Vísperas – San Pedro y San Pablo

LAUDES

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO, apóstoles

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

San Pedro y san Pablo, unidos
por un martirio de amor,
en la fe comprometidos,
llevadnos hasta el Señor.

El Señor te dijo: «Simón, tú eres Piedra,
sobre este cimiento fundaré mi Iglesia:
la roca perenne, la nave ligera.
No podrá el infierno jamás contra ella.
Te daré las llaves para abrir la puerta.»
Vicario de Cristo, timón de la Iglesia.

Pablo, tu palabra, como una saeta,
llevó el Evangelio por toda la tierra.
Doctor de las gentes, vas sembrando Iglesias;
leemos tus cartas en las asambleas,
y siempre de Cristo nos hablas en ellas;
la cruz es tu gloria, tu vida y tu ciencia.

San Pedro y san Pablo: en la Roma eterna
quedasteis sembrados cual trigo en la tierra;
sobre los sepulcros, espigas, cosechas,
con riego de sangre plantasteis la Iglesia.
San Pedro y san Pablo, columnas señeras,
testigos de Cristo y de sus promesas.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Yo he pedido por ti, Pedro, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo he pedido por ti, Pedro, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos.

SALMO 125: DIOS, ALEGRÍA Y ESPERANZA NUESTRA

Ant. Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

CÁNTICO del EFESIOS

Ant. Tú eres el pastor de las ovejas, Príncipe de los apóstoles; te han sido entregadas las llaves del reino de los cielos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres el pastor de las ovejas, Príncipe de los apóstoles; te han sido entregadas las llaves del reino de los cielos.

LECTURA: 1Col 15, 3-5. 8

Lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; por último se me apareció también a mí.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los apóstoles anunciaban la palabra de Dios con valentía.
V/ Los apóstoles anunciaban la palabra de Dios con valentía.

R/ Y daban testimonio de la resurrección de Jesucristo.
V/ Con valentía

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los apóstoles anunciaban la palabra de Dios con valentía.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Pedro, el apóstol, y Pablo, el maestro de los gentiles, nos enseñaron tu ley, Señor.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Pedro, el apóstol, y Pablo, el maestro de los gentiles, nos enseñaron tu ley, Señor.

PRECES

Llenos de alegría, invoquemos confiadamente a Cristo, que edificó su Iglesia sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y digámosle:

Señor, ven en ayuda de tu pueblo.

Tú que llamaste a Simón, que era pescador, para hacerlo pescador de hombres,
— continúa eligiendo obreros que trabajen en la salvación del mundo.

Tú que increpaste a la tempestad marítima para que no se hundiera la barca de los discípulos,
— protege de toda perturbación a tu Iglesia y fortalece al sucesor de Pedro.

Tú que, después de resucitado, reuniste a tu grey dispersa en torno a Pedro,
— congrega, buen Pastor, a todo tu pueblo, para que forme un solo rebaño.

Tú que enviaste al apóstol Pablo a evangelizar a los gentiles,
— haz que el mensaje de salvación sea proclamado a toda la creación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que confiaste a tu Iglesia las llaves del reino de los cielos,
— abre las puertas del cielo a todos los que, cuando vivían, confiaron en tu misericordia.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, tú que entregaste a la Iglesia las primicias de tu obra de salvación, mediante el ministerio apostólico de san Pedro y san Pablo, concédenos, por su intercesión y sus méritos, los auxilios necesarios para nuestra salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – San Pedro y San Pablo

Jesús dice a Pedro: «Tú eres Piedra»
Piedra de apoyo y piedra de escándalo

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia,Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Una clave de lectura:

El texto litúrgico de la fiesta de San Pedro y San Pablo está tomado del Evangelio de Mateo: 16,13-19. En el comentario que haremos incluimos también los versículos 20-23. Porque en el conjunto del texto, del versículo 13 al 23, Jesús volviéndose a Pedro por dos veces lo llama «piedra». Una vez piedra de fundamento (Mt 16,18) y otra vez piedra de escándalo. (Mt 16,23). Las dos afirmaciones se complementan mutuamente. Durante la lectura del texto sería bueno poner atención al modo de conducirse de Pedro y a las solemnes palabras, que Jesús le dirige en dos ocasiones.

b) Una división del texto para ayudar en la lectura:

13-14: Jesús quiere saber las opiniones del pueblo sobre su persona.
15-16: Jesús pregunta a los discípulos y Pedro confiesa: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios!»
17-20: Respuesta solemne de Jesús a Pedro (frase central de la fiesta de hoy).
21-22: Jesús pone en claro el significado de Mesías, pero Pedro reacciona y no lo acepta.
22-23: Respuesta solemne de Jesús a Pedro.

c) El texto:

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.»

Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día.

Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Qué punto ha llamado más mi atención?
b) ¿Cuáles son las opiniones del pueblo sobre Jesús? ¿Qué piensan Pedro y los discípulos sobre Jesús?
c) ¿Quién es Jesús para mi? ¿Quién soy yo para Jesús?
d) Pedro es piedra de dos modos: ¿cuáles?
e) ¿Qué tipo de piedra es nuestra comunidad?
f) En el texto aparecen muchas opiniones sobre Jesús y varias maneras de presentarse la fe. Hoy también existen muchas opiniones diferentes sobre Jesús. ¿Qué opiniones son las conocidas por nuestra comunidad? ¿Qué misión resulta de todo esto para nosotros?

5. Una clave de lectura

para profundizar en el tema.

i) El contexto:

En las partes narrativas de su Evangelio, Mateo acostumbra seguir el orden del Evangelio de Marcos. Tal vez él cita otra fuente conocida por él y por Lucas. Pocas veces presenta informaciones propias que aparezcan sólo en su Evangelio, como en el caso del evangelio de hoy. Este texto, con el diálogo entre Jesús y Pedro, recibe diversas interpretaciones, incluso hasta opuestas, en las iglesias cristianas. En la iglesia católica constituye el fundamento del primado de Pedro. Sin disminuir a propósito la importancia de este texto, conviene situarlo en el contexto del Evangelio de Mateo, en el cual, en otros textos las mismas cualidades conferidas a Pedro son atribuidas casi todas también a otras personas. No son una exclusiva de Pedro.

ii) Comentario del texto:

a) Mateo: 16,13-16: Las opiniones del pueblo y de los discípulos con respecto a Jesús.

Jesús quiere saber la opinión del pueblo sobre su persona. Las respuestas son muy variadas: Juan Bautista, Elías, Jeremías, uno de los profetas. Cuando Jesús pide la opinión a los mismos discípulos, Pedro en nombre de todos, dice: «¡Tú eres el Cristo el Hijo de Dios vivo!» Esta respuesta de Pedro no es nueva. Anteriormente, después de caminar sobre las aguas, ya los mismos discípulos habían hecho una confesión de fe semejante: «¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!» (Mt 14, 33). Es el reconocimiento de que en Jesús se realizan las profecías del Antiguo Testamento. En el Evangelio de Juan la misma profesión de fe se hace por medio de Marta: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que ha venido a este mundo!» (Jn 11,27).

b) Mateo: 16-17: La respuesta de Jesús a Pedro: ¡Dichoso tú, Pedro!

Jesús proclama «dichoso» a Pedro, porque ha recibido una revelación del Padre. Tampoco aquí es nueva la respuesta de Jesús. Anteriormente Jesús había hecho una idéntica proclamación de beatitud a los discípulos porque veían y oían cosas que ninguno antes había conocido (Mt 13,16), y había alabado al Padre porque había revelado el Hijo a los pequeños y no a los sabios (Mt 11,25). Pedro es uno de los pequeños a los que el Padre se revela. La percepción de la presencia de Dios en Jesús no «viene de la carne ni de la sangre», o sea, no es fruto de estudio, ni es mérito de ningún esfuerzo humano, sino que es un don que Dios concede a quien quiere.

c) Mateo: 16,18-20: Las calificaciones de Pedro: Ser piedra de fundamento y recibir en posesión las llaves del Reino.

1. Ser Piedra: Pedro debe ser la piedra, a saber, debe ser el fundamento firme para la Iglesia, de modo que pueda resistir contra los asaltos de las puertas del infierno. Con estas palabras de Jesús a Pedro, Mateo animaba a las comunidades de la Siria o de la Palestina, que sufrían y eran perseguidas y que veían en Pedro el jefe que las había sellado desde los orígines. A pesar de ser débiles y perseguidas, ellas tenían un fundamento sólido, garantizado por la palabra de Jesús. En aquel tiempo, las comunidades cultivaban una estrecha relación afectiva muy fuerte con los jefes que habían dado origen a la comunidad. Así las comunidades de la Siria y Palestina cultivaban su relación con la persona de Pedro. La de la Grecia con la persona de Pablo. Algunas comunidades de Asia con la persona del Discípulo amado y otras con la persona de Juan el del Apocalipsis. Una identificación con estos jefes de sus orígines les ayudaba a cultivar mejor la propia identidad y espiritualidad. Pero podía ser también motivo de conflicto, como en el caso de la comunidad de Corinto (1Cor 1,11-12). Ser piedra como fundamento de la fe evoca la palabra de Dios al pueblo en el destierro de Babilonia: «Oídme vosotros, los que seguís la justicia, los que buscáis a Yahvé. Considerad la roca de la que habéis sido tallados y la cantera de la que habéis sido sacados. Mirad a Abrahán, vuestro padre y a Sara que os dio a luz; porque sólo a él lo llamé yo, lo bendije y lo multipliqué.» (Is 51,1-2). Aplicada a Pedro, esta cualidad de piedra-fundamento, indica un nuevo comienzo del pueblo de Dios.

2. Las llaves del Reino: Pedro recibe las llaves del Reino para atar y desatar, o sea, para reconciliar entre ellos y con Dios . El mismo poder de atar y desatar se les ha sido dado a las comunidades (Mt 18,8) y a los discípulos (Jn 20,23). Uno de los puntos en el que el Evangelio de Mateo insiste más, es el de la reconciliación y el perdón. (Mt 5,7.23-24.38-42.44-48; 6,14-15; 18,15-35). El hecho es que en los años 80 y 90, allá en la Siria existían muchas tensiones en las comunidades y divisiones en las familias por causa de la fe en Jesús. Algunos lo aceptaban como Mesías y otros no, y esto era fuente de muchos desavenencias y conflictos. Mateo insiste sobre la reconciliación. La reconciliación era y sigue siendo uno de los más importantes deberes de los coordinadores de las comunidades. Imitando a Pedro, deben atar y desatar, esto es, trabajar para que haya reconciliación, aceptación mutua, construcción de la verdadera fraternidad.

3. La Iglesia: La palabra Iglesia, en griego ekklesia, aparece 105 veces en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente en las Actas de los Apóstoles y en las Cartas. Sólamente tres veces en los Evangelios, y sólo en Mateo. La palabra significa» asamblea convocada» o » asamblea elegida». Esta indica el pueblo que se reúne convocado por la Palabra de Dios, y trata de vivir el mensaje del Reino que Jesús nos ha traído. La Iglesia o la comunidad no es el Reino, sino un instrumento y una señal del Reino. El Reino es más grande. En la Iglesia, en la comunidad, debe o debería aparecer a los ojos de todos, lo que sucede cuando un grupo humano deja a Dios reinar y tomar posesión de su vida.

d) Mateo: 16,21-22: Jesús completa lo que falta en la respuesta de Pedro y éste reacciona y no acepta.

Pedro había confesado: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo!» Conforme a la ideología dominante del tiempo, él se imaginaba un Mesías glorioso. Jesús lo corrige: Es necesario que el Mesías sufra y sea muerto en Jerusalén». Diciendo «es necesario», Él indica que el sufrimiento ya estaba previsto en las profecías (Is 53, 2-8). Si los discípulos aceptan a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, deben aceptarlo también como Mesías Siervo que va a morir. ¡No sólo el triunfo de la gloria, sino también el camino de la cruz! Pero Pedro no acepta la corrección de Jesús y trata de disuadirlo.

e) Mateo: 16-23: La respuesta de Jesús a Pedro: piedra de escándalo.

La respuesta de Jesús es sorprendente: «¡Retírate de mi, Satanás! Tú me sirves de escándalo, porque no sientes las cosas de Dios sino la de los hombres». Satanás es el que nos aparta del camino que Dios ha trazado para nosotros. Literalmente Jesús dice: «¡Colócate detrás de mi!» (Vada retro! En latín). Pedro quería tomar la guía e indicar la dirección del camino. Jesús dice: «¡Detrás de mí!» Quien señala la dirección y el ritmo no es Pedro, sino Jesús. El discípulo debe seguir al maestro. Debe vivir en conversión permanente. La palabra de Jesús era también un mensaje para todos aquéllos que guiaban la comunidad. Ellos deben «seguir» a Jesús y no pueden colocarse delante como Pedro quería hacer. Non son ellos los que pueden indicar la dirección o el estilo. Al contrario, como Pedro, en vez de piedra de apoyo, pueden convertirse en piedra de escándalo. Así eran algunos jefes de las comunidades en tiempos de Mateo. Había ambigüedad. ¡Así nos puede suceder a nosotros hoy!

iii) Ampliando informaciones del evangelio sobre Pedro: un retrato de San Pedro

Pedro de pescador de peces se transformó en pescador de hombres (Mc 1,7). Estaba casado (Mc 1,30). Hombre bueno, muy humano. Estaba llamado naturalmente a ser el jefe entre los doce primeros discípulos de Jesús. Jesús respetó esta tendencia natural e hizo de Pedro el animador de su primera comunidad (Jn 21, 17). Antes de entrar en la comunidad de Jesús, Pedro se llamaba Simón bar Jona (Mt 16,17), Simón hijo de Jonás. Jesús le dió el sobrenombre de Cefas o Piedra, que luego se convirtió en Pedro. (Lc 6,14).

Por naturaleza, Pedro podía serlo todo, menos una piedra. Era valiente en el hablar, pero a la hora del peligro se dejaba llevar del miedo y huía. Por ejemplo, aquella vez que Jesús llegó caminando sobre las aguas, Pedro pidió: «Jesús, ¿puedo yo también ir a ti sobre las aguas?» Jesús respondió «¡Ven, Pedro!» Pedro desciende de la barca, se pone a caminar sobre las aguas. Pero cuando llega una ola un poco más alta de lo acostumbrado, se asusta, comienza a hundirse y exclama: «¡Sálvame, Señor!» Jesús lo tomó de la mano y lo salvó (Mt 14, 28-31). En la última cena, Pedro dice a Jesús: «¡Yo no te negaré jamás, Señor!» (Mc 14,31), pero pocas horas después, en el palacio del sumo sacerdote, delante de una sierva, cuando Jesús ya había sido arrestado, Pedro negó con juramento el tener algo que ver con Jesús (Mc 14, 66-72). En el huerto de los olivos, cuando Jesús fue arrestado, él llega hasta desenvainar la espada (Jn 18, 10), pero luego huyó, dejando solo a Jesús (Mc 14,50). Por naturaleza ¡Pedro no era piedra!

Sin embargo, este Pedro tan débil y tan humano, tan igual a nosotros, se convirtió en Piedra, porque Jesús ha rezado por él diciendo: «¡Pedro, yo he orado por ti, para que no desfallezca tu fe. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos!» (Lc 22,31-32). Por esto, Jesús podía decir: «¡Tú eres Pedro y sobre esta piedra yo edificaré mi Iglesia!» (Mt 16,18). Jesús le ayudó a ser piedra. Después de la resurrección, en Galilea, Jesús se apareció a Pedro y le pidió dos veces: «¿Pedro me amas?» Y Pedro dos veces respondió: «Señor, Tú sabes que te amo.». » (Jn 21, 15.16). Cuando Jesús hizo la misma pregunta por tercera vez, Pedro se entristeció. Debió recordar que lo había negado tres veces. A la tercera pregunta, él respondió: «Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que yo te amo». Y fue en aquel momento cuando Jesús le confió el cuidado de las ovejas, diciendo: ¡Pedro, apacientas mis ovejas! Con la ayuda de Jesús la firmeza de la piedra crecía en Pedro y se reveló en el día de Pentecostés.

En el día de Pentecostés, después de la venida del Espíritu Santo, Pedro abrió la puerta de la sala, donde estaban todos reunidos, a puertas cerradas por miedo de los judíos (Jn 20,19), se llenó de valor y comenzó a anunciar la Buena Noticia de Jesús al pueblo (Act 2,14-40). ¡Y no se paró nunca más!. Por causa de este anuncio valeroso de la resurrección, fue arrestado (Act 4,3). En el interrogatorio le fue prohibido anunciar la buena noticia (Act 4,18), pero Pedro no obedeció la prohibición. Él decía: «¡Nosotros pensamos que debemos obedecer a Dios antes que a los hombres!» (Act 4, 19; 5,29). Fue arrestado de nuevo y (Act 5,18.26). Fue castigado (Act 5,40). Pero el dijo: «Muchas gracias. Pero nosotros continuaremos» (cfr Act 5,42).

La tradición cuenta que, al final de su vida, cuando estaba en Roma, Pedro tuvo todavía un momento de miedo. Pero luego volvió sobre sus pasos, fue arrestado y condenado a la muerte de cruz. Él pidió que le crucificasen con la cabeza hacia abajo. Pensaba que no era digno de morir del mismo modo que su maestro Jesús. ¡Pedro fue fiel así mismo hasta el final!

6. Salmo 103 (102)

Acción de gracias 
Bendice, alma mía, a Yahvé,
el fondo de mi ser, a su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
nunca olvides sus beneficios.
Él, que tus culpas perdona,
que cura todas tus dolencias,
rescata tu vida de la fosa,
te corona de amor y ternura,
satura de bienes tu existencia,
y tu juventud se renueva como la del águila.
Yahvé realiza obras de justicia
y otorga el derecho al oprimido,
manifestó a Moisés sus caminos,
a los hijos de Israel sus hazañas.
Yahvé es clemente y compasivo,
lento a la cólera y lleno de amor;
no se querella eternamente,
ni para siempre guarda rencor;
no nos trata según nuestros yerros,
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se alzan sobre la tierra los cielos,
igual de grande es su amor con sus adeptos;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros crímenes.
Como un padre se encariña con sus hijos,
así de tierno es Yahvé con sus adeptos;
que él conoce de qué estamos hechos,
sabe bien que sólo somos polvo.
¡El hombre! Como la hierba es su vida,
como la flor del campo, así florece;
lo azota el viento y ya no existe,
ni el lugar en que estuvo lo reconoce.
Pero el amor de Yahvé es eterno
con todos que le son adeptos;
de hijos a hijos pasa su justicia,
para quienes saben guardar su alianza,
y se acuerdan de cumplir sus mandatos.
Yahvé asentó su trono en el cielo,
su soberanía gobierna todo el universo.
Bendecid a Yahvé, ángeles suyos,
héroes potentes que cumplís sus órdenes
en cuanto oís la voz de su palabra.
Bendecid a Yahvé, todas sus huestes,
servidores suyos que hacéis su voluntad.
Bendecid a Yahvé, todas sus obras,
en todos los lugares de su imperio.
¡Bendice, alma mía, a Yahvé!

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados

Iglesia Pueblo de Dios

El itinerario que señala el Papa Francisco para la Iglesia como Pueblo de Dios, tiene como base el bautismo de los fieles, convertidos en hijos de Dios, por la redención ofrecida por Jesucristo tras la encarnación del Verbo, Hijo de Dios. Fácilmente dejamos lejos los fundamentos biológicos, que nos acompañarán toda la vida.

En esta introducción, dada por sabida, incluimos la naturaleza humana, creada por Dios a su imagen y semejanza, con  sus cualidades y desarrollo cultural, tan acelerado y tan limitado al mismo tiempo. Los errores o límites en el uso de la libertad al obrar (origen del mal) condujeron misteriosamente, al Amor de Dios en la plenitud de los tiempos, a enviar al Hijo, no para condenar al mundo sino para salvarlo. Y llegó el día del nacimiento de Jesús, en Belén, hijo de María, Hijo de Dios, Mesías anunciado y esperado, reinando Herodes. Este Jesús, histórico y siendo modelo de humanidad perfecta, en todo igual a la nuestra excepto en maldad o pecado. Pocas veces se puso como modelo, “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” y por el contrario se defendió a la hora de la muerte proclamando la Veracidad de su vida y obras, para ser reconocido el Mesías esperado en Israel.

El Pueblo de Dios

En la celebración de la eucaristía hacemos profesión explicita del Credo, y es fácil caer en la poca atención a los contenidos de la fe, que relatamos. El anonadamiento de Jesús -Naturaleza divina- al asumir nuestra condición nos otorgó participar en su divinidad. No hay capacidad humana para comprender el misterio, y sin embargo, en nuestro quehacer cotidiano, recibimos los beneficios de hijos de Dios-Amor por adopción.

El Pueblo de Dios, Israel, elegido en el Antiguo Testamento, con toda la Historia salvífica y religiosa ha quedado en segundo plano en la grandeza de la Ley, religiosidad y templo. La Nueva Alianza llevada a cabo por Jesucristo con su vida y obras, crucificado y resucitado, abrirá paso a los discípulos a la fe, esperanza y amor de hijos de Dios. Inicialmente conviviendo con la ley de Moisés. Los Apóstoles (Pedro y Pablo) tendrán que distinguir la ley antigua de la novedad cristiana, para liberar a los nuevos creyentes paganos de ataduras y pesos erróneos. Los representantes legales crucificaron a Jesús, que se manifiesta como Mesías Salvador y libertador de la humanidad.

Escuchar y dialogar para caminar juntos

La iglesia sinodal, que tiene su primer nivel en la iglesia diocesana, como Pueblo con su obispo, está llamada a ser, según el Papa Francisco, la Iglesia del tercer milenio. Una afirmación sencilla que requerirá la fuerza del Espíritu y también la corresponsabilidad de todos: Es la solemne afirmación que implica el cambio de mentalidad que tantas veces nos ha recordado la exhortación de la ceniza a creer en el Evangelio. Sencilla frase, que connota el salto del Antiguo testamento al nuevo, y de la Ley de Moisés a la caridad de Cristo, amor caritativo semejante al suyo.

Escuchar, dialogar y caminar unidos son tres verbos que podemos declinar: En indicativo nos señalan como personas, sujetos responsables. Como imperativos, nos envían a elegir y ejecutar el bien, cuando del prójimo se trata, que ha dejado de ser “judío” para ser “el” que ha redimido Cristo. Son palabras cargadas de energía humano-divinas, que requieren incorporar al silencio humano interior el amor de caridad.  Cada una nos “reta” con diferente profundidad y amplitud, y con el mismo dinamismo interior compasivo samaritano de acogida y servicio.

+Escuchar, es más que oír. Exige actitud de apertura mental y la ayuda del Espíritu Santo para descubrir en cada ser humano al hijo de Dios por su misma identidad, antes y sin valorar sus acciones. Mirar con ojos compasivos e incorporar lo percibido para darle después su valoración oportuna; crecemos con lo que asumimos haciéndolo propio. Mirada amplia para descubrir al máximo la realidad, comenzando por nuestro interior, y el perdón que Dios nos ofrece junto al resto de dones y ayudas pormenorizadas.

+ Dialogar.El grupo que dialoga con esta base cristiana, se ha de esforzar por mantener criterios y generosidad que fácilmente rebosan sus límites humanos, de raíz egoísta. No son las ideas quienes fácilmente construyen puentes de concordia, paz y bienestar, sino los amores compasivos los que marcan lo necesario para tales comportamientos. Si la mirada sigue orientada al mismo objetivo, le será posible discernir cada caso particular.

Desde el cansancio a la esperanza

Cansados, sobre todo, están quienes perciben su vida como carga pesada, sin origen ni destino por multitud de causas.  Jesús, saliendo siempre al encuentro, nos invita con sencillez a abrir la mente y el corazón, a vivir confiados en Dios Padre de otra forma, sin miedos acumulados. Dice el Papa Francisco que cada uno discierne libremente su propio camino para descubrir con más Luz lo mejor de sí mismo, más allá de deficiencias y tropiezos; reconociendo los límites y los apoyos, que salen al paso, podrá convertirse en un enviado más, un servidor de la Buena Noticia del amor al prójimo como Jesús nos ha amado y empujado.

El sentido profundo de la vida donada por Jesús es que sea para todos Vida definitiva, en abundancia; algo posible desde la opción por los últimos: La universalidad para ser incluyente empieza así. Es también sentido y misterio de la vida cristiana: Lo que no se da, se pierde; el amor es re-generador de vida en uno mismo y los demás. El amor entregado a diario, como el de Jesús, ha de nacer libremente, con decisión, consciente de que nadie nos quita nada, sino que lo entregamos todo voluntariamente.

Fray Manuel González de la Fuente O.P.

Comentario – San Pedro y San Pablo

En cierta ocasión, nos refiere Mateo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Por el tenor de la pregunta, parece que Jesús tiene la intención de sondear la opinión pública que se han forjado sus contemporáneos de su persona. Ellos contestan lo que han oído entre la gente: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. La opinión generalizada es que se trata de un profeta que actualiza o reproduce la misión de antiguos profetas, de profetas de fama contrastada. Pero Jesús quiere ir más lejos; desea conocer su propia opinión. Ellos han estado más cerca de él; le han acompañado en sus correrías apostólicas; han sido testigos de sus actuaciones milagrosas; han observado el asombro que provocaba su enseñanza; tienen, por tanto, un conocimiento más acendrado, al menos más inmediato y próximo, de él. ¿Quién decís, vosotros, que soy yo? Porque algo tendrán que decir; porque tendrán una opinión formada, que no tiene por qué ser la de la gente del entorno.

Leyendo el texto, da la impresión de que aquella pregunta les dejó sorprendidos, como si no tuvieran una respuesta a mano. Jesús ciertamente era su Maestro. Ellos lo habían dejado todo para seguirle. Podían equipararle, como los demás, a uno de los grandes profetas de la antigüedad. Tal vez pensasen incluso que él era el Mesías anunciado y esperado. Pero ¿tenían una idea clara de lo que esto significaba? Lo cierto es que el único que tomó la palabra fue Simón Pedro, que dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Por lo que le responde después Jesús, podemos deducir que Pedro no era del todo consciente del alcance de sus palabras, pues le habían sido reveladas de lo alto: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo! Si no se lo ha revelado nadie de carne y hueso, tampoco lo ha deducido de su propia observación.

Podía tener una idea vaga de haber encontrado al Mesías anunciado; pero difícilmente podía identificar al Ungido de Dios con el Hijo de Dios vivo. Y eso a pesar de haber oído con frecuencia a Jesús referirse a su Padre del cielo. Lo seguro es que Jesús ve en la confesión de fe de Pedro una revelación del Padre. Ello, además de otras razones, le permite darle un puesto singular entre sus discípulos: Tú eres Pedro –tal es el nombre de la vocación o de la elección-, y sobre esta piedra –que eres tú- edificaré mi Iglesia. Para desempeñar esta función de cimiento dispondrá de las llaves del Reino de los cielos y podrá atar y desatar en la tierra, quedando sellada su actuación en el cielo.

De este modo la Iglesia de Cristo se convierte en Iglesia petrina: una Iglesia que se levanta también sobre la fe de Pedro. Para cumplir su singular misión, necesitará de la potestad de abrir y cerrar (el poder de las llaves), de atar y desatar (el poder de absolver y de retener, de excomulgar y de reconciliar), es decir, la potestad de gobierno, no en solitario, porque no dejará de formar parte del colegio apostólico, pero sí en singular, como miembro preeminente de ese colegio, como «Papa». A esa función primacial corresponde la vigilancia sobre el depósito doctrinal para que no se falsee ni se deforme, la salvaguarda de la unidad en la Iglesia, la defensa de toda la grey frente a las posibles y reales agresiones, el cuidado pastoral del rebaño a él encomendado: apacienta a mis ovejas.

Pedro ha de tener sucesor porque Jesús ha querido a Pedro como «piedra» de su Iglesia. A la Iglesia de Cristo no debe faltarle nunca esta piedra que sustenta el edificio. El primado de Pedro se convierte así en un elemento esencial de esta construcción (= institución) querida expresamente por Cristo para prolongar su misión en el mundo. Apreciemos en todo su valor este elemento de la estructura eclesial y recemos en estos días tanto por el Papa en el ejercicio de su ministerio petrino.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

110. El papel de los fieles laicos en la evangelización de la cultura.

Hoy se abren grandes horizontes al apostolado propio de los laicos, tanto para la difusión de la Buena Nueva de Cristo como para la construcción del orden temporal según el orden querido por Dios.(315) Los fieles laicos, inmersos como están en todas las actividades seculares, tienen un papel importante en la evangelización de la cultura desde dentro, recomponiendo así la fractura, que se advierte en nuestros días, entre cultura y Evangelio.(316)

Entre los sectores que tienen mayormente necesidad de la sensibilidad del Obispo para con la específica contribución de los laicos, emergen:

a) La promoción del justo orden social que ponga en práctica los principios de la doctrina social de la Iglesia. Especialmente quienes se ocupan de modo profesional de dicho ámbito deben ser capaces de dar una respuesta cristiana a los problemas más íntimamente ligados al bien de la persona, como: las cuestiones de bioética (respeto de la vida del embrión y del moribundo); la defensa del matrimonio y de la familia, de cuya salud depende la misma humanización del hombre y de la sociedad; la libertad educativa y cultural; la vida económica y las relaciones de trabajo, que deben estar siempre caracterizadas por el respeto al hombre y a la creación, así como por la solidaridad y la atención a los menos afortunados; la educación para la paz y la promoción de una ordenada participación democrática.(317)

b) La participación en la política, a la que los laicos renuncian a veces, movidos quizás por el desprecio del arribismo, la idolatría del poder, la corrupción de determinados personajes políticos o la extendida opinión de que la política es un lugar de inevitable peligro moral.(318) Esta es, en cambio, un servicio primario e importante a la sociedad, al propio país y a la Iglesia, y es una forma eminente de caridad para con el prójimo. En esta noble tarea, sin embargo, los laicos deben tener presente que la aplicación de los principios a los casos concretos puede revestir modalidades diversas, por lo que se debe evitar la tentación de presentar las propias soluciones como si fueran doctrina de la Iglesia.(319) Cuando la acción política se confronta con principios morales fundamentales que no admiten derogación, excepción o compromiso alguno, el empeño de los católicos resulta más evidente y pleno de responsabilidad, porque ante tales exigencias éticas fundamentales e irrenunciables está en juego la esencia del orden moral, que atañe al bien integral de la persona. Es el caso de las leyes civiles en materia de aborto, de eutanasia, de protección del embrión humano, de promoción y tutela de la familia fundada sobre el matrimonio monógamo entre personas de sexo diverso y protegida en su estabilidad y unidad, en la libertad de educación de los hijos por parte de los padres, de las leyes que tutelan socialmente a los menores y liberan a las personas de las modernas formas de esclavitud, así como las leyes que promueven una economía al servicio de la persona, la paz y la libertad religiosa individual y colectiva. En estos casos, los católicos tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad de todos por ella, y para tutelar la existencia y el porvenir de los pueblos en la formación de la cultura y de los comportamientos sociales. Los católicos empeñados en las Asambleas legislativas tienen la concreta obligación de oponerse a cualquier ley que atente contra la vida humana. Sin embargo, cuando, por ejemplo, la oposición al aborto fuese clara y conocida por todos, podrían prestar su “apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de una tal ley y a disminuir sus efectos negativos en el plano de la cultura y de la moralidad pública”.(320)

c) Corresponde también a los laicos la evangelización de los centros de difusión cultural, como escuelas y universidades, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares de creación artística y de reflexión humanística, y los instrumentos de comunicación social, que hay que dirigir rectamente, de modo que contribuyan al mejoramiento de la misma cultura.(321)

d) Comportándose como ciudadanos a todos los efectos, los laicos deben saber defender la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su propio fin, no sólo como enunciado teórico, sino también respetando y apreciando la gran ayuda que ella presta al justo orden social.(322) Esto comporta, en particular, la libertad de asociación y la defensa del derecho a impartir la enseñanza según los principios católicos.


315 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 16; Codex Iuris Canonici, can. 225.

316 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 31; Codex Iuris Canonici, can. 225 § 2; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici, 34; Carta Encíclica Redemptoris Missio, 71; Pablo VI, Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii Nuntiandi, 20.

317 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici, 38, 40 y 43.

318 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici, 42.

319 Cf. Codex Iuris Canonici, can. 227.

320 Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al empeño y el comportamiento de los católicos en la vida política, 4; cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, 73.

321 Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, 37; Exhortación Apostólica postsinodal Christifidelis laici, 44; Pablo VI, Exhortación Apostólica postsinodal Evangelii Nuntiandi, 20.

322 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici, 39.

Homilía – Domingo XIV de Tiempo Ordinario

1.- Por los caminos de la sencillez (Zac 9, 9-10)

Canto de Zacarías a la sencillez y a los sencillos. La sencillez de su propio rey produce la alegría de Sión; la modestia de su soberano arranca el canto de Jerusalén. La elección de una borrica para la entrada gloriosa después de la victoria deja atrás los carros y las caballerías. Aquella escena desconcertante produce la alegría y el gozo.

Pero, la sencillez no es, sin embargo, simpleza. Sencillamente, con el estilo de quien no busca el estruendo, el rey modesto y sencillo realiza con eficacia su tarea liberadora, destruyendo los símbolos de opresión: los carros y los caballos, los arcos de los guerreros. Todos los medios violentos pensados para «imponer» la paz. Sin ellos, por haberlos destruido, el rey manso y sencillo «dictará la paz a las naciones y dominará hasta el confín de la tierra».

Un reino de sencillos y modestos al servicio de una auténtica paz, no impuesta con la violencia. Una paz acogida como don y construida con el tesón de quien cree en la sencilla bondad del corazón.

2.- Nuestra deuda es con el Espíritu (Rom 8, 9.11-13)

Somos deudores con quien nos ha dado, con quien ha puesto a nuestro alcance el don de la vida nueva. Más que deber, nos debemos, porque no podemos responder tan sólo con unos bienes externos: «No estáis sujetos a la carne, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros».

La «carne y el Espíritu» significan en Pablo dos estilos de vida, la fundada en la debilidad de nuestra propia condición humana (la carne); la misma vida de Dios, participada en nosotros de manera personal (el Espíritu).

La vida en el Espíritu ya no está sometida a la debilidad humana ni a su más dramática expresión, «la muerte»: «Dios vivificará también vuestros cuerpos por el mismo Espíritu que habita en vosotros». Frente a toda debilidad caduca, la promesa de una vida en plenitud.

Demasiado horizonte para una vida tan pequeña. A quien se lo debamos como don, nos debemos nosotros mismos. No es ciertamente la carne la que nos abre este horizonte de vida. No podemos contentarnos con una vida camal, acostumbrándonos a nuestra propia debilidad y de ella haciendo la ley. Nuestra deuda es con el Espíritu. Una deuda paradójica, pues ella misma redunda en paga para nosotros: «Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis».

3.- Los sencillos conocen el misterio de Dios (Mt 11,25-30)

¡Un Jesús para sencillos! Llegar a la sencillez para poder comprender el misterio íntimo de Dios. No es la sencillez un punto de partida perezoso para evitar recorrer el camino que tan sólo poco a poco nos adentra en el arcano. Es, más bien, un punto maduro de llegada de quienes han hecho el recorrido, abandonándose a la gracia, lejos de confianzas pretenciosas en el poder y la fuerza de los propios argumentos: «Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla». Los sencillos se dejan acompañar por la revelación del misterio.

Sencilla revelación del misterio de Dios en la carne de Jesús. Tan sencilla que a muchos escandaliza, como escandalosa resultaría para muchos aquella sencilla entrada de un rey después de celebrar su victoria (primera lectura).

Jesús, manso y humilde de corazón, nos invita a acercarnos a él. Con una promesa de alivio para las vida cansadas, a pesar de la confianza puesta en las propias fuerzas. La construcción personal en solitario nos abruma y nos agobia…, dejando esa extraña sensación de no conseguirla nunca.

Jesús, ofreciendo «un yugo y una carga», pero como ley nueva de amor, que introduce en el descanso, en aquel gozo inefable de haber definitivamente encontrado el descanso tan buscado. Aquel tan difícil de hallar desde un corazón «entendido y sabio» tan sólo a nivel humano.

Un rey manso y humilde

El Rey de Paz, jinete en un pollino,
llega manso hasta ti en la Eucaristía,
bebida y pan candeal que, cada día,
es vianda celestial para el camino.

Al hacerse, gozoso, tu inquilino,
asume como suya la agonía
que el Espíritu libera en su porfía
con la carne, rebelde a su destino.

Acude a su llamada generosa
y carga con su yugo llevadero,
pues su peso es más leve que tu pena.

Él, que le dio quicio a cada cosa,
te señaló el remedio verdadero
al pagar con su muerte tu condena…

 

Pedro Jaramillo

Mt 11, 25-30 (Evangelio Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

El Dios de Jesús, un “padre” entrañable

El evangelio de este domingo es uno de los textos más hermosos del evangelio de Mateo, que no se prodiga precisamente en el misterio de la gratuidad de Dios. Lucas 10,21, para introducir estas mismas expresiones, (quiere ello decir que ambos evangelistas tienen una fuente común, la conocida como documento o evangelio Q), ha recurrido a uno de sus elementos teológicos más notorios en su obra: estas palabras las pronuncia Jesús lleno del Espíritu Santo. De esta manera, pues, se asumiría en la liturgia de hoy la fuerza y radicalidad del texto de la carta a los Romanos. Por otra parte, también se ha visto en este texto evangélico el cumplimiento del oráculo de Zacarías 9,9-10.

Se ha escrito y se ha hablado mucho del Dios de Jesús y cada generación ha de interrogarse sobre ello, porque ese Dios hay que descubrirlo en el evangelio. En este caso podríamos aplicar ese famoso «criterio de disimilitud» con el que los especialistas han tratado de fijar las palabras auténticas de la predicación de Jesús. Es verdad que sobre este criterio se ha encarecido mucho y a veces las discusiones se extreman: lo que no es del judaísmo, o por el contrario, de la comunidad primitiva, es de Jesús. Este texto de Q, sin duda, es de esos textos absolutos. Ni en el judaísmo oficial se pensaba así de Dios, ni entre los primeros cristianos se lo hubieran imaginado tal como hoy aparece en este texto de alabanza y acción de gracias de Jesús. Por tanto, tampoco se hubieran atrevido a poner en boca de Jesús palabras como estas, tan audaces y determinantes. Con los retoques pertinentes que la tradición siempre articula (aquí se usa páter, en griego, y no Abbâ, aunque se reconoce que los vv. 25-26 están recargados de sustratos arameos), nos acercamos mucho a la experiencia más determinante que Jesús tenía de su Dios. Estamos hablando de la experiencia humana de Jesús, del profeta, no debemos entenderlas, ni interpretarlas todavía, en clave trinitaria.

Jesús, pues, rompiendo con toda clase de preconcepciones sobre Dios, sobre la religión, sobre la cercanía del amor divino y de la gracia, reta a sus oyentes -aunque estas palabras las dirige a sus discípulos-, para que definitivamente se echen en las manos de Dios. ¿Por qué? porque se trata de un Dios distinto de como se le había concebido hasta ahora y, consiguientemente, de unas relaciones distintas con Él. No son los sabios, los poderosos, o los que más saben, los que lo tienen más fácil para entender al Dios de Jesús. Esa es la primera lección, lo más importante, aunque tampoco es una condena de la teología, de los teólogos o de los místicos. Pero es verdad que Jesús quiere abrir el misterio de Dios a toda la gente y, especialmente, a los más alejados, incluso a los menos «espiritualistas».

Es posible que esto le haya valido en la historia la acusación de que su Dios es un Dios de ignorantes y de desgraciados de este mundo, como si Jesús lo hubiera creado desde un cierto resentimiento contra la sociedad de su tiempo. Y la verdad es que tomando expresiones del filósofo Nietzsche, el que había predicho la muerte de Dios, este Dios de Jesús es tan humano, que no lo soportan los espíritus soberbios, los que se creen con espíritu prometéico. El instinto de Jesús para descubrir a Dios nos ofrece a todos la posibilidad de un Dios maravilloso, humano y entrañable.

Rom 8, 9.11-13 (2ª lectura Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

Vida nueva en el Espíritu

Estamos ante uno de los textos más bellos, profundos y determinantes de esta famosa carta de San Pablo. El apóstol, que ha destruido teológicamente la seguridad que los judíos o los judeo-cristianos ponen en la Ley para vivir (Rom 7), traza la alternativa más desbordante para la vida cristiana: vivir según el Espíritu. Este canto es un canto del Espíritu de liberación y de victoria frente a las situaciones trágicas del “yo” y de la ley (todas las estructuras que nos atan). La redención cristiana se realiza por medio del Espíritu que es el que da sentido a nuestra vida mientras vivimos aquí, y es el que nos garantiza la vida más allá de la muerte; porque de la misma manera que por El se llevó a cabo la resurrección de Jesús, así sucederá con nosotros.

Es el texto más explícito de Pablo sobre la conexión entre resurrección y Espíritu y debemos profundizar en él, ya que es un alarde de teología espiritual. La Ley nos muestra nuestros pecados, pero el Espíritu nos purifica, nos salva, nos libera. La tensión carne-espíritu es manifiesta en nuestra vida, aunque no es necesario abusar del dualismo del “yo” que hay en nosotros. Es una de las antítesis más famosas de la teología paulina (carne-espíritu), si bien Pablo quiere resaltar que estamos en Cristo, somos de Cristo, si tenemos su «Espíritu». Es el que nos hará pasar por la muerte, no para quedarnos en la nada, sino para tener la vida nueva que ahora ya tiene el Señor, que ha sido «resucitado por el Espíritu».

¿Quién tiene de verdad el Espíritu de Dios y de Cristo? En realidad quien no vive en su «yo» soberbio y carnal que engendra muerte, es decir, el egoísmo puro. Porque cuando hablamos de «carnal» no se debe entender, sin más, lo sexual, como muchos comunicadores cristianos defienden. La carne es el mundo contrario al Espíritu, a su libertad, a su entrega, a su magnanimidad. Esto se explica bien en este texto de la carta a los Romanos si tenemos en cuenta el capítulo precedente (Rom 7,17ss) en el que ha descrito el apóstol la incapacidad del «yo», es decir, de la persona que solamente se mira a sí misma y vive en sí misma. La presencia del Espíritu en nosotros no puede ser distinta de la que experimentó Cristo. Por tanto, vivir, ser habitados por el Espíritu, es sentir sobre uno mismo y sobre Dios, lo que se nos ha de describir en el evangelio de hoy.

Zac 9, 9-10 (1ª lectura Domingo XIV Tiempo Ordinario)

Las armas y los carros nunca traen la paz

La Iª Lectura del profeta Zacarías habla sobre la restauración de Israel, de Jerusalén, en razón del Mesías justo y victorioso. El libro de profeta Zacarías es un conjunto de oráculos que, con toda seguridad, no pertenecen solamente a un personaje, sino a una escuela profética que se ocupa de animar al pueblo. Es un caso parecido al de Isaías. De hecho, podemos dividir el libro en dos parte, y es precisamente a partir del capítulo 9 cuando comienza la segunda que supone una época y unas circunstancias distintas en el momento de la restauración y la vuelta del destierro de Babilonia; esa segunda parte del libro puede ser, probablemente, del s. III a. C.

Casi la totalidad de Zac 9-14 tiene un tono escatológico, de influencias apocalípticas. Aquí se pone de manifiesto como punto central a Sión, símbolo de unidad, de justicia y de paz. El oráculo propone la destrucción de los carros y de las armas: ¡qué maravilla!, porque eso es también lo que necesitamos hoy. Ninguna guerra lleva a ninguna parte; solamente siembra muerte y destrucción. Probablemente es un texto que nace en el horizonte de la conquista de Palestina por parte de Alejandro Magno y sus generales, que es lo contrario de la propuesta del oráculo que ve en lontananza un rey humilde.

Precisamente es la fuerza de la humildad con la que este rey destruirá los instrumentos de la guerra. ¿No es posible la concordia y la paz? ¿Son necesarios los carros para que Jerusalén sea la ciudad de la paz? La entrada de Jesús en Jerusalén fue descrita por los evangelistas bajo la inspiración de este texto. Sin embargo, las autoridades judías no creyeron que viniera en son de paz. Querían preservar Jerusalén de la osadía del profeta pacífico y le montaron un juicio político, entregándolo en manos de los romanos. Pero Jesús traía la paz en su labios y en su corazón. No destruyó el profeta galileo Jerusalén. Por el contrario, cuarenta años después, los que recurrieron a las armas, los celotes y los que les siguieron, llevaron a Sión al desastre. Es una lección que no se debería olvidar hoy, en que «Sión» se quiere defender con carros de combate o protegerla con un muro vergonzoso.

Comentario al evangelio – San Pedro y San Pablo

      El otro día estuve reunido con un grupo de gente normal. Con vidas normales. Con sus alegrías pero también con sus problemas. A veces los matrimonios y las familias no funcionan exactamente como se supone que deberían funcionar. A veces la vida viene pillada por las enfermedades y otros dolores. A veces… Pero más allá de todas estas cosas, había otro vínculo de unión entre aquellas personas: todos eran voluntarios de Cáritas. Todos dedicaban un tiempo cada semana, algunos mucho tiempo, para servir a los más pobres y necesitados, para acogerlos, para ayudarlos en sus necesidades, para escucharlos y atenderlos. 

      Me he acordado de esa reunión al leer la segunda lectura y el Evangelio. En la segunda lectura dice Pablo que “he combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.” Y en el Evangelio Jesús les pide a sus discípulos que confiesen su fe en él como Mesías. Por extensión, todos nosotros nos sentimos interpelados por Jesús: ¿Quién decís que soy yo?

      Quizá a algunos de los lectores les cueste ver la relación entre la reunión comentada en el primer párrafo y las lecturas del segundo. Pero a mí me parece obvia. Es que los cristianos, los seguidores de Jesús tenemos que hablar poco y hacer mucho. Combatir bien el combate, correr hacia la meta, mantener la fe, no es ir muchas veces a misa y ocupar allí los primeros puestos. Ni siquiera es hablar mucho de Jesús. Confesar la fe no es andar a gritos por las plazas diciendo que somos creyentes, católicos romanos y practicantes. Todo eso no vale nada si no está acompañado de un hacer continuo. Las personas que formaban el grupo con el que me reuní no hablan mucho pero se dedican a hacer. Ninguno de ellos, por lo que sé, ha dado una charla sobre Jesús en toda su vida. Pero semana a semana, en esas horas que dedican a atender a los más pobres, sin distinguir entre si son de los nuestros o no, si son de otro país o no, si son de nuestra religión o de otra o si no tienen ninguna, hacen reino y confiesan de una manera práctica su fe. Semana a semana, corren hacia la meta y viven su fe. Día a día responden con su forma de hacer, de comportarse, a la pregunta de Jesús. Y confiesan que Jesús es el hermano de todos, el que no quiere que nadie se quede excluido ni marginado, el que dio su vida para que todos tengamos un puesto en torno a la mesa del padre único de todos, Dios. 

      Hoy, fiesta de san Pedro y san Pablo vamos a tener muy presente en nuestra oración a toda esa parte de la iglesia que habla poco y hace mucho. Son los que nos salvan a todos. Gracias a ellos en la iglesia se conserva lo mejor del Evangelio, que no es el derecho canónico ni la liturgia, sino el amor fraterno al que Dios nos ha convocado en Jesús.

Fernando Torres, cmf