La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

2.- CANÁ: CURACIÓN DEL HIJO DE UN FUNCIONARIO REAL

Jn 4, 46-54

Desde Nazaret, Jesús se dirigió al lago, bajó en concreto a Cafarnaún, que se encuentra en sus orillas. En el camino hacia esta ciudad, a pocos kilómetros de Nazaret, se encuentra Caná, donde había convertido el agua en vino, recuerda san Juan.

A pesar de tan corto espacio de tiempo, a Jesús se le conoce ya por toda Galilea, y es bien recibido en todas partes. Muchos le piden milagros[1].

Un funcionario real de Cafarnaún, probablemente al servicio de Herodes, salió al encuentro del Señor. Él sabía que el Maestro había llegado a la región y le encontró en el camino, en Caná. Tenía un hijo enfermo, y mucha fe en Jesús. Por eso, se acercó a él y le rogaba que bajase y curara a su hijo, pues estaba muriéndose.

El Señor se dirigió a los que le rodeaban, y dijo: Si no veis signos y prodigios, no creéis.

Y el padre no cejaba: Señor, baja antes de que se muera mi hijo. Conmueve esta insistencia. Él piensa que Jesús debe estar presente para que se produzca la curación, y el camino de Caná a Cafarnaún es largo, unas cinco horas o más[2]. Por eso insiste con cierta premura. Entonces le dijo Jesús: Vete, tu hijo vive. Y aquel hombre tuvo fe y se volvió a su ciudad. El Señor hace el milagro, como tantas veces, por la perseverancia en la petición[3].

En el camino, el funcionario real encontró a sus criados, que habían salido a buscarle desde Cafarnaún, y le dijeron que su hijo estaba sano. El padre preguntó a qué hora había curado, y le dijeron: ayer a la hora séptima, hacia la una de la tarde. Comprobó entonces el padre que aquella era la hora en la que Jesús le había dicho esas palabras –tu hijo vive– que recordaría toda su vida. Y creyó él y toda su casa. Se hizo más firme su fe[4]. El Maestro contaría en Cafarnaún, desde entonces, con unos amigos incondicionales. Podemos pensar que, al día siguiente o a los pocos días, cuando llegó a Cafarnaún le estaría esperando la familia entera. Jesús conocería al muchacho, quizá le invitaron a comer…

San Juan nos dice que este fue el segundo milagro en Caná: lo hizo Jesús cuando vino de Judea a Galilea.


[1] «Los milagros son signos del amor divino, puesto que son hechos que proceden del amor humano de Jesús –amor humano de Dios–, que se apiada del dolor y de la miseria humana. Son también signos de la llegada del Reino mesiánico, son revelación de su divinidad». F. Ocáriz, L.C. Mateo-Seco, J.A. Riestra, El misterio de Jesucristo, p. 405.

[2] Caná dista de Cafarnaún unos treinta y tres kilómetros. El camino es de bajada (existe un desnivel de 650 metros).

[3] Hablando de esta constancia en la oración, afirma san Agustín: «Dios difiere algunas veces lo que da, pero a nadie deja con hambre» (Coment. al Evangelio de san Juan, 20, 3). Normalmente otorga mucho más de lo que le pedimos. Esta familia obtendría, además, su amistad y poco más tarde serían todos sus componentes fieles discípulos: creyó él y toda su familia.

[4] El verbo creer tiene en el evangelio de san Juan un sentido muy concreto: creer en la Persona y en la misión de Jesús, seguirle de cerca, ser su discípulo.