respeto a tu nombre. (Sal 78)

Amar a Dios con todo el corazón (amor a Dios)

¡Qué dulces y llenas de amor son las obras de Dios en nosotros! Si alguno pudiera conocerlas, se encendería tal fuego de amor en su corazón que, si pudiese extenderse y realizar su obra como lo hace el fuego material, en un instante consumiría todo lo que puede arder. Hablo así viendo la vehemencia inexplicable del divino amor (Santa Catalina de Génova, Le libre arbitre, en «Études Carmelitaines» 1959).

En resumen: amar significa viajar, correr hacia el objeto amado. Dice la Imitación de Cristo: el que ama «curtir, volar, laetatur», corre, vuela, goza (3, 4, 5). Así pues, amar a Dios es un viajar con el corazón hacia Dios. Viaje bellísimo. Cuando era muchacho me entusiasmaban los viajes descritos por Julio Verne […]. Pero los viajes del amor de Dios son mucho más interesantes (Juan Pablo II, Audiencia general 27-9-1978).

El viaje comporta a veces sacrificios. Pero éstos no nos deben detener. Jesús está en la cruz, ¿lo quieres besar? No puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona que tiene la cabeza del Señor. No puedes hacer lo que el bueno de San Pedro, que supo muy bien gritar Viva Jesús en el monte Tabor, donde había gozo, pero ni siquiera se dejó ver junto a Jesús en el monte Calvario, donde había peligro y dolor (Juan Pablo II, Audiencia general 27-9-1978).

Has querido que nosotros te amáramos, porque en rigor no podíamos conseguir la salvación más que amándote. Y nosotros ni podíamos amarte, a menos que este amor viniera de ti. Como lo afirma tu apóstol predilecto, tú nos amaste primero y tú amas primero a los que te aman (cfr. 1Jn 4, 10). Pero nosotros te amamos por la caridad y el amor que tú mismo has puesto en nosotros (Guillermo de San-Thierry, La contemplación de Dios, 14).

Está escrito: Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas […] (cfr. Dt 6, 5-9). Aquel «todo», repetido y llevado a la práctica con tanta insistencia, es en verdad la bandera del maximalista cristiano. Y es justo: Dios es demasiado grande, merece demasiado Él de nosotros, para que podamos echarle, como a un pobre Lázaro, apenas unas pocas migajas de nuestro tiempo y de nuestro corazón Él es un bien infinito y será nuestra felicidad eterna; el dinero, los placeres, las fortunas de este mundo, en comparación, son apenas fragmentos de bien y momentos fugaces de felicidad. No sería sabio dar tanto de nosotros a estas cosas y poco de nosotros a Jesús (Juan Pablo II, Audiencia general 27-9-1978).

Se te manda que ames a Dios de todo corazón, para que le consagres todos tus pensamientos; con toda tu alma, para que le consagres tu vida; con toda tu inteligencia, para que consagres todo tu entendimiento a Aquel de quien has recibido todas estas cosas. No deja parte alguna de nuestra existencia que deba estar ociosa y que dé lugar a que quiera gozar de otra cosa. Por tanto, cualquier cosas que queramos amar, diríjase también hacia el punto donde debe fijarse toda la fuerza de nuestro amor. Un hombre es muy bueno cuando toda su vida se dirige hacia el Bien inmutable (San Agustín, en Catena Aurea, vol. III, P. 89).

Considera lo más hermoso y grande de la tierra…, lo que place al entendimiento y a las otras potencias…, y lo que es recreo d ella carne y de los sentidos… Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas…, nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! -¡tuyo!-, tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa… y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía (J. Escrivá de Balaguer, Camino, 432).

Diliges Dominum Deum ex toto corde tuo, et in tuta anima tua, et in toto mente tua. ¿Qué queda de tu corazón para amarte a ti mismo? ¿Qué, de tu alma? ¿Qué, de tu mente? Ex toto, con todo, dice. Todo te exige el que todo te ha dado (San Agustín, Sermón 34).

Comentario – Jueves XII de Tiempo Ordinario

Decía Jesús: No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. El Reino de los cielos es una realidad total, y acceden a ella no los que invocan únicamente, sino los que cumplen. Para entrar en el Reino no basta con pronunciar una especie de contraseña al estilo de «Señor»; es preciso ajustarse o someterse a la «voluntad» que impera en ese Reino. La ley que rige en el Reino de los cielos es la voluntad de Dios.

Aquí se hace lo que Dios quiere; pero lo que Dios quiere es lo mejor para todos. El querer de Dios no es separable del amor, puesto que Dios es amor y Dios quiere lo que es por naturaleza. El amor no es separable de la bondad, pues amar es querer el bien del amado. Si la ley que rige en el cielo, la del amor, dejara de estar vigente, el cielo dejaría de ser cielo y el Reino dejaría de ser de Dios. Ello exige que la voluntad de todos sus moradores deba regirse por esta ley, porque de lo contrario se introduciría un factor de erosión que acabaría destruyendo la misma realidad en que se inserta. La presencia en el Reino de los cielos reclama, pues, el cumplimiento de la voluntad de Dios como elemento indispensable. No es cuestión de palabras, ni de intenciones, ni de invocaciones o exclamaciones, ni de súplicas; es cuestión de reconocimiento, de aceptación y de sometimiento a una voluntad superior (y benéfica) que es la voluntad del Padre, el Creador y Rector de este Reino.

Jesús refuerza esta interpretación cuando añade: Aquel día –el día de las decisiones- muchos dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Yo entonces les declararé: Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados. Se trata de lo que muchos dirán, aunque no sabemos si con verdad o con mentira. Supongamos que lo que dicen lo dicen con sinceridad: hemos actuado en tu nombre, es decir, como representantes tuyos y como aliados de tu causa; lo hemos hecho profetizando o evangelizando, echando demonios y haciendo milagros.

Cuesta trabajo admitir que aquellos que han hablado y hecho milagros en nombre de Jesús puedan recibir de él el calificativo de desconocidos y de malvados que no merecen otra cosa que su alejamiento. Pero hasta ese extremo lleva Jesús las cosas. Cabe la posibilidad de que los que están actuando en su nombre como profetas, sacerdotes, evangelizadores, obradores de prodigios, porque cumplen con regularidad este oficio «sacerdotal», sean finalmente descartados del Reino, quedando en situación de excluidos o de malditos. La razón se pone en el desconocimiento, y la puerta del Reino no se abre a los desconocidos. ¿Pueden resultar desconocidos para Jesús los que han venido actuando en su nombre?

Resulta extraño, pero esto es lo que se afirma: la posibilidad de estar actuando en su nombre al margen de su conocimiento y, por tanto, de su amistad y de su obediencia. Parece que el desconocimiento de Jesús respecto de los que le presentan sus acreditaciones implica el desconocimiento de éstos (que dicen haber actuado en su nombre) respecto del mismo Jesús, esto es, respecto de su voluntad e intereses. Decir «no os conozco» es decir «no os tengo por amigos ni por aliados». La culpa no es del que no les tiene por amigos, sino de los que actuando «en su nombre» han vivido como extraños a él y a sus designios o como alejados de él. Esta ‘lejanía» culpable en la que han vivido se hará abismal en el momento decisivo del juicio: Alejaos de mímalvados. Si merecen el calificativo de ‘malvados’ es porque en su actuación ha habido malicia y no simplemente descuido o negligencia.

Jesús remata su discurso invocando la prudencia del que no se limita a escuchar su enseñanza, sino del que escucha y pone en práctica, que es la mejor manera de escuchar una doctrina que reclama la puesta en práctica; porque escuchar y no poner en práctica es conceder poco valor a lo que se escucha o actuar de modo insensato, como el hombre necio que edifica su casa sobre arena. Vendrá la lluvia, soplarán los vientos, llegarán las inundaciones y la casa se hundirá totalmente. Para edificar la casa sobre roca, que es lo prudente, es necesario atender a las directrices o al plano del arquitecto y ponerlo por obra. No basta con contemplar el plano del arquitecto, asintiendo al proyecto y recreándose en él; es preciso hacerlo realidad material mediante un trabajo prolongado de albañilería. Así es la enseñanza de Jesús y sólo el que edifica conforme a esta enseñanza construye sobre roca. Obrar así es lo prudente; no hacerlo en este modo es soberana y soberbia imprudencia. Porque, como ya descubrieron sus coetáneos, él enseñaba con autoridady no como los letrados.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

106. Los eremitas.

El Obispo debe seguir con especial cuidado pastoral a los eremitas, especialmente aquéllos reconocidos como tales por el derecho, porque profesan públicamente en sus manos los tres consejos evangélicos o han sido confirmados con los votos u otros vínculos sagrados. Observen, bajo su guía, la forma de vida que les es propia, dedicando la existencia a la alabanza de Dios y a la salvación de la humanidad, en la separación del mundo, en el silencio, en la soledad, con la oración asidua y la penitencia. El Obispo debe también vigilar para prevenir posibles abusos e inconvenientes.(301)


301 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 603 §§ 1-2.

El que os recibe…

1.- «Un día pasaba Eliseo por Sunem, y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer»(2 R 4, 8) Eliseo era un enviado de Dios. Su misión consistía en anunciar a los hombres el mensaje divino, comunicar a su pueblo el plan salvífico de Dios. Un día en que estaba trabajando en el campo, oyó la llamada del Señor y lo dejó todo por seguirle. Desde entonces sólo vivía para hablar a los hombres de parte de Dios, y para hablar a Dios de parte de los hombres. Aquella mujer de Sunem le acoge cordialmente cada vez que pasa por la puerta de su casa. Como tantas otras mujeres, esta sunamita posee un especial sentido de lo sobrenatural, tiene una sensibilidad exquisita para las cosas de Dios. Y en el enviado honra al que le envía, en el profeta de Yahvé honra al mismo Yahvé. Cristo lo dirá después en el Evangelio: Quien os recibe a vosotros a mí me recibe, y el que me recibe a mí recibe al que me envió. El que recibe al profeta como profeta tendrá recompensa de profeta, y quien recibe al justo como justo tendrá recompensa de justo.

2.- «Dijo a su criado Guiezí, ¿qué podemos hacer por ella?» (2 R 4, 14) Eliseo no es insensible a sus favores, al contrario, es profundamente agradecido. Y se pregunta sobre el modo de pagar de alguna forma los cuidados que recibe de esa mujer. Y acierta plenamente con lo que ella más anhelaba, con el deseo más vivo de su corazón. La sunamita era estéril, llevaba sobre sus hombros el oprobio máximo para una mujer de su tiempo. Por eso lo que más podía alegrarla era precisamente tener un hijo. Y Eliseo, en nombre de Dios, se lo promete. Y la promesa se cumplirá en su momento.

De nuevo vienen a la memoria las palabras de Jesús: El que diere a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua fresca por ser discípulo mío, en verdad os digo que no perderá su recompensa… Sí, Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente cuanto se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva.

3.- «Cantaré eternamente las misericordias del Señor…» (Sal 88, 2) Sin duda que Dios es justo y dará a cada uno su merecido. También es cierto que su castigo puede ser terrible, por su intensidad y por su duración. Aparte del Infierno -que existe, queramos o no-, la Historia de los hombres es testigo de hasta qué extremos puede llegar la cólera divina. Y no hay que remontarse muy lejos para encontrar alguno de esos sucesos, que manifiestan las consecuencias de dolor y de sangre cuando el hombre se aleja de Dios.

No obstante, a pesar de los castigos que nos narran los libros sagrados, predomina en ellos el tono de la esperanza. Sí, el Señor recurre más a las promesas de amor que a las amenazas de castigos, trata de llevarnos por el buen camino más con la persuasión que con la violencia y con el temor. Y así se nos dice innumerables veces que Dios es rico en misericordia y lento a la cólera. En el salmo de hoy el cantor inspirado eleva su voz para proclamar gozoso la misericordia del Señor, ese infinito amor que le emociona íntimamente, y le colma de paz y de júbilo, le impulsa a cantar. Escuchemos atentos y dejemos que su alegría y su esperanza se nos metan muy dentro.

4.- «Dichoso el pueblo que sabe aclamarte…» (Sal 88, 16) Consideremos también que es frecuente, casi ordinario, que cuando se habla en la Biblia de la misericordia de Dios, se añade de inmediato que su fidelidad es eterna. Es decir, se nos recuerda que el amor divino dura por siempre, que su lealtad es firme y sólida, distinta de la de los hombres, tan volubles con el correr del tiempo, o con el cambio de circunstancias. En Dios el compromiso de amor, contraído con quien ha respondido a su llamada, no se rompe jamás. El Señor no cambia, por mucho que sea el tiempo que transcurra, o por diferentes que sean las circunstancias. Con razón decía San Agustín que Dios nunca nos abandona, a menos que nosotros le abandonemos a él.

En realidad ni siquiera entonces podemos decir con propiedad que Dios nos abandona. Lo que ocurre entonces es que las relaciones de amistad se han roto, sencillamente porque la amistad es cosa de dos, y que por muy fiel y constante que sea uno de los amigos, si el otro se decide a romper, esa amistad ya no es posible. Lo terrible es que al perder la amistad de Dios, el hombre se encamina irremisiblemente a su propia condenación.

5.-«Los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo…» (Rm 6, 3) Es conveniente recordar con frecuencia los efectos del Bautismo a fin de que estimemos el don recibido y seamos conscientes de la dignidad en que Dios nos ha constituido. Ante todo el Bautismo ha borrado en nosotros el pecado original, de tal modo que, -como señala el concilio de Trento-, nada aborrece Dios en los que han renacido a la vida de la gracia, nada hay en ellos digno de condenación. Mediante el Bautismo el neófito ha sido sepultado en las aguas con Cristo, muriendo al pecado. Ya no vive según la carne, se ha despojado del hombre viejo y se ha revestido del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, quedando inocente, sin mancha, puro, sin culpa y amado del Señor.

Además el Bautismo nos marcó para siempre con el carácter sacramental, una señal que se grabó de forma indeleble en el alma, y que nos distingue como hijos de Dios y herederos de su gloria. Según el Vaticano II, por el Bautismo somos injertados en el misterio pascual de Cristo, morimos con Él, para resucitar con Él. Recibimos el espíritu de adopción, por el que, como hijos, clamamos diciendo: «Abba, Padre».

6.- «Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios…» (Rm 6, 11)El Bautismo, por tanto, aplica al que lo recibe la obra de la redención, haciéndolo partícipe del misterio salvador. De esa forma el bautizado entra a formar parte del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia. En este sentido dice también el Vaticano II que los fieles, incorporados a la Iglesia por el Bautismo, quedan destinados por el carácter sacramental al culto de la religión cristiana, y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la Fe que han recibido de Dios mediante la Iglesia.

Al ser configurados con Cristo por el Bautismo, la gracia divina, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo se asientan en el alma del bautizado, que viene a ser templo del Espíritu Santo y morada de la Santísima Trinidad… Todas estas realidades maravillosas han de ser un continuo estímulo para nuestra lucha por desarrollar todas esas virtualidades que nos conducen a una completa identificación con Cristo, hasta poder afirmar con san Pablo: «Vivo yo, pero no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí».

7.- «El que quiera a su padre o a su madre más que a mí»… (Mt 10, 37) En cierta ocasión Jesús se opone a la opinión de los fariseos, que eximían de los deberes para con los padres a cambio de hacer una ofrenda en favor del Templo. El Señor considera que aquello era un artilugio que contravenía gravemente el cuarto mandamiento, conculcando esas obligaciones filiales basadas en el mismo derecho natural, que son en realidad obligaciones de estricta justicia. Sin embargo, el amor a los padres, y cualquier otro amor por grande que sea, ha de estar siempre en segundo plano con respecto al amor a Dios sobre todas las cosas, primero y fundamental mandamiento del Decálogo. Por ello si en algún momento hubiera un conflicto entre el amor a los padres y el amor a Dios, el hombre de fe ha de ser consecuente con esta doctrina evangélica. Un caso claro y, podríamos decir que frecuente, es el una vocación divina a la que hay que responder con alegría y con generosidad, aunque los padres se opongan.

Es verdad que en ocasiones esto puede ser costoso, suponer un sacrificio que nos desgarre por dentro. Pero Jesús es claro y enérgico, para seguirle hay que coger la cruz, hay que negarse a sí mismo. Duele, pero Dios no nos abandonará, y si nos decidimos a seguirle, Él mismo será nuestro Cirineo y nos ayudará en nuestro camino. Por eso dice también que quien por Él pierda su vida, la encontrará de nuevo. Es decir, el Señor nunca nos pide más de lo que le podamos dar, y jamás deja sin recompensa cualquier sacrificio que por su amor realicemos. De ahí que el peso de la cruz, tan grande en apariencia, se torne ligero y suave cuando nos decidimos a cargar con esa cruz, la nuestra, y procuramos seguir las huellas de nuestro Dios y Señor.

Antonio García Moreno

El que no toma su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí, y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que la pierda por mí la encontrará». «El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe a quien me ha enviado. El que recibe a un profeta como profeta recibirá premio de profeta, y el que recibe a un justo como justo recibirá premio de justo; el que dé de beber a uno de estos pequeñuelos tan sólo un vaso de agua fresca porque es mi discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

Mateo 10, 37-42

PARA MEDITAR

Hoy Jesús no nos está diciendo que no debemos querer a nuestra madre o a nuestro padre. Jesús nos quiere hacer ver que Dios debe estar en el centro de nuestras vidas. La fe no es un complemento como un sombrero o un bolso, que puedo llevarlo o no con el resto de la ropa. Dios debe estar en el centro de lo que pensamos, de lo que sentimos, de lo que soñamos.
Pidamos a Dios que nos ayude que saber lo que supone que la fe es fundamental en nuestras vidas. Ayudémonos unos a otros a crecer en la fe.

PARA HACER VIDA EL EVANGELIO

  • Pon un ejemplo de que la fe es para ti algo muy importante en tu vida.
  • ¿Podemos ser cristianos en algunos momentos de nuestra vida y en otros no?
  • Escribe un compromiso para ayudarte a que tengas siempre presente que eres una persona que cree en Dios.

ORACIÓN

No quiero creer en Ti
como un niño pequeño,
que pide chucherías y espera caramelos…
Yo quiero ser adulto y vivir mis retos.
La vida siempre tiene líos,
lo único que cambia es vivirla contigo…
Tú llenas de fuerza, de aliento, de sentido
y el dolor se hace fácil
y el problema llevadero.
Remueves relaciones, generas ternuras,
potencias detalles y mil aventuras.
Haces mirar al otro y la cruz pesa menos.
Envuélvenos a todos
en tu fuerza y tu Amor
para que cada uno
pueda llevar su cruz mejor.
Que no nos despistemos
los unos de los otros
y unidos contigo
nos sintamos NOSOTROS.

Quiero llevar mi cruz con garbo

No quiero ser una continua queja.
Quiero aceptar mi historia, así, como ocurre,
dejando fluir la vida,
sin poner impedimentos.

Quiero aceptar las cosas de la vida,
sin pensar que eres Tú quien me las manda.
Es la vida, las circunstancias, la historia
quienes van haciendo que todo así suceda.

No te pido que me cambies la cruz.
Sólo necesito que a mi lado estés Tú,
porque así los dos juntos
podemos con la cruz.

No quiero creer en Ti
como un niño pequeño,
que pide chucherías y espera caramelos…
Yo quiero ser adulto y vivir mis retos.

La vida siempre tiene líos,
lo único que cambia es vivirla contigo…
Tú llenas de fuerza, de aliento, de sentido
y el dolor se hace fácil
y el problema llevadero.

Remueves relaciones, generas ternuras,
potencias detalles y mil aventuras.
Haces mirar al otro y la cruz pesa menos.

Envuélvenos a todos
en tu fuerza y tu Amor
para que cada uno
pueda llevar su cruz mejor.
Que no nos despistemos
los unos de los otros
y unidos contigo
nos sintamos NOSOTROS.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

• «Cubierto» – «descubierto», «escondido» – «sabido» (26), «de noche» – «a pleno día» (27) son una serie de con­ trastes que ponen de relieve cuál es la misión de los apóstoles: proclamar abiertamente lo que han escuchado y aprendido de Jesús. Él ha llevado a plenitud la revelación de Dios (27). Por tanto, no hay que ir con medias tintas ni con ambigüedades. No tiene sentido cuidar las apariencias si lo que hay que comunicar es lo que Jesús nos ha dicho. El misionero – testimonio- no debe preocuparse de su imagen sino de discernir si lo que muestra es el rostro de Cristo, no debe preocuparse de lo que dirán, sino de si lo que dirá él es lo que dice Jesús. Y lo que para un discípulo de Jesús no tendrá ninguna clase de justificación es esconder la Buena Noticia, es decir, mentir.

• «No tengáis miedo» de la muerte (28) por haber dado testimonio (32): Con Jesús la vida va más allá de la duración del cuerpo. Con el contras­ te «cuerpo»-«alma» (28) ni Jesús ni la gente de su tiempo no están supo­niendo que la persona está dividida en dos partes: más bien tratan de poner de relieve que la muerte corporal no es un final definitivo. Y , aún más, los que creemos en Jesús afirmamos que por él viviremos por siempre.

• «Destruir con el fuego» (28). En la mentalidad de la época de Jesús, en la que ya se ha extendido la fe en la re­surrección, el infierno es el reino de la muerte, lugar sin retorno al que van a parar los pecadores. De todos modos, al lado de esta palabra de Jesús, en el mismo evangelio de Mateo se encuen­tra, también en boca de Jesús, la afir­ mación de que la fuerza de este reino no es definitiva ni superior a la fuerza que nace de su resurrección (Mt 16,18).

• «…unos cuartos» (29): el texto original habla de una moneda romana de las más pequeñas que era la equivalente a la dieciseisava parte del sueldo por un día de trabajo. Con esta imagen de una cosa poco valorada y con la de los «cabellos contados» (30) Jesús está di­ciéndonos que Dios vela mucho más por nosotros, que «valemos más» (31). Por tanto, «no hemos de tener miedo».

• Ciertamente, el testimonio a favor de Jesucristo, reconocerlo (32), pue­de llevar al martirio (Mt 10,17-18,28). Verter la sangre por haber dado testi­ monio de Jesús y del Evangelio es la máxima expresión de comunión, de so­lidaridad con él y con aquellos de quien él se ha hecho solidario (32s): Jesús también ha dado la vida del todo. Pero lo que pide a los apóstoles y a todos los discípulos no es que busquen la muerte sino que den la vida, que lo reconozcan con hechos, con la forma de vida, con una vida sincera y auténtica.

* Jesús, pues, anima a los apóstoles a afrontar con valentía las dificultades. Nos anima nosotros a dar la vida, día a día, por aquellos mismos por los cuales él la dio: los más pobres, los más marginados en la so­ ciedad, la gente más explotada y manipula­da y engañada por el sistema liberal-capitalista (como la numerosa clase trabaja­dora)… y, desde ellos, siempre desde aba­jo, dar la vida por todo el mundo.

Comentario al evangelio – Jueves XII de Tiempo Ordinario

UNA FE SÓLIDA


         Me pidieron que asistiera a una convivencia con un buen grupo de jóvenes de unos 18 años, de distintos puntos de España, que se consideraban católicos, «practicantes» más o menos frecuentemente, y casi todos confirmados; muchos de ellos se habían formado en Colegios Religiosos. Y para situarme con ellos, les planteé algunas preguntas. Entre otras ésta: «¿Qué es para ti lo más difícil a la hora de vivir tu fe cristiana?». Sus respuestas creo que no serían muy distintas a las que me habrían dado creyentes de otras edades.

     Algunos se referían a la «incomodidad» de asistir a la Eucaristía dominical: a veces por el esfuerzo de levantarse «pronto» el domingo, a veces porque sus amigos no acudían y tenían que ir solos, a veces porque se sentían «raros» entre tanta gente mayor, y a veces porque entraba en conflicto con otras ‘obligaciones’ personales, como por ejemplo las deportivas. También aludieron a que solían aburrirse bastante en misa. En todo caso, para estos  jóvenes ser cristiano tenía que ver sobre todo con «las prácticas religiosas», o mejor dicho, con «la misa» dominical.

     Había quienes hacían una referencia general a la dificultad de «cumplir» con tantas obligaciones, como por ejemplo rezar. Algunos especificaban dificultades con respecto a «la pureza». Este tipo de respuestas hablan de una educación que yo llamaría de «Antiguo Testamento», donde hay normas y obligaciones mínimas (los diez mandamientos no dejan de ser unas prohibiciones mínimas) que cumplir para estar a bien con Dios. Y en donde se les ha insistido en el «tema» sexo como especialmente significativo a la hora de ser cristiano.

     No faltaban las alusiones al rechazo social por ser cristiano, o la sensación de pertenecer a una institución que no conecta mucho con los jóvenes (o con la sociedad), o que es demasiado tajante en algunos planteamientos (por ejemplo bioéticos), o que no encuentra su espacio en el mundo de la cultura, o que se posiciona a menudo con determinados partidos políticos…  Por no hablar de los escándalos dentro de la Iglesia.

     Por otro lado, pocos conocían o leían las Escrituras, y también expresaban sus dudas en temas como la resurrección, los milagros, el problema del mal en el mundo, la «utilidad de la oración», el sacramento del perdón… y otros.

     Seguramente los adultos podríamos añadir otras que han podido hacer temblar nuestra fe. El Evangelio de hoy habla de «riadas» que se llevan por delante una casa poco asentada, no bien construida, frágil. 

      Jesús ha venido explicando a lo largo del Sermón del Monte en qué consiste su proyecto del Reino, y en qué consiste ser discípulo suyo (=cristiano). Y el pasaje de hoy vendría a ser el resumen y conclusión de todo lo dicho hasta aquí: discípulo suyo es el que escucha su Palabra y la cumple, el que pone como cimiento de su vida las enseñanzas del Evangelio. 

     Se trata, por tanto, de construir mi persona (mi proyecto de vida), mi comunidad y la sociedad de la que formo parte sobre la Palabra de Jesús. Donde lo importante no es el decir «Señor, Señor» (una oración/culto separados de la vida y del compromiso por transformar la realidad, una oración llena de palabrería…), cuanto que nos preguntemos continuamente y procuremos discernir cuál es la voluntad de Dios para mí en cada momento de mi vida, de modo que vayamos haciendo nuestros los valores del Evangelio (los cimientos de la casa). Los cumplimientos y los mínimos de que he hablado antes quedan así del todo superados, tenemos que ir mucho más allá por convencimiento, por complicidad con el proyecto de Jesús. Jesús ha invitado a «hacer» la voluntad del Padre y no quedarnos en palabras o bellas intenciones. En esa voluntad el eje central siempre serán sobre todos en los otros, y especialmente los que están marginados, los que sufren, etc. Ser como él, vivir como él, para lo mismo que él, y apoyarnos en él. Esto es construir sobre roca.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf