Paradoja

La paradoja constituye, sin duda, una “seña de identidad” de lo profundo. Todo lo profundo -y, por tanto, lo humano- es paradójico. Lo cual se traduce en el reconocimiento de que las cosas no son lo que parecen.

¿A qué se debe la paradoja? Al hecho de que lo real tiene “dos niveles”. En el caso humano, esos dos niveles son la “personalidad” y la “identidad”. Tampoco nosotros somos lo que parecemos ser.

La mente lee la paradoja como una contradicción, pero en realidad es una contradicción solo aparente. Los “dos niveles” no se excluyen, sino que se complementan, hasta el punto de hacer posible este mundo fenoménico que percibimos.

“Vacuidad es forma y forma es vacuidad”, se afirma en el budista Sutra del corazón. Todas las formas se hallan sostenidas en la vacuidad –son vacuidad, en su realidad última– y la vacuidad se hace presente en todas ellas.

La ignorancia consiste en ver solo la forma, sin percibir la vacuidad que es en su núcleo más profundo, o en imaginar una vacuidad ilusoria separada de las formas. Es lo que hace nuestra mente, al ser incapaz de manejarse en la paradoja. Por el contrario, la comprensión descubre ese “doble nivel”, estrecha e indisolublemente abrazado en la no-dualidad. Vacuidad y forma, forma y vacuidad, todo es no-dos.

Jesús de Nazaret expresa nuestra paradoja en aquella expresión tan conocida como frecuentemente malinterpretada: “El que encuentre su vida, la perderá; el que la pierda por mí, la encontrará”.

“Encontrar la vida” significa aquí reducirse a aquello que la mente percibe, es decir, identificarse con la forma (el yo). Quien se identifica con su yo, pensando que esa es su identidad, se ha “perdido” en la ignorancia y en la confusión. Ha perdido lo más valioso: la vida.

Por el contrario, “perder la vida” significa tomar distancia del yo, verlo en lo que es –solo una “forma” transitoria– y reconocerse en la vida que somos. El “mí” del texto es una forma de expresar lo que realmente somos. De ahí que la expresión “perder su vida por mí” no significa alienarse a otro, sino reconocerse en esa identidad profunda –el evangelio de Juan la nombra como “Yo soy”– que nos constituye. Por decirlo de modo más sencillo: no se trata de seguir a Jesús ­–a partir de una creencia que fácilmente fomenta una vivencia heterónoma e incluso infantilizante–, sino de “seguir” a –vivir en conexión con– aquello que somos todos –Jesús incluido–, superada la trampa de la identificación con el yo.

¿Pierdo o encuentro la vida?

Enrique Martínez Lozano

I Vísperas – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado», dice el Señor.

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 8,5-17
Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: `Vete’, y va; y a otro: `Ven’, y viene; y a mi siervo: `Haz esto’, y lo hace.» Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído.» Y en aquella hora sanó el criado. Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle.
Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías:
Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy sigue describiendo las actividades de Jesús para mostrar como practicaba la Ley de Dios, proclamada en el Monte de las Bienaventuranzas. Después de la curación del leproso del evangelio de ayer (Mt 8,1-4), sigue ahora la descripción de varias otras curaciones:
• Mateo 8,5-7: La demanda del centurión y la respuesta de Jesús. Al analizar los textos del evangelio, es oportuno prestar atención siempre a los pequeños detalles. El centurión es un pagano, un extranjero. No pide nada, sino que apenas informa a Jesús que su empleado está enfermo y que sufre horriblemente. Detrás de esta actitud de la gente ante Jesús está la convicción de que no era necesario pedir las cosas a Jesús. Bastaba comunicarle el problema. Y Jesús haría el resto. ¡Actitud de ilimitada confianza! De hecho, la reacción de Jesús es inmediata: “¡Yo iré a curarle!”
• Mateo 8,8: La reacción del centurión. El centurión no esperaba un gesto tan inmediato y tan generoso. No esperaba que Jesús fuera hasta su casa. Y desde su experiencia como capitán saca un ejemplo para expresar la fe y la confianza que tenía en Jesús. Dice: «Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: `Vete’, y va; y a otro: `Ven’, y viene; y a mi siervo: `Haz esto’, y lo hace”. Esta reacción de un extranjero ante Jesús revela cómo era la opinión del pueblo respecto a Jesús. Jesús era alguien en el cual podían confiar y que no rechazaría a aquel que recorriese a él o que le revelase sus problemas. Es ésta la imagen de Jesús que el evangelio de Mateo nos comunica hasta hoy a nosotros, sus lectores y lectoras del siglo XXI.
• Mateo 8,10-13: El comentario de Jesús. El oficial quedó admirado con la reacción de Jesús. Jesús quedó admirado con la reacción del oficial: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.!” Y Jesús previó aquello que estaba aconteciendo en la época en que Mateo escribía su evangelio: “Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. El mensaje de Jesús, la nueva Ley de Dios proclamada en lo alto del Monte de las Bienaventuranzas es una respuesta a los deseos más profundos del corazón humano. Los paganos sinceros y honestos como el centurión y tantos otros que vinieron de Oriente o de Occidente, perciben en Jesús una respuesta a sus inquietudes y le acogen. El mensaje de Jesús no es, en primer lugar, una doctrina o una moral, ni tampoco un rito o un conjunto de normas, sino una experiencia profunda de Dios que responde a lo que el corazón humano desea. Si hoy muchos se alejan de la Iglesia o van hacia otras religiones la culpa no siempre es de ellos, sino que puede ser de nosotros que no sabemos vivir ni irradiar el mensaje de Jesús.
• Mateo 8,14-15: La curación de la suegra de Pedro. Jesús entró en la casa de Pedro y curó a su suegra. Estaba enferma. En la segunda mitad del siglo primero, cuando Mateo escribe, la expresión “Casa de Pedro” evoca la Iglesia, construida sobre la roca que era Pedro. Jesús entra en esta casa y cura a la suegra de Pedro: “Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle. ”. El verbo usado en griego es diakonew, servir. Una mujer se vuelve diaconisa en la Casa de Pedro. Era lo que estaba ocurriendo en aquel tiempo. En la carta a los Romanos, Pablo menciona a la diaconisa Febe de la comunidad de Cencreas (Rom 16,1). Tenemos mucho que aprender de los primeros cristianos.
• Mateo 8,16-17: La realización de la profecía de Isaías. Mateo dice que: “al atardecer”, llevaron a Jesús muchas personas que estaban poseídas por el demonio”. ¿Por qué sólo al atardecer? Porque en el evangelio de Marcos, de donde Mateo saca su información, se trata de un día de sábado (Mc 1,21), y el sábado terminaba en el momento en que aparecía la primera estrella en el cielo. En ese momento la gente podía salir de casa, cargar con el peso del enfermo y llevarlo ante Jesús. Y “¡Jesús con su palabra, expulsaba los espíritus y curaba todas las enfermedades!” Usando un texto de Isaías, Mateo ilumina el significado de este gesto de Jesús:”para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades”.De este modo, Mateo enseña que Jesús era el Mesías – Siervo, anunciado por Isaías (Is 53,4; cf. Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12). Mateo hacía lo que hacen hoy nuestras comunidades: usa la Biblia para iluminar e interpretar los acontecimientos y descubrir en ellos la presencia de la palabra creadora de Dios. 

4) Para la reflexión personal

• Compara la imagen que tú tienes de Jesús con la del centurión y de la gente que iba detrás de Jesús.
• La Buena Nueva de Jesús no es, en primer lugar, una doctrina o una moral, ni un rito o un conjunto de normas, sino una experiencia profunda de Dios que responde a lo que el corazón humano desea. La Buena Nueva de Jesús ¿cómo repercute en ti, en tu vida y en tu corazón? 

5) Oración final

Ensalzad conmigo a Yahvé,
exaltemos juntos su nombre.
Consulté a Yahvé y me respondió:
me libró de todos mis temores. (Sal 34,4-5)

Perdiendo es como se gana

1.- La sociedad nos invita a un triunfo rápido y a costa de lo que sea. Hay medios, métodos y empresas que están orientados precisamente a todo ello: conquistar la fama cuanto antes y, si puede ser bien remunerado, mejor que mejor.

Y, en este inicio del verano, la Palabra del Señor nos recuerda que perdiendo muchas cosas (que ante el mundo pueden parecer importantes) son puntos para adquirir algo más definitivo en el más allá.

El padre y la madre (de los que se nos habla en el Evangelio de hoy) tienen muchos rostros con diversos nombres, en la realidad que nos circunda: riquezas, ocio, placer, materialismo, hedonismo, relativismo, miedos, temores, etc.

Son muchas las cosas que nos atenazan y nos impiden servir con cierta generosidad o con desprendimiento a la causa de Jesús.

2.- El padre y la madre, son aquellos imanes que nos atraen y nos apartan del camino emprendido en el día de nuestro Bautismo. Es, en definitiva, la comodidad y el apego a muchas cosas que nos parecen imprescindibles para ser felices, lo que nos paraliza y nos impide valorar aquella ganancia de la que Jesús nos habla en este evangelio dominical.

Cuando uno quiere a alguien, todo esfuerzo y sacrificio, le parece poco. Cuando a uno le es indiferente otra tercera persona, cualquier detalle, le parece un privilegio concedido injustamente.

A Dios hay que llevarlo en el fondo de las entrañas. Cuando a Dios se le ama, la vida y las pequeñas renuncias de la vida cristiana, se contemplan con otra óptica, con un trasfondo de felicidad y de fidelidad.

2.- Todos, en el día a día, podemos ir construyendo un pequeño balance de aquello que damos a Dios y de aquello que Dios nos ofrece. Malo será que, el día de mañana, abriendo el diario de nuestras buenas obras, de nuestros ratos de oración, del trabajo en pro de la justicia, de la confianza y de la esperanza en Dios, nos encontremos con la gran sorpresa de que tenemos muy pocos asientos señalados a nuestro favor por haber estado entretenidos en “muchos padres y madres” que distrajeron nuestra existencia desde Dios y para Dios.

¿Perder para ganar? Ciertamente. Dios, en nosotros y a través de nosotros, invierte en el mundo de una forma original y desconcertante: hay que ir contracorriente. Comprando aquello que muchos desprecian y abrazando a aquellos que la sociedad rechaza. Para ello, claro está, es cuestión –muchas veces- de cerrar los ojos y de abrir el corazón.

¿Perder para ganar? Así es. Jesús nos deja unas pistas por las que podemos optar hacia esos grandes valores que, a pesar de las dificultades, perduran en el tiempo.

3.- Alguien dijo, con cierta razón, que los cristianos tenemos que aprender a “jugar en bolsa”. No precisamente en aquella que el mundo económico propone para enriquecerse abusivamente. El cristiano convencido, ha de estar dispuesto a perder de lo suyo (tiempo, bienes materiales, esfuerzo) para que un día Jesús pueda reconocernos como aquellos que se arriesgaron y arriesgaron abundantemente en su nombre y en favor de los demás.

–Que los modos de ver las cosas sean los de Dios y no los nuestros

–Que la voluntad a la hora de vivir, venga condicionada por la voluntad de Dios y no solamente por la nuestra

–Que aquello que realicemos se corresponda con los planes de Dios y no exclusivamente con nuestra agenda personal

–Que en el día a día, sepamos morir un poco a nuestro “yo” para que brote un poco Dios.

Javier Leoz

Comentario – Sábado XII de Tiempo Ordinario

El evangelista narra que al entrar Jesús en Cafarnaúm un centurión romano se acercó a él para interceder por su criado, al que tenía en cama paralítico y con grandes sufrimientos. Llama la atención que un militar del ejército invasor se acerque a un judío, miembro del pueblo sometido, para pedirle un favor. Lo hace sin exigencias, limitándose a notificarle la situación del enfermo para el que pide su intervención. Jesús le responde con toda naturalidad, como si la condición del centurión pagano no significara ningún inconveniente: Voy a curarlo. E inmediatamente reacciona el solicitante, consciente de la situación y pretendiendo allanar las cosas: Señor, le dice, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo? Basta que los digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque también yo vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace.

Se dirige a Jesús con sumo respeto, lo llama Señor, y sabiendo que un judío puede tener motivos fundados (= religioso-legales) para no entrar en casa de un pagano, quiere evitarle problemas. Sea ésta u otra la razón, el caso es que aquel centurión se declara indigno de tener a Jesús bajo su techo, pues se trata de la casa de un pagano, es decir, de un pecador. Y él es consciente de ello. Es una nueva muestra de humildad. Ya era un acto de humildad acercarse a Jesús, un judío, para pedirle un favor; ahora se refuerza aún más esa humildad al considerarse indigno de su presencia en casa. El centurión tiene un sentido muy realista de la situación; lo que demuestra que humildad es realidad. Pero además muestra tener una gran fe en él: Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.

Confía tanto en el poder de su palabra, que no tendría que tener necesidad siquiera del contacto físico para obtener el beneficio solicitado. Aquel centurión había oído hablar de Jesús y de su poder milagroso para curar; de lo contrario, no habría acudido a él. Tal vez le había visto actuar con sus propios ojos, acercarse a un ciego o a un sordo, tocarle, pronunciar una palabra y devolverle la vista o el oído. Ahora entiende que no necesita siquiera la cercanía del enfermo, el contacto físico con él, para devolverle la salud. Su palabra, incluso en la distancia, es suficientemente poderosa para lograr el efecto curativo. Y así se lo hace saber. Él vive en la disciplina militar: acata órdenes y da órdenes. Y cuando da órdenes a sus subordinados, estos las ejecutan, porque su palabra tiene eficacia, como la tiene también la palabra de sus superiores en él. Pues cuánta mayor eficacia habrá de tener la palabra “misteriosa” de un profeta como Jesús, que ya ha demostrado en numerosas ocasiones su capacidad de mando o su eficacia sobre los espíritus inmundos o las fuerzas de la naturaleza.

Se trata, pues, de alguien que confía en el poder de la palabra dicha con autoridad y que a Jesús le concede mucha autoridad, al menos en materia de salud. Por eso, le basta con su palabra para que su criado recobre la movilidad. Si él le dice: «Levántate», su criado se levantará; porque la palabra de Jesús tiene más fuerza que la suya propia, que también tiene fuerza para mover a sus soldados.

Cuando Jesús, nos dice el evangelista, oyó esta declaración de intenciones, quedó admirado, y no era para menos: admirado por aquel de quien procedían, admirado por su fuerza de convicción. Y dijo a los que le seguían, con afán de instruir: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta feOs digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos.

Son palabras muy elogiosas y consoladoras para un pagano, que es colocado por encima del judío en aquello en lo que el judío debiera estar muy por encima del pagano. Jesús manifiesta no haber encontrado entre los israelitas, pueblo elegido de Dios, una fe como la de este militar extranjero y pagano. Por eso profetiza que vendrán muchos de lejos, de Oriente y de Occidente, y ocuparán puestos de honor en el Reino de los cielos; porque para ocupar este rango sólo se requiere tener fe, la fe que ha mostrado tener el centurión de Cafarnaúm. Jesús, que tan bien conoce el corazón humano, se dejó admirar sin embargo por esta fe. Si nos ceñimos al texto evangélico, tenemos que pensar que realmente le sorprendió la actitud confiada y humilde de aquel centurión. Hay actitudes que realmente sorprenden al descubrirlas en ciertas personas, porque no esperábamos encontrarlas en ellas. Pero Dios hace continuamente milagros. Por eso podemos ver cambiar la actitud de muchas personas a las que creíamos muy alejadas de Dios o incapaces de hacer una obra buena o de compadecerse mínimamente de alguien.

Hay actitudes que nos sorprenden por su bondad o por su fe procediendo de quien proceden. Pero insisto. Dios puede cambiar los corazones con relativa facilidad. Nuestra fe no tendría que resultar sorprendente a ninguno de los que nos contemplan, porque estamos bautizados, porque somos cristianos, porque acudimos a misa y procuramos hacer el bien, y sin embargo quizá mereciera la pena que alguna vez provocáramos sorpresa o admiración por nuestra fe, por el grado de fe que manifestamos tener, por la calidad de esa fe. La fe, como la del centurión, tiene un enorme componente de confianza: confianza en la bondad, en el poder o  en la eficacia de alguien, confianza en Dios. Sin confianza no podemos andar por la vida. Es imposible moverse permanentemente en la arena movediza de la sospecha o de la desconfianza. Pero hay hombres y situaciones que no pueden garantizar nuestra confianza, porque se muestran tan frágiles como nosotros a la hora de afrontar el problema. Entonces, ¿en quién confiar? Sólo Dios es fundamento suficiente de nuestra confianza. Sólo Él puede sostener últimamente nuestra fe. Y sólo esta fe le permitirá actuar en nuestro favor y en el de todos aquellos por quienes intercedemos.

El centurión mereció oír finalmente de labios de Jesús la confirmación del milagro que llevaba a cumplimiento su deseo y petición: Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído. Y como los deseos del que tiene autoridad son órdenes, se cumplió: en aquel momento su criado se puso bueno. Había bastado la palabra de Jesús para cuya realización se requería únicamente la fe que implora o la fe del que implora.

A continuación, y estando en casa de Pedro, curará a la suegra de éste que estaba en cama con fiebre. Y más tarde, a otros. Para ello no tenía que recurrir a otro medio terapéutico que su palabra: una palabra de efectos maravillosos, que expulsaba a los espíritus de los endemoniados y curaba a todos los enfermos que le llevaban. En tales realizaciones –como subraya el propio evangelista- se estaba cumpliendo una palabra profética, concretamente la de Isaías: Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades. Pero habrá una manera aún más severa (para él) de cargar con nuestras dolencias, que no es otra que la manera crucificada; pues es en la cruz donde él carga realmente y de modo más comprometido con nuestras enfermedades.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

VIII. Los Fieles Laicos

108. Los fieles laicos en la Iglesia y en la diócesis.

La edificación del Cuerpo de Cristo es tarea del entero Pueblo de Dios; por eso, el cristiano tiene el derecho y el deber de colaborar bajo la guía de los Pastores a la misión de la Iglesia, cada uno según la propia vocación y los dones recibidos del Espíritu Santo.(305) Es, por tanto, deber de todos los ministros despertar en los fieles laicos el sentido de su vocación cristiana y de su plena pertenencia a la Iglesia, evitando que puedan sentirse en algún aspecto cristianos de segunda categoría. Tanto personalmente como por medio de los sacerdotes, se preocupe el Obispo de hacer que los laicos sean conscientes de su misión eclesial y los anime a realizarla con sentido de responsabilidad, mirando siempre al bien común.(306)

El Obispo acepte de buen grado el parecer de los laicos sobre las cuestiones diocesanas, en función de su competencia, sabiduría y fidelidad, y lo tenga en la debida consideración.(307) Tenga presente también las opiniones sobre los problemas religiosos o eclesiales en general, manifestadas por los laicos a través de los medios de comunicación: periódicos, revistas, círculos culturales, etc. Respete, además, la libertad de opinión y de acción que les es propia en la esfera secular, pero siempre en fidelidad a la doctrina de la Iglesia.(308)


305 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 30 y 33; Decreto Apostolicam Actuositatem, 2-3; Codex Iuris Canonici, cans. 204 § 1 y 208.

306 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 37.

307 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 26; Codex Iuris Canonici, can. 212 § 3.

308 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 227.

¿A quién amas más?

1.- Cuando el evangelista pone en labios de Jesús la expresión «el que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí» nos deja desconcertados. Puede que exclamemos como dicen hoy los chicos ¡qué fuerte! Quizá pensemos que Jesús no quiere acogernos, que es demasiado exigente o tal vez ignora nuestra realidad pecadora. Nada de eso… Jesús sabía muy bien a quién estaba hablando y lo que quería decir. Estas palabras desconcertantes muestran la radicalidad del seguimiento de Jesús. No vale quedarse a medio camino. Si decidimos seguirle, debe ser con todas las consecuencias. La persona de Cristo debe ser para el cristiano el centro y el valor absoluto de su vida. Lo demás debe quedar en segundo plano. Esto no quiere decir que no amemos o no nos preocupemos de nuestra familia, sino que sepamos priorizar. Estoy seguro de que el que ama a Jesucristo con todo su ser demuestra también su amor a los demás, comenzando por los suyos.

2. – Pregúntate. ¿A quién amas?, ¿a quién amas más? El amor se demuestra con los hechos. Si estás dispuesto a perder tu vida por alguien, entonces sí que demuestras amor por él. Ese Alguien es Jesucristo. ¿Qué estas dispuesto a hacer por El? Curiosamente, el que pierde, encuentra. Consigue una vida mucho más plena. Pero amar a Jesús es amar a los hermanos. El movimiento se demuestra andando y el amor a Dios entregándose por el prójimo, especialmente el más necesitado. El que recibe a alguien en su casa, el que da un vaso de agua al sediento, acoge al que está solo, «pierde su tiempo» por los demás, no quedará sin recompensa. Este es el regalo que obtuvo la mujer de Sunem cuando demostró su hospitalidad con el profeta Eliseo.

Ahora que comienzan las vacaciones podemos ejercitar la virtud de la hospitalidad, no sólo con los amigos, también con los de fuera. Es en estos pequeños detalles donde se demuestra que tenemos fe. Lo demás es engañar y engañarnos.

3. – ¿Qué es tomar la cruz? Es asumir la que cada uno lleva. No hace falta crearse otras cruces, basta con saber llevar la que uno tiene: la cruz de tu timidez, la cruz de tus dolencias, la cruz de tu fracaso, la cruz de tu cansancio, la cruz de tu ceguera, la cruz de tus defectos. ¿Cómo llevas tu cruz? No se trata de resignarse, se trata de llevarla con entereza y siendo solidario con el hermano. Una vez que hayas asumido tu cruz, estás en condiciones de ayudar a los demás a llevar la suya. La cruz no es signo de muerte, es signo de amor y de vida. De la cruz de Jesucristo surgió la vida para todos, el triunfo definitivo sobre la muerte. Llevar la propia cruz y ayudar a llevarla al hermano es un signo de amor, y amar es dar vida.

José María Martín OSA

Sea Dios, sea el compartir, sea la solidaridad

1.- El texto evangélico de hoy es de los que levantan ronchas por un lado y abren a la mejor esperanza por otro. Tiene dos partes muy definidas. En la primera Cristo expone el programa de las exigencias; en la segunda, el Señor brinda sus promesas de salvación. Cristiano será el que, alentado por este futuro prometido, sabe arriesgarse en el presente y asumir un estilo de comportamiento y una inspiración de criterios que lo sitúan frente a los criterios y actuaciones del mundo.

Las exigencias cristianas derivan de admitir que sólo Dios es el absoluto del hombre. Toda realidad temporal, por legítima que pueda parecernos y por justa que sea, ha de evitar el erigirse en clave absoluta de la existencia humana. Tiene su lugar el amor, sin duda; lo tiene el trabajo; el arte, la poesía, la política, la creatividad tienen su propia posición. El creyente no tiene por qué marginar nada de cuanto hay en el mundo. Pero no puede hacer de ningún valor temporal un punto de referencia absoluto ente el que haya de sacrificar su propia dignidad y su solidaridad para con el prójimo. Sólo Cristo, enviado de Dios, es el Señor y su “mensaje” es la clave superior y última de valoración de toda realidad.

2.- La frase del Evangelio “el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta, y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo” atrajo a la liturgia de este domingo ese relato, tomado del libro segundo de los Reyes, que aparece en la primera lectura.

El Evangelio de la Eucaristía del domingo pasado nos ponía en la alternativa de tener que elegir entre perder la vida o perder a Dios, y nos decían que, en caso de una alternativa así, el cristiano debía escoger siempre perder la vida. Y eso no porque el Evangelio crea que la vida es poco importante, sino porque quiere revelarnos que Dios es más importante que la vida, porque Dios es la verdadera vida.

Servir a la verdad, añade el Evangelio de este domingo, puede llevarnos a tener que escoger entre algo tan fundamental como nuestra familia o ser apóstoles de Jesucristo El Reino de Dios, la predicación de ese reino, dice el Evangelio, si llega a ponernos en esa dura alternativa, debe estar por encima hasta de nuestros vínculos familiares más íntimos. El Evangelio dice esto no porque crea que la familia no importa, sino para que nos quede claro lo absolutamente esencial que debe ser para nosotros el Reino de Dios y su proclamación.

3. – Nada puede ser preferido al seguimiento de Cristo, con todas sus consecuencias. Así, dice el Evangelio, el que traicione a Cristo para salvar su vida, perderá a Cristo, y con Él, la verdadera vida, la eterna. El que, por confesar a Cristo, pierde su vida, ganará la vida perpetua, inmortalizada, con el derecho a resucitar como Cristo.

Estas dramáticas decisiones eran lo normal para los cristianos de los primeros 300 años de la Iglesia. Era lo absolutamente normal para un cristiano tener que escoger entre confesar a Cristo o tener familia, entre perder a Cristo o perder un brazo o un pie o un ojo, entre tener a Cristo o perder los bienes, entre confesar a Cristo o perder la vida. Apuntarse a ser cristiano era apuntarse a morir mártir. El cristiano que se moría, en esa época primera, en su cama, se moría de vergüenza; eso significaba que su vida no había llamado la atención de nadie y que nadie lo había acusado por ser cristiano.

San Pablo, en la segunda lectura, tomada de la carta a los cristianos de Roma, no puede ser más claro: El que vive como Cristo va a morir como Cristo y tiene derecho a una resurrección como la de Cristo. El morir incluye la esperanza de resucitar a una vida nueva en Cristo. Es como si Jesús dijera: ¿Quieres tener parte conmigo en el triunfo? Entonces arriésgate como yo me he arriesgado. Porque, si nos fijamos, la segunda y tercera lecturas de este domingo están en la mismísima línea ideológica.

Pablo nos podría preguntar: ¿Sabes para qué te bautizas? Ser cristiano significa ser seguidor de Cristo, seguirlo hasta la cruz y hasta la resurrección. Ser cristiano es vivir una vida nueva. Es actuando como cristianos que nos hacemos cristianos. El seguimiento de Cristo debe verse en la vida que llevamos. Criterios nuevos; nada de que el dinero sea el valor decisivo en nuestra vida; nada de que el poder sea el valor fundamental; tampoco pueden serlo ni la comodidad ni el sexo. Vivir una vida nueva, una vida en Cristo resucitado, una vida en la que Dios reina, debe verse en que vivimos con criterios nuevos: una vida en la que el criterio decisivo y radical sea el amor. Sea Dios, sea el compartir, sea la solidaridad.

4. – Fijémonos en algunos puntos: Cristo, dice Pablo, una vez resucitado, ya no muere más. Ni la muerte ni nada que sea muerte tiene dominio sobre El. Nada, pues, de Cristos que sangran, sudan, o lloran. Cristo está resucitado y ni la muerte ni nada que sea muerte tiene poder sobre Él.

Hay una identificación, en el Evangelio, entre Dios y Jesús; Dios es Jesús y quien recibe a Jesús recibe a Dios. Pero, también, hay una identificación entre Jesús y sus discípulos y seguidores; quien recibe a uno de sus seguidores, recibe a Jesús. Quien recibe a un enviado de Dios, sea éste un “profeta”, un “justo” o simplemente un “pobrecillo discípulo” de Cristo participa de su gracia. Y así aparece, con todas las palabras, en Mateo 25. Y fijémonos en que Jesús no dice: “Yo lo tomaré como si me lo hubiera hecho o negado a mí”, sino que dice: A mí me lo hicisteis o a mí no me lo hicisteis. ¡Tremenda consecuencia de la encarnación de Dios!

Se reconoce a un cristiano ¿por qué? ¿Por su vida o por sus ritos? ¿Expresan y comprometen la vida esos ritos, o, más bien, sustituyen la vida cristiana? ¿Somos cristianos porque participamos en la Eucaristía, por ejemplo, o participamos en la Eucaristía porque nuestra vida es cristiana? Nuestra participación en la Eucaristía es alimento para nuestro existir cristiano.

Antonio Díaz Tortajada

Locos de remate

1.- Cuando el evangelio que acabamos de oír se escribía, las situaciones violentas dentro de las familias serían el pan nuestro de cada día. Podéis imaginar la oposición de los padres o de los hermanos mayores de una familia patricia romana cuando llegase a saber que una de sus hijas o sus hijos se habían hecho seguidores de ese judío ajusticiado por un Procurador romano en el más vergonzoso de los patíbulos, el de la cruz.

Ese nuevo cristiano se vería ante la dura elección entre el Señor que lo llama a la Fe y su familia. Y hoy mismo, no sólo en países que de minoría católica, sino ya entre nosotros mismos, un chico o una chica que no admita el divorcio o el aborto, puede tener dificultades para encontrar pareja, o una chica decente que no admita relaciones prematrimoniales puede perder un buen número de oportunidades, desde luego bien perdidas.

El Señor viene a decirnos que ni familia, ni la amistad son los valores supremos, que sobre ellos hay aquello de “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres:

¿Es que no hay familias que educan poniendo el valor supremo en el triunfo en la vida, en el dinero a toda costa, en el clasismo, en el consumismo, en el tener siempre más y mejor, fomentando un profundo egoísmo entre los hijos?

¿No hay familias que transmiten de padres a hijos rencores familiares o políticos?

Cuando un hijo o hija sienta la necesidad de vivir en mayor sinceridad, en mayor sencillez, abiertos a los demás sean quien sea, va a encontrar grave dificultad en cortar ataduras familiares. También él va a tener que hacer una elección entre Jesús y su familia.

2.- El Reino pide exigencia y valor. “El que pierda su vida la encontrará”. Hay que saber perderse viviendo en una vida entregada a los demás: manirrota. No una vida encontrada para si mismo, egoísta, encerrada entre bolas de naftalina. Hay que saber perderse en una vida llena de sentido, plena, abierta, una vida como la de Jesús que pasó haciendo el bien.

Una vida de profeta, que llevan a los demás un mensaje de parte de Dios, una vida en frase publicitaria “marcando estilo” a los demás.

Hay entre nosotros personas que no van por las autopistas ordinarias de la vida, sino que un ansia de subir a las alturas abren nuevos caminos, siempre sendas de montaña, senderos hermosos, pero empinados. Caminos estrechos, pero que marcan el camino del Reino. A estos profetas los tenemos todos por imprudentes, faltos de sentido común como menos, que muchas veces les tenemos por locos.

Como la de esa familia de once hijos, y el último disminuido psíquico… Adoptan a un niño disminuido que una madre no tuvo el valor de aceptar y lo abandonó en una clínica. ¿Locos de remate, no?

Pues sabéis lo que nos dice Jesús: que si no tenemos valentía para seguir el camino de esos locos de la bondad, que al menos les demos nuestro apoyo, les demos un vaso de agua por eso, porque son profetas, verdaderos seguidores del Señor, porque son unos locos…

José Maria Maruri, SJ

Dispuestos a sufrir

Jesús no quería ver sufrir a nadie. El sufrimiento es malo. Jesús nunca lo buscó ni para sí mismo ni para los demás. Al contrario, toda su vida consistió en luchar contra el sufrimiento y el mal, que tanto daño hacen a las personas.

Las fuentes lo presentan siempre combatiendo el sufrimiento que se esconde en la enfermedad, las injusticias, la soledad, la desesperanza o la culpabilidad. Así fue Jesús: un hombre dedicado a eliminar el sufrimiento, suprimiendo injusticias y contagiando fuerza para vivir.

Pero buscar el bien y la felicidad para todos trae muchos problemas. Jesús lo sabía por experiencia. No se puede estar con los que sufren y buscar el bien de los últimos sin provocar el rechazo y la hostilidad de aquellos a los que no interesa cambio alguno. Es imposible estar con los crucificados y no verse un día «crucificado».

Jesús no lo ocultó nunca a sus seguidores. Empleó en varias ocasiones una metáfora inquietante que Mateo ha resumido así: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». No podía haber elegido un lenguaje más gráfico. Todos conocían la imagen terrible del condenado que, desnudo e indefenso, era obligado a llevar sobre sus espaldas el madero horizontal de la cruz hasta el lugar de la ejecución, donde esperaba el madero vertical fijado en tierra.

«Llevar la cruz» era parte del ritual de la crucifixión. Su objetivo era que el condenado apareciera ante la sociedad como culpable, un hombre indigno de seguir viviendo entre los suyos. Todos descansarían viéndolo muerto.

Los discípulos trataban de entenderle. Jesús les venía a decir más o menos lo siguiente: «Si me seguís, tenéis que estar dispuestos a ser rechazados. Os pasará lo mismo que a mí. A los ojos de muchos pareceréis culpables. Os condenarán. Buscarán que no molestéis. Tendréis que llevar vuestra cruz. Entonces os pareceréis más a mí. Seréis dignos seguidores míos. Compartiréis la suerte de los crucificados. Con ellos entraréis un día en el reino de Dios».

Llevar la cruz no es buscar «cruces», sino aceptar la «crucifixión» que nos llegará si seguimos los pasos de Jesús. Así de claro.

José Antonio Pagola