II Vísperas – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de las felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Memoria de Pedro

Releer de nuevo aquellas palabras, sabiendo que quien las había escrito había seguido a nuestro Maestro hasta dar la vida, nos dejaba sobrecogidos y silenciosos. Pedimos a Marcos que nos contara cosas de Pedro: él lo conocía bien porque lo había acompañado en su viaje a Roma y había recibido sus confidencias; éramos conscientes de que muchas de las cosas que él nos contaba acerca de Jesús, las había aprendido de labios del propio Pedro. “Nos recordaba con frecuencia las palabras de Jesús. “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que quiera conservar la vida, la perderá, y el que la pierda por mí, la conservará”. Pedro repetía, una y otra vez, cuánto le había costado entender aquellas palabras que invitaban a sus seguidores a entrar un extraño y peligroso juego: romper con cualquier búsqueda codiciosa y obsesiva de ganar, poseer, conservar y, en lugar de ello, arriesgarnos en un camino inverso de pérdida, derroche y entrega. “Teníamos que estar dispuestos, decía Pedro, a romper con nuestras ideas y a poner en cuestión casi todo lo que nos daba seguridad. Jesús no parecía ignorar el deseo más hondo que se escondía en nuestro corazón: el de vivir, retener y poner a salvo el tesoro de la propia vida. Pero parecía ser también consciente de lo equivocados que pueden ser los caminos de conseguirlo y por eso se atrevía a proponernos el suyo. Era como si nos dijera: «Al que se venga conmigo, voy a llevarle a la ganancia por el extraño camino de la pérdida: ese es el camino mío y no conozco otro. La única condición que pongo al que quiera seguirme, es que esté dispuesto a fiarse de mí y de mi propia manera de salvar su vida, que sea capaz de confiármela, como yo la confío a Aquél de quien la recibo. La suya será siempre una vida sin garantía y sin pruebas, en el asombro siempre renovado de la confianza: por eso no puedo dar más motivos que el de «por mi causa».

No fuimos capaces de entenderlo hasta después de su muerte y sólo a partir de la resurrección comenzamos a comprender algo de aquel juego de perder/ganar. Cuando llegó la hora, todos huimos y él recorrió el camino solo, abandonado de todos. No fui capaz de estar a su lado y sólo supe llorar amargamente después de haberle traicionado. A través de los rumores que iban y venían por la ciudad supe cómo fue perdiéndolo todo, cómo consintió en silencio a que le arrebataran todo, hasta quedarse como el hombre más despojado y empobrecido de la tierra. Al llegar al montecillo fuera de la muralla ya sólo le quedaba el manto y se lo arrancaron antes de crucificarle. Los que fueron testigos de su muerte nos dijeron que hasta la presencia de Dios en aquel momento parecía una ausencia. Y, sin embargo, Jesús, el más desolado de los desolados y oprimidos de la tierra, respondió a aquel silencio doloroso con una irrompible fidelidad desde el seno mismo del infierno. Murió abandonado pero no desesperado y, arriesgando en su juego hasta el final, se atrevió a poner su vida confiadamente en manos de su Padre.

Lo había perdido todo. Todo, menos su incomprensible amor y el inconmovible arraigo de su confianza en el Padre. Y esa fue su ganancia”.

Cuando Marcos terminó de evocar los recuerdos de Pedro, leyó este otro fragmento de su carta: «Hermanos: si hacéis el bien y además aguantáis el sufrimiento, eso dice mucho ante Dios. De hecho, a eso os llamaron, porque también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos un modelo para que sigáis sus huellas. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas” (1Pe 2,20-25).

Dolores Aleixandre

Si el amar a Dios se opone a otro amor, uno de los dos es falso

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Sería interminable recordar la cantidad de tonterías que se han dicho sobre al amor a la familia y el amor a Dios. El amor a Dios no puede entrar nunca en conflicto con el amor a las criaturas, mucho menos con el amor a una madre, a un padre o a un hijo. Jesús nunca pudo decir esas palabras con el significado que tienen para nosotros hoy. Como siempre, el error parte de la idea de un Dios separado, Señor y Dueño, que plantea sus propias exigencias frente a otras instancias que requieren las suyas.

Ese Dios es un ídolo, y todos los ídolos llevan al hombre a la esclavitud, no a la libertad de ser él mismo. Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Cristo. En el evangelio de Juan está muy claro: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás, amándome a mí mismo como Dios manda. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que a tu Hijo. Recordad: porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve ser y me disteis de beber…

El evangelio nos habla siempre del amor al “próximo”. Lo cual quiere decir que el amor en abstracto es otra quimera. No existe más amor que el que llega a un ser concreto. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que, desplegar a tope esos impulsos instintivos no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad. Aquí está la clave para descubrir por qué se ha tergiversado el evangelio, haciéndole decir lo que no dice.

El evangelio no quiere decir que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede ser un egoísmo camuflado que busca la seguridad material del ego, sin tener en cuenta a los demás. El “amor” familiar se convierte entonces en un obstáculo para un crecimiento verdaderamente humano. Ese “amor” no es verdadero amor, sino egoísmo amplificado. No es bueno para el que ama con ese amor, pero tampoco es bueno para el que es amado de esa manera. El amor surge cuando el instinto es elevado a categoría humana.

Lo instintivo no va contra la persona, más que cuando el hombre utiliza su mente para potenciar su ser biológico a costa de lo humano. El hombre puede poner como objetivo de su existencia el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su ser especifico humano. Cuando estamos en esa dinámica y, además, queremos meter a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese “amor” se convierte en veneno. Esto es lo que quiere evitar el evangelio. Nada que no sea humano puede ser evangélico. No amar a los hijos o a los padres no sería humano.

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Habrá que analizar bien la situación, porque uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el “amor a Dios” está en contradicción con el amor al padre o a la madre, o no tiene idea de los que es amar a Dios o no tiene idea de lo que es amar al hombre. Sería la hora de ir a psiquiatra. ¡A cuántos hemos metido por el camino de la esquizofrenia, haciéndoles creer que, lo que Dios les pedía era que odiara a sus padres!

El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará. Hemos dicho muchas veces que en griego hay tres palabras que nosotros traducimos por vida, “Zoe”, “bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata, pues, de la vida biológica, sino de la vida psicológica, es decir, del hombre capaz de relaciones interpersonales. En ningún caso se trataría de dejarse matar, sino de poner tu humanidad al servicio de los demás. Esto no sería “perder”, sino “ganar” humanidad. Quien pretenda reservar para sí mismo su persona (ego) está malogrando su propia existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera humanidad.

El que dé a beber un vaso de agua fresca… El ofrecer “Un vaso de agua fresca” a un desconocido que tiene sed, puede ser la manifestación de una profunda humanidad. El dar, sin esperar nada a cambio, es el fundamento de una relación verdaderamente humana. En nuestra sociedad de consumo nos estamos alejando cada vez más de esta postura. No hay absolutamente nada que no tenga un precio, todo se compra y se vende. Nuestra sociedad está montada de tal manera sobre el “toma y da acá”, que dejaría de funcionar si de repente la sacáramos de esa dinámica y nos decidiésemos a vivir el evangelio.

La misma institución religiosa está montada como un gran negocio económico, en contra de lo que decía uno de estos domingos el evangelio: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Hoy todos estamos de acuerdo con Lutero, en su protesta contra toda compraventa de bienes espirituales (bulas, indulgencias, etc.). Pero seguimos cobrando un precio por decir una misa de difuntos. Es verdad que debemos insistir en la colaboración de todos para la buena marcha de la comunidad, pero no podemos convertir las celebraciones litúrgicas en instrumentos de recaudación de impuestos.

El objetivo primero de todo ser vivo es mantenerse en el ser. Tres mil ochocientos millones de años de evolución han sido posibles gracias a esta norma absoluta. Pero la misma evolución ha permitido al ser humano ir más allá de los instintos biológicos y alcanzar conscientemente una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le acerca a ese objetivo último le puede causar más satisfacción y felicidad que satisfacer sus instintos. La raíz última de todo acto bueno está en la misma biología, no es contrario a ella. Nada más falso que una lucha entre lo biológico y lo espiritual.

Resumiendo mucho. La trampa en la que caemos y que quiere evitarnos el evangelio, es quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona satisfacer las necesidades de nuestra biología y perder de vista el bien total del ser humano más allá de lo biológico y lo instintivo. Ahí está la causa de tanto desajuste en la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano. Todo egoísmo personal o amplificado, que solo busca el bien material del individuo o la familia, nos lleva a la deshumanización.

Meditación

El amor puramente teórico no tiene consistencia.
Un vaso de agua puede ser la manifestación más auténtica de amor.
No tiene importancia ninguna lo que hagas.
Lo que vale de veras es la actitud de entrega en lo que hagas.
El amor es anterior a cualquier manifestación del mismo.
Pero si no se manifiesta no es amor.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

Las palabras que pronuncia Jesús en el evangelio de este día tienen un notable nivel de exigencia: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. ¿Se puede querer más a alguien que a un padre o a una madre? ¿Se puede querer más a alguien que a un hijo o a una hija? Pues Jesús exige para sí un amor más grande que el que se debe a una madre o a un hijo, de tal modo que el que emprende su seguimiento tiene que anteponer este amor (y las obligaciones que comporta) al amor de los padres o de los hijos. No es digno de él, esto es, no es digno de ser su discípulo y, por tanto, de llamarse cristiano, el que quiere a su padre o a su madre o a sus hijos más que a él.

Aquí hay una comparación que pone en la balanza dos amores que pueden rivalizar: el amor a los padres y a los hijos y el amor a alguien que ha venido de parte de Dios reclamando predilección. Difícilmente pueden encontrarse en este mundo amores tan sagrados y, al mismo tiempo, tan naturales como el amor de los hijos hacia los padres o de los padres hacia los hijos, aunque en tales amores puedan hallarse también impurezas y contaminaciones pecaminosas como en todo lo humano. Quizá por ser los amores con mayor arraigo natural y con mayor robustez afectiva, Jesús los incorpora a la comparación.

Jesús no dice que no tengamos que querer a nuestros padres y a nuestros hijos. Eso sería una aberración difícilmente tolerable. Es verdad que amplía y sobrepasa el arco del parentesco natural cuando proclama padres y hermanos a los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, estableciendo nuevos vínculos familiares y debilitando los ya instaurados por la misma naturaleza procreadora y su prolongación en la crianza. Pero en ningún caso dice que no haya que querer a los padres y a los hijos que Dios nos ha dado. Al contrario, al padre y a la madre hay que honrarlos, como manda la ley divina.

Lo que sí dice es que ni siquiera los seres más queridos por exigencias de la naturaleza y la crianza deben ser amados por encima de él. Jesús se está proponiendo a sí mismo a sus seguidores como la persona más digna de amor, quizá por ser la persona más amable; también por ser la persona que más les ama, que les ama hasta el punto de dar la vida por ellos, algo que probablemente no estarían dispuestos a hacer sus padres o sus hijos. Está exigiendo, pues, a los suyos un amor de preferencia, por encima de todos y de todo. Jesús quiere instaurar con nosotros una relación de intimidad tal que cualquier otra relación personal debe quedar subordinada a ésta. Por él y por su seguimiento (no sólo por su amistad), un discípulo suyo tiene que estar dispuesto a renunciar a sus amores más sagrados: los de su padre, su madre o sus hijos.

Es una exigencia que se desprende de nuestra incorporación a él como cristianos, es decir, como poseedores de su mismo Espíritu o como copartícipes de su misma filiación divina, puesto que somos hijos de Dios en él. Jesús puede exigirnos esto no sólo porque es nuestro Maestro y Señor, sino también porque él se lo ha exigido a sí mismo por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos. Es el mismo amor que le llevó a desprenderse de su Padre del cielo y de su madre en la tierra: una exigencia de amor implicada en la propia misión. El amor de Dios Padre reclama el cumplimiento de su voluntad, y éste la renuncia a cosas y personas, incluida la propia vida. Porque la predilección que pide Jesús a sus discípulos supone necesariamente renuncias a otras dilecciones que alcanzan a la propia vida o al amor de uno mismo. Oigámoslo de sus propios labios: El que pierda su vida por mí, la encontrará. Por Cristo, uno tiene que estar dispuesto a perder esa vida que, sin ser de su propiedad (porque no es su dueño absoluto), posee, aunque no como un bien imperecedero.

La vida que poseemos tarde o temprano la perderemos, como perderemos a nuestros padres o a nuestros hijos, o ellos nos perderán a nosotros, y es que nos hallamos ante un bien perecedero. Pero si esta vida, caduca y todo como es, la perdemos por él, es decir, por amor a él, por adhesión a él, por causa suya, la encontraremos liberada de todas sus limitaciones y carencias. Esta pérdida de vida suele tener sus antecedentes y su preparación. No se entrega la vida sin haber entregado antes otras cosas que tienen menos valor que la vida. La renuncia exigida por el amor, o por la misma vida, es progresiva. Factor decisivo en este proceso de despojamiento es la cruz, la cruz de cada día, la cruz de cada uno: El que no toma su cruz y le sigue sin renegar de ella tampoco es digno de él.

Hay cruces que son producto de nuestra débil naturaleza o de nuestra existencia en un mundo en permanente estado de cambio, donde se suceden sin cesar vida y muerte, nacimiento y destrucción. Otras son las cruces confeccionadas en el taller del pecado por los humanos, cruces que nos imponemos unos a otros y llevan la marca del egoísmo, la envidia, la lujuria, la codicia o la soberbia. Finalmente están las cruces implicadas en el seguimiento de Jesús o en la misión asumida por él: trabajos, desprecios, incomprensiones, humillaciones, persecuciones. Algunas de ellas pueden convertirse en cruces de Calvario que ponen término a nuestras vidas.

Pues bien, esas son las cruces que hemos de tomar sin dejar de seguirle. La cruz no debe impedirnos el seguimiento; al contrario, puede facilitarlo, pues a quien seguimos es a un Crucificado, y qué mejor modo de seguir a un Crucificado que estando nosotros también crucificados. Además, el mismo seguimiento de Jesús, por tratarse de un crucificado, lleva consigo cruces que le son inherentes y anticipan alguna forma de martirio. Pero un seguidor de Cristo no debe llevar la cruz de cualquier manera, sino en el modo en que llevó él la suya, esto es, con actitud de obediencia al Padre y de amor a aquellos por quienes entrega la vida, precisamente en la cruz. No basta, por tanto, la pura resignación. Se requiere una actitud positiva de aceptación y de ofrenda, sin perder de vista la voluntad del que rige nuestras vidas y el bien de los que se van a beneficiar de nuestra entrega. Tal es la vida que podemos calificar de inmolada, una vida realmente valiosa a los ojos de Dios y de los que ven con la mirada de Dios.

Tampoco debe olvidarse que la acogida de un enviado de Dios es acogida del mismo Dios. Y esta acogida no quedará sin recompensa. Así lo destaca el texto evangélico: El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviadoEl que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo.

La misma paga que recibe un profeta por su labor la recibirá también el que acoge a ese mismo profeta por ser enviado o representante de Dios. El que paga es Dios, y Dios paga con generosidad: al profeta, por ser profeta en su nombre, y al que recibe al profeta por recibir a Dios en él. No quedará sin recompensa ni siquiera ese vaso de agua fresca dado a beber a un discípulo suyo por el simple hecho de ser discípulo de Jesús. Y la razón es la misma: el que acoge a un discípulo suyo, está acogiendo al mismo Cristo de quien es discípulo. El seguimiento de Jesús, por tanto, no es sólo renuncia y cruz; es también acogida por parte de los beneficiarios de esa vocación y digna recompensa; pues el que se revele finalmente digno discípulo suyo tendrá paga de discípulo, una paga merecida en virtud de su adhesión y entrega.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

109. La misión de los fieles laicos.

La vocación universal a la santidad, proclamada por el Concilio Vaticano II,(309) está estrechamente unida a la vocación universal a la misión apostólica.(310) Recae, por tanto, sobre los laicos el peso y el honor de difundir el mensaje cristiano, con el ejemplo y la palabra, en los diversos ámbitos y relaciones humanas en que se desenvuelve su vida: la familia, las relaciones de amistad y de trabajo, el variado mundo asociativo secular, la cultura, la política, etc. Esta misión laical no es sólo una cuestión de eficacia apostólica, sino un deber y un derecho fundado en la dignidad bautismal.(311)

El mismo Concilio ha señalado la característica peculiar de vida que distingue a los fieles laicos, sin separarlos de los sacerdotes y de los religiosos: la secularidad,(312) que se expresa en el “tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios”,(313) de modo tal que las actividades seculares sean ámbito de ejercicio de la misión cristiana y medio de santificación.(314) El Obispo promueva la colaboración entre los fieles laicos a fin de que juntos inscriban la ley divina en la construcción de la ciudad terrena. Para alcanzar este ideal de santidad y de apostolado, los fieles laicos deben saber desempeñar sus ocupaciones temporales con competencia, honestidad y espíritu cristiano.


309 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 40.

310 Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, 90.

311 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 16ss; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles laici, 14; Carta Encíclica Redemptoris Missio, 71; Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Gregis, 51; Codex Iuris Canonici, cans. 225-227.

312 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 32.

313 Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 31.

314 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici, 15.

Lectio Divina – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

Renunciar a todo para poder seguir a Jesús
“¡Quien ama a su padre y a su madre más que a mí 
no es digno de mí!”
Mateo 10, 37-42

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

b) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Mateo 10,37: El amor hacia Jesús debe superar el amor al padre y a la madre y a los hijos
Mateo 10,38: La cruz forma parte del seguimiento de Jesús
Mateo 10,39: Saber perder la vida para poderla poseer
Mateo 10,40-41: Jesús se identifica con el misionero y con el discípulo
Mateo 10,42: El menor gesto hecho al menor de los pequeños obtiene recompensa

b) Clave de lectura

En la 13ª dominica del tiempo ordinario meditamos la parte final del Discurso sobre la Misión (Mt 10,1-42). Este discurso contiene frases y consejos de Jesús que enseñan a desarrollar la misión del anuncio de la Buena Noticia de Dios. Jesús no engaña y señala con claridad la dificultad que comporta la misión. Durante la lectura conviene prestar atención a lo que sigue: “¿Cuál es la exigencia fundamental de Jesús para los que van a la misión?”

c) El Texto:

Matteo 10,37-42

37 «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. 38 El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí.39El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
40 «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. 41 «Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. 42 «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es la parte que más ha llamado tu atención? ¿Por qué?
b) ¿Cuáles son las recomendaciones que este texto nos trae? ¿Cuáles son sus exigencias fundamentales?
c) Jesús dice: “Quien ama a su padre y a su madre más que a mí no es digno de mí”. ¿Cómo entender esta afirmación?
d) ¿Qué dice el texto sobre la misión que debemos desarrollar como discípulos de Jesús?

5. Para aquéllos que desean profundizar más en el tema

a) Contexto en el que aparece nuestro texto en el evangelio de Mateo:

El evangelio de Mateo organiza las palabras y los gestos de Jesús en torno a cinco grandes discursos: (i) Mateo de 5 a 7: El Discurso de la Montaña describe la puerta de entrada en el Reino. (ii) Mateo 10: El Discurso de la Misión describe cómo los seguidores de Jesús deben anunciar la Buena Noticia del Reino y cuáles son las dificultades que la misión conlleva. (iii) Mateo 13: el Discurso de las Parábolas, por medio de comparaciones sacadas de la vida de cada día, revela la presencia del Reino en la vida de la gente. (iv) Mateo 18: el Discurso de la Comunidad describe cómo deben vivir los cristianos juntos, de modo que la Comunidad sea una revelación del Reino. (v) Mateo 24 y 25: el Discurso Escatológico describe la venida futura del Reino de Dios. Por medio de este recurso literario, Mateo imita los cinco libros del Pentateuco y así nos presenta la Buena Noticia del Reino como la Nueva Ley de Dios.

En el Discurso de la Misión (Mt 10,1-42), el evangelista reúne frases y recomendaciones de Jesús para iluminar la situación difícil en la que se encuentran los judíos-cristianos hacia la segunda mitad del primer siglo. Quiere animarlos a no desistir, a pesar de las muchas y graves dificultades que encuentran en anunciar la Buena Noticia a los hermanos de su misma raza. Es precisamente en este período, los años 80, cuando los judíos se están recuperando del desastre de la destrucción de Jerusalén, sucedida en el año 70, y comienzan a reorganizarse en la región de la Siria y la Galilea. Crece la tensión entre la “Sinagoga” y la «Iglesia». Esta tensión, fuente de muchos sufrimientos y persecuciones, sirve de fondo al Discurso de la Misión y, por tanto, del evangelio de este domingo 13º del tiempo ordinario.

b) Comentario del texto:

Mateo 10,37: El amor a Jesús debe superar al amor a los padres y a los hijos
Jesús dice: “Quien ama a su padre y a su madre más que a mí no es digno de mí, quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”. Esta misma afirmación se encuentra en el evangelio de Lucas con mucha más fuerza: “Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas y hasta la propia vida no puede ser mi discípulo. (Lc 14,26) ¿Será que Jesús quiere desintegrar la vida familiar? No puede ser, porque en otra circunstancia insiste en la observancia del cuarto mandamiento que obliga a amar al padre y a la madre (Mc 1,8-13; 10,17-19). Él mismo obedeció a sus padres (Lc 2,51). Parecen dos afirmaciones contradictorias. Una cosa es cierta: Jesús no se contradice. Presentaremos también una interpretación para indicar que las dos afirmaciones son verdaderas, sin excluirse mutuamente.

Mateo 10,38: La cruz forma parte del seguimiento de Jesús
Jesús dice: “Quien no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí”. En el Evangelio de Marcos, Jesús dice: “Quien quiera seguirme que tome su cruz y me siga” (Mc 8,34). En aquel tiempo, la cruz era la pena de muerte que el Imperio romano infligía a los bandidos y a los maleantes. Tomar la cruz y llevarla en pos de Jesús era lo mismo que aceptar ser marginados del sistema injusto del Imperio. La cruz de Jesús es la consecuencia del compromiso libremente asumido de revelar la Buena Noticia que Dios es Padre y que por tanto todas las personas deben ser aceptadas y tratadas como hermanos y hermanas. Por causa de este anuncio revolucionario, Jesús fue perseguido y no temió dar su vida. No hay prueba de amor más grande que dar la vida por el propio hermano.

Mateo 10,39: Saber perder la vida para poderla poseer
Este modo de hablar era muy común entre los primeros cristianos, porque expresaba lo que ellos estaban viviendo. Por ejemplo, Pablo para poder ser fiel a Jesús y ganarse la vida, debió perder todo lo que tenía, una carrera, la estima de la gente, sufrió persecuciones. Lo mismo sucedió a muchos cristianos. Los cristianos por ser tales eran perseguidos. Pablo dice: “Estoy crucificado con Cristo”. “Quiero experimentar su cruz y su muerte, para poder también experimentar su resurrección”. “Estoy crucificado para el mundo y el mundo para mí”. Es la paradoja del Evangelio: Lo último es lo primero, quien pierde vence, quien todo lo da todo conserva, quien muere vive. Gana la vida quien tiene el coraje de perderla. Es una lógica diversa de la lógica del sistema neoliberal que hoy gobierna al mundo.

Mateo 10,41-42: Jesús se identifica con el misionero y con el discípulo
Para el misionero y para el discípulo es muy importante saber que no quedará solo. Si es fiel a su misión tendrá la certeza de que Jesús se identifica con él y a través de Jesús el Padre se revela a aquéllos a quienes el misionero y el discípulo anuncian la Buena Noticia. Y así como Jesús reflejaba en Él el rostro del Padre, así el discípulo debe o debería ser espejo donde la gente pueda ver algo del amor de Jesús.

Mateo 10,42: El mínimo gesto a favor de los pequeños revela la presencia del Padre
Para cambiar el mundo y la convivencia humana no bastan las decisiones políticas de los grandes, ni siquiera las instrucciones de los Concilios y de los obispos. Es necesario un cambio en la vida de las personas, en las relaciones interpersonales y comunitarias, de otra forma no cambiará nada. Por esto Jesús da importancia a los pequeños gestos en el compartir: ¡un vaso de agua dada a un pobre!

c) Profundizando: ¡Amar al padre y a la madre, odiar al padre y a la madre!

Una de las cosas en la que Jesús insiste más, con los que quieren seguirlo, es la de abandonar el padre, la madre, los hijos, las hermanas, la casa, la tierra, abandonar todo por amor a Él y al Evangelio (Lc 18,29; Mt 19,29; Mc 10,29). Incluso ordena “odiar al padre, la madre, la mujer, los hijos, las hermanas, los hermanos. De otra forma no se puede ser discípulos míos” (Lc 14,28). Y estas exigencias no son sólo para algunos, sino para todos los que quieran seguirlo (Lc 14,25-26.33) ¿Cómo entender estas afirmaciones que parecen desmantelar todo y despedazar cualquier vínculo de la vida familiar? No es posible imaginar que Jesús pudiese exigir a todos los hombres y a todas las mujeres de Galilea abandonar sus familias, sus tierras y sus aldeas para seguirlo. Y esto no sucede sino con el pequeño grupo de seguidores. Entonces ¿cuál es el significado de esta exigencia?

La exigencia de abandonar la familia aunque colocada dentro del contexto social de la época, revela otro significado, mucho más fundamental y más actual. La invasión de la Palestina en el año 64 antes de Cristo, con la imposición del tributo, una política pro Roma del gobierno de Herodes (35 al 3 antes de Cristo) y de su hijo Herodes Antipas (3 antes a 37 después de Cristo) llevó a un empobrecimiento progresivo y a una paralización continua del trabajo. Mediante la política de Herodes, apoyada por el Imperio romano, la ideología del helenismo penetra en la convivencia de cada día, aumentando el individualismo. La pequeña familia, obligada por la necesidad, comienza a cerrarse en sí misma y no consigue a poner en práctica la ley. Además la práctica de la pureza legal llevaba a despreciar y a excluir a las personas y a las familias que vivían en la impureza legal. El contexto económico, social, político y religioso favorecía, por tanto, el cierre de las familias sobre sí y debilitaba el clan. La preocupación por los problemas de la propia familia impedía a las personas unirse en comunidad. Impedía al clan realizar el objetivo para lo que había sido creado, ofrecer una verdadera y propia protección a las familias y a las personas, conservar la identidad, defender la tierra, impedir la exclusión y acoger a los excluídos y a los pobres, y así revelar el rostro de Dios. Por tanto, a fin de que el Reino pudiese manifestarse, de nuevo, en la convivencia, era necesario romper este vínculo vicioso. Las personas debían superar los estrechos límites de la pequeña familia para abrirse a la gran familia, abrirse a la Comunidad. Y éste es el contexto que sirve de fondo a la palabras pronunciadas por Jesús.

Jesús mismo da el ejemplo. Cuando su familia intentó apoderarse de Él, reacciona y dice: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y mirando alrededor dijo: “¡ He ahí mi madre, mis hermanos! Cualquiera que hace la voluntad de mi Padre, éste es mi hermano, mi hermana, mi madre” (Mc 3,33-35). Amplió la familia. Creó la Comunidad. Las personas que a Él le atraía y llamaba eran los pobres, los marginados (Lc 4,18; Mt 11,25). Él pedía la misma cosa a todos aquéllos que querían seguirlo. Los excluídos, los marginados debían ser acogidos, de nuevo, en la convivencia, y así sentirse acogidos por Dios (cf. Lc 14,12-14). Éste era el camino para conseguir el objetivo de la Ley que decía “Entre vosotros no haya pobres” (Dt 15,4).

Jesús intenta cambiar el proceso de desintegración del clan, de la comunidad. Como los grandes profetas del pasado, trata de consolidar la vida comunitaria en las aldeas de Galilea. Vuelve a tomar el sentido profundo del clan, de la familia, de la comunidad, como expresión de la encarnación del amor de Dios en el amor al prójimo. Por esto pide a quien quiera ser su discípulo abandonar al padre, la madre, la mujer, el hermano la hermana, la casa, todo. ¡Deben perder la vida para poderla poseer!Él se hace el garante: “En verdad, en verdad os digo: no hay nadie que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mi causa y por causa del evangelio, que no reciba ahora en el presente cien veces más en casa y hermanos y hermanas y madres, hijos y campos, junto a persecuciones, y en el futuro la vida eterna” (Mc 10,29-30) Verdaderamente, quien tiene la valentía de romper el estrecho círculo de su familia, encontrará de nuevo, en el clan, en la comunidad, cien veces todo cuanto ha abandonado: ¡hermano, hermana, madre, hijo, tierra! Jesús hace lo que la gente esperaba en los tiempos mesiánicos: reconducir el corazón de los padres a los hijos y el de los hijos a los padres, reconstruir el clan, rehacer el tejido social.

6. Salmo 19,8-15

La ley de Yahvé es perfecta

La ley de Yahvé es perfecta,
hace revivir;
el dictamen de Yahvé es veraz,
instruye al ingenuo.
Los preceptos de Yahvé son rectos,
alegría interior;
el mandato de Yahvé es límpido,
ilumina los ojos.
El temor de Yahvé es puro,
estable por siempre;
los juicios del Señor veraces,
justos todos ellos,
apetecibles más que el oro,
que el oro más fino;
más dulces que la miel,
más que el jugo de panales.

Por eso tu siervo se empapa en ellos,
guardarlos trae gran ganancia;
Pero ¿quién se da cuenta de sus yerros?
De las faltas ocultas límpiame.
Guarda a tu siervo también del orgullo,
no sea que me domine;
entonces seré irreprochable,
libre de delito grave.

Acepta con agrado mis palabras,
el susurro de mi corazón,
sin tregua ante ti, Yahvé,
Roca mía, mi redentor.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Exigencias y recompensa

¿Quién no es digno de Jesús?

La sección comienza con tres frases que terminan de la misma manera: “no es digno de mí”. Las dos primeras están muy relacionadas: no es digno de Jesús el que ama a su padre o a su madre más que a él, o el que ama a sus hijos o a su hija más que a él. Estas frases recuerdan lo que se dice en Deuteronomio 33,9 a propósito de los levitas. En un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo. Leví, representación de todos los levitas, «dijo a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza.»

Una opción en tiempos de conflicto

Para comprender estas palabras tan exigentes de Jesús hay que tener en cuenta lo que dice inmediatamente antes (suprimido por la liturgia). El aviso de que pueden perder la vida (tema del domingo pasado) puede provocar en los discípulos el desconcierto. ¿A qué ha venido Jesús? A esto responde que no ha venido a traer paz sino espada. Que su persona y su mensaje crearán problemas incluso entre los miembros de la familia. Llegarán momentos en que los apóstoles, y todos los cristianos, tendrán que optar.

La opción por Dios de los levitas

En el libro del Éxodo se cuenta que, mientras Moisés estaba en el monte Sinaí recibiendo del Señor las tablas de la Ley, los diez mandamientos, el pueblo, cansado de esperar, decidió fabricar un becerro de oro y adorarlo. Cuando Moisés baja del monte y contempla el espectáculo, rompe las tablas, se planta a la puerta del campamento y grita: «¡A mí los del Señor! Y se le juntaron todos los levitas.» Moisés les ordena: «Ciña cada uno la espada; pasad y repasad el campamento de puerta en puerta, matando, aunque sea al hermano, al compañero, al pariente». Los levitas cumplieron las órdenes de Moisés y este, al final, les dice: «¡Hoy os habéis consagrado al Señor a costa del hijo o del hermano, ganándoos hoy su bendición» (Éxodo 32,25-29).

El historiador moderno duda que los levitas tuvieran espadas en el desierto y que llevaran a cabo esta matanza. Pero los antiguos no eran tan críticos. Aceptaban las cosas que se contaban, e incluso alaban a los levitas, ya que en un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo: «Dijeron a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza» (Deuteronomio 33,9).

La opción por Jesús de los discípulos

Se podría decir que Jesús exige a sus discípulos la misma actitud de los levitas. Pero hay dos diferencias importantísimas: 1) Jesús no ordena matar a los padres o a los hermanos en caso de conflicto. 2) Los levitas se comportaron así por fidelidad a los mandatos de Dios y a su alianza; los discípulos deben hacerlo por amor a Jesús. Al exigir este amor superior al de los seres más queridos, Jesús se está poniendo al nivel de Dios, al que hay que amar sobre todas las cosas.

Los primeros cristianos, en momentos de persecución, se vieron a veces en la necesidad de optar entre el amor y la fidelidad a Jesús y el amor a la familia. La elección era dura, pero muchos la hicieron, convencidos de que recuperarían a sus padres e hijos en la vida futura.

La frase siguiente («el que no coge su cruz…») también se entiende mejor a la luz del texto del Deuteronomio. En él se dice que los levitas, por haber mostrado esa fidelidad a Dios, recibieron un gran premio y dignidad: «Enseñarán tus preceptos a Jacob y tu ley a Israel; ofrecerán incienso en tu presencia y holocaustos en tu altar.» Jesús no promete nada de esto a sus discípulos, solo exige.

Amar a Jesús más que a la familia ya lo hicieron Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Lo que ahora exige Jesús es infinitamente más duro: cargar con la cruz. ¿Hay que interpretarlo al pie de la letra o simbólicamente? Simbólicamente, pero con posibles repercusiones prácticas: hay que estar dispuestos a cargar con ella y marchar camino de la muerte. No una muerte cualquiera, sino la más infamante, típica de rebeldes contra Roma y esclavos. Cuando Jesús exige cargar con la cruz está pidiendo algo terrible desde el punto de vista físico, moral y social. Además, la exigencia no carece de macabra ironía cuando la comparamos con los vv.9-10: los que deben predicar el reino sin llevar nada, ahora tienen que seguir a Jesús cargando con la cruz.

Conviene advertir que el amor a la familia y el amor a Jesús no se excluyen ni se oponen. Son compatibles, con tal de mantener el orden adecuado. Los hijos de Zebedeo abandonan a su padre, pero la madre los acompaña e incluso le pide a Jesús un favor especial para ellos. María, al menos según la versión del cuarto evangelio, está al pie de la cruz. Pablo recuerda que «los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas» se hacen acompañar de su esposa cristiana (avdelfh.n gunai/ka 1 Cor 9,5).

Acogida y recompensa

La última parte se dirige a las personas que acojan a los discípulos. Dos cosas les dice:

1) Recibirlos a ellos equivale a recibir a Jesús y recibir al Padre. Lo que hacen es mucho más de lo que pueden imaginar. No es solo un acto de caridad, sino un inmenso honor, mucho mayor que el de la persona que pudiese acoger en su casa a un artista, un deportista o un personaje mundialmente famoso.

2) Esa acogida tendrá su recompensa, igual que ocurrió en el Antiguo Testamento con quienes acogieron a profetas y justos. La primera lectura cuenta como un matrimonio de Sunám decidió acoger en su casa al profeta Eliseo cuando pasaba por el pueblo; le construyeron una habitación en el piso de arriba y le proporcionaron una cama, una silla, una mesa y un candil. Una gran inversión para aquel tiempo. Pero recibieron su recompensa con el nacimiento de un hijo.

En comparación con Eliseo, los discípulos pueden parecer unos pobrecillos sin importancia. A nadie se le ocurrirá darles alojamiento permanente. Pero basta un vaso de agua fresca (algo muy de agradecer cuando no existen bares ni agua corriente en las casas) para que esas personas reciban su recompensa.

Resumen

Si en la primera parte entreveíamos los grandes conflictos familiares provocados por las persecuciones, en este final intuimos lo que experimentaron muchas veces los misioneros cristianos: la acogida amable y sencilla de personas que no los conocían. De estos últimos versículos, solo uno tiene paralelo en el evangelio de Marcos. El resto es original de Mateo, que ha querido dejarnos al final de este duro discurso un buen sabor de boca.

José Luis Sicre

Jesús nos habla a cada uno de nosotros

1.- Si el Señor nos eligió y nos llamó por nuestro nombre es más que probable que en cada frase del Evangelio, y en el general en toda la Escritura, haya un mensaje especial y específico para cada uno de nosotros. En el Evangelio de Mateo que hemos escuchado hoy se nos pide un esfuerzo de preferencia hacía Él que supere la línea normal de nuestros afectos: padres, hijos, hermanos. Y siempre se ha interpretado como una llamada a la consagración total, a hacerse curas o monjas. Y ante esto dejar una familia y, por supuesto, no constituir una nueva. O, incluso, que la preferencia se aplicase a quien ya se ha casado y tiene hijos, o al hermano que cuida de los más pequeños o cosas por el estilo. La novedad estaría en que la frase, Jesús de Nazaret nos la dice –a ti y a mi—ahora mismo en este instante. Me la dice a mí, por ejemplo, en mi contexto exacto y dentro de mis obligaciones. Y si es así: ¿que quiere decirme? Pues muy sencillo: que coloque las cosas en su sitio, que Él está por encima de todo, pero que eso no significa que haya que abandonar a nadie.

El único abandono que nos pide es todo aquello que no se acerca ni de lejos a lo que Jesús desea que sean nuestras vidas. O dejar todas aquellas cosas, burdas o sutiles, que nos esclavizan y que son incompatibles con su presencia cercana. Porque ni el egoísmo, ni el amor al dinero, ni el abuso, del tipo que sea, contra las personas de nuestro entorno o las lejanas, ni la explotación de los más débiles, ni la acepción de personas son cosas que se pueden hacer estando con Jesús. Y lo malo es que muchas cosas de esas que he citado son, a veces, más importantes para nosotros que nuestros padres, madres, hijos o hermanos.

2.- Hemos de saber escuchar cada uno a Jesús y saber que entiende Él por nuestra Cruz y cual es en realidad. Solo puestos en presencia del Señor, podremos llegar a discernir cual es su exigencia, cual es la misión que nos encarga y que como la suya terminará en la Cruz. Tal vez no sea –o sí—un sufrimiento o una enfermedad, pues tenemos la obligación de poner todos los medios para curarnos. Él no buscó el dolor y lo aceptó porque su Padre se lo pedía. Nuestra cruz puede estar en trabajar correctamente, en mejorar el entorno de los demás, en luchar contra todo pronóstico para conseguir la paz y la libertad, nuestras y de nuestros hermanos. E importa mucho que sea nuestro Maestro quien nos diga lo que quiere y que, como a los de Emaús, nos explique el verdadero sentido de las escrituras.

A veces es muy difícil abandonar a nuestros “falsos padres”. A aquellas tendencias o costumbres, o filiaciones sociales o políticas, que nos alejan de Jesús de Nazaret y del Reino de Dios. Si hacemos un sincero examen de conciencia descubriremos que estamos apegados a cuestiones que no merecen la pena y que además nos hacen daño.

3.- En el aleluya que hemos cantado, el Apóstol San Pedro nos hace portadores de un sacerdocio real, aunque muchos no estén consagrados. Y ese sacerdocio de todos –y ejercido por cada uno—es otra de las más básicas definiciones de la condición de cristianos. Hemos de dejar lo que nos impide avanzar en nuestra misión de propagar, hasta los confines del Universo, la Palabra de Dios. Por tanto, al igual que todos hemos de ser castos de acuerdo con nuestro estado, hemos de asumir nuestro sacerdocio real porque Cristo nos lo pide. Y eso –claro está—no siempre significa abandonar la familia.

Benditos sean quienes hacen el supremo esfuerzo –por amor a Jesús de no tener otro enamoramiento que el de Jesús. Y que Él, para ellos, se convierte en amor total: en esposo, esposa, amante, amigo, hijo y padre. Esa es una forma de vocación muy especial y muy notable, pero no la única.

4.- San Pablo tuvo mucha suerte. Jesús le habló mucho y muy claro. Él, desde su condición de perseguidor, se convirtió en perseguido permanente y cotidiano por Cristo, quien le contaba, todos los días, lo que decía hacer. Y por ello Pablo de Tarso descubrió todas las formas de muerte –que en realidad son vida—que Jesús nos pide. A Pablo, sin duda, por la Escritura y los testimonios de Jesús, dejados anteriormente a otros discípulos, Jesús le hablaba con una profundidad y contundencia que produjeron la maravillosa doctrina explicada por el Apóstoles de los Gentiles. Pablo no se inventó nada. El Señor se lo dijo.

Hemos de estar muy atentos a la voz alegre del Señor que se nos esconde, a cada uno de nosotros, en las Sagradas Escrituras. Es cierto que nuestra Madre, la Iglesia, nos va a ayudar mucho en ese camino, pero no nos conformemos con el primer mensaje recibido. Esperemos a que Jesús nos lo diga, porque también nos eligió. Y, entonces, por pura coherencia nos habla. ¡Que seamos, todos, capaces de escuchar su voz!

Ángel Gómez Escorial

Algo tan simple

Cuando el confinamiento empezó a extenderse a la mayor parte de los países, entre las muchas frases más o menos ingeniosas que circulaban por los medios de comunicación, hubo una que me llamó la atención: “Es la primera vez en la Historia que puedes contribuir a salvar el mundo simplemente quedándote sentado en un sillón, viendo la tele y con una cerveza en la mano”. Y es verdad: algo tan simple como quedarse en casa era uno de los principales medios para frenar los contagios y contribuir a mejorar la situación global. Pero a pesar de ello, hubo muchas personas que algo tan simple pero necesario para contribuir a salvar el mundo les suponía un “esfuerzo” tan grande que buscaron cualquier excusa para saltarse el confinamiento, poniendo en peligro a los demás. 

En el Evangelio hemos escuchado a Jesús indicando una serie de requisitos para ser discípulos suyos. Los primeros ponen el listón muy alto: El que quiera a su padre o su madre, a su hijo o a su hija, más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí… Así de entrada, el seguimiento de Jesús, aunque es lo mejor para nosotros y también para nuestro mundo, nos puede suponer un esfuerzo inasumible para la mayoría.

Es verdad que luego continúa con otras indicaciones que nos parecen más asequibles: El que os recibe a vosotros me recibe a mí… pero nuestra atención continúa fijada en los requisitos anteriores. Y ya no nos fijamos en las últimas palabras de Jesús: El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.

Jesús, sin renunciar a lo que ha dicho, ni rebajarlo, nos ofrece la base desde la que debemos partir para ser discípulos suyos: algo tan simple como “dar a beber un vaso de agua a uno de sus discípulos”. Cuando hacemos algo “por Dios”, por simple que sea, ese acto no queda sin “paga”.

Muchas personas tienen la creencia de que ser cristianos es algo difícil y complicado, un cúmulo de normas, mandamientos, preceptos… que se viven como una carga, a menudo bastante pesada. Quizá porque los propios cristianos hemos transmitido esa imagen con un mal testimonio.

Pero en realidad, para seguir a Jesús hay que hacer algo muy “simple”, que no significa que sea fácil. Él mismo nos lo dijo: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. (Jn 13, 34) Para no agobiarnos ante los requisitos del seguimiento y las dificultades que prevemos, que nos hacen considerarlo como algo inasumible, tenemos que situarnos en el mandamiento nuevo.

Y desde aquí, veremos cómo concretar ese “dar a beber aunque no sea más que un vaso de agua fresca”: qué acciones, gestos, etc., algunos muy simples, podemos hacer por los demás, “por amor a Dios”, como respuesta a Su mandamiento del amor. Y comenzar por lo “simple” nos irá haciendo crecer y madurar en la fe para poder pasar a un mayor nivel de exigencia, como es la acogida que prestamos al otro, la consideración y el respeto que le debemos… hasta llegar, con naturalidad, a esos otros requisitos que suponen un mayor compromiso y radicalidad y que, ahora, nos resultan fuera de nuestro alcance.

Durante el confinamiento, ¿he seguido las recomendaciones, he procurado no salir más que lo imprescindible? ¿Creo que ser cristiano es algo muy complicado y exigente? ¿Qué gestos “simples” llevo a cabo con otras personas para responder al mandamiento del amor? ¿Noto que voy creciendo y madurando en la fe, voy asumiendo un mayor compromiso como cristiano?

Aparte de lo que cada uno descubramos que podemos hacer en nuestro entorno más cercano, no debemos olvidar la dimensión social de nuestra fe. Durante el confinamiento, además de los que se lo saltaron con cualquier excusa, han sido muchas las personas que han realizado gestos muy “simples” que, sin embargo, han supuesto algo muy importante, no sólo para personas concretas sino para el conjunto de la sociedad, y que han contribuido a “salvar” esta difícil situación.

Aunque estemos volviendo a la normalidad, no debemos descuidarnos: con algo tan simple como usar correctamente la mascarilla, utilizar el gel hidroalcohólico, guardar la distancia social, respetar a los demás… estaremos dando testimonio de fe y, además, contribuyendo a “salvar” este mundo.

Comentario al evangelio – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

Acoger al hermano es acoger a Jesús

      La primera lectura de este domingo nos cuenta la historia de una mujer que hizo sitio en su casa para acoger a un caminante. No se dice que la mujer supiese que era un profeta. Eliseo simplemente pasaba por allá. La mujer le ofrece lo que tiene: un cuarto para descansar y comida para reponer las fuerzas. La ley de la hospitalidad es una antigua ley en muchas culturas y también en nuestra cultura. Es un valor que no hay que perder sino cultivar y reforzar. 

      Las palabras de Jesús en el Evangelio nos dan la razón profunda por la que la hospitalidad se convierte para el cristiano en algo más que una norma o una tradición. Jesús nos dice que recibir al que se acerca a nosotros, abrirle nuestra casa y nuestra amistad es como recibirle a él. Esa es la clave. Jesús mismo es el que pasa por delante de nuestra puerta y de nuestra vida. Jesús es el que nos llama y nos pide albergue. 

      En nuestro mundo, sin embargo, la hospitalidad se va perdiendo. A los otros, a los desconocidos, que son la inmensa mayoría, los vemos, casi por principio, como una amenaza para nuestra tranquilidad, para nuestra paz. Los periódicos están llenos de noticias de asesinatos, robos y otras fechorías. La televisión nos trae también casi a diario imágenes preocupantes. Todo contribuye a crear un ambiente en el que nos parece lo más natural desconfiar del desconocido que se nos acerca. Valoramos mucho, quizá demasiado, nuestra seguridad, nuestra paz, nuestras cosas. Terminamos comprando armas y alarmas para protegernos y poniendo vallas alrededor de nuestras casas. Las naciones hacen lo mismo. Se refuerzan las fronteras y los ejércitos se arman hasta los dientes. No nos damos cuenta de que en el fondo así no hacemos más que poner de manifiesto nuestra propia inseguridad y lo que hacemos, en el fondo, es provocar más violencia. De alguna manera, nos parecemos a los animales que atacan porque tienen miedo. 

      Jesús nos invita a no vivir tan centrados en nosotros mismos. Eso es lo que quiere decir cuando habla de que debemos “perder nuestra vida”. Jesús nos pide que dejemos de mirarnos a la punta de nuestra nariz, a nuestros problemas y abramos la mano al vecino, aunque piense diferente, sea de otra raza, lengua o religión. Nos encontraremos con una persona, con parecidos problemas a los nuestros, y descubriremos que juntos podemos ser más felices que separados por barreras y armas. Pero hay algo más. Desde nuestra fe, sabemos que ése que tenemos enfrente, por amenazador que parezca, es nuestro hermano. Es Cristo mismo. ¿Le esperaremos con un arma en la mano?

Para la reflexión

      ¿Estoy abierto al diálogo y al encuentro con los demás? ¿Me siento amenazado por los que son diferentes de mí o piensan de otra manera? ¿Qué me dice Jesús en el Evangelio? ¿Qué actitudes tengo que cambiar para actuar como cristiano?

Fernando Torres, cmf